La carta perdida Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Sylvia vio a un sirviente en la lejanía, cruzando el jardín. Debía ser el jardinero, pensó distraída. Pershing Hall era una hacienda enorme; tendría cientos de sirvientes.

—Su hermana lo malinterpretó todo. Julia pensó que conservaba el mechón porque yo le importo.

Intenté explicarle que muchos soldados tienen amuletos de ese tipo, pero ella se negó a creerlo.

«Si el mechón le proporciona consuelo, imagínate lo que haría en persona».

Eso me dijo. —Le lanzó otra mirada fugaz—. Se preocupa muchísimo por usted.

—Es un maldito incordio.

Sylvia esbozó una inesperada media sonrisa.

—Estaba dispuesta a contratar a un detective privado para buscarme.

—Por todos los dioses.

—Por suerte, hay mucha gente que todavía se acuerda de mi desdichado destino tras el escándalo. Lady Harker pudo localizarme en Cheapside. ¡Qué desgracia!

—Donde es la institutriz de dos niñas pequeñas.

—Clara y Cora. Las niñas más adorables que conocerá.

—Se le ensanchó la sonrisa, y aparecieron sus dos hoyuelos, que rara vez mostraba.

Sebastián bajó los ojos hasta sus labios, con expresión de asombro—.

Les he enseñado a actuar. — continuó—. Clara, la mayor, sabe tocar una balada al piano y Cora, su hermana pequeña, la acompaña cantando.

No lo hacen a la perfección, lo admito, pero es entrañable.

Han progresado mucho y estoy orgullosa de ellas.

—Nunca mostró interés por los niños —recalcó Sebastián, cortante.

La sonrisa de Sylvia se desvaneció. Hubo un tiempo en el que deseó tener hijos. Con él.

—Y eso es apropiado para mi nueva vida —dijo.

—¿Su padre no le dejó nada para el futuro?

—No, nada. Después de su muerte me enteré de que estaba ahogado en deudas: debía dinero a amigos e incluso a prestamistas. Lo apostó todo en aquella última partida. Creo que me habría apostado a mí también si se le hubiese ocurrido a tiempo.

—¿Y sus parientes?

—Les escribí cuando pasó todo. Solo me respondió la hermana de padre, una mujer a la que no conozco.

Tiene doce hijos, por increíble que parezca.

Siete de ellos aún muy pequeños. Me invitó a su casa en Northumberland.

Creo que quería una sirvienta a la que no tuviera que pagarle.

Una esclava. En aquel momento decidí que, si tenía que trabajar, recibiría una paga por ello.

—Así que ahora enseña a las hijas de un comerciante a tocar y a cantar. —Sebastián apretó el puño al lado de la cadera—. ¿Y ha vuelto a cantar?

—Les canto nanas a las niñas cuando no pueden dormir.

—No hablo de eso.

—Sé lo quiere decir. —Sylvia volvió a mirar por la ventana—.

La respuesta es no, milord. Ya no canto.

No de la misma forma en que lo hacía antes de que muriera padre.

No se celebran veladas musicales en la casa de los Dinwiddy y ya no tengo a Penélope Mainwaring para acompañarme al piano.

A excepción de las nanas, no canto nada. Ni cuando estoy a solas.

—Aquí hay una sala de música.

—¿De veras?

—Si Julia la acompaña, quizá pueda cantar como solía hacer.

Sylvia clavó de nuevo la vista en él, dolorosamente consciente de que la mirada de Sebastián no había flaqueado ni una sola vez.

Sin embargo, se percató de que la expresión arrogante y burlona que había mantenido durante la conversación se había esfumado.

Se preguntó a dónde había ido y cuando regresaría.

—¿Esta noche?

—Cualquier noche.

Arrugó el ceño con preocupación.

—¿Significa eso que le parece bien que me quede? Después de lo que me dijo, supuse que…

—Perdí los estribos —admitió Sebastián—.Y no es la primera vez que me sucede.

No era una disculpa, pero Sylvia sospechaba que era lo más cercano a una que obtendría de él. Pese a eso, no le bastaba.

—Sus palabras me hirieron.

Sebastián no pudo disimular la mueca de dolor.

—Señorita Stafford, yo…

—¿Creía que soy inmune al dolor? —preguntó—. ¿Que por ser una sirvienta no siento un pinchazo justo «aquí» —se puso la mano sobre el corazón— cada vez que me habla como si me odiara?

La expresión de Sebastián se oscureció con agonía. Las palabras de ella pesaron en el silencio que se instaló entre los dos.

—No la odio —dijo Sebastián al fin—. Jamás la he odiado.

A Sylvia le tembló el labio inferior. Le dio la espalda, parpadeando para alejar el torrente de lágrimas.

—¿De verdad? —dijo con la voz entrecortada.

—Sí —repitió. Y luego con más firmeza—: Sí. —Se inclinó más hacia ella, aplastando sus pesadas faldas bajo sus piernas. La joven sintió su cálido aliento contra el pelo—. He hablado con mucha crueldad, no ha estado bien.

—No me lo merecía.

—No, no lo merecía. Jamás debí dirigirme a usted como lo hice. Y si me perdona…

Una pequeña chispa de esperanza se encendió en el pecho de Sylvia.

—¿Me está pidiendo disculpas?

—Así es. —Endureció el tono de voz—. No quiero que se vaya.

Aquellas palabras provocaron un rubor en las mejillas de Sylvia. Cerró los ojos por unos instantes. Y después se volvió para encararlo.

—Creí que había cometido un error al venir —confesó—. Pero existe una manera de dejar nuestro desafortunado pasado atrás y empezar de nuevo. Como amigos. Ya lo fuimos una vez, ¿recuerda? Antes de aquella estúpida carta.

Sebastián le dirigió otra larga y penetrante mirada.

—Sí que lo éramos, señorita Stafford —admitió—. Y espero de todo corazón que volvamos a serlo.