La carta perdida Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Herido de gravedad, por desgracia. —Tomó una galleta de chocolate—.

Le atravesaron una mejilla con un sable; tiene el rostro desfigurado y ha perdido la visión de un ojo.

Gracias a Dios que aún lo conserva, pero su aspecto es vidrioso.

Le cuento todo esto para que vaya preparada.

La primera vez que lo vi me comporté bastante mal. Asusta un poco, ya lo verá.

Sylvia colocó la taza de té en el platito con lentitud y los dejó en la bandeja. Le temblaba todo el cuerpo y le costaba ocultarlo.

—¿Está sufriendo mucho? —preguntó con voz débil.

—Así es. Aunque creo que le vendría bien recibir visitas.

—Dejó escapar un nuevo suspiro—. Sin embargo, no quiere que nadie lo vea.

Creo que le avergüenza haber perdido su atractivo.

Tampoco es que hubiese sido muy guapo en el pasado.

Pero diría que para usted sí que lo era, ¿verdad?

¿Por qué otro motivo le dio si no un mechón de pelo tan largo?

Sylvia pensó en aquella noche en el jardín de lord y lady Mainwearing tanto tiempo atrás. El aire impregnado del aroma de las rosas. Las estrellas brillando como diamantes. Allí le había permitido besarla. Y ella le había devuelto aquel beso, sosteniendo su recia mandíbula entre las manos.

—Me pregunto a cuántas más habrá besado en jardines bajo la luz de la luna —le susurró.

—Solo a usted, señorita Stafford —le respondió Sebastián Conrad con total sinceridad—. Solo a usted.

Observó a aquella mujer. No veía ningún parecido entre ella y el coronel Conrad.

Sebastián era alto, moreno y de hombros anchos.

De aspecto duro, como esculpido en granito.

A la mayoría le parecía intimidante; en especial a las damas jóvenes e inocentes.

Las amigas de Sylvia habían soltado grititos ahogados tras sus abanicos la primera vez que se acercó a ella para pedirle un baile.

—Las ha asustado —le dijo.

Aquellas fueron las primeras palabras que le dirigió a Sebastián Conrad, excepto por una breve presentación en una fiesta la noche anterior.

—¿De verdad?

—Están a punto de desmayarse. —Y entonces la recorrió con la mirada con una expresión difícil de leer.

—Pero usted no, ¿me equivoco? —le insistió.

—Oh, yo nunca me desmayo. Y no me asusto con facilidad. Es necesario mucho más que un ceño fruncido —Le sonrió y añadió—: Tendrá que esforzarse más.

Odiaba pensar en aquello.

—Es cierto, le di un mechón de pelo —confirmó—. No estuvo nada bien; no estábamos comprometidos. Y no había ningún tipo de acuerdo entre nosotros. En aquel entonces yo era muy joven, no tenía carabina, y he de confesar que ser tan romántica se volvía en mi contra.

—¡No diga eso! El mechón lo ha reconfortado mucho.

Y estoy segura de que quería pedirle matrimonio.

Debe saber que a mi hermano nunca se le han dado demasiado bien las palabras.

Y nunca lo vi hablando con ninguna joven, a no ser que contemos el gruñido hosco que siempre solía hacer.

Me quedé atónita cuando descubrí que guardaba un mechón de pelo de su novia. Si llego a saberlo…

—Lady Harker… —objetó Sylvia.

—Escribí a todos mis amigos para descubrir quién era y dónde estaba.

Le dije a mi marido que, si no la había encontrado por Navidad, contrataría un investigador privado para buscarla.

Fue un golpe de suerte que mi querida amiga Lucinda Cavendish se hospedara con lord y lady Ponsonby en Londres, y se enterara a través de la sirvienta de lady Ponsonby, la señorita Button, de que…

—¿Button? ¿Mi antigua sirvienta? —Sylvia estaba anonadada. Hacía siglos que no pensaba en ella, pero la mención de su nombre fue suficiente para que todo regresara a su mente.

Su padre contrató a la señorita Button tras su decimoquinto cumpleaños.

Había sido una de las pocas constantes de su juventud.

La recordaba a la perfección: de pie tras ella, sentada frente al tocador dorado, mientras le arreglaba el cabello.

O esperándola hasta tarde para ayudarla a desvestirse y escucharla con entusiasmo mientras le contaba todo lo que había pasado en el baile o concierto al que hubiera asistido aquella noche.

Había sido la persona que la había consolado en las pocas ocasiones en las que algo, o alguien, la había hecho llorar.

Y, aun así, a pesar de todo, ella y Button jamás fueron nada más que señora y sirvienta. Lo comprobó cuando regresó a casa destrozada tras el suicidio de su padre.

—¿Qué hacemos? —había sollozado durante la primera y aplastante oleada de tristeza—. ¿Qué será de nosotras?

Pero no existía un «nosotras». La tinta del certificado de defunción de sir Roderick apenas se había secado cuando Button la informó de que ya tenía un nuevo puesto y de que se marchaba.

Se había quedado sola por completo.

—Así es. —Asintió lady Harker—. La señorita Button le contó que era usted institutriz en una familia llamada Dinwiddy. No tardé mucho en localizarla en Cheapside.

—Ya veo. —Sylvia se miró las manos cruzadas sobre el regazo. Las tenía pálidas y rígidas.

—¿Su hermano sabe que ha venido? —preguntó, volviendo a alzar la mirada hacia ella.

—¡Por Dios, no! Quiero sorprenderlo. Y cuando esté instalada en la casa, ya no podrá rechazarla…

—¿Disculpe?

—Bueno, si fuera tan amable de venir conmigo hasta Hertfordshire y quedarse allí dos semanas… Yo me instalaré en Pershing Hall. Ahora mismo mi hermano está solo; lo visito cada vez que puedo, aunque es muy extraño que lleve invitados.

A Sylvia el corazón le latía con intensidad. Sentía un dolor físico en el pecho; llevaba años sin experimentar nada similar.

—Lady Harker…

—Llámeme Julia, ¡por favor!

—Julia. Como comprenderá no puedo aceptar la invitación.

—¿Por qué no? La señora Dinwiddy me ha dicho que nunca se ha tomado unas vacaciones y hemos acordado que puede quedarse hasta un mes. Y no va a estar a solas con él… Yo estaré en la casa y, cada dos semanas, mi marido vendrá también. Será algo del todo respetable, se lo aseguro.

Sylvia se imaginaba cómo la recibiría Sebastián tras todos esos años. ¿Presentarse en su casa sin ser invitada, pobre como una rata y con la mancha del escándalo del suicidio de su padre? ¿Como si fuera un mendigo pidiéndole un favor?

—No puedo hacerlo —repitió—. Simplemente no puedo. Sería demasiado doloroso para mí. Le ruego que no vuelva a pedírmelo.

Lady Harker arrugó el rostro.

—¡No puede negarse! Es usted su única esperanza.

—No. —Se puso de pie; le temblaban las piernas—. Está equivocada. A su hermano no le importo nada.

La mujer se levantó de un salto.

—Pero el mechón…

—Un amuleto, nada más. Tengo entendido que muchos soldados los llevan.

—No, no. Me niego a creerlo. He llegado tan lejos…

Se lo suplico. Si el mechón le proporciona consuelo, imagínese lo que haría en persona.

—Agarró la mano de Sylvia—. No tiene que casarse con él, jamás debí haberlo sugerido.

No es más que una fantasía egoísta. Pero venga conmigo.

Por favor. Solo para verlo. Si le grita o le amenaza, tendrá el carruaje a su disposición para volver a Londres.

—Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Acompáñeme —imploró—.

Tengo miedo de que haga alguna estupidez si las cosas no cambian pronto.

Las palabras atravesaron a Sylvia como una corriente eléctrica.

—¿Alguna estupidez? ¿A qué se refiere?

—Oh, le aseguro que sabe lo que quiero decir.

Sylvia negó con la cabeza, incrédula. El suicidio de su padre era una herida que jamás se curaría del todo.

La mera idea de que Sebastián considerase un destino similar era demasiado horrible como para contemplarla.

Hubo una época en la que se preocupaba profundamente por él; solo el paso del tiempo había adormecido el dolor y el sufrimiento que sintió cuando se fue y la olvidó.

—¿Ha amenazado con herirse a sí mismo? —preguntó.