La carta perdida Capítulo 9
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Capítulo 9

S ylvia dejó caer la mano que seguía sobre el globo terráqueo. Se volvió con rapidez.

—¿Qué acaba de decir?

El conde tenía una expresión grave en el rostro.

—Jamás recibí ni una sola carta. De hecho, hasta que lo mencionó esta mañana, estaba convencido de que había decidido no escribirme. Es la razón por la que no me comporté demasiado bien con usted al principio.

Se quedó mirándolo con incredulidad.

—Está de broma —dijo—. Sabía lo de mis cartas. Hablamos sobre ellas.

—Solo usted. Yo me limité a alentarla a seguir la conversación.

Egoísta por mi parte, lo admito. Debí decirle la verdad en cuanto me percaté, pero…

—Se le rompió la voz y emitió un sonido de frustración entre dientes—.

Quería saber qué decían las cartas, y pensé que no me confesaría nada si creía que no las había leído.

Desesperada, repasó frenéticamente la charla que mantuvieron sentados en el alféizar de la ventana. Santo cielo, ¿qué le había dicho?

—¿No le llegó ninguna? —preguntó con voz tenue—. ¿Ni una sola?

—No. Y todas las que le envié a usted se devolvieron sin abrir.

—¿Me escribió? —A Sylvia le flaquearon las rodillas.

Sebastián acudió a su lado al instante. Le rodeó la cintura con su fuerte brazo, envolviéndola con un aroma a bergamota especiada, sábanas almidonadas y loción masculina.

—Acompáñeme —dijo—. Será mejor que nos sentemos.

Sylvia le permitió que la guiara hasta el enorme sofá acolchado de terciopelo que había junto a la chimenea.

Mantuvo la mano en su espalda mientras ella se sentaba, contemplando con una atención inusual cómo se envolvía más con la bata.

Fue un gesto inconsciente, pues la modestia era lo último que se le pasaba por la cabeza.

Cuando Sebastián se hundió a su lado, Sylvia apenas pensó en lo inapropiado que era que estuviesen tan cerca el uno del otro.

—¿Qué quiere decir con «todas las que le envié»? —preguntó.

—Me refiero a las cartas que le escribí desde la India —dijo—. Me las devolvieron sin abrir. Todas ellas.

Le dio un vuelco el corazón.

—Así que me escribió —suspiró.

—Muchas veces. —La expresión sombría de su rostro reflejó un breve destello de la misma angustia que sentía ella—. Y al parecer usted también.

—Muy a menudo.

—Y selló las cartas con mil besos.

¡Cielos! Sylvia apartó la mirada de él.

—¿Le dije eso? —Cerró los ojos cuando sintió el torrente de humillación—. Lo lamento. Me da vueltas la cabeza.

—Es mucho que asimilar.

—Tiene razón. Pero no puedo… —Sylvia intentó poner sus sentimientos en palabras, pero estaba desconcertada—. Cuando no me respondió, pensé que… que…

—Sé lo que pensó; lo mismo que yo. Supongo que fue lo que él quería que creyésemos.

—Que nos odiábamos el uno al otro.

—Todavía peor. Que nos habíamos olvidado el uno del otro.

Sylvia se cubrió la cara con las manos, esforzándose con desesperación por encontrarle un sentido a todo.

—Espere. —Consiguió juntar sus caóticos pensamientos para preguntarle—: ¿A quién se refiere con «él»?

—A su padre, claramente.

Sylvia dejó de respirar.

—Imposible.

No era cierto. No podía serlo. Si Sebastián hubiese llegado a conocerlo mejor, jamás sugeriría tal cosa.

—Padre no habría interferido.

—¿Eso cree?

—No tenía motivos para hacerlo —dijo—. Fue él quien me dio permiso para escribirle.

Durante un pequeño instante, Sebastián fue incapaz de esconder su asombro. Y después su semblante ocultó todas sus emociones.

—Ah, ¿sí? —dijo Sebastián. Su voz desprendía ira.

—Pues sí —contestó Sylvia atropelladamente, levantándose para defender a su padre—.

Vio lo angustiada que estaba cuando regresó a la India.

Me dijo que no me preocupara. Que regresaría en un abrir y cerrar de ojos.

Incluso me dejaba leer el periódico cada mañana durante el desayuno, para ver si decían algo sobre usted y así poder quedarme tranquila.

Sebastián se quedó paralizado.

—¿Buscaba noticias sobre mí en el periódico?

Un leve rubor provocado por la vergüenza apareció en las mejillas de la mujer.

—Por supuesto que lo hacía. Buscaba su nombre cada día, me aterrorizaba la idea de que resultara herido o muriera.

Y entonces, cuando usted no se comunicó conmigo, pensé que había sucedido lo que más me temía.

Hasta más adelante no se me ocurrió pensar que quizá no quisiera escribirme.

—Sylvia expulsó el aire con lentitud—. O eso creí.

La contempló durante un rato larguísimo; en su rostro se reflejaron una sucesión de emociones muy confusas.

—Todavía me resulta difícil imaginar que él lo permitiera.

—¿Y por qué no iba a hacerlo? Sabía que éramos amigos. Y no era un insensible. Era comprensivo, sabía lo mucho que un soldado necesita las cartas que recibe desde casa. —Y tras una pausa, añadió—: A estas alturas ya ha debido de darse cuenta de que padre no era muy estricto.

—Por experiencia —dijo Sebastián con sarcasmo—, hasta el tipo más desastroso se convierte en alguien estricto cuando se trata de su propia hija.

Sylvia juntó las cejas con recelo. Llevó los ojos hacia su regazo, tratando de dar con la mejor forma de explicarle a Sebastián que padre no tenía nada que ver con aquello.

Debió haber un error con el correo, pensó, o puede que fuera la ineficacia del servicio postal en la India.

Pero cuantas más vueltas le daba, menos segura estaba.

Padre era una persona ruin. Las deudas lo asfixiaban, hasta el punto en el que no vio más opción que quitarse la vida; tenía razones indiscutibles para querer que acabara en un buen matrimonio.

En concreto, podría tener en mente a alguno de sus pretendientes más adinerados, como lord Goddard.

Si sospechaba que Sylvia podría llegar a casarse con un simple soldado, pobre en comparación con el resto, puede que hubiese decidido intervenir para evitar que se llevara a término lo que él consideraba una unión indeseable.

Sin embargo, si padre se había opuesto al romance creciente entre ellos, ¿por qué rayos le había dado permiso para mantener correspondencia con él? A no ser que…

A no ser que supiera que prohibírselo rotundamente provocaría que decidiera actuar por su propia cuenta y hacer lo que le viniera en gana.

No. Había sido una muchísima mejor estrategia hacerle creer que el caballero que ella había elegido la había abandonado con crueldad. Que se había reído a su costa durante la temporada londinense.

Negó con la cabeza, sin querer creérselo. Padre había sido un egoísta. Y un desconsiderado. Pero un engaño como aquel cruzaba todos los límites.

—Jamás habría sido capaz de hacer algo así —insistió, intentando convencerse tanto a sí misma como a Sebastián—. No a mí.

El conde no parecía en absoluto convencido.

—¿Alguna vez mostró algún indicio de oponerse a que la cortejara?

Se encogió de hombros con impotencia.

—Como es natural me interrogó, pero fue razonable y, al final, me dijo que confiaba en mí y que hiciera lo que deseara.

—Qué amable por su parte —dijo Sebastián—. ¿Nunca se le pasó por la cabeza que pudo haber leído las cartas?

—No. ¿Por qué iba a hacerlo? No tuvo ocasión para ello.

Sebastián entornó los ojos.

—¿Ni siquiera cuando las llevó al servicio postal?

Sylvia tuvo la horrible sensación de que la pregunta no era lo que parecía. Aun así, la respondió con total sinceridad, sin importarle lo que pasase después.

—Mi padre no llevó las cartas, lo hice yo.

* * *

Sebastián dio un paso atrás en absoluta consternación.

—¿Usted misma?

Sylvia le dedicó una mirada desconcertada.

—Sí. —Tomó una pausa—. Bueno, mi doncella, más bien.

Fue la doncella. A Sebastián lo recorrió una tangible oleada de alivio. Sin pensarlo, se pasó la mano por el lado desfigurado del rostro.

La mujer lo miró con preocupación.

—¿Le duele mucho?

Dejó caer la mano de inmediato. Estaban sentados peligrosamente cerca. Tan cerca que ella podía ver las cicatrices, incluso a la luz de la vela. Sintió una vergüenza intensa.

—No demasiado.

—Lady Harker me dijo que le habían prescrito láudano, pero que se niega a tomarlo.

—Ah. No me sorprende. Mi hermana me ha puesto al corriente de lo que le contó para convencerla de venir. No todo es cierto.

—¿Cómo?

—Para empezar, quizá le interese saber que Julia no se encuentra en «un estado delicado», como ella misma lo llama. Por otro lado, no tengo un revolver al lado de la cama. Ni estoy contemplando volarme los sesos.

La señorita Stafford se mostró estupefacta durante unos segundos.

—Por todos los cielos —dijo. Y después, muy lentamente, sonrió. Era una sonrisa genuina, con hoyuelos incluidos—. Y pensar que al principio creí que Julia estaba un poco loca.

—¿Solo un poco?

—Aunque supo exactamente qué decir para traerme hasta aquí. Estaba preocupada por si hacía usted algo estúpido. E incluso me dijo que le encontró sollozando mientras aferraba el mechón de mi pelo en la mano. ¡Qué crédula soy!

El semblante de Sebastián se tornó de un rojo pálido.

¡Maldita fuera su hermana! ¿De verdad le había dicho aquello a Sylvia Stafford?

No es que no fuera cierto, pues lo había sorprendido haciendo justo eso último.

Pero sollozaba tras despertarse de una pesadilla muy concreta sobre el levantamiento.

Y tenía el mechón entre las manos porque siempre lo calmaba en los momentos más angustiosos.

—Julia no debió haberle mentido —dijo Sebastián—. Y menos aún sobre algo como aquello.

—Su hermana haría lo que fuera por ayudarlo. Tiene mucha suerte.

—¿Suerte? —Torció una comisura del labio al recordar cómo salió Julia huyendo de su habitación aquella tarde—. Cuando me contó lo que había hecho, por poco la estrangulo.

—Me alegro de que se lo dijera —afirmó la señorita Stafford—. Y también me alegra que no sea todo tan terrible como me lo describió.

—¿Fue la única razón por la que accedió a venir? ¿Para evitar que pusiese fin a mi existencia?