Capítulo 2
Hertfordshire, Inglaterra
S ebastián Conrad, el conde de Radcliffe, levantó la cabeza del libro que leía ante el inconfundible sonido de la llegada de un carruaje.
Pese a su estado, tenía el oído más afinado que nunca: pudo distinguir con facilidad el traqueteo de ruedas en la gravilla; el sonido de puertas abriéndose y cerrándose; y tras todo aquello, la estridente risa de Julia, su hermana pequeña.
Puso cara de disgusto.
Pershing Hall era una pesadilla arquitectónica: una mansión enorme llena de pasillos serpenteantes, habitaciones de varios tamaños y pasadizos que no llevaban a ninguna parte.
Pero cuando su hermana Julia, la vizcondesa Harker, iba de visita, la casa parecía empequeñecer hasta tres partes de su tamaño.
Adiós a la calma y al silencio. Y a la privacidad. Aunque Sebastián vivía en los aposentos del conde en casi completo aislamiento, con Julia allí se sentía como un prisionero en su propio hogar.
Había ido a verle hacía solo un mes. ¿Por qué había regresado tan pronto? Para fastidiarlo y atormentarlo, estaba claro.
—¡Milsom! —gritó.
El corte del sable le había dejado la garganta parcialmente destrozada, y ahora su voz tenía un particular deje áspero y ronco.
Al oírle, el ayuda de cámara apareció en la puerta del vestidor.
Era un hombre larguirucho con rasgos angulosos y afilados como un zorro.
Tenía treinta y dos años, igual que él, aunque parecía décadas mayor.
—¿Milord? —inquirió.
—Lady Harker está aquí. Otra vez.
El ayuda de cámara conocía lo suficiente a su señor como para fiarse de la agudeza de su oído.
—¿Quiere que le traiga un traje limpio?
Le dolían el hombro y el brazo. Lo último que quería era aprisionarlos dentro de una condenada americana.
¿Y por qué debería hacerlo? No tenía obligación de cumplir con el papel de señor de la casa; él no había invitado a su hermana.
Si insistía en imponerle su presencia, bien podía soportar verlo en mangas de camisa.
—No será necesario —dijo.
Milsom lo inspeccionó con ojo crítico.
—¿Desea que lo afeite, señor?
La barba le crecía de forma errática en el lado desfigurado del rostro, pero en el izquierdo lucía una incipiente barba oscura de dos días. Bien afeitado ya resultaba monstruoso, era consciente de ello. Sin estarlo parecía una auténtica bestia.
—No —repuso con frialdad.
No hacía falta, era poco probable que viera a su hermana.
Se centró de nuevo en el libro, pero fue incapaz de seguir leyendo. La presencia de más gente en la casa siempre lo incomodaba. Por mucho que la apreciara, apenas podía tolerar las visitas de Julia. Era demasiado ruidosa. Muy emocional. Y se había propuesto entrometerse en su vida.
Aunque tuviera buena intención, no podía llegar a imaginarse la magnitud de lo que había vivido en la India.
Y tampoco era alguien a quien pudiera confiárselo.
Como la mayoría de las mujeres de su estatus, era una joven ingenua y mimada que se movía por la vida sin separarse de su frasco de aceites esenciales, para evitar desfallecer si se encontraba con algo desagradable.
¿Acaso no se había desmayado la primera vez que lo vio? Gritó, se mareó y luego rompió a llorar. En ese orden. Como si Sebastián no se sintiera ya un ser repugnante.
Aprisionó el mechón entre los dedos. Tras todos esos años seguía suave como la seda. Distraído, lo acarició con el pulgar y aquel movimiento familiar lo calmó lo suficiente como para retomar la lectura. Oyó a Milsom pulular alrededor, ordenando el salón.
—Le dolerá la cabeza, señor —remarcó.
Sebastián no contestó. Leer era de los pocos placeres que le quedaban, y ni siquiera podía disfrutarlo debido a los frecuentes dolores de cabeza. Según aquel maldito doctor, se debía al esfuerzo de hacerlo con un solo ojo.
Antes de resultar herido en la India, dedicaba el tiempo libre del que disponía a montar a caballo, al deporte y al estudio.
Incluso había escrito varios artículos para La Revista Aristotélica, una publicación académica centrada en el clasicismo y la antigüedad clásica.
Sin embargo, su principal ocupación había sido el ejército.
Era el camino ya establecido para el segundo hijo del conde de Radcliffe, y aquel estilo de vida encajaba bastante bien con él.
Siempre había sido una persona organizada y disciplinada con un modo de pensar riguroso.
Alguna vez hasta le habían acusado de serlo demasiado.
Pero jamás le había faltado valentía. Aunque no disfrutara de la batalla y de los derramamientos de sangre, descubrió ser muy bueno en ello.
Sebastián pensó que, al regresar de la India, se instalaría en la sencilla propiedad que su padre le regaló por su veintiún cumpleaños.
En su lugar, casi le habían partido el rostro en dos, y al llegar a Londres se enteró de que su padre y su hermano mayor estaban muertos.
En vez de una casita ahora era dueño de una notable hacienda.
Sin primogénito, se había convertido en el conde de Radcliffe.
Por fortuna, su hermana pequeña se había casado con el vizconde Harker dos años atrás; ya no era su responsabilidad. Y Pershing Hall estaba en buenas manos: las del administrador de su padre, un hombre que había gestionado la propiedad durante más de treinta años.
A Sebastián le parecía estupendo que se ocupara él.
No le interesaba en absoluto enfrascarse en libros de contabilidad ni mucho menos reunirse con arrendatarios.
Se imaginaba sus reacciones aterrorizadas al ver su rostro desfigurado.
Era cierto que los conocía a casi todos desde niño, pero la familiaridad no garantizaba que no reaccionaran ante él con lástima y repulsión. Su hermana era la prueba de ello.
—Acaba de llegar lady Harker —anunció Milsom.
Se puso tenso al oír los pasos amortiguados que subían las escaleras y luego avanzaban por el vestíbulo.
El ama de llaves, Julia y alguien más. ¿Quizás era lord Harker?
Por todos los santos, esperaba que no. La última vez que aquel idiota arrogante estuvo en su casa le soltó un sermón innecesario sobre lo inapropiado que es que un caballero amenace con estrangular a su hermana.
Sin embargo, no era él; no cabía duda de que se trataba del ama de llaves y de dos mujeres más.
Julia y su doncella. O Julia y una amiga.
Que el cielo se apiadara de él. ¿Cuánto tiempo pretendía quedarse su hermana?
—No voy a recibir a nadie —informó a su ayuda de cámara, que no paraba quieto.
—Por supuesto, milord —respondió Milsom. Y cuando un golpecito suave, de esos que se dan en la puerta de un inválido, anunció la presencia de su irritante hermana, Sebastián oyó cómo el hombre entreabría la puerta y pronunciaba, con bastante firmeza—: El señor no desea ver a nadie hoy, milady.
—¡Cómo que no! Oye, Milsom… —Julia bajó la voz hasta convertirla en un susurro que pretendía ser de disculpa—. Ya hemos hablado de esto y me prometió que me ayudaría. Si le tiene algo de aprecio a mi hermano me dejará pasar.
Sebastián percibió un frufrú de faldas lujosas cuando Julia le dio un empujoncito al ayuda de cámara e irrumpió en la habitación. Con una mirada de resignación, se levantó del sillón, listo para confrontarla.
Y entonces se quedó paralizado.
La puerta de la habitación se abrió de par en par. Julia avanzaba a grandes zancadas hacia él, mientras que Milsom lo miraba con impotencia, inmóvil al lado de la puerta. Y en el vestíbulo, con los enormes ojos azules clavados en los suyos desde la distancia, estaba Sylvia Stafford.
Sebastián sintió que todo el aire abandonaba sus pulmones de golpe.
Reconocería ese rostro en cualquier parte.
Lo tenía grabado a fuego: lo acompañó en cada noche gélida, en cada sofocante expedición y en cada batalla sangrienta.
Fue lo último que vio antes de quedarse inconsciente en el suelo a las puertas de Jhansi.
La imagen a la que se había aferrado cuando estuvo seguro de que iba a morir.
Y ahora lo tenía delante. Aquel hermoso rostro que tanto había atesorado.
Un óvalo perfecto. De mejillas esculpidas, nariz recta y elegante, y con unos labios suaves y sensuales.
Los había besado una vez, hacía ya una eternidad.
Y había sentido las caricias de esas manos esbeltas que en ese momento aferraban aquel sombrero con tanta fuerza.
—¿Me permitiría tener un mechón de su cabello? —le preguntó la última noche que estuvieron juntos.
Lo recordaba con tanta claridad como si hubiese sido ayer. Fue en el baile de lord y lady Mainwaring, cuando la invitó a dar un paseo por el jardín bajo la luna llena.
—Adelante —le respondió ella, ruborizándose—. Pero me temo que tendrá que cortarlo usted mismo.
Llevaba el grueso cabello castaño recogido con piedras preciosas de zafiro. Lo tocó por primera vez con una mano vacilante, apañándoselas para liberar un tirabuzón brillante con un dedo.
—¿Le parece bien así?
—Es demasiado. ¿Quizás un poco menos?
—No, es justo lo que necesito —dijo, mientras lo cortaba con cuidado con una navaja—, así no podrá darle otro a ningún admirador.
Sylvia lo observó con una sonrisa inquisitiva.
—¿Cree que me dedico a ir repartiendo mechones entre mis pretendientes?
—¿Es la primera vez que alguien se lo pide?
—No.
—¿Y se lo ha…?
—No —contestó—. Es usted el primero. —Y luego deshizo con cuidado una de las cintas de seda azul pálido de su vestido y se la tendió para que envolviera el cabello recién cortado—. ¿Qué va a hacer con él? —preguntó después.
—Guardarlo cerca del corazón —contestó solemne—. Lo sacaré y lo miraré cada vez que pierda la esperanza de regresar a casa. Y pensaré en usted.