La carta perdida Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Sebastián se mostró impasible ante la respuesta, aunque en su cabeza se la imaginó sola e indefensa en un abarrotado vagón.

—Como desee.

Julia, que en aquellos momentos cortaba un trozo de pastel de ciruela, se detuvo a mitad para reprenderlo.

—La señorita Stafford no volverá a Londres hasta dentro de un mes, como mínimo. Es pronto para hablar de eso. —Se dirigió hacia Sylvia, ofreciéndole un platito de porcelana con un trozo de pastel—. Se preocupa por su seguridad, eso es todo. Aunque jamás lo admitirá.

Sebastián apretó la mandíbula, pero no dijo nada. ¿Qué iba a decir? Pues claro que se preocupaba por su seguridad. ¿Qué clase de caballero no lo haría? Era una mujer soltera, sin familia y sin dinero.

Una preciosa mujer soltera.

La examinó de arriba abajo, igual que había hecho cuando apareció en el umbral de sus aposentos.

Parecía incapaz de dejar de observarla. Estaba sentada con elegancia en el borde de la butaca, sin hacer nada más que beber té y escuchar a su hermana.

Lejos quedaban aquellos vestidos elegantes, los refinados zapatos de satén y las horquillas de zafiro que solían recoger su brillante cabello castaño.

En su lugar, ahora lucía un monótono traje propio de una institutriz.

Al lado de Julia, engalanada con lazos, volantes y aquel espantoso miriñaque, el atuendo de la señorita Stafford resultaba extremadamente mediocre.

Su vestido era simple hasta el punto de parecer austero, y la falda ancha descansaba sin ningún tipo de floritura sobre sus piernas; además el corsé no tenía ningún adorno más allá de unos prácticos botones que le subían desde la esbelta cintura hasta el cuello de color marfil.

Pero nunca había sido por la ropa elegante.

Con o sin vestidos lujosos y joyas, Sylvia Stafford brillaba como un diamante.

Era más adorable que en su recuerdo, algo que jamás creyó posible.

Y, sin embargo, un solo vistazo a su sonrisa con hoyuelos había bastado para casi detenerle el corazón. Y ni hablar del sonido de su voz…

Aquella voz suave y aterciopelada.

Una voz que en el pasado tuvo el poder de embelesarlo y hacer que se postrara de rodillas.

Cuando entró en la biblioteca y lo llamó lord Radcliffe por primera vez, comprendió que, si no tenía cuidado, existía un gran peligro de que volviera a suceder.

Aquella certeza no hizo más que avivar su resentimiento hacia ella.

—Además —prosiguió Julia—, cuando regrese a casa, Harker y yo te acompañaremos. Y puede que mi hermano también… —Lanzó otra mirada elocuente en dirección a Sebastián—. Pero no hablemos de eso ahora, he planeado muchas actividades para hacer en Pershing…

—¿Actividades? —La señorita Stafford parecía alarmada ante la idea—. Espero no haberle causado ninguna molestia.

—¡Por supuesto que no! Es usted mi invitada. Celebraría un baile si Sebastián lo permitiera, pero no quiere. Así que tendremos que conformarnos con actividades al aire libre. Pasaba mucho tiempo en el campo, ¿verdad? Antes de que su padre… Quiero decir, antes de aquella situación tan horrible…

—Sí. Crecí en Newell Park, donde viví hasta mi presentación en sociedad.

—¿Newel Park?

—La residencia principal de los barones Stafford en Kent. El barón actual, sir George, un primo muy lejano de mi padre, es quien reside ahora allí.

Julia arrugó la nariz.

—Creo que lo conocí. El verano pasado en Londres, en una fiesta de lord y lady Graves. Fue un encuentro muy desagradable… —Se le rompió la voz—. Pero eso no viene al caso, volvamos a las actividades. Supongo que sabrá montar a caballo, ¿no?

—Sí, claro.

Julia tomó un trozo de tarta.

—Una de mis yeguas favoritas está aquí durante todo el año. Sin embargo, no sé nada del resto de caballos del establo; la mayoría los compró mi hermano Edmund antes de morir. Pero no importa, Sebastián elegirá una buena montura para ti.

Sebastián vio cómo los ojos azules de Sylvia volaban hacia él. Estaba avergonzada por la suposición de su hermana, sin duda. Pero había algo más, algo que no lograba interpretar.

—¿Cuánto tiempo lleva sin cabalgar? —le preguntó.

—Dos años, milord.

Desde que murió su padre, entonces. No había duda de que su caballo se encontraba entre las pertenencias perdidas en aquella última mano de cartas.

—Si está algo oxidada, Ares es perfecto. Es lo suficientemente seguro para una jinete con habilidades medias, pero todavía conserva algo de energía.

Los ojos de Sylvia se encontraron con los suyos durante un breve instante. No parecía ofendida en absoluto por la injusta descripción de sus aptitudes con la equitación. Más bien al contrario. Parecía confiar en su palabra.

—Espero seguir siendo una jinete con habilidades medias.

—Uno no se olvida de cabalgar.

—No, supongo que no. Pero hace muchísimo tiempo desde la última vez. Ni siquiera tengo un traje de montar.

—Puedo prestarle uno de los míos —sugirió Julia—. Y tengo en mente el perfecto. Es de color azul oscuro, con una chaquetita espectacular con puños de estilo francés. Es la última moda. Craddock, mi doncella, puede hacer todos los arreglos necesarios. Es buenísima con la aguja y el hilo.

—Es muy amable, pero no necesito algo tan lujoso.

Sebastián la miró por debajo de su ceño fruncido.

¿Siempre había sido así? ¿Tan insoportablemente educada y respetuosa?

Lo ponía de los nervios. Pensar que la persona segura de sí misma y enérgica que conoció en Londres se había reducido a eso.

Lo hacía sentir… casi culpable. Pero ¿por qué debería sentirse así?

Él no era el responsable de su cambio de posición, sino su padre.

Y ella también. Porque si se hubiera casado con él tres años atrás, ahora sería condesa.

En su lugar lo había tratado horriblemente mal al rechazarlo sin darle ninguna explicación.