La carta perdida Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—No —admitió lady Harker despacio—. Aunque guarda el revólver en la habitación; lo he visto cerca de la cama.

Ha estado ahí el año entero, es muy preocupante.

Y mi marido dice que no debería alterarme en este momento.

Me encuentro en un estado delicado, ya me entiende. Si le sucediera cualquier cosa…

Las últimas defensas de Sylvia se desmoronaron.

Por muy cruel que hubiera sido Sebastián con ella en el pasado, no se merecía sufrir de una manera tan espantosa.

Nadie merecía algo así. Si con su presencia podía aliviar al menos una parte de su dolor, tenía que ir a su encuentro.

Seguir negándose era no tener corazón. Todavía peor, era de cobarde.

—Muy bien —sentenció.

Lady Harker esbozó una sonrisa dubitativa.

—¿Significa eso que vendrá?

—Exacto. Iré con usted. Si… si de verdad piensa que eso puede ayudarle.

Rodeó a Sylvia en un abrazo impulsivo.

—Oh, muchas gracias. Gracias. No se arrepentirá, se lo prometo.

Sylvia escuchaba las lacrimógenas frases de la mujer como si estuviera fuera de su propio cuerpo. Se oyó a sí misma acceder a irse con ella ese mismo día, y estuvo de acuerdo en hacer el equipaje para partir lo antes posible. Lady Harker llamó a la señora Dinwiddy y las dos conversaron brevemente.

—Unos días de vacaciones con viejos amigos —le dijo la señora Dinwiddy, sonriendo—. Tómese todo el mes, insisto.

Antes de que se diese cuenta, estaba en su pequeña habitación de la planta superior, guardando sus pertenencias en una maleta desgastada.

Solo en ese momento recuperó el sentido común, y en su pecho un creciente torrente de pánico amenazó con ahogarla.

Pero ella no era una cobarde. Los dos últimos años los había llevado con dignidad y elegancia.

Había soportado todo el desprecio, los comentarios crueles e incluso la deslealtad de Penélope Mainwaring, a quien había considerado su mejor amiga en el mundo entero.

Pero ahora, la simple idea de ver de nuevo a Sebastián Conrad la asustaba hasta la médula.

Había estado enamorada de él. Podía admitirlo ante sí misma sin ningún tipo de resentimiento.

Lo había amado y durante un corto período de tiempo había creído que él también la amaba.

Aunque jamás llegó a decírselo, ni tampoco le hizo ninguna promesa.

Aun así, la había buscado en cada baile, se las había ingeniado para cruzarse con ella cuando paseaba o montaba a caballo e incluso, hasta en dos ocasiones, había aparecido de la nada en la librería Hatchards cuando necesitaba alcanzar un libro de un estante demasiado alto.

Después, tras aquella última noche en el jardín, se había esfumado.

De un día para otro. Tuvo que volver a la India a luchar en la rebelión de 1857.

Nunca le había respondido a las cartas que le envió.

Y jamás le había escrito. Ni una simple nota dándole el pésame cuando su padre murió un año después.

Dejó de tener noticias suyas, sin más. Durante un tiempo temió que hubiera muerto, pero su nombre no aparecía en la lista de los informes del periódico que leía con obsesión.

Al final, se hizo a la idea de que la había olvidado.

Le había llevado mucho tiempo, pero era feliz de nuevo.

Estaba satisfecha con su trabajo y contenta con su vida.

Se había convertido en alguien fuerte, alguien a quien no podrían volver a hacer daño.

O al menos eso esperaba. Jamás lo había puesto a prueba hasta ahora.

¿De verdad estaba tan herido? ¿Y sufriendo tanto? Odiaba imaginarlo. Y se odiaba a sí misma por querer ir con tanta desesperación a consolarlo y prestarle su apoyo.

Así que conservaba el ridículo mechón de pelo.

¿Qué significaba aquello? No quería decir que la amara.

Ni que la echara de menos. Después de todo, casi no habían llegado a conocerse; habían sido solo unos pocos meses durante la temporada.

Solo algunas conversaciones en susurros.

Unas cuantas miradas prolongadas. Y unos pocos besos.

Se puso un sencillo vestido de viaje y se examinó en el espejito que había sobre el lavamanos mientras se abotonaba la capa alrededor del cuello.

¿Su aspecto era diferente? No habían transcurrido mucho más de tres años; no podía haber cambiado demasiado.

El mismo pelo castaño grueso y brillante; los ojos grandes y azules; y las mejillas con hoyuelos.

Y su silueta seguía siendo igual: curvilínea de manera sutil, con las piernas largas y la cintura fina.

Aun así, no era la misma. ¿Ser institutriz había ensombrecido su atractivo? No quería pensar en ello, aunque sin duda ahora existía una cierta melancolía en ella. Aquella tenue chispa que la había hecho destacar entre el resto de las damas había desparecido.

Bueno, puede que hubiera perdido su chispa, pero podría decirse que Sebastián Conrad casi había perdido la cabeza.

No estaría en posición de juzgarla por su aspecto.

Y si le decía una sola palabra de crítica por ser institutriz o hacía un simple comentario desagradable sobre su padre, le diría exactamente lo que pensaba sobre los hombres desleales que ponen en riesgo la reputación de las damas y luego desaparecen.