Capítulo 12 — La cara que faltaba #4
—Ese era el problema.
La ceremonia fue idea de Celia.
Inés votó en contra de llamarla ceremonia.
Celia la llamó «acto».
Inés dijo que era peor.
Al final quedaron en «colocación de la placa», que no satisfizo a nadie y por eso resultó aceptable.
No hubo autoridades de Salamanca.
Celia canceló la jornada de patrimonio prevista originalmente y la reorganizó para la primavera.
No quería convertir la muerte de Félix ni la historia de Isabel en una atracción turística.
Eso sorprendió a Inés.
No se lo dijo.
Había unas treinta personas en la calle cuando Estela colocó la placa.
Ramiro llegó temprano.
Se quedó atrás.
Teresa permaneció junto a la puerta.
Leonor llevó café en un termo que nadie le había pedido.
Darío apareció sin uniforme.
Núñez no pudo ir.
Inés estaba junto a Estela cuando esta retiró la tela que protegía la cerámica.
El rostro de Isabel apareció en la pared.
Veintitantos años.
Cabello oscuro.
Expresión seria.
La misma fotografía del número 187.
Esta vez tenía nombre.
Nadie aplaudió al principio.
Inés agradeció que nadie lo hiciera.
Teresa tocó el borde de la placa con dos dedos.
—Habría protestado.
Leonor preguntó:
—¿Por qué?
—Porque no le gustaba esa foto.
Ramiro soltó una risa.
La primera que Inés le oía desde el entierro.
—Es verdad.
Teresa lo miró.
—Decía que parecía enfadada.
—Siempre parecía enfadada cuando le hacían una foto.
—Contigo tenía motivos.
Ramiro aceptó el golpe.
Celia habló poco.
Explicó que el archivo municipal corregiría la referencia histórica a Isabel, que toda la documentación recuperada sería catalogada y que el proyecto de los retratos incorporaría en adelante una ficha sobre el proceso de identificación y las dudas documentales.
Evitó palabras como redención, justicia o memoria recuperada.
Inés se lo agradeció en silencio.
Cuando terminó, la gente empezó a dispersarse.
Algunos se acercaron a ver la placa.
Otros hablaron de Félix.
Dos personas discutieron sobre si el esmalte era del mismo tono que el de las placas antiguas.
Estela escuchó durante treinta segundos y se marchó antes de cometer un delito.
Ramiro esperó hasta que casi todos se hubieran apartado.
Se acercó a la pared.
No la tocó.
Permaneció allí.
Teresa se colocó a su lado.
—Tardaste.
Ramiro asintió.
—Sí.
—Cincuenta años.
—Sí.
Teresa lo miró.
—Isabel habría dicho algo peor.
—Seguro.
Permanecieron juntos frente a la puerta.
Inés se apartó.
Aquello no le pertenecía.
Darío estaba al otro lado de la calle.
—Ha quedado bien —dijo.
—Estela sabe lo que hace.
—Me refería al conjunto.
Inés miró la fachada.
Ernesto Doreda.
Isabel Doreda.
Dos placas pequeñas sobre piedra antigua.
—Sí.
Darío metió las manos en los bolsillos.
—Félix habría discutido por la altura.
—Sin ninguna duda.
—¿Está bien colocada?
Inés examinó.
—Tres centímetros demasiado a la derecha.
Darío miró la placa otra vez.
—¿En serio?
—No.
Él soltó el aire.
Inés sonrió.
—Era demasiado fácil.
—Empiezo a echar de menos cuando no investigaba homicidios.
—Yo también.
Darío miró hacia la calle.
—¿Va a seguir haciéndolo?
—¿Qué?
—Investigar.
—No he investigado.
Darío la observó.
—Claro.
—He hecho preguntas.
—Muchas.
—Y he mirado papeles.
—Muchos.
—Eso forma parte de mi trabajo.
—Naturalmente.
Inés decidió no continuar.
Algunas discusiones merecían conservarse para otro día.
—¿Qué pasará con Jacobo?
Darío dejó de sonreír.
—Eso lo decidirá un juez.
—Ya.
—La declaración ayuda. Los documentos también.
—¿La familia?
—No es asunto mío.
Inés miró la casa de los Doreda.
—No. Supongo que no.
Darío empezó a alejarse.
—Inés.
—¿Qué?
—La próxima vez que un gato haga algo raro…
Ella esperó.
—Llámeme después de comprobar que no tiene simplemente hambre.
Inés soltó una carcajada.
Darío siguió caminando.
—No prometo nada.
Anselmo llegó tarde.
Eso fue lo primero que Inés notó.
La mayor parte de la gente ya se había marchado.
Leonor guardaba los vasos del café.
Celia discutía con Estela sobre dónde almacenar el material sobrante.
Ramiro y Teresa se habían ido.
El sol de la tarde entraba por la calle del Olmo en un ángulo bajo, alcanzando solo una franja de las fachadas.
Anselmo apareció desde la esquina.
Caminaba despacio.
Tenía barro seco en una pata.
Se detuvo frente a la casa.
Inés lo observó desde el otro lado de la calle.
El gato miró la puerta.
Olfateó una piedra.
Ignoró a Leonor cuando lo llamó.
Avanzó hasta la pared.
Debajo de la nueva placa de Isabel había un rectángulo de sol.
Pequeño.
Exactamente del tamaño suficiente.
Anselmo dio dos vueltas sobre sí mismo.
Se tumbó.
Cerró los ojos.
Leonor levantó la cabeza.
—Mira.
Inés miró.
El rostro de Isabel estaba unos centímetros por encima del gato.
Serio.
Joven.
De vuelta en una pared de Valdebrisco después de medio siglo.
—Parece que sabe dónde ponerse —dijo Celia.
Inés metió las manos en los bolsillos.
—Sabe dónde da el sol.
Anselmo estiró una pata.
La piedra conservaba el calor.
Las voces humanas continuaron a su alrededor.
Nombres.
Fechas.
Félix.
Isabel.
Cosas que no significaban nada para él.
El sol sí.
Anselmo cerró los ojos.
Y se quedó allí.