La carga de la hija (Las hermanas Bennett 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

M atilda se levantó de la cama y miró con pesar la de al lado, donde antes solía descansar el dulce rostro de Kitty sobre la almohada.

Se preguntaba dónde estaría Kitty ahora, quiénes serían aquella elegante dama y aquel caballero, y si la tratarían bien.

Habían pasado dos meses y temía que, si no encontraba pronto a Kitty, su hermana acabara olvidándose de ella por completo.

La separación le había destrozado el corazón, y sentía que había fallado a sus hermanas de la peor manera posible.

Pero escapar del orfanato había resultado imposible. La interminable sucesión de tareas tediosas y lecciones aún más tediosas, junto con la vigilancia constante de la señora Bunce, se habían encargado de ello.

Hacía todo lo posible por pasar desapercibida y seguir las reglas, con la esperanza de que, si se portaba bien, encontraría la manera de reunirse con Kitty.

Josephina se estaba adaptando al nuevo entorno de una manera muy distinta. Dos chicos, Archie y Ezra, de una banda de carteristas, eran los que mandaban allí, y ella se había hecho amiga de ellos en cuanto vio el botín de sus fechorías.

Robar comida extra, esconderse cuando tocaba hacer las tareas y acosar a los demás niños le habían valido ser aceptada con los brazos abiertos en la banda.

Eso también le había acarreado la ira de la señora Bunce en más de una ocasión, y tenía los verdugones en la espalda para demostrarlo.

Matilda le había suplicado que se portara bien, pero sus súplicas cayeron en oídos sordos. Josephina intentaba distanciarse de su hermana todo lo posible, y Matilda sentía que aquello era un castigo por haber roto su promesa de mantenerlas a todas juntas.

La campana del desayuno la arrancó de sus pensamientos, y se vistió con desgana para comenzar el día.

Mientras caminaba por el pasillo, Josephina, Archie y Ezra aparecieron a la vuelta de la esquina con aire de suficiencia.

—¿Qué andas tramando ahora, señorita creída? —se burló Ezra.

Josephina se rio, convencida de que era una descripción acertada de su hermana.

—Tengo que fregar los lavabos. ¿Por qué? ¿Qué estáis tramando vosotros? —Matilda los miró con recelo.

Todos lucían unas sonrisas de lo más extrañas, y sin duda habían estado haciendo de las suyas.

Josephina sacó un trozo de papel doblado de detrás de la espalda.

—¿Qué me das por esto?

—Es solo un trozo de papel, ¿para qué iba a quererlo? —preguntó Matilda.

Archie le quitó el papel a Josephina y lo hizo girar entre los dedos mientras bailoteaba alrededor de Matilda con aire burlón.

—Ah, pero es que este no es un papel cualquiera. Hemos estao en el despacho de la señorita Welter y tu listilla hermana ha escrito algo aquí. Algo que vas a querer, pero primero tienes que decirnos qué nos vas a dar a cambio.

Matilda sintió crecer su irritación.

—Phina, ¿qué está pasando? ¿Por qué has entrado en el despacho de la señorita Welter? Sabes que se va a enterar.

—Como si me importara. Que la vieja arpía haga lo que quiera. Y ahora, ¿cuánto vale esto para ti? —Josephina le arrebató el papel a Archie y se lo agitó en la cara a Matilda.

—No tengo tiempo para esto, Phina. Tengo tareas que hacer.

Matilda pasó de largo junto a su hermana y echó a andar por el pasillo hacia los aseos.

—Allá tú. Total, ya has roto tu promesa, así que supongo que no te interesa saber la nueva dirección de Kitty —le gritó Josephina a su espalda.

Matilda se quedó paralizada, con el corazón en un puño.

—¿Sabes dónde está Kitty?

—Pues claro que sí. Y si quieres saberlo, tendrás que hacer algo por nosotros.

El corazón de Matilda se aceleró mientras sopesaba la propuesta de Josephina. Sabía que estaba mal negociar por información sobre su hermana, pero la desesperación pudo más que la sensatez.

—¿Qué quieres, Phina? —preguntó en un hilo de voz.

Los ojos de Josephina brillaron con malicia.

—Quiero tus zapatos rojos. Los que te regaló papá antes de... antes de que todo cambiara.

A Matilda se le cayó el alma a los pies. Eran su última conexión con su vida anterior, con el amor y la bondad de papá.

Por un momento, vaciló. Pero entonces el dulce rostro de Kitty acudió a su mente, y supo lo que tenía que hacer.

—Está bien —dijo con la voz cargada de emoción—. Quédatelos. Ahora dame la dirección de Kitty.

La sonrisa triunfante de Josephina titubeó un instante, quizás al intuir la magnitud de lo que había pedido. Pero se recompuso enseguida y le entregó el papel doblado con un floreo.

Mientras Matilda apretaba aquel precioso papel entre los dedos, sintió una mezcla de esperanza y tristeza. Había perdido un tesoro, pero había ganado la posibilidad de reunirse con otro.

Matilda apenas podía respirar durante las lecciones de la tarde. Solo podía pensar en el trozo de papel doblado en el bolsillo de su falda.

Necesitaba hacer llegar una carta a los Talbot. Estaba segura de que lo entenderían cuando descubrieran que Kitty tenía hermanas. Seguro que ella se lo había contado, ¿no?

Esa noche, una vez apagadas las luces, Matilda permaneció despierta en su estrecha cama, con el papel de la dirección de Kitty apretado en la mano. Su mente bullía de planes y posibilidades.

Sabía que debía andarse con cuidado. Si la señora Bunce o la señorita Welter descubrían sus intenciones, perdería cualquier oportunidad de contactar con Kitty.

Mientras seguía dándole vueltas a su dilema, Matilda acabó por quedarse dormida, soñando con el reencuentro con su querida hermanita.

A la mañana siguiente, la señora Bunce apareció en el comedor mucho más temprano de lo habitual.

—Niñas, atención. El mayordomo de una casa distinguida viene a seleccionar muchachas para el servicio doméstico.

Todas las niñas mayores de doce años deben vestirse de inmediato y acudir al vestíbulo para que las arreglen.

Matilda se levantó de un salto. ¡Era su oportunidad! Sería fácil hacer llegar una carta a los Talbot. Seguro que los demás sirvientes enviaban cartas en nombre de los señores de la casa.

Pero Josephina solo tenía once años; tendrían que mentirle a la señora Bunce. Si conseguían quedarse juntas, podrían encontrar a Kitty sin problemas, y entonces todo volvería a estar bien.

Buscó a Josephina con la mirada por todo el comedor y la vio sentada en un rincón, convenciendo a una niña más pequeña de que le diera su mendrugo de pan.

—Phina, ven conmigo.

—Ni hablar. Ya no puedes decirme lo que tengo que hacer, Matty, tú ya no mandas.

Matty la agarró del brazo con brusquedad y la sacudió.

—Hablo en serio. ¿Has oído a la señora Bunce? Esta es nuestra oportunidad de salir de aquí y encontrar a Kitty.

—Bueno, no tengo la edad suficiente, así que se acabó.

—Mentiremos, diremos que se equivocaron con tu fecha de nacimiento. La señora Bunce nunca lo sabrá.

Josephina arqueó las cejas.

—Vaya, vaya, ¿la señorita Perfecta mintiendo? ¿Adónde vamos a parar?

—Por favor, Phina, aunque sea como criadas en una casa elegante, estaremos calentitas y mejor alimentadas que aquí. Y será fácil enviarle una carta a Kitty.

Matilda le suplicó, ahora solo con la mirada para no llamar la atención.

La idea de disfrutar de algunas comodidades convenció a Josephina de seguir a Matty al gran salón.

La señora Bunce esperaba en el salón, trapo y cepillo en mano, atendiendo a cualquier dedo sucio o pelo enmarañado que encontrara.

—¿Así que te crees que puedes ser criada, Matilda? —se burló, pasando el cepillo bruscamente por el pelo de Matty y dándole un tirón con cada pasada.

—La gente no quiere criadas con aires de grandeza, ¿sabes? Tendrás que aprender cuál es tu lugar, y rápido.

Matilda no dijo nada, para no darle a la señora Bunce la excusa de mandarla a la cama y perder su oportunidad.

Cuando terminó, se puso en fila junto a las demás chicas, esperando que por fin llegara su oportunidad de marcharse.

—Josephina, ¿qué tenemos aquí? No tienes doce años, vuelve a tus tareas.

—Oh, por favor, señora Bunce, Josephina cumplió doce años la semana pasada —Matty salió de la fila para interceder por ella.

La señora Bunce la miró con suspicacia.

—No estarás mintiendo, ¿verdad?

—Claro que no, lo prometo.

Matilda cruzó los dedos a la espalda y rezó para que la pintura de la crucifixión en la pared del fondo no la hubiera visto ni oído.

—Bueno, de las dos, tú eres la sincera, así que supongo que tiene sentido. Ahora ven aquí, Josephina, a ver si arreglamos ese nido de ratas que tienes por pelo.

La señora Bunce se puso manos a la obra con Josephina, y Matty respiró aliviada.

Pronto todas las chicas estaban tan presentables como cabía esperar, y en fila, listas para la llegada del mayordomo.

Era un hombre alto y delgado, cuya cabeza calva parecía tan reluciente como sus zapatos. Sus pantalones de rayas lucían una raya impecable en el centro, y se movía con la seguridad de quien goza de gran respeto en su oficio.

La señorita Welter revoloteaba a su alrededor como de costumbre, poniendo su mejor voz, como siempre hacía con las visitas.

—Señoritas, este es el señor Graves, el mayordomo de Lord y Lady Whitmore. Sería una gran suerte para cualquiera de ustedes entrar al servicio de los Whitmore, así que respondan a sus preguntas y compórtense lo mejor posible.

Incluso sonrió a algunas de las chicas, algo muy raro en ella.

El señor Graves recorrió la fila, examinando a las chicas de arriba abajo. Matilda vio a Josephina hurgándose las uñas y le lanzó una mirada de advertencia.

Cuando el señor Graves se acercó, ella compuso su mejor sonrisa.

—¿Cómo te llamas?

—Matilda, señor. Tengo catorce años.

—¿Y tienes experiencia en el servicio?

—He ayudado en las cocinas y he limpiado las habitaciones de una casa de huéspedes, señor.

No era mentira, pero Matilda sabía que tampoco era del todo cierto.

—Ya veo —la examinó con atención—. Pareces bien alimentada y hablas bien. ¿Dónde están tus padres?

Matilda bajó la vista hacia sus zapatos.

—Mi madre está muerta, señor...

Antes de que pudiera continuar y contarle lo de papá, la señorita Welter la interrumpió.

—Es huérfana, señor, una historia terriblemente triste. Pero es fuerte y ayuda con las tareas de la casa.

—Lo mismo que mi hermana, señor.

La señorita Welter se alarmó y recorrió la fila con la mirada buscando a Josephina.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde está tu hermana?

—Lo siento mucho, señor, parece que ha habido un error. Me temo que la otra hermana aún no tiene la edad.

Josephina estaba furiosa.

—¡Sí la tengo! —gritó—. ¡Usted no sabe cuándo es mi cumpleaños, no sabe nada de mí!

La chica más joven, la que antes había tenido que darle su pan a Josephina, vio su oportunidad.

—No tienes más de once años y lo sabes. Solo mientes para quedarte con esa creída de tu hermana.

Josephina se abalanzó sobre la chica y empezó a tirarle del pelo a puñados. La señora Bunce intervino y sacó a ambas del salón tirándoles de las orejas.

—Te lo dije, Matty, te dije que no funcionaría y ahora has vuelto a romper tu promesa. No eres hermana mía —gritó Josephina desde la puerta.

La señorita Welter observaba, mortificada. Colocar chicas en el servicio era un negocio lucrativo para ella, y en cuanto corriera la voz, se habría acabado.

Matilda vio caer sus lágrimas sobre el suelo reluciente. Se sentía completamente derrotada; su oportunidad se había esfumado.

Alzó la vista y vio al mayordomo frente a ella, con una expresión curiosa en el rostro.

—La remuneración es cama y comida, más un chelín semanal de paga. Es una casa muy ajetreada y Lord y Lady Whitmore son muy exigentes. ¿Crees que estarás a la altura, muchacha?

Las lágrimas le caían a raudales, pero a través de la neblina podía ver que tenía un rostro bondadoso. ¿Qué otra opción tenía? Había perdido a su familia: una se había ido a otra vida y la otra la odiaba. ¿Qué más le quedaba?

Se secó las lágrimas y miró al mayordomo.

—Desde luego que lo intentaré, señor.

La señorita Welter dejó escapar un suspiro de alivio audible cuando el señor Graves habló.

—Creo que será suficiente por hoy, gracias, señorita Welter. Matilda, por favor, recoge tus cosas, nos vamos de inmediato.