La carta perdida Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—No se hace una idea, milord. —Milsom hizo una mueca al recordarlo.

—Déjame adivinar: sollozó.

—Muchísimo.

Sebastián podía llegar a empatizar con él. Había aprendido por las malas que Julia podía llegar a ser una auténtica pesadilla si no se salía con la suya. Sin embargo, pensaba que su ayuda de cámara estaba hecho de un material más fuerte.

—Tu problema es que no tienes ni idea de cómo actuar ante las artimañas femeninas.

—Supongo que no. —Se alejó para examinar su obra—. Nunca he tenido que hacerlo. —En apariencia satisfecho con la calidad del afeitado de su señor, se giró hacia el tocador y se entretuvo limpiando—. Hablando de damas, esta mañana he visto a la suya.

A Sebastián le dio un vuelco el traicionero corazón. Frunció el ceño.

—No es «mi dama».

—Estaba lista para el paseo con milady.

—Ah, ¿sí? —Sebastián se levantó y fue hasta el lavamanos. Se había levantado y ya estaba vestido, pero su intención no era unirse a ellas. De hecho, montar a caballo por la hacienda, exponiendo su rostro desfigurado bajo la despiadada luz del sol de la mañana era lo último que le apetecía hacer.

Además, pensó mientras se lavaba el rostro con agua helada y lo secaba con brusquedad con una toalla, no tenía interés alguno en retomar la relación con la señorita Stafford.

—Estaba increíblemente hermosa, si me permite decirlo —señaló Milsom desde su sitio al otro lado del tocador.

Sebastián le lanzó una mirada feroz.

—No, no te permito decirlo.

El ayuda de cámara se encogió de hombros.

—Es probable que la señorita Stafford y milady no hayan salido aún. Creo que podría alcanzarlas si…

—¡Deja de ser impertinente! —gruñó Sebastián—. Ya es bastante insoportable tener que oír esa clase de comentarios de boca de mi hermana. No voy a tolerar que vengan también de ti.

—Está bien, milord. Pero como ahora es el conde de Radcliffe…

—Milsom…

—Necesitará una condesa —Milsom se aclaró la garganta con discreción—, y un heredero.

Sebastián se pasó una mano por el pelo.

—Una condesa y un heredero —masculló—. ¡Al diablo con todo!

Salió de la alcoba dando grandes zancadas y atravesó las puertas que llevaban a su salón privado.

Era un espacio completamente masculino; con un gigantesco escritorio de madera de caoba pulida; un sofá mullido y butacas; mesas de madera maciza y oscura decoradas con lámparas de aceite de cristal, joyeros con incrustaciones y unas pocas antigüedades orientales que su padre había coleccionado muchos años antes.

Era allí donde solía leer y escribir. Y también a donde Milsom le llevaba todas las comidas.

Rara vez veía al resto del personal de Pershing Hall y, más allá de las ocasionales incursiones a la biblioteca o los menos habituales paseos a caballo a la luz de la luna, no abandonaba sus aposentos.

Se sentía aislado, sí, pero en absoluto incómodo.

Y menos aún comparado con los campamentos en los que había sobrevivido en la India.

Las dependencias del conde de Radcliffe eran espaciosas y lujosas en todos los sentidos.

Junto a las habitaciones de la familia, ocupaban una gran parte del ala oeste y estaban conectadas con los de la condesa, que eran igualmente impresionantes, a través de vestidores adyacentes.

Estas últimas habían permanecido vacías desde que su madre murió dos décadas atrás.

Dependencias que, si él se casaba, pertenecerían a su propia condesa.

Maldijo a Milsom por sugerirlo, aunque aquel pensamiento le había rondado por la mente desde la llegada de la señorita Stafford.

Fantasear con ella le había permitido sobrevivir durante el primer año en que regresó a la India. Soñaba con abrazarla. Con besarla. Con casarse con ella. Aquellos sueños se habían desvanecido de un modo muy doloroso, pero ahora, Sylvia volvía a estar a su alcance…

Era rico y tenía un título. Y también podía tenerla a ella, si así lo deseaba.

Puede que no de la forma en que lo había imaginado; no como su amada, ni siquiera como su amiga.

Pero ¿qué importaban los sentimientos? Si se casaba con ella, Sylvia cumpliría con su deber como esposa y lo consideraría un pequeño precio a pagar a cambio del privilegio de convertirse en condesa de Radcliffe.

Aquella reflexión lo reconfortó un poco.

Inquieto e irascible, merodeó por toda la estancia hasta detenerse en seco frente a una de las ventanas con cortinas de terciopelo que daban al parque.

Se le contrajo el estómago por la tensión.

Su intuición le avisaba de que no debía bajar la guardia.

Ni dejarse llevar por la curiosidad ni por ningún anhelo.

Como era de esperar, aquel sensato consejo no surtió efecto alguno.

Apoyó el hombro en el marco de la ventana, cruzó los brazos por debajo del pecho, y contempló, con aire sombrío, la extensión de campo que tenía delante en dirección a la imponente construcción de piedra donde se encontraban los establos de Pershing Hall.

No había ni rastro de la señorita Stafford ni de su hermana; no obstante, conocía a Julia a la perfección y sospechaba que quería demostrar algo, y si su suposición era correcta, guiaría a su invitada por el único camino que no se veía con claridad desde las ventanas de sus aposentos.

No se equivocó.