Capítulo 7
U n rato después, Julia se encontró a Sylvia y Sebastián en la galería de arte.
Estaba de muy buen humor, como resultado de un «descanso reparador» según ella, pero Sebastián sabía que en realidad era por haberlo descubierto a solas con la señorita Stafford.
Su hermana nunca se ponía tan contenta como cuando pensaba que sus planes estaban dando sus frutos.
Julia intentó convencerlo de que se uniera a ellas para tomar el té.
Apenas le prestó atención; su mente era un caos.
Se excusó, y se despidió con tanta amabilidad que su hermana se quedó atónita.
Pocos minutos después, se encontraba a salvo en su salón privado, acomodado frente a la chimenea con una copa enorme de brandi entre las manos. Observó las llamas, absorto.
La señorita Stafford le había enviado cartas.
Cartas perfumadas y selladas con mil besos.
¿Podía ser cierto? Una mujer astuta se inventaría aquel cuento para convencerlo de que se había preocupado por él durante todo ese tiempo. Una historia muy oportuna ahora que él era el conde de Radcliffe.
Pero la señorita Stafford no había mentido; lo supo con claridad. Estaba profundamente avergonzada. Diablos, estaba dolida. Pero no era una mentirosa. Al parecer, nunca lo había sido.
Darse cuenta de ello era abrumador.
Sin embargo, seguía sin explicar todo el resto.
¿Qué diablos escribió en aquella carta? Aquellas misteriosas palabras eran, según ella, las causantes de que él pusiera fin al romance. ¿Qué demonios podía ser?
No había recibido correspondencia de Sylvia Stafford. Ni una sola carta.
Había tardado un año en aceptar que no iba a recibir noticias de ella; que Sylvia jamás había tenido intención de escribirle.
Le costó asumir que lo más probable es que lo que hubo entre los dos no hubiera existido más que en su imaginación febril y romántica.
Y aun con todo, se había agarrado con uñas y dientes al condenado mechón de pelo, el único símbolo de calidez y esperanza que tuvo en medio del mísero infierno que fue la guerra.
Sin embargo, sí que le había escrito.
Ahora estaba allí, y creía que era él quien la había abandonado a ella. «Me dijo que me equivocaba. Que ella no te importaba lo más mínimo». Eso le dijo Julia.
¡Por todos los diablos!
Tomó un largo trago de brandi, y en su mente apareció la expresión del rostro de Sylvia cuando lo encaró y le pidió que le devolviera las cartas. Ajena por completo al efecto devastador que sus palabras provocaban en él, se centró en pedirle disculpas por haberle escrito.
Le había pedido disculpas. A él.
Sebastián no sabía si reír o echarse a llorar. Optó por mascullar un juramento larguísimo y particularmente elocuente.
Milsom silbó en señal de apreciación al entrar en el salón.
—¿A qué se debe su enfado?
—A nada. —Sebastián se terminó la copa y empezó a servirse otra.
—¿A nada, milord? —Milsom dejó escapar un resoplido de incredulidad—. Creo que la última vez que le oí blasfemar así fue mientras aquel médico borracho le cosía la herida del rostro a las afueras de Jhansi.
Sebastián dejó caer la cabeza contra el respaldo del sillón con un gruñido.
—Ahora no.
El ayuda de cámara no se desalentó.
—Esta mañana salió de aquí de buen humor —dijo—. El lacayo dice que buscaba a la señorita Stafford.
—Ese hombre puede irse directo al infierno, y tú con él. No os incumbe a ninguno.
—Ah —dijo con intención—. Una pelea de enamorados, ¿es eso?
Sebastián no lo negó. Bebió otro trago.
—Si de verdad deseas saberlo, Sylvia afirma haberme enviado cartas.
Milsom se detuvo en seco.
—Así que después de todo sí que le escribió.
Sebastián se quedó mirando pensativo la copa medio vacía.
—Eso parece.
Una amplia sonrisa apareció en el rostro afilado del ayuda de cámara.
—Se lo dije. Las cartas se extraviarían y como no estábamos en un sitio fijo…
—No se extraviaron por el servicio postal.
—¿Cómo dice? Entonces por qué no… —Un leve golpeteo en la puerta interrumpió las palabras de Milsom.
Esta vez Sebastián maldijo en voz bien alta.
—Debe de ser mi hermana.
En efecto, cuando Milsom atendió la llamada de la puerta, fue la cabeza de Julia la que se asomó dentro.
—¿Podría entrar un momentito? —preguntó.
Sebastián dudaba de que hubiera forma alguna de detenerla. Con un autoritario gesto de la mano, señaló el sillón frente al suyo.
El rostro de Julia se iluminó con intensidad. Entró corriendo en la estancia y se instaló en el borde del sillón que Sebastián le había indicado.
—¿Y bien? —exigió saber.
Milsom se retiró al dormitorio con discreción, cerrando las puertas tras él.
Sebastián presionó el pañuelo en el lado desfigurado del rostro mientras levantaba la copa para darle un nuevo sorbo a la bebida.
—Pensaba que estabais tomando el té.
—¡Hace una hora de eso! —Dirigió una mirada de desaprobación hacia la botella de brandi medio vacía que estaba en la mesa de al lado de su hermano—. No me extraña que hayas perdido la noción del tiempo, no deberías beber tanto. Padre nunca lo hizo.
—Nuestro padre bebía lo que necesitaba para poder sobrevivir al día. —Tomó un nuevo trago de brandi—. Igual que hago yo.
—Bueno, el día a día de padre no era tan estresante como el tuyo.
—Así es.
—Pero sigue sin gustarme que bebas. Y menos aún teniendo en cuenta los progresos con la señorita Stafford. Podrías arruinar tu oportunidad con ella si estás ebrio.
Con solo dos copas no estaba ebrio en absoluto, pero Sebastián no se lo discutió.
—¿Dónde está la señorita Stafford?
—Me está esperando abajo en el salón. Se supone que he ido a por la pintura y los lienzos. Vamos a bajar paseando hasta el puente. ¿Vienes con nosotras?
—No.
—¿Ni siquiera para ver a la señorita Stafford? Prometo que os daré vuestro espacio. Ni notareis mi presencia.
Sebastián frunció el ceño con la mirada perdida en el fuego.
Lo cierto es que nada le gustaría más que verla.
Por desgracia, si saliera en un día tan soleado, ella también lo vería a él.
Ya era lo suficientemente malo que se hubiera expuesto bajo la luz del ventanal de la galería de arte.
Solo Dios podía saber lo que pensaría de él ahora que había visto bien su rostro.
—En otra ocasión, tal vez —respondió distraído.
Esperó a que su hermana se marchara, pero Julia no se movió; permaneció mirándolo con la misma expresión esperanzada.
—¿De verdad te has sentado a su lado en la galería de arte?
—Tú misma lo has visto.
—¿Y has sido amable con ella todo el tiempo?
Respiró entrecortadamente. Maldición, no había sido amable con ella. Se había comportado como un bruto, como una bestia. Pensaba tener motivos para hacerlo, pero ahora, tras lo que le había dicho Sylvia, ya no estaba seguro de nada. Vació hasta la última gota de la copa y la dejó en la mesa.
—¿Qué hacía Thomas Rotherham aquí esta mañana? —preguntó con brusquedad.
La sonrisa de Julia se apagó.
—Nada, ¿por qué? Solo nos acompañaba en nuestro paseo.
—¿Y cómo se ha enterado de qué ibais a montar a caballo?
Durante unos pequeñísimos segundos pareció que Julia preparaba una mentira elaborada. Pero después bajó los hombros.
—Envié una nota a Moreton Grange —confesó—. Y lo invité a acompañarnos.
Sebastián se pasó una mano por el rostro. Empezaba a palpitarle la cabeza.
—¿Puedo preguntar el motivo?
—Creí que… si lo veías con ella… —El arrepentimiento se reflejaba en sus ojos—. Que eso te pondría celoso.
Las llamas crepitaron en la chimenea.
—Y ha funcionado, ¿no es así? Habéis reconectado. —A Julia se le quebró la voz por la incertidumbre—, y os habéis reconciliado, ¿cierto? La señorita Stafford no me ha contado nada, pero, si no ¿por qué estabais sentados tan cerca el uno del otro en la galería? ¡Y sin carabina!
Sebastián se quedó mirándola de forma implacable.
—Estoy a un paso de escribirle a Harker y contarle todo lo que has estado haciendo.
Julia se encogió de hombros con indiferencia.
—Puedes hacerlo, a Harker no le importan mis asuntos de casamentera. Y menos aún si lo hago para ayudar a mi propio hermano.
—Ah, ¿no?
Sebastián bajó su profunda voz hasta convertirla en un rugido amenazador.
—Si fueras mi esposa, te golpearía hasta que me suplicaras por tu vida.
A Julia se le desencajó la mandíbula y su expresión se transformó en una mueca de consternación casi cómica.
—¡Jamás serías capaz de golpear a tu propia esposa!
—¡Y además te encerraría en tus aposentos! —añadió Sebastián para reforzar la idea.
—No te creo —dijo—. No serías capaz de hacerle daño a una mujer.
Sebastián rememoró la mirada de desolación en los ojos de la señorita Stafford cuando le dijo que tuvo la fortuna de escapar de ella.
—¿Eso crees?
—Sí —dijo Julia—. Y no entiendo por qué estás tan furioso conmigo; todo lo que he hecho ha sido en tu propio beneficio. La semana pasada Sylvia quería regresar a Cheapside. Y lo habría hecho, si no te hubiera engañado para obligarte a salir de tus aposentos.
—Supongo que ha decidido quedarse.
—No me ha dicho nada —admitió Julia—. Pero tengo fe en que así sea. Quizá si le dijeras que quieres que lo haga…
Sebastián enterró los dedos en los pliegues de la corbata y comenzó a aflojarla.
—Ya lo he hecho.
—¿De verdad? —Julia entrelazó las manos a la altura del pecho—. Oh, Sebastián. Estaba tan segura de que deseabas verla… y estaba convencida de que tenía que convencerla de venir, costara lo que costase. Aunque me viera obligada a decirle alguna que otra mentira piadosa.
Sebastián se quedó paralizado, en estado de alerta.
—¿De qué hablas?
—Bueno, ya sabes…
Sebastián apartó la mano de la corbata.
—No, no lo sé. Por favor, ilumíname.
Julia fingió estar ocupadísima alisando una arruga invisible en la falda de su vestido rosa de flores de muselina.
—Nada relevante. Algo de lo más común.
—¿Qué mentiras, Julia? —insistió Sebastián.
—Bueno… —dudó—. Le dije que me encontraba en un estado delicado.
Sebastián la miró con desaprobación.
—¿Por qué diablos le dijiste eso?
—Porque si de verdad estuviera en estado de buena esperanza, Harker me cuidaría como hacen las gallinas con sus polluelos.
—Levantó la mirada hacia el rostro de Sebastián, y le dedicó una mirada vergonzosa—.
Le dije que mi marido estaba preocupado por cómo podría alterarme la situación de Pershing, que eso podría afectar al bebé.
—«La situación»— repitió Sebastián.
—Lo entendió a la primera. Y accedió a acompañarme a Hertfordshire.
—¿De qué «situación» hablamos?
Julia negó con la cabeza.
—Mejor no te lo digo, no te va a gustar.
—¿Qué le dijiste? —rugió Sebastián.
—¡No tienes que gritarme! Sé que no debería haberlo hecho, pero era la única forma de que viniera. Entiende que…
—Voy a contar hasta cinco y si no me contestas para entonces, te lanzaré por aquella ventana.
Julia se levantó de un salto, y se escondió con rapidez tras el sillón mientras Sebastián empezaba a contar.
—¡Le dije que tenía miedo de que hicieras alguna estupidez! —reveló Julia al fin.
Sebastián se levantó al instante, y se cernió sobre ella.
—¡¿Qué le dijiste qué?!
—Y que hace un año que guardas el revólver cerca de la cama y que… —soltó un fuerte grito mientras su hermano se abalanzaba sobre ella. Huyó hacia la puerta, fuera de su alcance.
—¡Tuve que hacerlo! —chilló—. ¡Y no lo lamento! —Y después salió corriendo del salón lo más rápido que pudo.