La carta perdida Capítulo 4
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Capítulo 4

L a señora Craddock, la doncella personal de lady Harker, apareció temprano con el traje de montar sobre el brazo.

Era una mujer de mediana edad muy estricta que no admitía replicas y, antes de que Sylvia tuviera tiempo de protestar, ya le había enfundado aquel traje azul oscuro y le había arreglado el cabello con destreza.

Ahora le ajustaba sobre la cabeza un sombrero de equitación elegantísimo.

Sylvia se avergonzaba de la facilidad con la que había regresado al papel de joven privilegiada y consentida.

Se recordaba a sí misma una y otra vez que ya no formaba parte de la sociedad en la que había nacido.

Que no era más que una institutriz sin relevancia alguna.

Una sirvienta de nivel superior, como recalcó Sebastián con tanta crueldad.

No pertenecía a ese lugar, sentada ante un tocador mientras permitía que Craddock le cepillara el pelo.

Y no tenía ningún derecho a ponerse el sofisticado traje de montar que le había prestado lady Harker.

Recordó lo complicado que le resultó adaptarse a su nueva vida en Cheapside tras la muerte de su padre.

Había tenido que aprender a ser independiente.

A darse cuenta de sus propias necesidades.

En casa de los Dinwiddy no había nadie que la ayudara a vestirse o a arreglarse el cabello.

Ni nadie que le planchara los vestidos o que le remendara el dobladillo.

Era ella misma la que debía asegurarse de que su ropa estuviera limpia y en buen estado; y ella misma se arreglaba el pelo con rapidez y eficiencia todas las mañanas antes del comienzo de cada lección.

De pie ante el espejo dorado, no daba crédito a la transformación que Craddock había logrado en tan poco tiempo.

Era más alta que lady Harker, tenía menos cintura y más pecho; sin embargo, la habilidosa doncella había conseguido alargar las voluminosas faldas, reducir la cintura de la rebeca de montar y añadir centímetros a las elaboradas mangas con un puño.

Sobre las enaguas y una camisa de muselina, el traje azul se le ajustaba al cuerpo como si hubiera sido hecho para ella.

Y si eso no bastaba para dejarla sin palabras, ahora llevaba el pelo, que tan acostumbrada estaba a ver en un sencillo moño o en trenzas, recogido con gracia en una distinguida redecilla de seda.

Con el sombrerito en lo alto de la cabeza y el traje de montar prestado que se acoplaba a la perfección a las curvas de su silueta, no se parecía en absoluto a Sylvia Stafford, la institutriz.

En su lugar, la imagen que le devolvía el espejo era la de la espléndida Sylvia Stafford de Newell Park.

Una mujer que ya no conocía. Una extraña.

Frunció el ceño ante su reflejo.

—¿No le gusta, señorita? —le preguntó Craddock mientras le tendía unos guantes de estambre de lady Harker.

—Es perfecto —Sylvia se esforzó por sonreír—. Me encanta. De hecho, creo que ha obrado un milagro.

—No he hecho más que lo que me pidió milady.

—Pues se le da increíblemente bien —Sylvia estiró los guantes prestados, ya que le quedaban bastante apretados—. ¿Lady Harker me espera en los establos?

—Eso creo —Craddock tomó el costurero—. ¿Necesita algo más?

—No, gracias.

La doncella hizo una reverencia y salió de la habitación.

Sylvia se preguntaba qué pensaría de ella: a esas alturas, todo el servicio debía estar al corriente de que trabajaba como institutriz en casa de un comerciante.

Y cuando se trataba de distinciones de rango y de riqueza, muchos sirvientes podían ser más engreídos que los propios miembros de la sociedad.

¿Cuánto tiempo pasaría antes de que el mayordomo o el ama de llaves le recordaran, con sutileza, cuál era el lugar que le correspondía?

¡Cómo si tuviera pretensión alguna tras el desastroso encuentro con Sebastián!

El conde estuvo distante y frío, y le dejó clarísimo que no pertenecían a la misma clase social. Incluso hubo momentos en los que habría podido jurar que la odiaba.

La desconcertaba a todos los niveles. Era consciente de que se había comportado como una estúpida. Y Sebastián tenía todo el derecho a mostrarse receloso con ella tras lo que le había hecho. Pero ¿odiarla por ello? No lograba entenderlo.

Salió de la habitación y bajó por la escalera de caracol de mármol. El cansancio y la angustia del día anterior le habían impedido apreciar lo que la rodeaba, pero en aquel momento no pudo resistirse a observarlo todo.

Estaba acostumbrada a las casas grandes; eran muchos los que consideraban Newell Park como una joya de estilo palladiano, y la propiedad familiar de los Mainwaring en Devon podría confundirse con facilidad con un castillo medieval.

No obstante, Pershing Hall era algo completamente diferente.

Es cierto que no faltaban los siempre imprescindibles óleos y las columnas, y en el vestíbulo principal había una cúpula realmente espectacular.

Sin embargo, la gigantesca estructura no seguía lógica alguna: construida con estilos arquitectónicos opuestos, parecía que cada generación hubiese añadido algo nuevo.

Había un arco Tudor, chimeneas isabelinas y columnas de estilo palladiano.

No llegaba a concebir cuántas habitaciones tenía la casa o el tiempo que le llevaría caminar de un ala a la otra.

¡Y pensar que Sebastián vivía allí, él solo! Su único contacto con el mundo era con el servicio, además de las visitas ocasionales de su hermana. Era alarmante.

Aunque era cierto que Sebastián Conrad nunca había disfrutado de la vida en sociedad. Era reservado y retraído, y su mirada sombría estaba cargada desaprobación cuando asistía a los diversos entretenimientos de la temporada.

«¡No entiendo por qué se molesta en venir!», se quejó Penélope Mainwaring durante una velada musical en casa de lord y lady Lovejoy en Mayfair.

Sylvia accedió a cantar dos canciones aquella noche.

Sebastián se mantuvo a distancia al final de la sala.

Sintió sus ojos clavados en cada fibra de su ser a lo largo de su breve actuación.

Llevaban poco tiempo de cortejo, si es que podía llamarse así, y todavía no sabía qué pensar de él.

Pero de alguna forma, incluso en aquel momento, su solemne e impenetrable forma de mirarla convertía los coqueteos calculados de los otros pretendientes en juegos infantiles y absurdos.

Era mucho más imponente que el resto de los caballeros, y muchísimo más serio.

No le había dedicado excesivos halagos ni trataba de impresionarla para coquetear con ella.

Se había limitado a estar presente. Majestuoso.

Auténtico. Digno de confianza. Y al no prodigar su afecto con facilidad, ella valoraba todavía más su atención.

Eso había sido solo al principio. Más adelante, al hablar con él y pasar más tiempo a su lado, llegó a conocerlo en profundidad y había acabado queriéndolo muchísimo.

No obstante, nada de eso importaba ya.

Ahora eran personas completamente diferentes. Casi desconocidos que ni siquiera se soportaban el uno al otro.

Descendió el último tramo de escalones, tan perdida en sus propios pensamientos que no vio al sirviente que subía.

Llevaba una cacerola con agua caliente y el brazo lleno de toallas dobladas: al verla, se detuvo en seco y el agua se derramó por el borde del amplio recipiente, salpicando en los escalones.

—¡Oh, discúlpeme! ¡No pretendía asustarle!

—No se preocupe, señorita. Ha sido culpa mía.

—En absoluto. —Bajó y se colocó a su lado—. ¿Me prestaría una toalla?

—¿Una toalla?

Sylvia señaló con la mirada el pequeño charco a sus pies.

—Sería una desgracia si alguien se resbalara.

—No se moleste. Me ocuparé de ello cuando…

—No es ninguna molestia. Será solo un momento. —Tomó la primera toalla del del montón del brazo del hombre y, en un movimiento delicado, se arrodilló y limpió el desastre.

—¿Ve? Ya está. —Sylvia se levantó y se lo encontró mirándola con el ceño levemente fruncido y un brillo escrutador en sus afilados ojos de zorro.

La sonrisa de ella se desvaneció. Tuvo la incómoda sensación de que su valía estaba siendo evaluada al milímetro.

—Disculpe, es usted el ayuda de cámara del señor, ¿verdad?

—Así es, tengo ese honor.

La joven dobló la toalla mojada con lentitud. Se preguntaba si Sebastián se uniría a ellas al paseo matinal, pero el ayuda de cámara le estaba llevando en ese mismo instante todo lo necesario para afeitarse; eso parecía indicar que no lo haría.

—Bueno… —Le tendió la toalla que acababa de doblar—. No le entretengo más.

—Gracias. —A pesar de llevar los brazos llenos, el ayuda de cámara se inclinó todo lo que pudo para hacerle una reverencia.

Sylvia lo observó mientras desaparecía por las escaleras.

Había sido el sirviente de Sebastián mientras estaba en el ejército, ¿cierto?

Él sabría mejor que nadie el estado anímico en el que se encontraba.

Preguntarle sobre ello era terriblemente tentador, pero algo en su mirada le había hecho morderse la lengua.

No podía estar completamente segura, pero tenía la sensación de que Milsom no desvelaría los secretos de su señor, y mucho menos a ella.

* * *

Sebastián echó la cabeza hacia atrás para facilitar la tarea a Milsom, que deslizó una navaja de afeitar a lo largo de su garganta en un movimiento calculado.

—Estás muy callado esta mañana —refunfuñó Sebastián.

—¿Lo estoy, milord?

—¿No estarás conspirando con mi hermana otra vez?

Milsom bajó las cejas con desaprobación.

—Diría que no, señor. —Pasó de nuevo la cuchilla por su rostro—. Jamás he hecho tal cosa.

—Ah, ¿no? ¿Entonces cómo lo llamarías?

—No sé qué decirle. —Milsom reflexionó unos segundos—. Milady me incordió hasta sonsacarme el nombre de la mujer que le dio el mechón de pelo. —Arrastró la navaja por el filo de la mandíbula de Sebastián—. No creo que exista alguien capaz de hacerle frente cuando tiene una idea en la cabeza.

Sebastián frunció el ceño.

—Puede que no.

—Resistí todo lo que pude.

—¿Tan horrible fue?