La carta perdida Capítulo 6
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Capítulo 6

S ebastián no se sentía orgulloso de espiar a la señorita Stafford.

Era una debilidad y él detestaba todo lo que lo hacía sentirse frágil.

Sin embargo, no podía resistir el impulso de observarla; sobre todo cuando ella no podía verlo.

Así que, cada mañana, antes de acomodarse en el escritorio de su salón privado, se detenía ante la ventana que daba al sendero por el que había visto a Sylvia pasear a caballo, y se inclinaba sobre el marco de la ventana, medio oculto por las gruesas cortinas, para contemplarla.

Ojalá pudiera haberlo dejado ahí.

En vez de eso, se había comportado como un grandísimo estúpido cuando salió de sus aposentos dos noches antes y se la encontró en las escaleras.

Se escondió entre las sombras, con la única intención de admirarla, pero Sylvia se detuvo en el centro del vestíbulo, visiblemente disgustada.

Y fue hacia ella, como el maldito idiota que era, y confirmó todas sus sospechas.

«Si fuera mi casa, jamás desearía marcharme».

Lo habría tomado como un simple cumplido si lo hubiera dicho cualquier otra persona, pero viniendo de ella, el significado cambiaba por completo. Para él era una clara insinuación de que deseaba vivir en Pershing Hall. De que quería que la convirtiese en la siguiente condesa de Radcliffe.

¿Creía que iba a olvidar con tanta facilidad la crueldad con la que lo había descartado cuando no era más que el segundo hijo de un conde? ¿Que sucumbiría tan fácilmente a sus artimañas? ¿Que no le quedaba ni una pizca de dignidad?

Era probable que tuviese razón, pensó Sebastián con amargura. Porque si conservara algo de orgullo, no estaría mirando por la ventana en ese justo instante, esperando a que apareciera en su paseo matinal.

Era una estupidez, todas las mañanas eran iguales. Siempre vestía el mismo traje de montar azul, que tenía un efecto magnífico que resaltaba su figura. Siempre lucía un gesto serio y solemne, como si supiera que él la observaba y le negara a propósito el placer de verla sonreír.

Sus ojos volaron hacia el mechón que sostenía en la mano. La cinta se había desteñido y los extremos estaban deshilachados, pero la sedosidad del cabello seguía intacta. Lo acarició con el pulgar, melancólico, y retomó la siniestra labor de vigilancia.

A la misma hora de siempre, la yegua gris de su hermana apareció en la distancia. Tras ella iba Ares, y bajo el sol de la mañana su pelaje cobrizo parecía de un color rojo brillante.

Pero eso no era todo: las acompañaba otro caballo.

Sebastián se puso rígido. No había vivido demasiado tiempo en Pershing Hall durante los últimos quince años, pero no era necesario ser un residente permanente de Hertfordshire para reconocer a Thomas Rotherham.

Era hijo del vizconde Rotherham, el segundo terrateniente más importante de la región.

Y se le consideraba un auténtico adonis por aquella zona.

Era alto, moreno y de cabello dorado. Las mujeres de Aspley Heath habían suspirado por él desde que a Sebastián le alcanzaba la memoria.

¿Cómo diablos sabía que Julia y la señorita Stafford pasearían a caballo aquella mañana?

Apretó el puño cuando los tres entraron en su campo de visión.

Sylvia atrajo su mirada como un imán: iba vestida exactamente igual que las otras veces, y la expresión de su precioso rostro era tan seria y solemne como siempre.

Cuando la miró, ella volvió la cabeza para dirigirse a Rotherham.

El velo de tul del sombrerito revoleteó alrededor de sus enormes ojos azules. Y entonces sonrío.

El corazón de Sebastián dejó de latir.

Era justo la sonrisa que utilizaba con otros hombres en Londres.

Y le había provocado celos en el pasado; aunque fuera consciente de su carácter bondadoso y cortés, de que se reía con facilidad y de que siempre tenía una palabra amable para cada persona.

Era la razón por la que muchos caballeros se habían enamorado de ella.

Poseía un encanto especial que conseguía que hasta los tipos más reservados se expresaran con ella y que hacía sentir a gusto incluso a los caballeros más inquietos.

En pocas palabras, su compañía era agradable.

«Tiene un gran corazón», oyó tartamudear a un agradecido joven lord después de que la señorita Stafford compartiera un baile con él.

Nunca sospechó que era ella quién incitaba a aquellos hombres. No se le había pasado por la cabeza, ni por un segundo, que le gustara coquetear.

Pero ya no se iba a dejar engañar.

* * *

Aquella misma mañana, más tarde, Sylvia se paseaba a lo largo de la gigantesca galería de arte.

Situada en la parte de atrás de la hacienda, era un espacio muy iluminado gracias a los diez enormes ventanales que ocupaban toda la pared opuesta.

El sol del mediodía se filtraba y bañaba la colección de retratos que parecían remontarse en el tiempo hasta la época de la dinastía Tudor.

A pesar de la brumosa luz solar, era una estancia helada, y en los sombríos espacios entre los ventanales aún se notaba más el frío.

Mientras avanzaba de una obra a la siguiente, se ajustó el chal de cachemira sobre los hombros con firmeza.

No había un orden aparente entre los retratos.

Al menos, no cronológico. Vio un Van Dyck del siglo XVII junto a un retrato de una dama angelical de cabellos rubios que diría que pertenecía a la obra de Thomas Gainsborough.

Al lado, colgaba un retrato relativamente moderno de un hermoso caballero joven que, estudiado de cerca, solo podía ser el hermano mayor de Sebastián.

Igual que él, el hombre era alto, esbelto y de hombros anchos, con las facciones fuertemente esculpidas y con el cabello tan negro como un cuervo.

Pero el parecido entre los dos acababa ahí.

Sebastián era serio y amenazante, mientras que el retrato que tenía ante ella mostraba a un caballero jovial y desenfadado.

Alguien que sabía a la perfección que era el heredero de un título y de una gran fortuna y no tenía que preocuparse por nada más en el mundo.

—Es mi hermano Edmund.

Sylvia soltó un gritito ahogado, atemorizada, y al darse la vuelta vio a Sebastián de pie al otro lado de la galería, entre las sombras.

—¡Lord Radcliffe! —Sylvia se llevó una mano al corazón, que le palpitaba con fuerza—. Me ha asustado.

—La galería de arte es un lugar aterrador. ¿Nadie se lo ha dicho? Se rumorea que generaciones de fantasmas Conrad deambulan por aquí. —Caminó hasta ella, y se detuvo tan cerca que Sylvia podía apreciar la rigidez de sus hombros y la línea dura e inflexible de su mandíbula.

—¿Dónde está mi hermana?

Por instinto, la joven dio un paso hacia atrás para alejarse de él.

—Lady Harker está en la habitación, descansando.

—Entonces merodea por mi casa, a solas.

—Solo por la galería de arte, no sabía que no lo tenía permitido.

Se aproximó aún más a ella, y se detuvo a su lado para contemplar el cuadro que estaba observando.

—Mi hermano no tenía más que treinta y tres años cuando le hicieron ese retrato.

Ella se centró de nuevo en la pintura, tratando de ignorar la creciente sensación de incomodidad que provocaba que se le acelerase el pulso. Sebastián estaba enfadado; muy enfadado. El aire a su alrededor crepitaba. Fingió que no lo percibía.

—Veo el parecido con usted —dijo—. Pero lady Harker no se parece a ninguno de los dos.

—Julia heredó los rasgos de mi madre. Mire. —Señaló en dirección al retrato que Sylvia había confundido con un Gainsborough.

La joven dio un paso hacia él para examinarlo con más detalle. La madre de Sebastián fue sin duda una persona bondadosa. Sonreía con serenidad y un pequeño spaniel marrón y negro descansaba en su regazo.

—Era muy hermosa —susurró Sylvia. Paseó la mirada por las líneas y los ángulos del rostro de la difunta lady Radcliffe—. Tiene razón, su hermana se parece a ella. —Le lanzó una rápida mirada a Sebastián—. Y usted también.

El conde soltó una risotada burlona.

Sylvia alzó una ceja.

—Hablo muy en serio. —Le señaló la expresión de determinación que lucía lady Radcliffe—. Fíjese bien.

—Tiene una imaginación desbordante.

—No tengo imaginación alguna —confesó con sinceridad—. Soy una persona muy racional. Es mi punto débil.

—¿Se considera racional? —Se volvió para mirarla, con los labios apretados en una fina y furiosa línea—. A juzgar por su comportamiento, juraría que es más bien lo contrario.

Se quedó mirándolo, atónita.

—¿Disculpe?

—No me malinterprete. Si quiere flirtear con caballeros en Cheapside, no es asunto mío. Sin embargo, ahora es una invitada en mi casa y está bajo mi protección. Y no pienso permitir que un vecino de mi hacienda juegue con la reputación de una dama, aunque sea una mera institutriz.

A Sylvia se le revolvió el estómago. Durante unos segundos, no pudo hacer nada más que mirarlo fijamente; le ofendían tantas cosas en lo que acababa de decir que no sabía ni por dónde empezar.

—¿Su vecino? —Se oyó repetir débilmente.

—Thomas Rotherham.

Sylvia apretó la suave tela del chal para evitar que le temblaran las manos.

—¿De qué me acusa exactamente?

—No la acuso de nada. Es solo una advertencia. Si sonríe y coquetea con Rotherham sepa que no obtendrá una petición de matrimonio por su parte.

A Sylvia le ardieron las mejillas.

—Me está ofendiendo.

—Le hablo con claridad, por cortesía. Rotherham debe saber que usted es institutriz. Si espera que se comporte como un caballero, se equivoca por completo.

—No espero nada del señor Rotherham. ¿Por qué debería hacerlo? Ni siquiera lo conozco. Nos han presentado, pero ha sido breve y dudo que volvamos a vernos.

—Encontrará alguna razón para regresar. —Predijo Sebastián, con el semblante lúgubre.

—Lo dudo mucho. Y si lo hace, no será por mí. Es amigo de lady Harker, no mío. Además, no hemos intercambiado más de cinco palabras.

—No es eso lo que me preocupa.

—¿Y qué es, entonces? —exigió saber Sylvia—. ¿A qué viene todo esto? No he hecho nada inapropiado.