Capítulo 3 #4
Afirmar que le había roto el corazón era una idiotez sentimental y melodramática, además de un eufemismo.
Por todos los santos, su rechazo lo había atacado directamente en el ego.
Era la primera y la única mujer a la que había amado.
Y ahora estaba allí, demostrándole que no era mejor que todas aquellas mujeres interesadas y avariciosas que habían ido tras el título de su hermano mayor.
Y lo que era aún peor, se comportaba como si nunca hubieran sido más que conocidos.
Como si él jamás la hubiera tomado entre sus brazos.
Como si ella nunca lo hubiera acariciado y besado.
A no ser que aquel misterioso comentario sobre su «comportamiento» tuviera algo que ver con la noche en la que estuvieron en el jardín de los Mainwaring.
¿Era eso a lo que jugaba? ¿Pretendía utilizar su conducta del pasado para que él le pidiera matrimonio?
Sin darse cuenta, apretó los dedos alrededor del asa de la taza, y el líquido caliente casi se derrama por el borde.
Siempre pensó que se le daba bien juzgar a las personas.
Como oficial se había visto obligado a hacerlo.
Y, sin embargo, había subestimado por completo a Sylvia Stafford.
Ajena al enfado que crecía en el interior de su hermano, Julia seguía charlando sobre las tiendas que había en Apsley Heath, un pueblecito cercano, y sobre sus sitios favoritos para pasear y montar a caballo.
Incluso se atrevió a narrarle a Sylvia de forma breve —e incorrecta— la historia de Pershing Hall.
No obstante, la señorita Stafford era consciente de su estado anímico.
La había sorprendido lanzando miraditas en su dirección en más de una ocasión; tenía el rostro pálido y sus delicadas manos temblaban alrededor de la taza.
En el pasado jamás lo había temido, a pesar de que era muchísimo más alto que ella y bastante más corpulento.
¿Eran sus cicatrices las que la incomodaban ahora?
Sabía que resultaban repulsivas, pero ¿eran tan horrendas para que le tuviera miedo?
Y si reaccionaba así en la penumbra de la biblioteca, ¿qué pasaría cuando viera su rostro desfigurado a plena luz del día?
Una impotente furia se abrió pasó en su interior. Ya no la amaba. A decir verdad, sentía que la odiaba. Pese a ello, no soportaba la idea de que retrocediera horrorizada ante su presencia.
La observó, sentada frente a él, tan delicada y perfecta y preciosa. Maldijo a Julia por haberla invitado. Y también se maldijo a sí mismo por conservar aquel condenado mechón de pelo.
—¿Suele madrugar cuando está en el campo, Sylvia? —le preguntó Julia en aquel momento—. Si es así, iremos a cabalgar antes del desayuno.
—Me parece perfecto.
—Maravilloso —dijo Julia con alegría—. Querrá familiarizarse con la montura, pero para eso no hay que esperar hasta mañana. Podemos ir al establo al terminar el té y…
—No —la interrumpió la señorita Stafford, adelantándose a la protesta de Sebastián. Dejó la taza de té en el platito—. Se lo agradezco muchísimo, pero creo que… Si no le importa… Prefiero ir a descansar un rato a la habitación. Estoy algo agotada por el viaje.
—¡Oh! Qué tonta soy. Claro que está cansada. ¿Quiere que la acompañe o…?
Sylvia se levantó.
—No es necesario. No quiero molestar, puedo subir sola.
Sebastián se incorporó y la estudió con detenimiento. Estaba distraída. Molesta. Lo sacudió un nuevo torbellino de culpa.
—¿Necesita algo más? —le preguntó.
—No. Nada. —Le habló con la vista clavada en su corbata, claramente incapaz de levantar la mirada hasta su rostro destrozado.
—Le diré a mi doncella que la despierte antes de la cena —añadió Julia.
—Gracias, Julia. Milord. Que pasen una buena tarde.
Sebastián permaneció en pie hasta que Sylvia salió de la habitación. Se le oscureció la expresión al sentarse de nuevo.
—¿Se puede saber qué le has dicho antes de que yo viniera? —exigió Julia.
—Nada.
—¿Nada? Parecía a punto de romper a llorar.
Y no ha hablado prácticamente durante todo el té.
—Se le encharcaron los ojos de lágrimas, como si se solidarizara con ella—.
No ha sido fácil encontrarla y traerla hasta aquí, a tu lado.
Y ahora tu temperamento lo arruinará todo.
No puedes amenazar a la gente con estrangularla solo porque lo hagas conmigo.
—No he amenazado a la señorita Stafford —gruñó.
—Bueno, está bien, aunque no me sorprendería en absoluto que estuviera haciendo el equipaje en este mismo momento.
Sebastián sintió que se le encogía el estómago en señal de alarma.
—Debería ir a buscarla y decirle… Oh, pero ¿qué le digo? ¿Que te alegra que haya venido? ¿Que deseas que se quede? Sé que en realidad es así, ya que no le has quitado el ojo de encima durante todo el té. Si pudieras ser amable…
—¡Maldita sea! —blasfemó entre dientes. ¿Iba a repetirse la misma historia? ¿Se iba a humillar otra vez? ¿Iba a rogar y a suplicar por un poco de atención? Fulminó a su hermana con la mirada—. Es tu invitada.
—Sí, pero…
—Si quieres que se quede, convéncela tú.
—¡Pero está aquí por ti! Por ese mechón. Sabía que querías verla. Y también que…
—No tienes ni idea —dijo con dureza—. No voy a permitir que te entrometas en mi vida. ¿Entendido?
A Julia le tembló el labio superior; sin embargo, aunque parecía estar a escasos segundos de romper a llorar, Sebastián no ignoró la altivez de su barbilla. Era un rasgo que pertenecía claramente a los Conrad.
—No es inmiscuirse si lo hago por tu propio bien —le informó.