Capítulo 3 #2
Sylvia entornó los ojos. No le gustaba lo que insinuaba, pero no iba a morder el anzuelo.
Lady Harker le contó que Sebastián era la sombra de lo que había sido.
Que tenía cambios de humor y era inestable.
Estaba sumido en la desesperación. Pero ¿acaso no había ido a Hertfordshire a ayudarlo a sentirse mejor?
Ella no era ningún ángel caído del cielo.
En absoluto. Y tenía poquísima experiencia lidiando con alguien con el carácter de un animal salvaje herido.
No obstante, estaba decidida a tratarlo con toda la amabilidad y gentileza de la que fuera capaz.
Incluso estaba dispuesta a humillarse, si era necesario.
Había desarrollado mucha práctica durante los últimos dos años.
—¿Preferiría que me marchara? —preguntó—. Lo haré si es lo que desea.
Sebastián permaneció callado otro largo rato. Al fin, se encogió de hombros.
—Es la invitada de mi hermana. Quédese, por supuesto.
Sylvia dejó escapar un suspiro silencioso. No pudo evitar sentirse como una criada a la que acababan de concederle un período de prueba.
—No hay duda de que será un cambio agradable a sus tareas habituales.
—Soy institutriz. —Le recordó—. Enseño música, a leer, a escribir y a dibujar a dos niñas pequeñas.
Hizo un ruidito despectivo que le hizo saber que no se refería a eso, ni de lejos. Sylvia esperó a que siguiera hablando.
—A lo que dedique su tiempo cuando no está trabajando —especificó con brusquedad—. No creo que se pase cada hora del día en un aula.
—En ocasiones lo parece.
—¿No dispone de tiempo libre?
—De muy poco fuera de la casa.
—Incluso las ayudantes de cocina tienen medio día libre los domingos.
—Es cierto —dijo Sylvia, tratando de no sentirse ofendida por la comparación—. Pero no es lo mismo. Además, los domingos acompaño a la familia a la iglesia. —Y dudó antes de añadir—: Los miércoles tengo medio día de descanso.
Sebastián asimiló la información en enigmático silencio.
—Suelo hacer recados —dijo—. O salgo a pasear.
El ojo que conservaba sano era de un intenso marrón oscuro que parecía casi negro. Durante unos pocos segundos, algo destelleó en él.
—A solas, supongo.
Sylvia tuvo la perturbadora sensación de que quería saber si tenía un amante que la acompañaba en sus paseos. Por supuesto, la respuesta era no, pero no iba a admitirlo. Mucho menos ante el hombre que la rechazó. Eligió las siguientes palabras con cuidado.
—La vida de una institutriz es muy solitaria.
—Sin duda.
—Así es. Hasta existe un deprimente librito sobre el tema; el abogado de mi padre me lo dio cuando fui a pedirle ayuda tras la muerte mi padre.
Cómo ser una institutriz distinguida: Una guía para jóvenes escrita por la señora Bland.
Creo que la autora también fue institutriz, y sospecho que no la trataron demasiado bien.
—Esbozó una amplia sonrisa inconsciente—.
Desde entonces me he planteado escribir uno yo misma.
Un poco más esperanzador. Aunque no se vendería ni la mitad de bien, la señora Bland tenía una clara inclinación por lo macabro.
A Sebastián no parecía divertirle su intento de aligerar la conversación. De hecho, la seguía mirando con la misma arrogancia que cuando entró en la habitación.
—Tendrá que perdonarme, pero me cuesta creer que se contente atendiendo a otros como una sirviente de nivel superior.
La sonrisa de Sylvia se desvaneció con lentitud. Aquellas palabras le dolieron. Quizá quería hacerle daño. ¿O quizá no era capaz de entender que alguien pudiera encontrar la felicidad tras tantas desgracias?
—No —dijo—. No digo que me fascine mi vida, milord.
Pocos pueden hacer tal afirmación. Pero estoy bastante mejor que los meses que siguieron a la muerte de mi padre.
Fueron días desoladores; la tristeza habría podido conmigo de no haber salido adelante.
En todo caso, no tardé en descubrir que la melancolía y el trabajo no son compatibles.
Todo era más fácil cuanto más ocupada me mantenía.
Y ahora, aunque no sea del todo feliz, estoy contenta con mi nueva situación.
—Y esa situación es un trabajo en la casa de un comerciante en Cheapside. —No intentó ocultar su desprecio—. Dígame, ¿fue incapaz de encontrar empleo con alguien de más nivel?
—¿De más nivel? —repitió, atónita. El Sebastián que recordaba jamás diría una frase como aquella. ¿Ahora que era conde se había convertido en un prepotente? ¿O era un intento más de quedar por encima de ella?—. ¿En comparación con la familia Dinwiddy, quiere decir?
Sebastián asintió ligeramente con la cabeza.
—En realidad no tengo ni idea —admitió—. No intenté buscar empleo entre mis conocidos.
—¿Demasiado vanidosa?
—Sí, puede que un poco. Pero no fue solo por orgullo.
A decir verdad, no me imagino una situación más incómoda para mis antiguos amigos que tenerme como empleada en su casa.
Tampoco habrían considerado contratarme.
He conseguido educar a las hijas pequeñas de un comerciante, pero dudo que muchas de las familias que usted considera «de más nivel» pensaran que mis limitadas habilidades son aceptables.
Y con todo el asunto de la muerte de mi padre…
—Tras el que todos sus amigos la abandonaron.
—Sí.
—E imagino que todos sus pretendientes también.
Aquello la sobresaltó.
—¿Pretendientes? ¿Qué pretendientes? Se refiere a … —Estuvo muy tentada de estallar en carcajadas—. ¿No estará intentando utilizar las desafortunadas acciones de mi padre para excusar su comportamiento?
Sebastián juntó las cejas.
—¿Cómo que «mi comportamiento»?
—Si es lo que pretende, le sugiero que se fije en las fechas. Usted ya llevaba casi un año en la India cuando mi padre se quitó la vida. Casi un año entero, milord.
No pensaba que su mirada pudiera volverse más gélida, pero la fulminó de tal manera que Sylvia se sorprendió al no convertirse en un bloque de hielo al segundo.
—Soy muy consciente del tiempo que estuve en la India —dijo perdiendo las formas—. De cada minuto. Pero se me escapa por completo qué tienen que ver mis días como oficial con usted o con su padre.
Sylvia se sonrojó.
—No ha querido entenderme. No tiene relación alguna con eso, pero si con…
—¡Oh, cielos! ¿Ya son y media? —La risueña voz de lady Harker resonó desde el umbral, terminando con la conversación de forma brusca y, a la vez, compasiva—. ¡Qué irritante! ¡Con lo muchísimo que me he esforzado por ser puntual!
* * *
Sebastián le dirigió una mirada cargada de furia a su hermana.
Sabía a la perfección que su plan desde el principio era dejarlo a solas con la joven, y sospechaba que la señorita Stafford también lo sabía.
Y la expresión de alivio de Sylvia era una clara señal de que tenía el mismo interés que él en retomar la relación que mantuvieron en el pasado.
—Espero que tenga hambre, Sylvia. —Julia entró en la habitación con el servicio pisándole los talones—.
Apostaría a que no, ya que apenas tocó la comida en la posada.
—Se giró para dirigirse a uno de los sirvientes—.
Deja ahí la bandeja del té, Thomas. —Hizo un gesto hacia el mueble de al lado de la chimenea—.
Sí, justo ahí. Os avisaré si necesitamos algo más.
Sebastián, que se había levantado con la llegada de su hermana, se sentó de nuevo.
—¿Parasteis a comer en una casa de postas?
—Llamar a eso «comida» es ser muy generoso —dijo Julia mientras se arreglaba las voluminosas faldas, acomodándose en el sillón—. El hombre del The Bull no pudo ofrecernos más que una empanada fría y un poco de cerveza caliente.
—¿The Bull? —Sebastián perdió los nervios—. ¿En qué diantres estabais pensando para deteneros en un lugar así?
—En que teníamos hambre. —Contestó Julia, y añadió con pudor—: Y otras necesidades.
La señorita Stafford se ruborizó ante la indiscreta respuesta de Julia.
—Su hermana no corrió peligro, milord —corroboró Sylvia—. Contraté un salón privado para nosotras y no nos quedamos más que el tiempo necesario para que el cochero se ocupara de los caballos.
—Te lo he dicho, estuvimos completamente a salvo.
Julia se mantenía ocupada sirviendo el té y, mientras llenaba la taza de Sebastián, levantó los ojos hacia los suyos, abriendo los labios como si fuera a hablar.
Él le devolvió la mirada, retándola en silencio a que se atreviera a mencionar algo acerca de su incapacidad de beber delante de otros.
Tras un momento cargado de tensión, la mujer cerró la boca y le tendió la taza.
—¿Por qué demonios no vinisteis en tren?
Julia encogió los hombros.
—A Harker no le gusta; desde el descarrilamiento en la estación de Tottenham de febrero.
Sebastián frunció el ceño. Aquella desgracia había acabado con la vida de cinco pasajeros y de dos trabajadores ferroviarios.
No le sorprendía que lord Harker le hubiera prohibido a su esposa viajar en tren desde entonces.
Pero no le cabía en la cabeza cómo su cuñado había considerado que ir en un carruaje tambaleante tirado por caballos a través del campo era más seguro para ella.
—The Bull solo es apropiado para cambiar de caballos, nada más —dijo—. No es un lugar nada respetable, ninguna dama debería cruzar esas puertas. —Le dedicó una mirada pétrea a la señorita Stafford—. Ni siquiera una institutriz.
La joven lo miró fijamente, y en sus ojos azules destelleó algo muy parecido a la indignación. Y al dolor. Desapareció antes de que Sebastián pudiera descifrarlo, y la cortesía y la indiferencia regresaron a su rostro.
¡Cielo santo, daría lo que fuera por verla alterada!
Le había faltado poco para perder la compostura antes de que Julia apareciera: unos minutos más y puede que esa exasperante máscara de amabilidad hubiera caído.
Quizá le hubiese gritado. O abofeteado. Le había dado motivos más que suficientes para explotar.
—Le ordenaré al cochero que no se detenga en el mismo lugar cuando la lleve de regreso a Cheapside —sentenció Sebastián.
—No será necesario, milord. El tren me parece una buena opción.