Capítulo 6 #2
—No trate de negarlo. La he visto con él esta mañana mientras paseaban a caballo a las afueras del parque. —Hizo una pausa—. Vi cómo le sonreía.
Si no le resultara tan indignante, estallaría en carcajadas.
—¿Ese es el gran crimen que he cometido? ¿Sonreírle a un caballero?
—Intentar seducirlo, más bien.
—No sea ridículo.
—No tiene la menor idea del efecto que causa al sonreír —puntualizó Sebastián—. O es probable que sí lo sepa. Y lo utilice a su favor como hace con el resto de sus encantos.
Sylvia se quedó sin palabras. Así que eso era lo que pensaba de ella. La tomaba por una seductora, por una de esas mujeres manipuladoras que engañaban a hombres inocentes y los obligaban a casarse. Era denigrante y absurdo. Santo cielo, ¿era eso lo que creía que había hecho con él en Londres?
Se le heló la sangre al comprenderlo.
Tomó una bocanada de aire para tranquilizarse, esforzándose al máximo por mantener la calma y no ceder ante la vergüenza paralizante que le suponía enfrentarse a su comportamiento del pasado.
—Me está juzgando mal, milord —dijo, incapaz de disimular el temblor de su voz—. Puede que tenga motivos, pero solo porque fui una insensata en el pasado no significa que vaya a serlo de nuevo. De hecho, no ha vuelto a suceder.
El rostro de Sebastián se ensombreció. Dio un paso hacia ella.
—Una insensata —repitió el conde—. ¿Es así como lo llama?
—No. Fui una estúpida. Una inmadura. No intento justificarlo, forma parte del pasado y no puedo hacer que desaparezca por mucho que lo desee.
—No me refiero a eso. Hablo de lo que ha sucedido hoy, de cómo se ha comportado con Rotherham. El pasado no tiene nada que ver.
—Si usted lo dice… Y, sin embargo, se ha formado una idea integra de mí a raíz de nuestra antigua relación.
—¿Cuándo coincidimos durante un tiempo muy breve en Londres? —Esbozó una sonrisa amarga que se transformó en una mueca de desprecio—. Me impresiona que lo recuerde. Son cosas del pasado.
Sylvia comprendió que quería herirla. Que lo que pretendía con casi cada una de las palabras pronunciadas desde que entró en la galería era hacerle daño.
—No me creo que lo haya olvidado —dijo.
—Es libre de pensar lo que quiera.
—Como mínimo, debe recordar que una vez fuimos amigos. Que…
—Lo único que recuerdo de «nuestra antigua relación» —la interrumpió con frialdad—, es que tuve la fortuna de escapar.
Aquellas palabras le atravesaron el corazón con la precisión de un cirujano.
—Sí, supongo que tuvo suerte.
Se alejó de él. De pronto, no había nada en el mundo que deseara más que regresar a Londres, a la habitación del ático de la humilde casa de los Dinwiddy, donde se sentía segura y protegida.
Al menos allí sabía a lo que atenerse. Pero huir no solucionaría nada, y mucho menos con tantas cosas pendientes entre ellos.
Por otra parte, ¿cómo volvería? Era lady Harker quien debía pedir el carruaje.
Eso o tendría que hallar el modo de llegar hasta la estación de Apsley Heath.
Una vez allí podría comprar un pasaje para el próximo tren dirección a Londres.
No era imposible. De hecho, si empezaba a planificarlo de inmediato podría irse a la mañana siguiente.
Mientras tanto, tendría que contentarse con poner algo de distancia entre los ellos.
—Señorita Stafford —dijo Sebastián.
La imaginación le jugó una mala pasada, pues percibió una nota de arrepentimiento en su profunda voz. No era más que su traicionero corazón que solo oía lo que deseaba. Dios sabía que no era la primera vez que Sebastián la embaucaba.
Lo ignoró y cruzó la galería hacia uno de los gigantescos y amplios ventanales que llegaban hasta el suelo.
Estaba enmarcado por unas cortinas muy pesadas, que permanecían abiertas y dejaban a la vista el austero jardín de la parte norte de la hacienda.
Aunque el día era gélido, el sol brillaba con intensidad.
Se adentró en los rayos de sol y su mirada se perdió a lo lejos, más allá del parque.
Quizá Sebastián ya se hubiera ido; una parte de ella deseaba que fuera así. Sin embargo, seguía allí. Caminó hacia ella y se colocó a su lado. Su enorme figura proyectaba una oscura sombra en la esquina iluminada por el sol.
Sylvia se abrazó a sí misma; tenía frío y se sentía completamente desprotegida bajo el recatado vestido de seda negra.
¿Por qué no se iba? ¿Por qué no la dejaba en paz?
En aquel momento lo odiaba. Odiaba que permaneciera junto a ella y la obligara a estar junto a él cuando sabía que se sentía vulnerable.
Al mismo tiempo, había algo insoportablemente íntimo en el hecho de que los dos estuvieran allí, tan cerca el uno del otro. No era más que una ilusión, lo sabía, pero sintió la necesidad de hablar.
—Siempre me he preguntado en qué momento se torció todo entre nosotros —habló con tranquilidad—. Puede que solo estuviera divirtiéndose a mi costa. O puede que… puede que fuera por algo de lo que escribí en mis cartas.
—¿Cómo dice?
—Siempre he sospechado que es lo segundo —admitió— pero me negaba a creerlo.
Y ahora parece que le debo una disculpa, milord.
Cuando le escribí de aquella forma, tenía la impresión de que usted y yo…
que nosotros… sentíamos cierto afecto el uno por el otro.
—Tragó saliva, obligándose a mirarlo. Sebastián tenía los ojos fijos en ella, con el rostro pálido y sin moverse.
Las cicatrices se apreciaban con claridad—.
Lamento si mi actitud le resultó ofensiva o escandalosa.
Espero que las haya destruido. Si no es así, le agradecería que me las devolviera.
Sylvia jamás había pronunciado unas palabras tan humillantes. Se imaginaba lo sonrojada que debía estar. Le dio la espalda y fijó la vista en unos árboles lejanos. Al rato, lo oyó carraspear.
—¿Qué había en esas cartas para que me escandalizara tanto, según usted? —le preguntó.
La mujer soltó una risotada atragantada y desprovista de humor.
—Oh, ¿por dónde empiezo?
—La escucho.
—A ver… ¿Puede que fuera porque las rocié con mi perfume? ¿O porque siempre me despedía mandándole mil besos?
Sebastián permaneció en silencio durante una eternidad.
Una eternidad durante la que Sylvia deseó no haber ido a Pershing Hall. Apoyó la frente en el marco de la ventana, cerrando los ojos, muerta de la vergüenza.
—No fue por ninguna de las dos —dijo Sebastián con voz áspera.
—Oh, comprendo. —Fue incapaz de decir nada más.
Porque ahora ya sabía a ciencia cierta porqué sentía aversión hacia ella.
En el fondo siempre lo había sospechado.
¡Fue la maldita primera carta! Con razón la consideraba una seductora sin escrúpulos con ansias de casarse.
Se obligó a mirarlo de nuevo—. Jamás debí escribir aquello.
Sebastián no dijo nada. Se limitó a mirarla, con el rostro pálido y tan inmóvil como antes.
—Hace tres años de eso —exclamó—. Era muy ingenua. Muy estúpida. Y pensé que… Bueno, ya no importa. Escribirle fue una idiotez; lo mejor sería olvidarlo. Me avergüenza muchísimo pensar en ello. —Exhaló de forma entrecortada.
Ya está. Se había acabado. Siempre había querido averiguar el motivo por el que terminó el romance entre los dos y ahora lo sabía.
Ya podía dejarlo marchar.
—Voy a quedarme sentada un rato —dijo, mientras se hundía en el alféizar de la ventana—. ¿Podría dejarme a solas para aclarar mis ideas?
Sin embargo, no lo hizo. En vez de irse, se sentó a su lado, aparentemente ajeno al hecho de que se estaba exponiendo a la potente luz del sol del mediodía, revelando las horribles cicatrices.
—¿Todavía conserva las cartas? —le preguntó.
—No.
Pensó en las laboriosas horas que había pasado escribiéndolas. Toda la esperanza y cariño que había puesto en cada línea.
—Bueno… —De repente le entraron ganas de llorar—. Supongo que no merecía la pena guardarlas.
Sebastián no respondió.
Empezaba a sentir que conversaba con ella misma. ¿Para qué se había sentado a su lado si no le iba a dirigir la palabra? ¿Iba a limitarse a mirarla fijamente hasta que le brotaran lágrimas de los ojos?
¿O era posible que ya hubiera hablado demasiado?
¿Hablar le suponía un esfuerzo? La cicatriz que le había dejado el corte con el sable le había dañado la mitad del rostro y le llegaba hasta la parte que asomaba por encima de la corbata negra.
Hasta ese momento, no había visto lo espantosa que era, ni había apreciado su gravedad.
¿También le había dañado la garganta? ¿Por eso su voz sonaba siempre tan áspera y afónica?
—¿Por qué no tuvo más cuidado? —le preguntó.
Sebastián se sonrojó de un modo casi imperceptible.
—Fue una de las últimas cosas que le dije, ¿recuerda?
«Prométame que tendrá cuidado» —repitió las palabras que escribió tanto tiempo atrás—.
Pues claro que no lo recuerda, para usted son cosas del pasado.
Algo irrelevante y que olvidó hace mucho tiempo.
Pero ojalá… Oh, ojalá se hubiese mantenido a salvo.
—Todo el mundo que me mira desearía lo mismo —dijo—. Sé que mi rostro resulta muy desagradable.
—No me refiero a eso. Quiero decir que… Ojalá nadie le hubiera hecho daño. No importa lo que pasara entre nosotros… La simple imagen de vislumbrarlo sufriendo me resulta insoportable.
Sebastián guardó silencio una vez más, pero Sylvia vio que un músculo palpitaba en su mandíbula. Aquel tema lo incomodaba. Quizá no debería haberlo mencionado. O debería haber fingido que su aspecto era el mismo de siempre. Que nada había cambiado.
—Y sus cicatrices no me resultan desagradables —le dijo antes de poder detenerse a sí misma—, siendo sincera, la primera vez que le vi así, en la puerta de sus aposentos, me preocupó más su estado de semi desnudez que cualquier otra cosa.
—Se dio la vuelta y se asomó a la ventana, sintiendo el peso de su mirada sobre ella—.
¿Lo del mechón es cierto? ¿Aún lo guarda?
Sebastián no contestó.