CAPÍTULO 11
E l día había sido inusualmente bochornoso para Londres, con el aire pesado e inmóvil. Al acercarse la tarde, un ominoso banco de nubes oscuras avanzó desde el oeste, trayendo consigo un viento feroz que hacía vibrar las ventanas de la casa de los Whitmore.
En la cocina, Matilda se secó el sudor de la frente mientras fregaba las baldosas. Las paredes parecían crujir y gemir en torno a ella.
—Se acerca una tormenta —murmuró la señora Hogg, lanzando una mirada nerviosa a las ventanas—. Matilda, cuando termines aquí, asegúrate de que todas las contraventanas estén bien cerradas, ¿quieres?
—Sí, por supuesto.
Apenas lo dijo, la lluvia comenzó a golpear las ventanas, y las gruesas gotas rebotaban contra los cristales.
—Qué estruendo tan infernal —gritó la señora Hogg, tapándose los oídos con las manos. Era evidente que las tormentas no le gustaban nada.
—Nunca pasa nada bueno en una tormenta, Matilda.
El señor Graves apareció en la puerta de la cocina.
—¡Superstición absurda! Vamos, Matilda, deja eso para más tarde y revisa las contraventanas. Pero no molestes a Lady Constance, a esta hora suele echarse la siesta.
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Lady Constance estaba sentada junto a su ventana abierta, con los dedos deslizándose rápidamente sobre los puntos en relieve de su libro en braille. Hizo una pausa, alzó el rostro hacia el viento e inspiró hondo.
—Petricor —murmuró con una sonrisa—. Cuánto echaba de menos ese aroma.
Dejó el pesado libro sobre el escritorio y se puso de pie para percibir mejor el aroma, mientras el viento le hacía bailar el cabello alrededor del rostro.
Mientras se apoyaba en el alféizar, comenzó a llover. No eran unas pocas gotas suaves de lluvia primaveral, sino grandes cortinas de agua que el viento empujaba de lado directamente hacia su habitación.
Alarmada, Lady Constance extendió la mano hacia la ventana.
Sus dedos acababan de agarrar el marco cuando otra poderosa ráfaga lanzó la contraventana violentamente hacia atrás y la hizo perder el equilibrio.
Se oyó un golpe sordo cuando su cabeza chocó contra el borde del escritorio, seguido de silencio.
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Mientras Matilda recorría la casa, oía a los demás sirvientes correteando, y sus susurros resonaban por los pasillos. Todos parecían apresurarse hacia sus habitaciones, dispuestos a guarecerse de la tormenta.
Al pasar frente a la habitación de Lady Constance, un escalofrío le recorrió la espalda. El viento parecía aullar bajo la puerta; sentía la brisa en los tobillos.
Vaciló, recordando las estrictas instrucciones del señor Graves de no molestar a Lady Constance durante su siesta. Pero entonces volvió a oír aquel sonido: un golpeteo rítmico y débil.
—¿Mi señora? —llamó Matilda en voz baja, mientras tocaba con suavidad. No hubo respuesta.
Respiró hondo y giró el picaporte.
La escena que encontró Matilda la hizo jadear. La contraventana golpeaba contra la ventana abierta de par en par, y Lady Constance yacía desplomada en el suelo, con el vestido empapado por la lluvia que azotaba el interior. Un fino hilo de sangre le corría desde la sien.
Matilda corrió hacia la ventana y forcejeó hasta cerrarla, luego se dejó caer junto a Lady Constance, con la mente acelerada.
Comprobó que respirara, recordando con pesar la última vez que había hecho aquello con su mamá, y luego la giró suavemente de costado.
—Tranquila, mi señora —murmuró Matilda, aunque sabía que Constance no podía oírla—. Yo cuidaré de usted.
Cogió rápidamente una manta de la cama y un cojín de la silla más cercana. Mientras la arropaba, no pudo evitar notar lo frágil que parecía la señora, tan distinta de su habitual compostura.
Con el corazón desbocado, Matilda salió corriendo por la puerta hacia el rellano, inquietantemente silencioso.
—¡Socorro! —gritó, y su voz resonó en los pasillos vacíos—. ¿Hay alguien?
Se detuvo en seco en lo alto de la escalera principal, justo cuando se abría la puerta de entrada. El Señorito James entró sacudiéndose la lluvia del sombrero.
Matilda se quedó paralizada, súbitamente consciente de su aspecto desaliñado y de lo impropio que resultaba dirigirse directamente al señorito. Pero la necesidad de Lady Constance pesaba más que el decoro.
—Señorito James —lo llamó con voz temblorosa—. Por favor, es Lady Constance. Ha habido un accidente.
James subió las escaleras de dos en dos hasta donde estaba Matilda. En la habitación de Lady Constance, se arrodilló junto a ella, con el rostro pálido de preocupación.
—¿Qué ha pasado? —exigió saber.
Matilda se lo explicó rápidamente y añadió:
—La he acomodado, pero necesita un médico.
James la miró con evidente sorpresa.
—Muchas gracias, Matilda. ¿Puedes ayudarme a llevarla a la cama?
Mientras trabajaban juntos, Matilda sintió un extraño aleteo en el pecho por la cercanía de James, una sensación que apartó enseguida para concentrarse en lo que tenían entre manos.
Su tiempo a solas fue breve, pues de pronto la habitación de Lady Constance se convirtió en un hervidero de actividad. El señor Graves, la señora Bailey y Lord y Lady Whitmore irrumpieron con pregunta tras pregunta.
—¿Qué ha ocurrido? James, dinos de inmediato —exigió Lord Whitmore, tan preocupado como apremiante.
—Por lo visto, Matilda encontró a Constance en el suelo, junto a la ventana.
Matilda se removió incómoda al sentir varias miradas clavadas en ella. James percibió su incomodidad y se apresuró a continuar.
—Por lo visto, primero la atendió de forma ejemplar y luego avisó a alguien en cuanto pudo.
Matilda se pegó a la pared, deseando desaparecer. Antes de que pudieran decir nada más, llegó el médico, más sirvientes revolotearon por la habitación, y Matilda se vio relegada a un segundo plano.
La señora Bailey le lanzó una mirada extraña.
—Te necesitan abajo, Matilda. Eso es todo.
Cuando Matilda se volvió para marcharse, cruzó la mirada con James. Él le dedicó un leve gesto de asentimiento, un gesto de agradecimiento que le provocó una inesperada calidez.