Capítulo 4 #3
Un poco después, atisbó en la distancia dos caballos serpenteando por el estrecho sendero ecuestre.
Los jinetes aún estaban demasiado lejos para distinguirlos, pero reconoció la yegua gris moteada de su hermana y el lustroso y oscuro pelaje cobrizo de Ares , la montura dócil que le había recomendado a Sylvia.
Esperó con impaciencia a que las dos mujeres entraran en su campo de visión. No se hicieron de rogar. Una arboleda bloqueó temporalmente el camino y un destello del sol le impidió ver durante unos segundos. Hasta que, de repente, aparecieron.
Allí estaba ella.
Sebastián expulsó el aire de sus pulmones con lentitud.
Encaramada en lo alto del lomo de Ares , vestía un traje de montar de color azul oscuro que se amoldaba a cada una de sus curvas.
Tenía las mejillas sonrojadas debido al esfuerzo, y lucía una expresión extrañamente seria bajo la visera de un elegante sombrero.
Ares se movía de lado a lado; parecía alterado por el viento, que agitaba las ramas de un árbol que sobresalía del sendero.
No obstante, la joven lo controlaba con habilidad.
Su postura era impecable. E, incluso a lo lejos, se apreciaba lo relajadas que descansaban sus manos enguantadas en las riendas.
Siempre había sido una extraordinaria amazona.
Fue testigo de ello en Londres, en las pocas ocasiones en las que se había encontrado con ella «por casualidad», en el paseo matinal de Sylvia por Hyde Park.
Su montura de aquel entonces también había sido un caballo de pelaje cobrizo.
Sebastián recordaba cómo, bajo la brillante luz del sol, los reflejos de su pelo resplandecían en combinación con el pelaje del animal.
Cambió el peso del cuerpo, y apoyó el hombro con más firmeza contra el marco de la ventana mientras observaba cómo la señorita Stafford instaba a Ares a cabalgar a la par que la yegua moteada.
Le dijo algo a Julia —Sebastián se moría por saber qué era—, y luego se inclinó y le acarició con suavidad el cuello a Ares.
Dios mío, solo mirarla lo atormentaba. Tanto como hacía tres años. Un dolor angustiante lo recorría por completo.
Y también se sentía incómodo, mucho más que la primera vez que la vio en la puerta de sus aposentos. Ignoraba el motivo; a no ser que tuviera algo que ver con cómo iba vestida. El elegante traje azul que llevaba era impactantemente diferente al vestido gris y sin forma del día anterior.
Aquello lo sobresaltó.
Se percató de que ya no parecía una institutriz; se asemejaba muchísimo a la joven que conoció en Londres.
Y, sin embargo, percibía un cambio profundo en Sylvia Stafford que era incapaz de identificar.
Quizá no era más que la visión distorsionada que tenía de ella tras aquel abandono tan despiadado.
O puede que, tras tres larguísimos años, al fin la viera como lo que realmente era: una amante desleal.
Una cazafortunas. Una mujer que, a la hora de la verdad, no tendría mucho más sentido del honor del que había tenido su vicioso padre.
Deseaba odiarla con todas sus fuerzas. Pero al mismo tiempo, aunque lo mortificara hasta lo más profundo, quería tomarla y estrecharla entre sus brazos y cubrir esos suaves labios con los suyos.
Solo pensar en ello resultaba ridículo.
Con el aspecto desfigurado que tenía ahora, ¿cómo se suponía que iba a atreverse a tocarla?
Ella se apartaría de él con horror. Se desmayaría o saldría corriendo mientras gritaba.
Aunque no se la imaginaba haciendo tales cosas; siempre le había parecido que era valiente.
Pero era humana, una mujer de carne y hueso.
No sería capaz de disimular la repulsión, y él la vería reflejada en su rostro cuando tratara de acariciarla.
Sebastián se alejó de la ventana, disgustado. ¿Qué diablos hacía considerando todo aquello? No iba a casarse con la señorita Stafford. No la convertiría en su condesa. La sugerencia de Milsom y Julia era una fantasía ridícula, y no merecía la pena reflexionar sobre ello.
Por otra parte, pensó con amargura mientras se sentaba ante el escritorio, ¿cómo demonios pretendían que la convenciera para casarse con él?
Y aunque lo consiguiera, si era tan interesada como él sospechaba, ¿qué creían que ocurriría luego?
¿Sus cicatrices dejarían de horrorizarla por arte de magia?
¿Le permitiría besarla con agrado? ¿Y compartiría el lecho con él?
Era una auténtica locura. Si aún conservaba el más mínimo sentido común, lo más inteligente sería olvidarse de todo aquello.
Abrió el tintero y sumergió con brusquedad la punta de acero de la pluma en el líquido negro.
Tenía que escribir un artículo para una nueva revista de filosofía de Edimburgo.
Además de libros que leer. Notas que organizar.
Más trabajo del que necesitaba para mantenerse ocupado durante el resto del día e incluso la noche.
Ya había desperdiciado suficiente tiempo pensando en Sylvia Stafford. Decidió sacarla de su mente.
Aquella decisión no duró más que hasta la mañana siguiente.