Capítulo 5
T ras tres días en Pershing Hall sin rastro de Sebastián, Sylvia tomó una decisión.
Se la comunicó a lady Harker aquella misma noche en la cena cuando el sirviente uniformado que les había servido el primer plato se retiró.
Las dos se quedaron a solas, sentadas en relativa intimidad en un extremo de la larga mesa de caoba pulida que dominaba el enorme comedor.
—Creo que será lo mejor —dijo Sylvia.
Lady Harker la observó con perplejidad.
—Pero no lo comprendo. ¿Es por mi culpa? ¿He hecho algo malo? Soy consciente de que he sido un poco controladora, aun así…
—No es eso.
—¿Y por qué considera regresar a Londres tan pronto? ¿No está disfrutando de la estancia?
Sylvia suspiró. Estaba disfrutando muchísimo de su tiempo en la hacienda.
Incluso demasiado. No se celebraban bailes o fiestas en Pershing Hall, ni visitaban las residencias vecinas, pero cada mañana paseaba a caballo junto a lady Harker, y en lo que llevaba de vida no había tenido el privilegio de cabalgar una montura tan espectacular como Ares .
Había desayunado en la cama, pasado tardes tranquilas bordando un bastidor en el salón e incluso se había dado un baño caliente larguísimo en una bañera gigantesca.
Era una clase de lujo que no había experimentado en años; tendría que estar hecha de piedra para no apreciarlo. Pero no había ido hasta allí para pensar en su propio deleite, sino para ayudar a Sebastián.
—Es todo estupendo —le aseguró—. Pero llevo aquí tres días y solo he visto a lord Radcliffe una vez.
La cuchara sopera de lady Harker se detuvo en el aire a medio camino entre el cuenco y su boca.
—¿Así que está preocupada por eso? —se carcajeó—. Tres días no es nada; mi hermano ha llegado a ignorarme durante visitas enteras. Si no lo buscara en sus aposentos, creo que ni le vería.
—Pero es usted su hermana. Yo no soy más que una simple invitada, y además mujer. No puedo ir a importunarlo a su alcoba.
—Claro que no; sería de lo más inapropiado. —Lady Harker se tragó una cucharada de sopa—. Tendré que idear una forma de hacerlo salir.
Sylvia reflexionó sobre sus palabras mientras se centraba en su propio cuenco. Era una deliciosa y cremosa sopa de espárragos cocinada a la perfección. Un lujo más, pensó con amargura. Era mejor que no se acostumbrara a todo aquello.
—Lady Harker —lo intentó de nuevo—, si lord Radcliffe no desea verme, lo mejor para mí es regresar a Londres. No veo cómo puedo ser de utilidad si me quedo. Mi llegada no ha hecho otra cosa que disgustarlo aún más, y si está preocupada por su estado anímico, no deberíamos seguir enfureciéndolo más.
—Siempre está de mal humor. De hecho, no me ha dedicado ni una sola palabra amable desde que regresó de la India.
—Julia volvió a reírse, aunque sonó algo tensa—.
Mi hermano Edmund solía decir que pasó demasiado tiempo en la guerra.
Que se había olvidado de hablar con gente civilizada y que ya solo sabía dar órdenes a los soldados.
Pero con usted ha sido un poco más respetuoso.
Sylvia esbozó mueca llena de sarcasmo.
—Fue bastante desagradable conmigo cuando llegué.
—No hablo de ese momento. —Lady Harker hizo un gesto de desdén con la mano—.
Aunque a decir verdad me hubiera gustado que se comportara mejor.
De hecho, pensé que lo haría. ¿Por qué otro motivo si no habría aceptado salir y unirse a nosotras?
Jamás lo hace cuando vengo a Pershing. Tenía la esperanza de que…
Sylvia alzó las cejas con expresión amable, en un gesto de interrogación.
—¿La esperanza de qué?
—Siendo sincera, no lo sé. —Frunció el ceño—. Pensé que reaccionaría. —Acarició el tallo de la copa de vino—. ¿Cómo era en el pasado?
Sylvia sintió una notable punzada de tristeza, pero la ignoró.
No era la primera vez que se sentía desconsolada desde su llegada. Dadas las circunstancias era lo natural.
—Oh, muy parecido… si no recuerdo mal.
—¿Igual que ahora? —Lady Harker estaba horrorizada—. ¡Es difícil de creer!
—Bueno, quizás era un poco más agradable.
—Cedió Sylvia. No quiso ahondar en el tema.
La compañía de Julia era agradable y la había hecho sentir muy a gusto en Pershing Hall, pero no dejaba de ser una chismosa, por muy buenas intenciones que tuviera.
Lo último que Sylvia deseaba es que lo que sentía por el conde se comentara en sociedad.
—No entiendo qué vio en él —comento—. A no ser que… ¿llevaba uniforme cuando lo conoció?
Sylvia dibujó una media sonrisa desconcertada.
—Sí, diría que sí.
—Ah, eso lo explica todo. Lucinda Cavendish afirma que no hay dama capaz de resistirse a un hombre uniformado, por mucho que lo intente. Y si el caballero en cuestión es un oficial de caballería, ¡entonces una está perdida!
Lady Harker se terminó la sopa y dejó la cuchara al lado del cuenco vacío. Al instante, dos sirvientes entraron en el comedor y sustituyeron la sopa de espárragos por vol-au-vents de pollo, chuletas de cordero con pepino y una guarnición de espinacas, brócoli y champiñones estofados.
Sylvia se sirvió un poco de cada, mientras se preguntaba cómo iba a conformarse con la comida sencilla que comía en la casa de los Dinwiddy tras degustar aquella cocina de alto nivel.
Tarde o temprano regresaría a Cheapside, y temía experimentar de nuevo la misma sensación de abatimiento e insatisfacción que arrasó con ella la primera vez que entró a formar parte del servicio.
Aunque ya estaba habituada a ello, no olvidaba que el período de adaptación en casa de los Dinwiddy no había sido fácil.
Llegó tras la muerte de su padre, aún vestida de negro, y cuando el ama de llaves, la señora Poole, la guio hasta la minúscula habitación asignada para ella, sufrió un duro golpe.
No tenía comparación alguna con los lujosos aposentos de Newell Park.
La cena de aquella primera noche también la decepcionó, pues no le dieron más que un trozo frío de pastel de carne de cordero.
Los Dinwiddy la trataban muy bien, era la primera en reconocerlo, pero por muy amables que fueran, Sylvia era una simple institutriz, y no le ofrecían la carne de su elección.
Ni mucho menos le permitían hospedarse en una de sus mejores habitaciones.
—¿Trabajará en el bordado tras la cena? —le preguntó Julia.
Sylvia se limpió la comisura de los labios con la servilleta.
—Eso creo. A no ser que me necesite para algo.
—No, no. Le prometí a Harker que le escribiría. Es una tarea tediosa; aborrezco escribir cartas. —Se llevó la copa de vino a los labios—. Seguro que también quiere escribir a sus amigos. Deme las cartas cuando las tenga y le diré a Craddock que las envie a la vez que la mía.
—Se lo agradezco, pero no es necesario.
—¿No lo es? ¿Por qué no?
—Ya no mantengo correspondencia con nadie.
La mirada de Julia se volvió compasiva de repente.
—¿De verdad que no?
Sylvia sintió de nuevo aquella punzada de tristeza. Aquella vez no le resultó tan fácil deshacerse de ella.
—No tiene importancia —dijo, forzando otra sonrisa—. Prefiero seguir con el bordado. Soy muy aplicada, puede que termine el patrón que me dio antes de regresar a Londres.
Aquello pareció contentar a la mujer, además de distraerla. Empezó a alabar los maravillosos patrones que había encontrado en un número de la revista Ladies’ Treasury unos meses atrás. Cuando se detuvo para recuperar el aliento, parecía haber olvidado por completo la patética situación de Sylvia.
Ella misma creía haberlo olvidado. Sin embargo, más tarde, tras pasar varias horas en el salón bordando en silencio mientras lady Harker atendía su correspondencia, los efectos de su desdicha la embargaron en todo su esplendor.
Se excusó y se retiró a dormir, y mientras subía la impresionante escalera, con una sola vela de cera de abeja iluminando su camino, le vino a la mente lo que sentía al hacer lo mismo en Newel Park.
Hundió los hombros bajo el peso de su vestido de noche de seda.
Tenía frío y estaba agotada. Quería irse a casa.
Pero no a Cheapside, no al ático de los Dinwiddy.
Quería irse a su verdadero hogar. Deseaba despertarse a la mañana siguiente en su cama de siempre, con aquel familiar dosel de seda rosa, y descubrir que los dos últimos años no habían sido nada más que una horripilante pesadilla. En cuanto a padre…
Se tragó una nueva y repentina oleada de lágrimas.
Padre se había ido para siempre.
Ahora solo se tenía a ella misma.
Y por esa razón no la ayudaría en nada dejarse arrastrar por la melancolía, se dijo con convicción. Se limpió con un movimiento rápido una lágrima que le corría por la mejilla, enderezó la espalda y siguió caminando por el oscuro pasillo que llevaba a su habitación.
Cuando oyó el crujido de madera del suelo, ya era demasiado tarde. Percibió el sutil cambio en la atmósfera: solo podía estar provocado por la presencia de otra persona. Levantó aún más la vela y la llama titiló con descontrol.
—¿Hay alguien ahí?
El conde emergió de la oscuridad.
Sylvia contuvo el aliento.
—Oh —susurró—. Es usted.
Se cernió sobre ella; llevaba el pelo oscuro alborotado y la corbata sin anudar.
No parecía feliz de verla; nunca le había parecido tan siniestro y amenazante.
Pero tal y como se sentía en aquel momento, le resultó la visión más preciada del mundo.
El corazón le latía acelerado, y tras unos segundos en los que el aire se cargó de tensión, hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no arrojarse a sus brazos y sollozar sobre sus anchos hombros hasta olvidar todo lo que la angustiaba.
—¿Se ha perdido, señorita Stafford?
—No, milord.
—Lleva sin moverse bastante tiempo.
—Ah, ¿sí? —Bajó la vela. Se moría de vergüenza al pensar que la había estado observando—. Le pido disculpas, no me había dado cuenta. —Se sonrojó—. Me temo que estaba soñando despierta.
—Sin duda.
—Sí, iba a… iba a acostarme —confesó—. Pero lady Harker no se ha retirado todavía. Está en el salón, por si la está buscando.
—No busco a mi hermana.
—¿No? —Sylvia se preguntó si tenía el hábito de merodear de noche por los oscuros pasillos de Pershing Hall. Si era así, lo sentía muchísimo por los desafortunados sirvientes que se lo encontraran. Sebastián podía llegar a ser muy amenazador si se lo proponía.
¿Era la razón por la que se aventuraba a salir por la noche? ¿Para evitar cualquier interacción? ¿O simplemente estaba muy inquieto tras pasar tantísimo tiempo encerrado en sus aposentos?
No parecía inquieto. Llevaba los oscuros pantalones arrugados y el chaleco abotonado a mitad. Diría que estaba exhausto, como si no hubiera dormido durante tres días seguidos.
Le examinó el rostro.
—Se encuentra bien, ¿verdad?
Sebastián clavó sus ojos en ella, y las pronunciadas cicatrices de su rostro parecieron menos severas bajo el suave brillo de la vela. En aquel momento, cayó en la cuenta de que todavía no lo había visto a plena luz.
—¿Que si me encuentro bien? —repitió el conde, en un tono monótono.
Un escalofrío de temor le recorrió la columna al oír aquella profunda voz desprovista de emoción. Pisaba sobre terreno peligroso, lo sabía.
—Quiero decir… ¿no siente ningún tipo de dolor, cierto?
Sebastián frunció el ceño.
—No. ¿Acaso debería?
Lo miró sin saber qué hacer. ¿Qué iba a decirle?
¿Que lady Harker le había contado lo infeliz que era tras regresar de la guerra?
¿Que sabía que guardaba un revólver cerca de la cama?
No era ni el momento ni el lugar, claramente, pero si pretendía ser de utilidad durante su breve estancia en Pershing, debía abordar el tema.
No podía hablar eternamente con eufemismos y acertijos; no les llevaría a ninguna parte.
—No, por supuesto que no. No pretendía… —se le quebró la voz—. Perdóneme. Es solo que no le he vuelto a ver desde mi llegada y pensaba que…
Sebastián frunció todavía más el ceño.
—Es la invitada de mi hermana, no la mía.
—Sí, ya lo sé. Pero me gustaría que al menos cenara con nosotras alguna vez.
—¿Con qué propósito?
La joven dejó escapar un suave suspiro de exasperación.
—Bueno, tiene que cenar igual. Y así… puede ver a más gente.
—Como a usted.
Sylvia sintió que se sonrojaba mucho más, pero no apartó los ojos de los de él.
—Como a mí.
—Entiendo. —La miró durante unos instantes como si fuera un enigma desesperante que no conseguía resolver—. Mi hermana debe de ser una anfitriona terrible si ya anhela mi compañía en tan solo tres días.
Sylvia se puso rígida por la elección de palabras.
—No diría que «anhelo su compañía», milord.
Su disgusto solo parecía divertirlo. Esbozó una leve sonrisa irónica.
—Dígame, ¿qué le ha parecido Pershing Hall hasta ahora?
—Es estupendo, gracias —le contestó con toda la dignidad que fue capaz de reunir.
—Confío en que mi hermana la ha hecho sentir cómoda.
—Así es, mucho.
—¿Y es todo de su agrado?
No podía pasarse por alto la inseguridad que tiñó la pregunta.
Los ojos azules de Sylvia se llenaron de confusión por un instante.
¿De verdad le importaba lo que pensara ella de su hogar ancestral?
En el pasado lo habría creído, pero ya no era aquella joven ingenua.
Los sentimientos hacía mucho que habían desaparecido y dejado paso al sentido común.
Y el sentido común le decía que Sebastián no buscaba más que algún tipo de validación. Algo que lo convenciera de que era posible alcanzar la felicidad en Pershing Hall sin necesidad de recurrir a medidas desesperadas.
—¿Cómo podría no estarlo? Es todo precioso. Si fuera mi casa, jamás desearía marcharme.
Sebastián pareció sobresaltarse durante unos segundos. Y luego endureció la expresión.
—Se ha hecho tarde —dijo con dureza—. Ya la he importunado lo suficiente.
—Oh, pero no…
Antes de que pudiera terminar de hablar, el conde ya había desaparecido en la oscuridad del pasillo sin una reverencia y sin excusarse. Sylvia se quedó mirando hacia el lugar por el que se había marchado, totalmente desconcertada. ¿Qué había dicho para ofenderlo tanto?