Capítulo 8
E ra más de la una de la madrugada. Sylvia no necesitaba mirar el reloj para saberlo.
Llevaba horas dando vueltas y vueltas en la cama, estaba demasiado nerviosa para volver a quedarse dormida.
Al acostarse, tras sollozar durante un rato, había conseguido dormitar un poco, pero se despertó sintiéndose igual de desolada y abatida que cuando se retiró a sus aposentos.
Pero llorar era una estupidez. Ya estaba todo solucionado, ¿no era así?
Sebastián le había dicho que no la odiaba.
Que jamás la había odiado. Y hasta le aseguró que tenía la esperanza de que fueran amigos de nuevo.
A pesar de todo, no las había acompañado a pasear. Ni había cenado con ellas. Y en cuanto a aquello de ir a la sala de música a oírla cantar…
Qué tonta había sido al creer que lo haría.
Si hubiera pensado con la cabeza en vez hacerle caso al corazón, se habría dado cuenta al instante de que toda la amabilidad de la galería solo era un intento de ser cortés.
Nada más. Era evidente que Sebastián no quería verla más de lo necesario.
Sin duda lo había incomodado al hablarle de las cartas.
Sylvia se tumbó sobre la espalda y clavó los ojos en el dosel de la cama.
La idea de regresar a Cheapside a la mañana siguiente le cruzó por la mente.
No sería huir, y no podrían acusarla de ser una cobarde; después de todo había logrado resistir una semana entera en Pershing Hall.
Una semana horrible y maravillosa en la que se había enfrentado a todos los recuerdos de su vida anterior.
Pero todos tenían su propio límite, y ella estaba segurísima de haber alcanzado el suyo.
Temía que, si se quedaba más tiempo, ya nunca podría volver a ser feliz de verdad.
Se colocó sobre un costado y siguió dando vueltas durante otro buen cuarto de hora.
Hasta que se apartó las mantas de encima y se sentó en la cama.
Harta ya de estar acostada llena de angustia y visto que no podía dormir, iría a buscar algo para leer.
Se levantó y se puso una bata, atándola con firmeza alrededor de su cintura.
La trenza se le había deshecho durante la noche y el pelo ahora le caía suelto sobre los hombros.
No le dio importancia, todo el mundo dormía.
La casa llevaba horas envuelta en un silencio sepulcral.
Encendió una vela, salió de la habitación sin hacer ruido y comenzó a bajar las escaleras.
La biblioteca de Pershing Hall era una estancia oscura y desordenada de carácter masculino, que olía ligeramente a tabaco de pipa y a abrillantador de muebles de aceite de limón y a cera de abeja.
No había vuelto a entrar desde el primer día, pues lady Harker prefería tomar los aperitivos en el salón, un lugar mucho más luminoso y femenino.
No obstante, durante el ratito del té de aquella primera tarde, no pasó por alto la deslumbrante variedad de libros que contenía.
Estaba segura de que encontraría algo interesante para leer.
Sylvia dejó la vela en una mesa con incrustaciones que había junto a una estantería.
Arrojaba un halo de luz pequeño, que alumbraba justo lo suficiente para poder ver los títulos grabados en los lomos de los libros.
Escudriñó los estantes, paseando los ojos con rapidez entre tomos académicos y políticos, volúmenes sobre la Grecia clásica y un curioso ejemplar sobre agricultura.
Ya pensaba que iba a tener que conformarse con la historia de Héctor y Aquiles o algo similar cuando, en el estante de arriba y totalmente fuera de su alcance, vislumbró un ejemplar encuadernado de una novela de Charles Dickens.
Era David Copperfield. Recordaba haberlo leído hacía años cuando se publicó por primera vez en un volumen serial.
Le había resultado muy entretenido. Examinó el resto de la estancia en busca de una escalera y la encontró reclinada contra una estantería varias filas más allá.
Fue a por ella y la apoyó con cuidado en los estantes que tenía delante, colocó un pie en el primer escalón para probar la estabilidad y empezó a subir.
La endeble escalera crujió bajó su peso, pero no hizo caso. Ella pesaba poco y el libro estaba cerca, no tardaría más que unos pocos segundos. Continuó hacia arriba, agarrándose a una balda a medida que avanzaba.
Los techos de Pershing Hall eran horriblemente altos.
No se había fijado hasta el momento en el que comenzó a ascender.
Extendió la mano libre, estirando el brazo todo lo que pudo para tratar de llegar al libro deseado.
Más decidida que nunca, subió hasta el último peldaño de la escalera.
Alargó de nuevo el brazo hacia el libro, esforzándose al máximo por rozar el borde con la punta de los dedos.
La escalera se tambaleó.
Sylvia gritó, alarmada. Con agilidad, puso un pie en el estante de debajo para no caerse. Justo a tiempo, pues la escalera cedió bajo ella, antes de estrellarse con un gran estruendo contra el suelo.
Se quedó colgando de la estantería como un mono.
El corazón le latía a toda velocidad, y las palmas de las manos, aferradas a una balda, le sudaban.
Tomó una gran bocanada de aire para calmarse: fueran cuales fuesen las circunstancias, nunca se dejaba llevar por el pánico.
De inmediato supo que solo tenía una opción: bajar poco a poco, tanteando el camino estante a estante.
Se atrevió a echar una mirada fugaz hacia abajo.
El suelo parecía estar muy muy lejos. No les tenía un excesivo miedo a las alturas, pero sí sentía un profundo respeto por la fragilidad del cuerpo humano.
Cuatro años antes, se torció el tobillo al saltar por encima de una cerca.
Había tardado semanas enteras en recuperarse.
Si le sucedía algo similar en Pershing Hall no le quedaría más remedio que quedarse más tiempo.
Volvió a mirar hacia abajo, examinando el estante que había justo debajo. No estaba demasiado lejos; solo tenía que avanzar despacio y con cuidado…
Una inesperada corriente de aire provocó que la llama de la vela titilara.
—¡No te atrevas a apagarte! —la amenazó. Ya iba a ser bastante complicado descender esos malditos estantes. Hacerlo completamente a oscuras sería casi imposible.
En ese momento una luz iluminó la habitación. Volvió la cabeza, aferrándose a la esperanza de que fuera un lacayo o una de las criadas.
—¿Quién anda ahí? —gritó.
—¿Señorita Stafford? —La voz profunda de Sebastián resonó desde la puerta de la biblioteca.
Al oírla, Sylvia cerró los ojos con horror.
—Oh, Dios —gruñó—. Lo que me faltaba.
* * *
Sebastián estaba habituado a decidir con rapidez bajo presión.
Pero ante la visión de Sylvia Stafford colgada de la estantería y corriendo peligro, una sensación de desaliento lo invadió durante una fracción de segundo.
Iba ataviada con solo una finísima bata que llevaba encima de un camisón igual de fino, y ambos dobladillos se le habían subido hasta dejar al descubierto los torneados tobillos y los delicados pies metidos en unas pantuflas.
Y por si eso no fuera suficiente para poner su mundo patas arriba, llevaba suelto el cabello castaño oscuro.
Se derramaba a su alrededor creando un completo y maravilloso desastre.
Le llegaba casi a la cintura, a esa impresionante y estilizada cintura, libre del corsé.
Por el amor de Dios, podría abarcar su cintura con ambas manos.
Y todo apuntaba a que se vería obligado a hacerlo.
—No se mueva —le ordenó mientras caminaba a grandes zancadas hacia ella.
La señorita Stafford miró en su dirección. Se había sonrojado intensamente.
—Trataba de alcanzar un libro del estante de arriba cuando la escalera se desplomó.
—Eso no importa —dijo, cortante. Dejó el candelabro que llevaba en una mesa cercana y sin vacilar, arrastró una pesada silla de madera hasta colocarla con firmeza sobre el suelo enmoquetado que había bajo ella.
Se subió de un salto a la silla, que soportó su peso con facilidad, y se estiró para tomarla de la cintura.
Al hundir los dedos en su carne, sintió el trémulo suspiro que dejó escapar Sylvia.
Estaba demasiado arriba, y aunque él fuera muy alto, apenas alcanzaba a agarrarla con seguridad.
—Si pone una mano en mi hombro, la bajaré.
Se soltó del estante con lentitud, y extendió una mano hacia el hombro de Sebastián.
—No llego.
—No se preocupe, solo deje que…
Antes de que pudiera terminar la frase, el pie de la señorita Stafford resbaló hasta el estante inferior.
Se precipitó, gritando asustada, y cayó directa a los brazos de Sebastián.
No había corrido un peligro real. Sin embargo, se lanzó hacia el cuello del hombre, rodeándolo con los brazos y aferrándose a él con desesperación.
—La tengo. —La tranquilizó Sebastián. Se bajó de la silla y la dejó poco a poco en el suelo, siendo plenamente consciente del doloroso roce de cada centímetro de su cuerpo contra el suyo hasta que los pies de la joven tocaron el suelo.
Debía haberla soltado entonces, pero sintió que a Sylvia le temblaban un poco las piernas. O al menos eso fue lo que se dijo a sí mismo. Pudo haberlo imaginado. De cualquier modo, no encontró la fuerza de voluntad para dejarla marchar.
Y al parecer, por algún motivo, ella tampoco quería separarse de él.
En su lugar, lo miró a los ojos, un poco aturdida.
—Qué humillante —susurró.
Hacía años que Sebastián no se reía. Lo cierto era que había tenido pocos motivos para hacerlo. Pero tras las palabras de Sylvia, sintió una chispa de diversión.
—Y que lo diga.
Sylvia sonrió como respuesta. Por un momento, trató de reprimir la risa. Pero justo después, dándose por vencida, inclinó la cabeza hacia su pecho y estalló en carcajadas.
Fue un sonido bajito y alegre que le calentó el alma. Sin pensarlo, apartó las manos de su cadera y la abrazó, acercándola más a él. Apoyó el rostro ligeramente sobre su pelo. Era como estar sobre una nube, su cabello era tan sedoso y grueso como el mechón que siempre llevaba con él.
—Vaya espectáculo he montado —exclamó entre risas—. Temo haber parecido una perturbada.
A Sebastián le atronaba el corazón en el pecho, y la sangre le ardía en las venas.
Al menos su cuerpo no había olvidado cómo responder ante su cercanía.
Su mente, por otro lado, no era más que caos y confusión.
Tenía preguntas. Preocupaciones. Y una de ellas era que justo en ese momento se estaba aprovechando de una mujer soltera bajo su propio techo, una mujer que además era su invitada.
—Tonterías —dijo—. Ha sido divertido.
Se separó de él, retiró los brazos de su cuello y los apoyó en su pecho con delicadeza.
—No se está riendo.
—Me rio por dentro —exclamó. Y al decirlo, aquella sonrisa con hoyuelos apareció. Pero Sebastián no sonrió. No podía. Le dolía demasiado el corazón. Y, de repente, lo asaltó la horrible idea de lo monstruoso que debía parecerle en ese momento; estaban demasiado cerca el uno del otro.
La sonrisa de la señorita Stafford se desvaneció con lentitud. Se movió para liberarse de su agarre y él dejó que lo hiciera. Se alejó, y se dedicó a adecentar la arrugada bata.
—No debí haberme aventurado fuera de la habitación.
—¿Por qué no? Es una invitada, no una prisionera.
—Apuesto a que ningún invitado se ha visto nunca en una situación parecida.
—No —admitió Sebastián—. Al menos que yo sepa. —La observó mientras se recolocaba el cinturón de tela de la bata. Lo ató con esmero alrededor de la cintura.
—Eso creía yo —dijo. Se alisó de nuevo la bata antes de caminar hacia el antiguo globo terráqueo que descansaba en un hueco entre dos estanterías.
—Este incidente se suma a la estúpida carta que le escribí.
Se quedó paralizado. Aquellas palabras lo sorprendieron con la guardia baja.
—Al parecer —pronunció deslizando el dedo por el globo y dándole un lento e intencionado giro en la estructura de madera—, tengo un talento especial para ponerme en ridículo cuando usted está involucrado.
Sebastián apretó el puño al lado de la cadera. ¿Era eso lo que creía? ¿Que se sentía superior a ella y la tomaba por una idiota?
Deseó más que nunca saber qué decía aquella condenada carta.
En la galería de arte estuvo a punto de confesarle que jamás la había recibido.
Ni esa ni ninguna otra. Pero algo lo frenó.
No fue desconfianza, pues ahora estaba casi seguro de que ella le había escrito.
Pese a ello, si Sylvia hubiese sabido, o sospechado, que él jamás había recibido carta alguna, ¿se habría abierto con él de la misma forma y le habría contado tanto sobre el contenido de las misivas perdidas?
Lo dudaba.
Y entonces jamás lo habría sabido. Era doloroso, no podía negarlo.
De hecho, pensar en el año de tormento que pasó en la India con el corazón destrozado, preguntándose por qué no le escribía, qué había dicho o hecho para perder su afecto —o aún peor, preguntándose si alguna vez sintió algo por él— fue lo que lo mantuvo en vela la mayor parte de la noche.
¡Lo que hubiera dado por conocer la existencia de aquellas cartas!
¡Cartas perfumadas y selladas con mil besos!
Pero ¿dónde estaban? ¿Qué demonios sucedió con ellas?
Se pasó una mano por el pelo negro, que ya estaba despeinado.
—Supongo que se acabó ya lo de dejar el desafortunado pasado atrás.
—Lo siento —dijo Sylvia en voz baja—. No debí haberlo mencionado, pero… —Se le quebró la voz—. Soy incapaz de olvidarlo.
—Yo tampoco puedo.
Sylvia apartó los ojos del globo terráqueo y los clavó en Sebastián.
—Entonces diría que no queda nada por decir, ¿verdad?
Endureció la expresión con determinación.
Por supuesto que había más cosas por decir, por Dios, y Sebastián supo que ahora dependía de él.
Dio una zancada decidida hacia ella y se detuvo.
El corazón le latía desbocado en el pecho.
Tenía la sensación de estar de pie en el borde de un gran precipicio, no veía lo que había en el fondo; era un salto de fe.
Pero no le quedaba más opción que precipitarse al vacío.
—Jamás recibí ninguna de sus cartas.