Capítulo 3
A Sylvia le temblaban las piernas cuando se sentó en una esquina de la cama.
El ama de llaves la dejó sola en la habitación de invitados y cerró la puerta al marcharse.
Le costaba respirar y estaba un poco aterrorizada, ver a Sebastián Conrad la había conmocionado hasta lo más profundo.
Era completamente diferente a como lo recordaba.
Y no solo por el rostro desfigurado; había detectado algo salvaje en él.
Primitivo y peligroso. ¿La huella de la guerra?
Imaginaba que sí. Además de eso, era evidente que ahora cargaba con un dolor físico atroz.
Tenía la ligera esperanza de que lady Harker entrara en cualquier momento en la habitación y le dijera que se marchaban de inmediato.
Antes de que la puerta de los aposentos de Sebastián se cerrara, había vislumbrado cómo algo muy parecido a la ira se apoderaba de su semblante.
Pero, en cambio, unos pocos minutos después la mujer entró y la informó alegre de que Sebastián tomaría el té con ellas en la biblioteca en tan solo media hora.
—No debimos venir sin avisar —admitió lady Harker—. Odia las sorpresas; casi pierde los estribos. Pero en realidad no está enfadado, se lo prometo. Al contrario, está muy feliz de que haya venido.
—No me lo ha parecido —confesó Sylvia con franqueza.
Julia le dedicó una amplia sonrisa.
—Oh, no se fíe de las apariencias. Siempre parece estar a punto de lanzarse al cuello de alguien. —Fue hacia la puerta—. Más me vale darme prisa si quiero llegar a tiempo para el té. Pero no me espere; nos veremos directamente en la biblioteca.
Y desapareció antes de que Sylvia pudiera pensar siquiera en preguntarle dónde estaba la biblioteca.
Con un suspiro, se obligó a levantarse; debía prepararse. Aunque no creía que fuera posible hacerlo para ver a Sebastián. Una pequeña parte de sí misma hubiera preferido que lady Harker le dijera que regresaban a Londres, que se había negado en rotundo a verla.
No era solo por haberlo visto en aquel alarmante estado; desaliñado y casi desnudo. Porque, a pesar de la apariencia y de la mirada feroz que le lanzó, había sentido el nada razonable impulso de correr hacia él, tomar su rostro entre las manos como ya había hecho una vez y llenarlo de besos.
Entonces lo supo: seguía enamorada de él.
Qué pensamiento más desalentador, se había esforzado mucho en tratar de deshacerse de aquella angustia tan dolorosa.
¿Era posible que sus sentimientos por él jamás murieran del todo?
¿O puede que para olvidarlo de una vez por todas tuviera que confrontarlo y averiguar por qué la había abandonado sin compasión?
Aunque tenía una leve sospecha. De hecho, temía haber sido ella la causante de que se fuera de su vida.
—Para los hombres, el mercado matrimonial es como un juego —le dijo Penélope Mainwaring tres años atrás—.
Cuánto más escurridiza es la presa, con más empeño la persiguen.
Pero si es de esas ridículas mujeres que confiesa sus sentimientos tras un solo baile o que permite que la deshonren en un carruaje…
Bueno, la emoción de la caza desaparece.
Acuérdese de lo que le pasó a la señorita Caterham la temporada pasada: la muy tonta le confesó al barón Waitley cuánto lo adoraba y al hombre le faltó tiempo para huir y poner tierra de por medio.
Penélope había sido su mejor amiga desde su presentación en sociedad y Sylvia siempre había procurado seguir sus consejos. Pero aquella vez le entraron dudas.
—Pero no todos son iguales —discrepó ella—. Hay algunos caballeros más tímidos que necesitan una palabra o una señal de la dama a la que admiran. Tener la certeza de que sus sentimientos son correspondidos.
—Póngalo a prueba y verá —la advirtió Penélope.
A Sylvia le ardieron las mejillas al pensar en el poco caso que le hizo al consejo de su vieja amiga.
Sin embargo, todo aquello formaba parte del pasado, se recordó a sí misma mientras vertía una jarra de agua en una palangana.
Ya no era aquella joven inocente que había besado a Sebastián Conrad en el jardín de los Mainwaring.
Se había convertido en una mujer sensata y prudente, más que capaz de manejar una situación algo incómoda.
Después de lavarse la cara y las manos, se puso un sencillo vestido de día de seda y lana, con un cuello estrecho de lino blanco y largas mangas con puños de batista.
Se cepilló la maraña de pelo grueso y se lo recogió en la nuca ayudándose de unas cuantas horquillas.
Qué diferente se veía ahora en comparación con los vestidos con lazos y los recogidos elaborados que solía lucir en Londres hacía ya tanto tiempo… Pensó que parecía una institutriz.
Pero eso es lo que era.
Armándose de valor, salió de la habitación. Caminó por el lujoso vestíbulo enmoquetado y bajó los dos tramos de escalones de mármol. La nerviosa ama de llaves la guio hasta la biblioteca del primer piso. Sylvia tomó una gran bocanada de aire y entró.
Sebastián Conrad estaba allí.
Solo.
De pie ante la chimenea apagada, su enorme silueta quedaba medio oculta por las sombras. Cuando la oyó acercarse, se quedó inmóvil en una postura muy forzada. Y después se volvió hacia ella.
Sylvia juntó las manos con fuerza para evitar que le temblaran.
Observó que se había afeitado y arreglado el cabello e iba vestido de forma bastante apropiada: llevaba una levita negra, un pantalón y un chaleco estampado, con una camisa blanca de lino limpia y una corbata negra con un nudo impecable.
Dejando de lado las pronunciadas cicatrices y la capa nívea de su ojo derecho, se parecía mucho al hombre que recordaba.
Altísimo, de aspecto sombrío y poderoso. Algo intimidante.
—Señorita Stafford —dijo mientras le hacía una reverencia.
Su voz sonaba diferente; grave y ronca, sin una pizca de calidez.
—Lord Radcliffe.
La examinó durante un largo rato, con una expresión indescifrable.
—Exacto —soltó al fin—. Ahora es Radcliffe.
Sebastián señaló hacia una butaca de cuero que estaba cerca de la chimenea. Era demasiado grande y poco acogedora, igual que todo lo que había en aquella oscura y tenebrosa habitación.
Sylvia caminó hasta allí; sus lentos y acompasados pasos contradecían los desenfrenados latidos de su corazón.
Le resultaba difícil ver con claridad, pues las gruesas cortinas estaban bajadas y no había ni una sola lámpara de gas o vela encendida que disipara las sombras que se proyectaban en las paredes de madera y en los muebles tallados de color caoba.
Pero Sebastián no parecía dispuesto a abrir las cortinas o a encender ninguna luz.
Más bien al contrario. Parecía disfrutar de la oscuridad.
O, al menos, se resistía a salir de ella.
Mientras se sentaba, a Sylvia la sacudió una oleada de emociones.
Se alisó bien la falda y dobló las manos con delicadeza sobre el regazo.
Sebastián tomó asiento frente a ella: estaba tan cerca que podía oler el ligero y masculino aroma de su jabón de afeitar.
Olía a bergamota especiada; aquella fragancia que tanto solía gustarle. Le dio un vuelco el estómago.
—¿Cómo le va todo? —le preguntó.
—Bastante bien, gracias —respondió ella—. ¿Y a usted…?
La voz de Sebastián sonó fría como el hielo.
—Juzgue usted misma.
Sylvia frunció el ceño, compasiva. Pobre Sebastián.
Tres años antes, habría corrido hasta él.
Le habría dicho que todo iría bien. Que no le importaba su aspecto.
Pero ahora…
Ahora era un extraño. No sabía muy bien qué responder y Sebastián tampoco ponía de su parte para hacerla sentir cómoda. Se limitó a seguir mirándola de aquella forma impenetrable.
Tras un largo y tenso silencio, Sylvia no pudo soportarlo más. Se inclinó en su asiento y, con los ojos azules rebosantes de honestidad, dijo:
—Lamenté mucho la muerte de su padre y de su hermano.
Una eterna pausa precedió a la respuesta de Sebastián.
—Ah, ¿sí?
—Muchísimo.
—Y, aun así, eso me convirtió en conde.
Su tono estaba teñido de un toque de sarcasmo. Sylvia no entendía por qué, no había hecho nada para merecerlo.
—Me parece que obtener un título por la pérdida de dos familiares es una mala compensación, milord.
—Muy amable por su parte.
—Lo digo de verdad. Es lo que cualquier persona a la que le importa su familia sentiría.
La dedicó una mirada glacial y algo burlona, que resultaba muy inquietante a causa de la bruma de aquel ojo.
—¿Me está reprochando algo?
Sylvia tuvo la cordura de sonrojarse.
—Perdóneme, no pretendía…
—Según tengo entendido su padre también ha muerto.
—Sí.
—Fue un suicidio, ¿no?
La expresión de cortesía de Sylvia flaqueó durante unos segundos. Consiguió mantener la compostura por pura fuerza de voluntad.
—Así es —afirmó—. Se disparó a sí mismo hace dos años, en un club de juego de Londres, como ya sabrá.
Si esperaba que Sebastián se escandalizara por su franqueza, quedó profundamente decepcionada: no mostró ni el más mínimo signo de arrepentimiento por haber mencionado aquel tema tan delicado.
—Fue un cobarde al tomar aquella decisión. —Le hizo notar.
—Acababa de perderlo todo en una mano de cartas, milord. Estoy segura de que pensó que era el único camino.
El conde continuaba con los ojos fijos en ella, observándola con aire pensativo.
—Y ahora es usted institutriz.
—Exacto.
—Una muy astuta —continuó diciendo, con aquel tono áspero y ligeramente irónico—, que de alguna forma se las ha arreglado para que la inviten a mi casa.
Sylvia parpadeó. ¡Por Dios! ¿Era eso lo que creía? Se le encendieron aún más las mejillas.
—Le pido disculpas, pero no es eso lo que ha pasado. Lady Harker me encontró en Londres e insistió en que la acompañara.
—Debería haberse negado.
—Me negué.
—Y, aun así, la tengo delante.