La carta perdida
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Capítulo 1
Londres, Inglaterra
S ylvia Stafford se alisó la falda del vestido gris oscuro mientras bajaba las escaleras tras la señora Dinwiddy.
Su empleadora le permitía recibir visitas, sin embargo, en los dos años que llevaba como institutriz de los niños Dinwiddy ningún amigo o familiar había tratado de ir a verla.
Tampoco es que en aquel momento hubiera muchos en su vida.
La única familia que le quedaba tras el suicidio de su padre eran unos cuantos tíos que no querían tener nada que ver con ella.
Y sus amigos de la alta sociedad, de cuando era la señorita Stafford de Newel Park en Kent, habían desaparecido hacía una eternidad.
—No conozco a ninguna lady Harker —dijo—. Al menos que recuerde. Es bastante probable que coincidiéramos en el pasado, hace mucho.
—Ha sido muy insistente —respondió la señora Dinwiddy.
—¿Ha hablado con ella, señora?
—Por supuesto. Hemos mantenido una charla muy agradable. —Dejó escapar una risita alegre—. ¡Yo! Conversando con una vizcondesa. ¡Nada menos! Pero tras toda esa elegancia solo hay una joven amable. Me ha hecho sentir a gusto.
El humilde salón de los Dinwiddy, igual que el resto de la casa de Cheapside, estaba decorado con elegancia y practicidad.
Sylvia entró y se encontró con una mujer menuda sentada en el borde de un sillón orejero sin reposabrazos, con una moderna falda de volantes desparramada sobre un miriñaque de un tamaño impresionante.
Era muy joven; al menos más joven que ella misma, que tenía veinticinco años.
Y, por su expresión, parecía un poco preocupada, lo que contrastaba de forma bastante cómica con el sombrero de encaje con lazo que llevaba, ligeramente torcido, sobre una infinidad de rizos rubios.
Se levantó de un brinco y, de inmediato, clavó los enormes ojos marrones en Sylvia. Después sonrió.
—¿Es usted la señorita Stafford? —Se acercó a ella—. ¡Reconozco su pelo! Es precioso. ¡Y usted también lo es! Gracias por la rapidez, señora Dinwiddy. ¿Sería posible hablar con ella a solas?
La señora Dinwiddy era muy considerada y accedió a la petición, e incluso ofreció que les llevaran el té.
—Tengo la sensación de que debería recordarla —dijo Sylvia en cuanto su superior abandonó la habitación—. Pero me temo que no es así.
La sonrisa de lady Harker se desvaneció.
—Es lógico que no lo haga. No nos conocemos. Pero estoy tan feliz de haberla encontrado. Ni se lo imagina…
Sylvia se asustó al ver que se le humedecían los ojos.
—Querida —dijo con suavidad—. Por favor, siéntese.
Y acepte mi pañuelo. Tome. ¿Ve los puntitos azules y marrones que hay en el hilo?
Es uno de los primeros intentos de bordar de la señorita Dinwiddy.
Se supone que son flores. Me lo regaló las navidades pasadas envuelto alrededor de una barra de jabón con aroma a violeta, mi favorito.
Hubo un tiempo en el que admiraban a Sylvia por su voz de terciopelo.
Era delicada y suave. Seductora, le había dicho uno de sus apasionados pretendientes.
De hecho, en las fiestas a las que solía asistir en Londres casi siempre le pedían que cantara en algún momento de la velada.
Sin embargo, ahora su voz se había convertido en un atributo meramente práctico que utilizaba durante el día para tranquilizar a los niños a su cargo y por la noche para leerles o cantarles hasta que se dormían.
También tenía un valor incalculable para calmar al siempre inquieto cocinero, a la preocupada ama de llaves y a cualquiera con los nervios fuera de control.
Funcionaba igual de bien con los aristócratas impacientes.
Distraída, lady Harker se sentó en un sillón, examinando los deformes puntos de hilo bordados en el pañuelo.
—¿La señorita Dinwiddy es la niña a la que cuida?
Sylvia se sentó en otro sillón frente a ella y se acomodó sobre las rodillas su sencilla falda de lana gris.
—Así es. La señorita Clara Dinwiddy es la hija mayor de la familia. Tiene ocho años. También me encargo de su hermana pequeña, Cora, que tiene seis.
—Nunca la hubiese imaginado trabajando como institutriz —dijo mientras se secaba las lágrimas.
No se ofendió por esas palabras. A decir verdad, a ella también le sorprendía haber acabado así.
Había esperado casarse. Una vez hubo un hombre especial; un caballero que había estado más cerca de conseguir su mano que ningún otro pretendiente.
Pero el suicidio de su padre lo había cambiado todo.
La familia con la que se hospedaba en Londres durante la temporada se había apresurado a enviarla de vuelta al campo.
Y tras aquello, nunca más volvió a oír hablar de ninguno de sus pretendientes.
Nada de eso importaba ahora. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de llorar por ese motivo, y la parte de ella que anhelaba fantasías románticas imposibles se había marchitado y había muerto.
Pero no era infeliz. Ni mucho menos. Se reía a menudo y con facilidad.
Ya no pensaba en su antigua vida. Bueno, casi nunca.
—Los Dinwiddy se han portado muy bien conmigo —agregó con sinceridad—. Me considero afortunada por trabajar para ellos.
Lady Harker se sonrojó.
—¡No pretendía ofenderla! Es solo que esperaba que estuviera casada y con hijos. Lady Medcalf me dijo que solía tener muchos admiradores… —Se sonrojó todavía más—. Aunque debo decirle que me alegra haberla encontrado sin ataduras. Me alegra muchísimo.
Sylvia sonrió.
—Quizá debería decirme por qué ha venido.
—Sí, sí. Por supuesto. —Se puso seria de repente—. Bueno, verá… Mi hermano mayor es un hombre complicado.
Sylvia asintió comprensiva, impasible ante las incongruencias de la mujer.
—Siempre lo ha sido. Tan rudo y serio. Nunca estuvimos muy unidos; es mucho mayor que yo.
Mientras estaba en la India, mi padre y nuestro otro hermano enfermaron de fiebre y murieron.
Él es la única familia que me queda. De hecho, es el cabeza de familia; ahora posee el título.
Pero no por ello tengo que soportar sus cambios de humor.
Mi marido no me permite quedarme con él más de dos semanas seguidas, teme que pueda ser violento.
Aunque nunca lo ha sido conmigo. Bueno… —Retorció el pañuelo entre las manos—.
Puede que alguna vez haya lanzado algún libro; y en otra ocasión arrojó una figura de porcelana, pero no iban dirigidos a mí. Solo quería asustarme.
Sylvia la escuchaba con calmada atención. Debido a su trabajo estaba acostumbrada a oír largas historias sin sentido, y se enorgullecía de su paciencia.
—Nunca le haría daño a una mujer —continuó—.
Es solo que tiene un humor cambiante. Se altera, ya sabe.
Una noche, el mes pasado, me pareció oír que me llamaba.
Fui hasta su habitación, solo quería echar un vistazo.
Estaba sentado en el sillón con la cabeza entre las manos y lloraba.
¡No supe cómo reaccionar! Traté de calmarlo, y me dijo que si no me iba me estrangularía.
—Se ruborizó—. Aquella fue la primera vez que lo vi; lo apretaba en una mano. Lo aferraba mientras sollozaba.
La mujer respiró hondo.
—Bueno, creí haberlo imaginado. Al día siguiente, rebusqué por toda la habitación y no logré encontrarlo.
Estaba a punto de rendirme cuando se me ocurrió que podía preguntarle a su ayuda de cámara.
—Sonrió con evidente orgullo por su gran idea—.
Su ayuda de cámara, Milsom, fue su sirviente durante el levantamiento.
Es leal a Sebastián de una forma que roza lo ridículo.
Así que no quiso contarme nada. Pero me puse hecha una fiera.
Al fin me dijo que era un mechón de pelo; mi hermano lo había llevado con él hasta la India. Como amuleto.
La apariencia amable y comprensiva que Sylvia había mostrado durante todo el relato se tambaleó visiblemente.
—Perdone, ¿ha dicho un mechón de pelo?
—Exacto. Un mechón grueso de cabello castaño oscuro. Milsom me confesó que pertenecía a una tal Sylvia Stafford y que…
Sylvia sintió que todo el color abandonaba su rostro. Un recuerdo enterrado hacía mucho amenazó con derrumbarla.
—Me está diciendo que su hermano… Que su hermano es…
—El conde de Radcliffe. Aunque usted lo conocerá como coronel Sebastián Conrad. ¡Por Dios, querida! ¡Señorita Stafford!— Se levantó de un salto y corrió hasta ella—. ¿Está mareada? ¿Quiere que le traiga las sales aromáticas? ¡Diga algo!
Sylvia se quedó mirando la silueta charlatana que tenía delante.
—No me he mareado —dijo—. Estoy perfectamente, solo me he sorprendido un poco.
Lady Harker le agarró la mano.
—Mi querida Sylvia… ¿Puedo llamarla Sylvia?
Y llámeme Julia, ya la considero una hermana.
Mi intención es que llegue a serlo. Por eso he venido: para que regrese a Hertfordshire conmigo a casarse con mi hermano y lo ayude en su recuperación.
Pero no nos adelantemos. Primero tenemos que conocernos mejor y luego… ¡Ah! Ha llegado el té.
Soltó la mano de Sylvia para ayudar a la sirvienta. Cuando terminó, le dio permiso para que se fuera, se sentó y empezó a servir.
—¿Azúcar? ¿Mucho azúcar? —Echó varios terrones en la taza de Sylvia y removió con energía—. Aquí tiene. Beba unos pocos sorbos y no tardará en encontrarse mejor.
Sylvia alcanzó la taza con manos visiblemente temblorosas. Se obligó a beber un sorbo. El líquido dulce y caliente calmó la desazón de su interior; sin embargo, no creía que existiese una bebida en el mundo que pudiera apaciguar su agitado corazón.
—Su hermano… —Empezó a decir, sorprendida de que su voz sonara tan estable—. ¿Ha dicho que resultó herido en la India?
La mujer dejó escapar un suspiro.