Capítulo 2 #2
Sebastián sintió cómo un escalofrío lo recorría de arriba abajo.
Pero no lo provocó solo aquel amargo recuerdo; era en parte furia, en parte terror.
Estaba allí de pie, mirándola, mostrándose por completo.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un segundo?
¿Dos? Lo suficiente para que hubiese visto con claridad su ojo inútil y cada maldita deformación.
Se dio la vuelta y, por instinto, se cubrió la parte derecha del rostro con la mano.
Y entonces Milsom cerró la puerta.
—¡No te enfades! —Julia se acercó con las manos juntas delante del pecho, suplicante—. Deja que me explique…
—Por Dios, debería partirte el cuello —jadeó—. Y tú —encaró al traidor de su ayuda de cámara—, ¡maldito seas!
—¡No lo culpes a él! Lo obligué a contarme todo sobre ella. No tuvo alternativa.
En el vestíbulo, la joven conversaba con el ama de llaves, que se ofrecía a enseñarle la habitación de invitados.
Las pisadas se alejaron. Sebastián agudizó el oído en busca de la característica voz de la señorita Stafford, avergonzado por necesitarla con tanta desesperación. No hubo más que silencio.
—Y tampoco puedes culparme a mí —continuó Julia—. Cuando me enteré de que guardabas el mechón no pude parar hasta conocer la historia completa.
La ira inundó el rostro desfigurado de Sebastián. Paseó la mirada entre Milsom y Julia. ¿Qué le había contado su ayuda de cámara a su metomentodo hermana? Y aún más importante, ¿qué diablos le había dicho Julia a la señorita Stafford?
—Fuera de aquí —bramó, acercándose a ella.
Julia se escondió tras una silla.
—La he convencido para que se instale durante todo el mes —dijo—. Es lo máximo que he podido conseguir; no puede quedarse más tiempo debido a las niñas, y…
—¿Cómo?
Julia le dedicó una sonrisa vacilante.
—Dos niñas pequeñas.
Se quedó petrificado. Sintió que se le cortaba la respiración.
—¿Y el padre? —Logró preguntar.
—El señor Claude Dinwiddy. Un comerciante. ¿Quién iba a imaginarlo?
Sebastián se dejó caer hacia atrás sin mirar, y se sentó en el sillón por pura casualidad. Apoyó la cabeza en el tapizado de cuero, respirando entrecortadamente mientras apretaba con fuerza el mechón que escondía en una mano.
¿Por qué nunca se le había cruzado por la mente…? ¿Ni había contemplado que…? ¡Por supuesto que estaba casada! ¡Y claro que tenía hijos! Pero ¿qué más daba eso ahora? Habían pasado tres años desde que la había conocido. Si es que alguna vez había llegado a hacerlo de verdad.
Ya no significaba nada para él.
—Milady, si nos disculpa un momento —le susurró Milsom a Julia.
Julia lo ignoró y tomo asiento en un sillón frente a su hermano.
—¿Te encuentras mal? ¿Te duele mucho? ¡Oh, haga algo, Milsom!
El ayuda de cámara ya se estaba ocupando de todo.
—Aquí tiene, señor —le dijo—. Justo como le gusta.
Sebastián abrió los ojos y su rostro familiar apareció ante él.
Sostenía una copa de brandi y un pañuelo doblado.
Tomó ambos y utilizó el pañuelo para presionar el lado herido de su boca mientras bebía.
Los nervios habían perdido toda la sensibilidad en esa zona, algo que no había tardado en averiguar y, si no hacía nada para impedirlo, el líquido se escapaba y le corría por la barbilla.
Julia comenzó a lloriquear.
—Lo siento, no quería empeorarlo todo. ¿Quieres que le diga que se vaya? No me hagas hacerlo, me ha costado mucho convencerla de que viniera. Y le han permitido quedarse todo el mes. Por favor. ¡Son las únicas vacaciones que la señorita Stafford ha tenido en dos años!
Por una vez, Sebastián dudó de lo que acababa de oír.
—¿La señorita Stafford?
—¡Pues claro que la señorita Stafford! ¿De quién creías que hablaba? ¿Estás desorientado? ¿Es por el dolor? ¿O es…?
Milsom carraspeó.
—Si me permite intervenir, milady, ha dado a entender que la señorita Stafford está casada con el señor Dinwiddy…
—¡Jamás he hecho tal cosa! He dicho que trabaja de institutriz para la familia Dinwiddy. —Julia hizo una pausa y frunció el ceño—. ¿O no ha sido así?
—Institutriz —repitió Sebastián—. No puedo creerlo.
—Es la verdad. La encontré en una pintoresca casita en Cheapside. Al principio no tenía ni idea de quién era yo, pero tras explicárselo… Bueno, se negaba a acompañarme, hasta que…
—No me extraña —respondió con amargura, dando un nuevo sorbo al brandi.
—No es por lo que te pasó. Creo que… Bueno… Me dijo que me equivocaba. Que ella no te importaba lo más mínimo. Aunque sé que no es cierto, pues has conservado el mechón todo este tiempo. Y se lo dije.
—¡¿Que le dijiste qué?!
Julia retrocedió.
—Sé que no debería haberlo hecho, pero era el único modo de que creyera que querías verla, ¿sabes? Está decepcionada porque no estuviste a su lado cuando su padre murió.
La ira, la vergüenza y una profunda y sobrecogedora tristeza entraron en conflicto dentro de su pecho. Ni siquiera estaba seguro de lo que acababa de decir su hermana. ¿La señorita Stafford no estaba casada? ¿Trabajaba de institutriz? ¿Su padre había muerto?
Llevaba ya un año en casa, recluido en el campo, y la mayoría del tiempo lo pasaba sumido en un estado de letargo a causa del dolor y la angustia.
Ni siquiera soportaba leer el periódico a diario.
De hecho, el ejército británico, la rebelión de los cipayos y el continente entero de la India eran temas sobre los que nadie en Pershing Hall se atrevía a pronunciar una sola palabra.
Y por eso no se había enterado de los nuevos matrimonios, de los nacimientos, ni tampoco de las muertes.
Vivía desconectado por completo del mundo al que una vez había pertenecido. Y lo prefería así.
Pero ahora…
—Entonces —retomó—, sir Roderick Stafford está muerto.
—Así es, desde hace dos años. —Julia bajó la voz—. Se suicidó.
¡Por el amor de Dios! ¿Cómo era posible?
Sebastián solo coincidió una vez con aquel hombre, y se comportó de forma mezquina con él.
Sir Roderick era un jugador empedernido, un caballero que siempre andaba en busca del premio gordo.
Y había querido lo mismo para su hija. El segundo hijo de un conde, un simple soldado, jamás habría sido suficiente para ella.
No cuando también la cortejaban un barón, un vizconde y el adinerado tercer hijo de un marqués.
—Fue un gran escándalo —Julia continuó hablando—.
En su carta, la señorita Cavendish me contó que la mayoría de los amigos de la señorita Stafford cortaron todo lazo con ella.
Aunque se me escapa por qué empezó a trabajar como institutriz.
Algún familiar podría haberla acogido; seguro que aún le quedaba alguien.
¿Por qué demonios había accedido a ir a verle?
¿Se había enterado de que ahora era conde?
¿Pensaba que iba a caer en sus redes con la misma facilidad que en el pasado?
Por supuesto que lo creería; Julia le había hablado del mechón.
Habría asumido que seguía enamorado de ella y que le estaría agradecido por cualquier insignificante muestra de atención.
Qué bien le vendría casarse con él.
Aquel pensamiento removió algo muy profundo en su interior. Algo que había permanecido dormido durante años.
Sin embargo, ¿tan terrible sería un matrimonio sin amor?
Tenía treinta y dos años; ya era hora de sentar la cabeza y tener un heredero.
Y Sylvia Stafford era tan buena candidata para condesa de Radcliffe como cualquier otra.
¿Importaba que lo hubiese rechazado con tanta crueldad?
¿Que ahora se interesara por él solo por su posición?
No debería influir en lo más mínimo. El matrimonio era una transacción económica, nada más.
Y ahora era lo suficientemente rico para proporcionarle todo lo que quisiera.
Vestidos de calidad, sirvientes, y hasta un carruaje y animales para ella sola si así lo deseaba.
A cambio, sería la madre de sus hijos. La tendría cerca de él.
Para mirarla. Y admirarla. Y oír su voz.
Y quizá, con el tiempo, hasta podría convencerla para que sintiera cariño hacia él.
¿Convencerla? ¡Por los clavos de Cristo!
¿Cuándo se había vuelto tan patético? Sin pensar, acarició de nuevo el mechón que seguía teniendo en la mano.
Lo mejor sería echarlas a las dos. Y lo habría hecho si la señorita Stafford no lo hubiera visto.
Pero lo había hecho. Y en su peor momento.
No solo herido y desfigurado, sino también sin afeitar y en mangas de camisa.
Recordó lo mucho que solía cuidar su aspecto cuando sabía que se cruzaría con ella.
Botas resplandecientes, pantalón sin una sola arruga y un abrigo impoluto hecho a medida.
Siempre había sabido que no era atractivo, sobre todo comparado con sus otros pretendientes, pero ni una sola vez se había presentado ante ella sin estar impecable.
¡Y ahora se había mostrado así en su presencia! Apretó el puño, atormentándose en silencio. Es cierto que solo había sido un segundo. Dos a lo sumo. Lo suficiente para que hubiera reparado en todos sus defectos.
Sin embargo, no había gritado, se recordó. Ni se había desmayado. Se había limitado a quedarse de pie, con el sombrero entre las manos y la mirada clavada en él.
—La señorita Stafford querrá refrescarse y cambiarse después del viaje —dijo Julia—.
Luego tomaremos el té en el salón, a no ser que desees unirte a nosotras.
En tal caso pediré que lo lleven a la biblioteca.
A estas horas del día allí ya no entra tanta luz, y así no estarás tan expuesto.
—Le ofreció una sonrisa esperanzada—. ¿Vendrás?
La señorita Stafford está deseando verte.
Sebastián se percató de que Milsom lo miraba con una expresión de apoyo que no supo disimular. Maldijo con amargura.
—Nos vemos en la biblioteca —gruñó—. En media hora.