La carga de la hija (Las hermanas Bennett 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

H abían pasado dos semanas desde que Mamá falleció y fue enterrada en una fosa común.

La señora Parker había accedido a dejarlas quedarse en la pensión, en una habitación más pequeña, con la condición de que Matty saliera a trabajar para ganar lo suficiente para pagar el hospedaje, y de que Josephina ayudara con las tareas domésticas.

Aunque no todos estaban contentos con este arreglo, sabían que era lo mejor que podían esperar dadas las circunstancias.

Matilda había convencido al señor Sharp de que le diera tres turnos por semana, así que conseguir empleo para los otros tres días se había convertido en su prioridad.

Por suerte, el señor Hawkins y Kitty se habían hecho muy amigos, así que él solía vigilarla mientras Matilda salía a buscar trabajo y Josephina se ocupaba de las tareas, quejándose sin parar.

—Matilda, ¿por qué no puedo salir a trabajar yo también? Tú te llevas toda la diversión, saliendo por ahí, conociendo gente nueva, mientras me tienes encerrada aquí como a una criada.

Matilda miró a su hermana con recelo mientras se preparaba para ir a trabajar al puesto del señor Sharp.

—Te aseguro, Phina, que cargar una cesta pesada de pub en pub con el frío y la oscuridad no es nada divertido. Y tenemos mucha suerte de que la señora Parker nos haya dejado quedarnos aquí, y una de las condiciones es que ayudemos con las tareas. ¿Es que no quieres contribuir a esta familia?

Josephina abrió la boca para protestar de nuevo, pero antes de que pudiera hacerlo, se oyó un fuerte golpe en la puerta.

La señora Parker salió apresurada de la cocina, secándose las manos en el delantal.

—Pero ¿quién demonios será ahora? —dijo.

Las niñas corrieron al comedor de la parte delantera de la casa, desde donde podían ver la entrada a través de la ventana mugrienta.

Matilda se asomó por la ventana y vio a un hombre con aspecto de funcionario y a una mujer de pie en el escalón, con un carro cubierto aparcado junto a la casa.

La mujer, vestida con sus mejores galas, llevaba unas gafas negras que daban a su rostro afilado un aspecto aún más mezquino.

—¿Quién es, Matilda? ¿Ves algo? —preguntó el señor Hawkins.

—No se preocupe, el señor Hawkins, seguro que pronto lo averiguamos todos. —La señora Riley parecía extrañamente interesada en lo que ocurría, cuando normalmente tenía la nariz metida en el periódico, más para evitar a los demás que por verdadero interés en la política o las noticias.

Matilda se acercó sigilosamente al pasillo para intentar enterarse de algo, y se quedó helada al oír las preguntas del hombre trajeado.

—¿Así que la señora Bennett falleció recientemente? Y tengo entendido que tenía tres hijas consigo, ¿no es así? —preguntó el hombre.

El pánico se reflejó en el rostro de la señora Parker.

—Bueno, sí, pero sin ánimo de parecer grosera, ¿a usted qué le importa?

—Soy el Sr. Fallow y estoy aquí para investigar una denuncia sobre unas niñas sin tutor. Ha habido quejas de que son una molestia.

Matilda lanzó una mirada preocupada hacia sus hermanas y pilló a la señora Riley levantando la vista del periódico con expresión culpable.

Para entonces, Josephina también estaba escuchando la conversación, y cayó en la cuenta al mismo tiempo que Matilda.

—¡Usted! —gritó, levantándose de un salto del suelo y abalanzándose hacia la silla de la señora Riley.

—Nos ha odiado desde el principio, vieja bruja asquerosa. —Una sonrisa cruel se dibujó en los labios de la señora Riley.

Matilda corrió junto a Josephina, desesperada por evitar que su hermana hiciera algo terrible, pero también incapaz de controlar su propia rabia.

—¿Qué ha hecho? ¿Por qué? No le hicimos ningún daño. —La voz de Matilda era apenas un susurro, pero ya era demasiado tarde.

Kitty se puso a gimotear, sin entender del todo la situación, pero encantada de tener una excusa para lanzar unos cuantos berridos contra la señora Riley después del incidente con su muñeca.

Josephina, incapaz de contenerse más, se abalanzó sobre la señora Riley con todas sus fuerzas, mordiendo y arañando, tirando de la mata de rizos pelirrojos de la que la señora Riley siempre estaba tan orgullosa.

El ruido había atraído la atención del hombre que estaba fuera, que entró en la habitación.

—¿Son estas las niñas, la señora Parker?

—Bueno, sí, pero no dan ningún problema, es evidente que solo están alteradas.

—Ya veo que no están dando muy buena imagen de sí mismas. Está claro que están fuera de control; creo que hemos llegado justo a tiempo.

Matilda contempló la escena que se desplegaba ante ella. ¿Cómo había llegado a esto? Hacía apenas unos meses, Papá había traído a casa aquellos zapatos rojos relucientes que ahora la miraban, burlándose de ella por haber deseado algo tan poco práctico.

Unos pocos meses, y cuánto había cambiado su suerte.

La señora Parker sollozaba y suplicaba al Sr. Fallow, pero no había nada que hacer.

—Niñas, esta es la señorita Welter, del Asilo de Huérfanas de Lambeth. Recojan sus cosas y váyanse con ella.

La señorita Welter se adentró en la habitación. Era una mujer delgada, de rasgos afilados, como de pájaro.

Examinó la escena: Josephina con el rostro enrojecido y los ojos desorbitados tras su enfrentamiento con la señora Riley, Kitty golpeando el suelo con los puños y gritando a pleno pulmón, y Matilda desplomada en el suelo, hecha un ovillo de resignación.

—Bueno, ya veo que aquí hay mucho trabajo por hacer. Por favor, vayan a recoger sus cosas, es hora de marcharse.

La señora Parker estrechó a las niñas entre sus brazos.

—Lo siento mucho, niñas. Quiero que se queden, pero no soy pariente de sangre. Pero les prometo que veré si se puede hacer algo. No están solas. Vamos, las ayudaré a hacer el equipaje.

Se irguió cuan alta era y lanzó una mirada hacia la señora Riley.

—Y le agradecería que también recogiera sus cosas, la señora Riley. Ya no es bienvenida aquí.

La señora Riley también se puso de pie.

—No lo dice en serio. Mi dinero vale tanto como el de cualquier otro, y bien que lo necesitan aquí, a juzgar por el estado del lugar.

—Todas sabemos de dónde viene su dinero, señora Riley, y desde luego no lo necesitamos aquí. Recoja sus cosas y márchese.

La señora Parker giró sobre sus talones y acompañó a las niñas escaleras arriba a recoger sus pertenencias.

Diez minutos después, iban en el carruaje camino del orfanato. Matty contemplaba el paisaje con melancolía a través de la ventanilla. Pese a las promesas de la señora Parker, sabía que difícilmente volvería a verla.

Miró a sus hermanas, con lágrimas en los ojos, completamente abatidas. ¿Cómo iban a sobrevivir a esto? Al menos estaban juntas; Matilda estaba segura de que, teniéndose las unas a las otras, podrían salir adelante.

Al cabo de un rato, el traqueteo de los cascos aminoró y una sacudida del carruaje despertó a las niñas de su inquieto duermevela.

Matilda se inclinó hacia delante para ver mejor. Tras las verjas de hierro forjado se alzaba un imponente edificio de piedra, coronado por una torre con reloj sobre la entrada.

Al bajar del carruaje, aferrándose a sus escasas pertenencias, la oscura fachada se cernía imponente sobre ellas; las ventanas, estrechas y enrejadas, quedaban ocultas de la calle por numerosos árboles.

Con la niebla londinense cerrándose a su alrededor, el conjunto resultaba sombrío y lúgubre.

La señorita Welter las hizo subir aprisa por los escalones de piedra y entrar en el vestíbulo. La pesada puerta de madera se abrió con un chirrido, y una mujer de rostro severo, vestida con sencillez, las recibió.

—¿Más ingresos, señorita Welter?

—Me temo que sí, señora Bunce. No sé adónde va a parar el mundo. Pronto nos veremos desbordadas.

Matilda se aferró con fuerza a las manos de las dos niñas mientras las hacían pasar.

El aire se volvió gélido de inmediato; la puerta se cerró tras ellas con un golpe rotundo y definitivo.

Las paredes del vestíbulo estaban cubiertas de descoloridos retratos religiosos, y un tenue olor a desinfectante mezclado con el tufo rancio de la humedad les asaltó las narices.

Kitty rompió a gimotear.

—Matty, no me gusta este sitio. Por favor, ¿no podemos volver? El señor Hawkins tiene otra muñeca para mí.

La señora Bunce se volvió y le propinó a Kitty un golpe seco en las piernas, rápido y fuerte, que la dejó muda de la impresión.

—Aquí no toleramos el ruido ni la desobediencia. ¿Nadie te ha enseñado que los niños han de verse pero no oírse?

Las lágrimas de Kitty caían ahora en silencio, y Matilda se las secaba disimuladamente con un pañuelo mientras seguían a la señora Bunce por los pasillos.

Llegaron a un gran dormitorio, una estancia lúgubre con hileras de camas de hierro. Cada una tenía un colchón delgado y una áspera manta de lana.

Señaló dos camas vacías al fondo de la habitación y una tercera enfrente.

—Esas serán las vuestras —dijo secamente—. Podéis guardar vuestras cosas en el baúl a los pies de la cama.

Josephina corrió hacia la cama de enfrente, encantada con la idea de dormir separada de sus hermanas. Kitty siguió a regañadientes a Matilda hasta las otras dos camas, bajo la mirada atenta de tres niñas que ya estaban acostadas.

La cama estaba fría y resultaba poco acogedora; ahora Matilda apreciaba el marcado contraste con la calidez del hogar de la señora Parker que habían dejado atrás.

—Guardad vuestras cosas más tarde, es hora de cenar. Seguidme —dijo la señora Bunce—. Vosotras tres, no. Esto es lo que os ganáis por portaros mal.

Se dirigía a las tres niñas que ya estaban acostadas, cuyos rostros se ensombrecieron al instante.

El comedor era un espacio cavernoso repleto de largas mesas y bancos de madera. El olor a col hervida flotaba denso en el aire, y a Matty se le revolvió el estómago.

A lo largo de las mesas, los niños comían en silencio sus escasas raciones. El tintineo de los platos de hojalata llenaba la estancia, pero no se oía una risa alegre ni se veía una sonrisa, tan solo el murmullo quedo de palabras furtivas.

—Comeréis aquí —dijo la señora Bunce—. Las comidas son a las seis de la mañana, al mediodía y a las seis de la tarde. Sonará la campana; no lleguéis tarde o os quedaréis sin comer.

Las niñas se adentraron nerviosas en el comedor, buscando un hueco en los bancos entre los demás niños, que las observaban con recelo.

Matilda tuvo el presentimiento de que las cosas estaban a punto de empeorar.

Los dos días siguientes transcurrieron como en una nebulosa, y los venideros se antojaban desalentadores, llenos de tareas, clases y una lucha constante por encontrar calidez y amabilidad en un lugar donde ambas escaseaban.

Las manos de Matilda ya estaban rojas y doloridas de fregar el suelo del gran vestíbulo, y a Josephina le habían asignado limpiar los lavabos del baño, tarea de la que se quejaba sin cesar, aunque por lo bajo, para no provocar la ira de la señora Bunce.

Solo Kitty se había librado del trabajo duro; además, le daban comida extra. Matilda suponía que al menos la trataban mejor por ser pequeña.

Al tercer día, tras la comida del mediodía, la señora Bunce vino a buscar a Kitty y se la llevó a una «lección especial».

Matilda había pedido acompañarla para ayudarla a adaptarse a un aula desconocida, pero la señora Bunce no quiso ni oír hablar de ello.

—La niña se adaptará enseguida, no hay que mimarla.

Matilda le soltó la mano a regañadientes, susurrándole que todo iría bien y que volverían a verse a la hora de la cena.

Mientras recogían los platos, Josephina y Matty especulaban sobre las lecciones de Kitty.

—No entiendo por qué no puede sentarse con nosotras —dijo Josephina—. Ayer vi a unas cuantas niñas pequeñas en mi clase; no podían ser mucho mayores que Kitty.

Matilda frunció el ceño.

—Supongo que así es como hacen las cosas aquí.

Una de las niñas que iban detrás intervino:

—La señora Bunce se la lleva para ponerla guapa. Las pequeñas siempre van primero.

Josephina se volvió bruscamente.

—¿Qué se supone que significa eso? —exigió saber.

Las otras niñas se rieron tapándose la boca con las manos y se pusieron a cuchichear.

—¡Basta! Contádmelo ahora mismo.

—Vaya, la señorita fina no sabe ná de eso. Pa qué te lo vamos a contar, ¿no?, mejor te lo enseñamos. Venga.

Las niñas subieron atropelladamente por el pasillo y las escaleras hasta la gran ventana bajo la torre del reloj. Desde allí se dominaba toda la entrada hasta la calle: el lugar perfecto para ver las idas y venidas.

Matty se asomó por encima de las otras niñas y vio un carruaje muy elegante tirado por los caballos negros más hermosos.

—Anda, le ha tocao uno fino —dijo la niña alta—. Las pequeñas tienen toa la suerte.

—¿Qué está pasando? —La voz de Kitty sonaba ya desesperada.

—Ya lo verás —dijo la chica alta, y se volvió para guiñarles un ojo a las demás, que seguían con la mirada clavada en la ventana.

Justo cuando Matilda iba a exigir una explicación, la ventana tembló al abrirse de golpe la gran puerta.

La señorita Welter acompañó escaleras abajo a una joven pareja bien vestida, deshecha en reverencias y zalamerías como si recibiera a la mismísima Reina.

Charlaron junto al carruaje unos minutos y luego ella llamó con un gesto a alguien en la entrada.

Para horror de Matilda, asomaron los dulces rizos castaños de Kitty. Se los habían lavado y cepillado, y la niña llevaba un vestido de terciopelo verde con una cinta a juego en el pelo.

En la mano aferraba la muñequita de madera que el señor Hawkins le había hecho, y avanzaba tímidamente hacia la señorita Welter.

La dama se agachó para hablar con Kitty y la animó con suavidad a darle la mano, mientras la señorita Welter le empujaba con firmeza la espalda para que avanzara.

Kitty miró hacia atrás, a la entrada, sin saber qué hacer.

Matilda temió lo peor y se puso a golpear furiosamente el cristal. La señorita Welter alzó la vista de golpe e hizo una seña a la señora Bunce, que estaba en la entrada.

Se lanzó escaleras abajo y corrió por el pasillo. La puerta principal aún estaba entreabierta, y llegó justo a tiempo de ver al distinguido caballero coger a Kitty en brazos y meterla en el carruaje.

La señora Bunce cerró la puerta de un portazo, ocultando la triste escena, y atrapó a Matilda cuando esta patinó y fue a chocar contra ella.

—Ni se te ocurra, jovencita. ¿Cómo puedes ser tan egoísta? ¿Por qué ibas a querer estropearle las cosas a tu hermana y a la magnífica familia que tiene ahora?

Matilda apenas podía articular palabra entre sollozos.

—Pero le prometí que siempre estaríamos juntas. Nos necesitamos la una a la otra, es tan pequeña...

—Pues eso te enseñará a no hacer promesas que no puedes cumplir —la señora Bunce metió la mano en el bolsillo del delantal, sacó una cuchara de madera y se puso a golpear a Matilda en las piernas.

—Y esto hará que la lección te entre mejor, ya lo creo. Y ahora, ¡a la cama! Esta noche te quedas sin cenar.