CAPÍTULO 13
L os primeros rayos del amanecer se filtraban a través de las cortinas de Matty, bañando su habitación en un cálido resplandor.
Se agitó en la cama, momentáneamente desconcertada por la suavidad del colchón y el silencio que la rodeaba.
Incluso después de tres semanas, aún le sorprendía el lujo de sus nuevos aposentos.
Matty se levantó y fue hasta el lavabo. El agua fría le ayudó a espantar los últimos vestigios de sueño mientras se mojaba la cara y el cuello. Después centró su atención en el atuendo del día, ya preparado la noche anterior: un vestido de algodón verde oscuro, de tela fina y suave al tacto.
Mientras se vestía, Matty se maravillaba ante la variedad de opciones que ahora tenía a su alcance.
Ya no estaba limitada a los uniformes apagados y funcionales de criada; ahora disponía de un pequeño pero variado guardarropa acorde a su nueva posición.
Abotonó meticulosamente las mangas y cerró cada botón hasta el cuello, y luego colocó con cuidado un cuello blanco almidonado y rígido por encima.
De pie frente al espejo, Matty apenas reconocía a la joven que le devolvía la mirada.
Su cabello, antes recogido a toda prisa para el trabajo de cocina, ahora lucía un moño elegante de factura impecable.
El verde del vestido realzaba su tez, confiriéndole un aire sofisticado que nunca antes había tenido.
Era asombroso, pensó, lo diferente que podía hacerla sentir la ropa, no solo en apariencia, sino también en espíritu.
Lista para comenzar el día, Matty bajó en silencio por la escalera de servicio hacia la cocina.
Aunque la señora Bailey había insistido en que no hacía falta que fuera ella a recoger la bandeja del desayuno de Lady Constance, Matty apreciaba estas visitas matutinas a su antiguo territorio.
Era una oportunidad para mantener los pies en la tierra, para recordar de dónde venía mientras se adaptaba a su nuevo papel.
La cocina ya era un hervidero de actividad, con el aire cargado del aroma del pan recién horneado y del té fuerte. La señora Hogg le dedicó a Matty una cálida sonrisa cuando entró.
—Buenos días, señorita Matilda. La bandeja de Lady Constance está casi lista.
Mientras Matty esperaba, divisó a Molly junto al fregadero, con los brazos hundidos hasta los codos en agua jabonosa. Sus miradas se cruzaron y el rostro de Molly se iluminó con una sonrisa.
—¡Matty! ¿Qué tal te va arriba? —exclamó.
Antes de que Matty pudiera responder, una sombra cayó sobre la entrada.
Francis estaba allí, con los ojos entrecerrados clavados en Matty.
El peso familiar de la ansiedad se instaló en el pecho de Matty; las amenazas de Francis aún resonaban en su mente.
Pero la criada mayor no dijo nada, se limitó a observar con una hostilidad apenas velada mientras la señora Hogg le entregaba a Matty la bandeja del desayuno.
Con la bandeja cargada en equilibrio, Matty emprendió el precario viaje de regreso escaleras arriba.
Las largas faldas de su vestido convertían el paso por las estrechas escaleras de servicio en todo un desafío, pero lo superó con la gracia que da la práctica.
Al llegar al piso de la familia, respiró hondo y cambió conscientemente su actitud: dejó atrás a la sirvienta para adoptar el porte de una dama de compañía.
Se acercó a la puerta de Lady Constance y se detuvo un instante antes de llamar con suavidad.
—Adelante —llegó la respuesta desde dentro.
Matty entró y cruzó hasta la pequeña mesa junto a la ventana. Dejó la bandeja con cuidado, sin apenas hacer tintinear la delicada porcelana, y se dirigió al dormitorio contiguo.
Lady Constance ya estaba despierta, recostada contra una montaña de almohadas. Sus ojos ciegos se volvieron hacia el sonido de los pasos de Matty, y una cálida sonrisa iluminó sus rasgos.
—Buenos días, Matilda —saludó con su voz melodiosa de siempre.
—Buenos días, milady —respondió Matty, y su sonrisa se notaba en la voz—. Espero que haya dormido bien. ¿Comenzamos el día?
Mientras ayudaba a Lady Constance a prepararse para la mañana, Matty sintió una oleada de gratitud. A pesar de los desafíos y los secretos que guardaba, no podía evitar sentirse agradecida por sus nuevas obligaciones y por la creciente amistad con Lady Constance.
—Pensé que podríamos dar un paseo por los jardines después de revisar la correspondencia, milady.
—Sí, eso sería encantador, Matilda, aunque me gustaría mucho más que a partir de ahora me llamaras Constance.
—Sí, por supuesto, milady.
Ambas guardaron silencio un momento y luego estallaron en carcajadas.
—Estoy segura de que me acostumbraré con el tiempo... Constance.
El sol se filtraba a través de las altas ventanas de la sala de estar de Lady Constance mientras Matilda se acomodaba ante el escritorio, con una pila de correspondencia delante.
La tarea del día consistía en gestionar el calendario social y los compromisos benéficos de Lady Constance, una responsabilidad cuya importancia aún la abrumaba.
Con la pluma en mano y guiada por la voz de Lady Constance, Matilda redactaba con esmero las respuestas a un sinfín de invitaciones.
Había fiestas en fincas vecinas que valorar y multitud de causas benéficas que buscaban el patrocinio de Lady Constance. Cada carta exigía sopesar con cuidado el tono y la etiqueta, una habilidad que Matilda perfeccionaba rápidamente bajo la tutela de Constance.
—Por favor —dijo Lady Constance, con el rostro vuelto hacia la ventana—, no olvides enviar nuestras disculpas para la fiesta en el jardín de Lady Ashworth. La fecha coincide con la vuelta de James a casa, y sé que le horrorizará si le obligo a acompañarme.
Matilda asintió, pero enseguida cayó en la cuenta y respondió en voz alta:
—Sí, Constance. Me aseguraré de mencionar lo mucho que lamentáis perderos el evento.
A medida que avanzaba la mañana, Matilda se maravillaba de lo bien que trabajaban juntas ella y Lady Constance.
Las horas parecían volar, salpicadas de suaves correcciones sobre caligrafía o conversaciones sobre los méritos de diversas causas benéficas.
Aquello apenas parecía trabajo; era más bien una instrucción muy necesaria en refinamiento y propósito.
Más de una vez, Matilda se descubrió pensando en lo diferente que era todo aquello de su vida anterior.
Las complejidades de la etiqueta social que Lady Constance le explicaba con paciencia eran un mundo aparte del orfanato.
Aunque su madre le había inculcado cierto sentido del decoro, la alta sociedad era territorio completamente nuevo.
Cada día traía nuevos conocimientos que acortaban la distancia entre la vida que había conocido y la que ahora habitaba.
Mientras sellaba otro sobre con la satisfacción de presionar el sello de cera, Matilda sintió una oleada de gratitud.
No solo por la posición que ahora ocupaba, sino por la amabilidad y paciencia que Lady Constance le demostraba.
En aquellos momentos tranquilos de trabajo compartido y enseñanza delicada, Matilda sentía que estaba recibiendo una educación sobre la vida misma.
Una vez despachada la correspondencia, Matilda y Lady Constance salieron a pasear por el jardín. Matilda se encargó de abrigar bien a Constance con varias capas, pues notó que aún parecía algo frágil tras el calvario del día de la tormenta. No quería correr ningún riesgo con su salud.
Del brazo, descendieron los escalones de piedra hacia el sendero central del jardín, con la grava crujiendo bajo sus pies.
Macizos de flores rebosantes flanqueaban ambos lados, resplandecientes de color, y el sendero desembocaba en un exuberante césped verde.
Al fondo se alzaba un pabellón ornamentado cuya delicada forja de hierro le recordó a Matilda un carrusel que había visto una vez en una feria de Hyde Park, durante un paseo con su padre.
—Sabes, Matilda —comenzó Lady Constance con voz teñida de nostalgia—, antes había un pequeño laberinto de setos justo detrás del pabellón. James y yo pasábamos horas allí. Yo siempre llegaba al centro antes que él, lo cual le molestaba muchísimo.
Sonrió con melancolía, pero Matilda pudo ver que era más bien una sonrisa triste, por todo lo perdido.
—Yo... yo... disculpe, milady, ¿cómo...? —tartamudeó Matilda, con la curiosidad venciendo su reserva habitual.
—¿Cómo le gané? —terminó Lady Constance por ella—. No siempre he sido ciega, Matilda.
Matilda se quedó atónita. Lady Constance nunca había mencionado el tema de su vista, y Matilda siempre había sido demasiado tímida para preguntar.
—Sí, a James y a mí nos encantaba jugar aquí fuera —continuó Lady Constance, perdida en el recuerdo—.
Recuerdo un día de verano cuando yo tenía apenas cuatro años.
James, que entonces tendría unos seis, y yo estábamos jugando aquí.
Fingíamos ser exploradores en una jungla.
Los rosales eran nuestros densos bosques, y la fuente, una cascada mágica.
Su voz se animó mientras relataba la historia.
—James tropezó y cayó en un charco de barro, y yo lo ayudé a levantarse. Los dos acabamos cubiertos de barro cuando volvimos a la casa. Su madre, claro, estaba furiosa, pero mi padre no paraba de reír.
Sus ojos parecieron iluminarse.
—Los colores de las flores eran tan vibrantes aquel día: las rosas rojas, la lavanda púrpura, los narcisos amarillos. A veces creo que aún puedo verlos cuando cierro los ojos.
Matilda se quedó sin palabras.
En primer lugar, nunca había oído hablar de la madre de James, ni de que hubiera estado en la casa. Había supuesto que él era como ella, un huérfano al que el señor Graves había recogido.
En segundo lugar, le resultaba impactante pensar en Lady Constance como una niña de cuatro años alegre y juguetona, correteando por el jardín, capaz de ver con nitidez toda la belleza a su alrededor.
Había supuesto que la dama había perdido la vista de bebé y no tenía ni idea de que hubiera tenido toda una vida antes de que eso ocurriera.
—Por supuesto, esa fue una de las últimas veces que recuerdo haber estado aquí fuera —dijo Lady Constance en voz baja—. Enfermé poco después.
—Lo siento mucho, Lady Constance —murmuró Matilda, con el corazón encogido por la niña que la dama había sido—. No tenía ni idea.
—Está bien, Matilda —la tranquilizó Lady Constance, dándole palmaditas en el brazo—. Ya nadie habla de ello. No diré más; en realidad, no me corresponde contarlo.
Matilda pensó que era muy extraño decir algo así dadas las circunstancias, pero decidió no insistir por respeto a su privacidad.
—Entremos —sugirió Matilda, aligerando el tono—. Las nubes están tapando ese sol tan hermoso, y no quiero que coja frío.
Mientras se dirigían hacia la casa, Matilda no pudo evitar darle vueltas a la conversación. Se preguntaba qué más habría que saber sobre James y su madre, y por qué no le correspondía a Lady Constance contar lo de su enfermedad.
Una vez que Lady Constance estuvo acomodada, Matilda bajó a la cocina con la intención de cenar en el comedor de los sirvientes y ponerse al día con Molly.
La señora Bailey la detuvo en las escaleras y le tendió un grueso sobre blanco.
—Una carta para ti, Matilda —dijo, enarcando una ceja.
Matilda se quedó desconcertada. ¿Quién demonios le escribiría? El corazón le dio un vuelco. ¿Sería que Josephina la había estado buscando? ¿O el orfanato tenía alguna información?
Olvidándose por completo de su estómago hambriento, metió el sobre en el bolsillo y subió corriendo a su habitación.
Cerró la puerta y cruzó la estancia con urgencia, el corazón latiéndole con fuerza.
Con las palmas sudorosas, abrió el sobre con cuidado y alisó el papel de buena calidad. Una elegante caligrafía se extendía por la página:
«Estimada Srta. Bennett:
Espero que esta carta la encuentre bien y adaptándose a su nuevo puesto. No tengo palabras para expresar mi gratitud por su rápida reacción la noche de la tormenta. Sus acciones aquella noche demostraron que posee una fortaleza de carácter y una bondad de corazón verdaderamente excepcionales.
Me alegró mucho saber de su ascenso a dama de compañía de Lady Constance. No se me ocurre nadie más indicada para el puesto. Su inteligencia y compasión serán, estoy seguro, un gran consuelo para ella.
La vida en el colegio sigue como siempre, aunque mis pensamientos vuelven a menudo a Whitmore House. Espero con ilusión regresar en vacaciones y enterarme de todo lo que ha sucedido en mi ausencia. ¿Quizá podría deleitarme con relatos de sus aventuras con Constance?
Por último, sepa que su presencia en la vida de ella ha traído una luz que faltaba desde hacía mucho. Su influencia se siente y se aprecia más de lo que imagina.
Atentamente, James Whitmore».
Matilda releyó la carta dos veces más, con las mejillas encendidas y el corazón acelerado. Las palabras de James eran amables, cordiales y del todo apropiadas; y, sin embargo, no podía evitar sentir que una calidez la invadía ante su evidente estima.
Dobló la carta con cuidado, debatiéndose entre emociones encontradas.
Alegría por las amables palabras de James y su aparente consideración hacia ella.
Orgullo de que él pensara tan bien de sus capacidades.
Pero también miedo: miedo de albergar esperanzas en algo que nunca podría ser, miedo de confundir la cortesía con algo más.
Y por debajo de todo, un sentimiento de culpa que la carcomía. ¿Cómo podía estar allí sentada, en aquella hermosa habitación, leyendo una carta del joven señor de la casa, cuando sus hermanas seguían en algún lugar, quizá sufriendo? El peso de su promesa de reunir a la familia la oprimía.
Matilda guardó la carta en el cajón, decidida a centrarse en sus obligaciones y a no dejarse distraer por sueños imposibles. La carta, y los sentimientos que despertaba, serían su secreto: uno más que añadir a la creciente colección que guardaba en lo más hondo de su corazón.