La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 12 — La cara que faltaba #3
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Capítulo 12 — La cara que faltaba #3

Quizá nunca sabrían cada conversación de 1973.

No hacía falta.

Sabían lo suficiente para devolverle a Isabel algo que le habían quitado.

Jacobo bebió por fin del vaso de agua.

—Yo no quería matar a Félix.

Nadie respondió inmediatamente.

Era posible que fuera verdad.

También era insuficiente.

Darío cerró la libreta.

—Lo que ocurrió después de la caída fue una decisión suya.

Jacobo miró hacia él.

—Sí.

No hubo discurso.

No pidió perdón.

No intentó justificarlo otra vez.

Núñez se acercó.

Darío le explicó lo que ocurriría a continuación.

Inés dejó de escuchar los detalles.

Miró por la ventana.

La niebla había levantado.

Leonor no recibió ninguna información de Inés.

La recibió de otras siete personas.

A las dos de la tarde ya sabía que Jacobo había sido detenido.

A las tres sabía que habían encontrado documentos.

A las cuatro sostenía que ella siempre había desconfiado de aquel armario.

—No sabías que existía —dijo Inés.

—No he dicho que supiera dónde estaba.

—Entonces es difícil desconfiar de él.

Leonor colocó una caja de tomates en una estantería.

—No seas literal.

Inés había ido al ultramarinos a comprar leche.

Félix sí compraba leche.

Aquello le vino a la cabeza mientras miraba las botellas en la nevera.

Compró una.

—¿Qué va a pasar con la hospedería? —preguntó Leonor.

—No sé.

—Los compradores se han ido.

—Era previsible.

—La madre de Jacobo está con su hermana en Salamanca.

Inés no preguntó cómo lo sabía.

—No quiero que la gente la persiga con esto.

Leonor cerró la nevera.

—Yo tampoco.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

—Eusebio no es Jacobo. Jacobo no es su madre. Y lo que hizo Jacobo no convierte a toda la familia en nada.

Leonor apoyó ambas manos sobre el mostrador.

—Ya lo sé.

—Pues recuérdaselo a los demás.

—¿Ahora trabajo para ti?

—Considera que es servicio público.

Leonor bufó.

—Celia debería pagarme.

Inés cogió la leche.

Antes de salir, Leonor preguntó:

—¿Isabel era inocente?

Inés se detuvo.

—No tenemos una confesión de Eusebio.

—Eso no te he preguntado.

Inés pensó en Darío.

En las palabras precisas.

En lo que podían demostrar y en lo que solo podían reconstruir.

—Tenemos documentos de irregularidades después de que Isabel se marchara.

Tenemos su declaración diciendo que había pagos que ella no había hecho.

Tenemos anticipos sin justificar a Eusebio y documentación que relaciona esos movimientos con bienes que acabaron en sus manos.

Y tenemos un acta de la propia cooperativa diciendo que nunca se pudo atribuir responsabilidad individual.

Leonor esperó.

—Así que el pueblo no tenía ningún derecho a llamarla ladrona durante cincuenta años.

Leonor asintió.

—Eso me basta.

Las semanas siguientes fueron menos rápidas.

Las investigaciones reales, descubrió Inés, tenían una extraordinaria capacidad para volverse aburridas después de que todo el mundo conociera la respuesta principal.

Hubo declaraciones.

Peritajes.

Documentos enviados de un sitio a otro.

La Guardia Civil encontró restos compatibles con papel quemado en la antigua estufa, aunque aquello por sí solo servía de poco.

Las copias conservadas por la hija de Nicasio permitieron reconstruir buena parte de los movimientos económicos.

No todo.

Nunca todo.

Pero suficiente para demostrar que las irregularidades continuaron cuando Isabel ya estaba fuera de Valdebrisco y que Eusebio había recibido anticipos que no constaban correctamente justificados.

La compra posterior de parte de los bienes de la cooperativa fue legal en apariencia.

El origen exacto del dinero utilizado por Eusebio no pudo establecerse con absoluta certeza.

Félix había llegado más lejos que nadie.

No lo bastante para convertir la historia antigua en un procedimiento penal cincuenta años después.

Sí para destruir la versión cómoda.

Isabel Doreda dejó de ser, incluso en los papeles municipales, «la mujer que se marchó después del desfalco».

Celia hizo algo que a Inés le pareció más útil.

Añadió una nota al archivo del proyecto de los retratos.

No una absolución grandilocuente.

Una corrección.

La atribución histórica a Isabel Doreda de las irregularidades económicas de la cooperativa no está respaldada por la documentación conservada. Los registros examinados muestran discrepancias posteriores a su salida de Valdebrisco y la existencia de otros responsables de gestión y acceso a fondos.

Teresa leyó el texto dos veces.

—Podría ser más contundente.

Celia dejó el bolígrafo.

—Podría ser menos riguroso.

Teresa volvió a leerlo.

—Déjalo así.

Aquello era, viniendo de ella, una aprobación entusiasta.

Estela terminó la placa de Isabel a finales de noviembre.

No utilizó la primera prueba.

La rompió.

—Estaba mal —explicó.

—La cara era buena.

—Demasiado limpia.

—Ah.

Estela había vuelto a la fotografía original.

Conservó una pequeña sombra bajo el ojo derecho.

Una irregularidad en el cabello.

La ligera pérdida de nitidez de uno de los bordes.

—Félix tenía razón —dijo.

—No se lo cuentes a nadie.

—No puedo. Está muerto.

La frase produjo un silencio breve.

Después Estela añadió:

—Eso ha sonado peor de lo que pretendía.

—Bastante.

Siguieron trabajando.

La placa llevaba el nombre completo:

ISABEL DOREDA

Debajo:

1949–2016

No pusieron:

Valdebrisco.

No hacía falta.

La placa estaba allí.

Teresa decidió dónde colocarla.

La antigua casa de los Doreda seguía siendo suya.

Calle del Olmo, doce.

Junto a la puerta permanecía la placa de Ernesto Doreda, el padre de Isabel.

Había espacio a la derecha.

—Ella dijo que no quería estar junto a la puerta de su padre mientras siguiera escrito que había robado —recordó Teresa.

—Ya no está escrito —dijo Celia.

—Nunca estuvo escrito exactamente.

Leonor estaba detrás.

Nadie la había invitado a aquella conversación.

Nadie se molestó en preguntarle por qué estaba allí.

Teresa miró la pared.