La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 12 — La cara que faltaba #2
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Capítulo 12 — La cara que faltaba #2

—¿Qué recorrido hizo?

Jacobo miró la mesa.

—No lo recuerdo.

Darío abrió una carpeta.

—¿Pasó por el archivo?

—No.

—¿Vio a Félix?

—No.

—¿Entró en el archivo aquella noche?

—No.

—¿Sacó la caja catorce del archivo?

—No.

—¿Cómo llegó a su propiedad?

—No lo sé.

—¿La había visto antes?

—No.

Inés miró las manos de Jacobo.

No temblaban.

Estaban muy quietas.

Darío sacó una fotografía del armario desplazado.

—El acceso donde estaba escondida quedó creado durante una reforma que usted encargó hace cuatro años.

—Ese hueco estaba ahí antes.

—La instalación, sí. El panel es posterior.

—Podría haberla metido cualquiera.

—¿Quién?

—Un trabajador.

—¿Hace cuatro años?

—No sé.

—La caja estaba fotografiada en el archivo en septiembre.

Jacobo levantó la cabeza.

Darío no cambió el tono.

—Así que alguien la movió desde el archivo hasta ese hueco después de septiembre.

Jacobo miró a Inés.

Ella no dijo nada.

—No fui yo.

Darío abrió otra página.

—Félix escribió el viernes anterior a morir: “Caja movida otra vez”.

Jacobo se pasó una mano por la cara.

—No sé qué significa.

—Yo creo que sí.

—Pues me alegro.

Fue la primera respuesta agresiva.

Darío la dejó pasar.

—Félix ya había detectado que alguien revisaba sus documentos.

—Eso lo decís vosotros.

—Se lo dijo a Leonor. Se lo dijo a usted. Y lo escribió.

Jacobo levantó los ojos.

—A mí no me dijo que alguien estuviera robando papeles.

—Le dijo que faltaban.

—Eso no es lo mismo.

Inés sintió un eco desagradable.

Durante una semana Darío había defendido diferencias parecidas.

Ahora Jacobo las utilizaba para ganar centímetros.

Darío tampoco pareció impresionado.

—¿Qué documentos había retirado usted antes de la muerte de Félix?

—Ninguno.

—¿Nunca sacó nada del archivo sin permiso?

—No.

—¿Entró en el archivo la semana anterior?

Jacobo dudó.

—Puede que pasara.

—¿Entró?

—Sí.

—¿Cuándo?

—No recuerdo.

—¿Para qué?

—Buscar a Félix.

—¿Estaba?

—No.

—Entonces entró en un archivo vacío.

—La puerta estaba abierta.

Darío anotó.

—¿Qué hizo dentro?

—Nada.

—¿Cuánto tiempo estuvo?

—Un minuto.

—¿Tocó alguna caja?

—No.

Darío pasó una página de la libreta.

—En la primera declaración dijo que no había entrado en el archivo desde hacía meses.

Jacobo dejó escapar el aire.

—Porque no consideré entrar un minuto como “haber ido al archivo”.

—Estaba solo dentro.

—Sí.

—Y ahora aparece una caja del archivo escondida en su casa.

—No la cogí.

Darío dejó que el silencio durara.

Inés sintió que la escena podía seguir así durante horas.

Cada respuesta construía una pared pequeña.

Darío cambiaba de dirección.

—Hablemos de Félix.

Jacobo se recostó.

—Ya hemos hablado.

—Lo llamó a las nueve y seis.

—Sí.

—Le pidió que fuera al archivo.

Jacobo lo miró.

Aquello no había aparecido antes.

—No.

Darío consultó algo.

—Tenemos el registro de la llamada. Usted dijo que quería verlo.

—Eso no significa que me pidiera ir allí.

—¿Qué dijo?

—Que teníamos que hablar.

—¿Cuándo?

—Al día siguiente.

—¿Seguro?

—Sí.

Darío abrió otra hoja.

—Félix escribió a las nueve y doce un mensaje.

Jacobo dejó de respirar durante un instante.

Inés lo vio.

—¿A quién? —preguntó.

—A Teresa.

Darío leyó:

—“Por fin viene. Si esto no basta, mañana te llamo.”

No era una frase espectacular.

Precisamente por eso resultaba terrible.

Jacobo miró la mesa.

—Podía hablar de cualquiera.

—Sí.

Darío guardó la hoja.

—Pero usted salió de la hospedería poco después de las diez. Dejó abierta la puerta lateral para poder volver. No fue hacia la carretera. Regresó por esa misma zona después de las once. Félix murió durante ese intervalo.

—Eso no demuestra que fuera yo.

—No.

Jacobo levantó la cabeza, casi sorprendido.

Darío continuó:

—La caja que Félix estaba utilizando aparece escondida en su propiedad.

Usted ha mentido sobre cuándo entró en el archivo.

Ha mentido sobre haber salido la noche de la muerte.

Ha mentido sobre el recorrido que hizo. Ha minimizado su conocimiento de la parte trasera del archivo.

Y Félix había escrito que la caja estaba siendo movida.

—Todo eso sigue sin demostrar que lo empujara.

Darío no respondió.

Jacobo acababa de elegir un verbo.

Inés sintió el cambio antes de mirar a Núñez.

Ella ya estaba mirando a Darío.

Él habló con mucha calma.

—Yo no he dicho que lo empujara.

Jacobo abrió la boca.

No salió nada.

La habitación quedó en silencio.

El ruido lejano de una puerta llegó desde recepción.

Jacobo miró a Inés.

—Todo el mundo sabe cómo cayó.

—Sí —dijo ella.

Darío la miró de reojo.

Inés no añadió más.

Jacobo se levantó.

Núñez avanzó un paso.

—Siéntese, por favor.

—Necesito aire.

—Siéntese.

Esta vez lo hizo.

Darío mantuvo las manos sobre la mesa.

—Cuéntenos qué ocurrió.

—Nada.

—Jacobo.

—Ya he dicho que no fui.

Darío no insistió inmediatamente.

Pasó a otra cosa.

—¿Por qué cogió los documentos?

—No los cogí.

—Su venta estaba en peligro.

—Mi venta no dependía de papeles de hace cincuenta años.

—Eso dijo al principio.

Jacobo apretó la mandíbula.

—Porque es verdad.

—Entonces, ¿por qué pidió a Félix que dejara de investigar?

—Porque estaba hablando con todo el mundo.

—¿Por qué le preocupaba?

—Porque los compradores preguntaban.

—¿Y?

—Porque cuando alguien está a punto de gastar cientos de miles de euros en una casa no quiere escuchar que el antiguo propietario robó a una cooperativa y compró parte del terreno con el dinero.

Aquello salió demasiado rápido.

Darío dejó que la frase se asentara.

—Eso último no era público.

Jacobo se quedó inmóvil.

Inés recordó la documentación encontrada aquella mañana.

La posible relación entre anticipos y cesión de bienes.

Ni Leonor.

Ni Celia.

Ni Ramiro.

Nadie había formulado todavía aquella conclusión de esa manera.

Darío habló:

—¿Quién se lo contó?

Jacobo no respondió.

—Félix.

Silencio.

—¿Cuándo?

Jacobo miró hacia la ventana.

—La semana anterior.

—¿Dónde?

—En el archivo.

—Cuando dijo que entró un minuto.

Jacobo bajó la cabeza.

—Sí.

La pared empezó a ceder.

No de golpe.

Una grieta.

Después otra.

—¿Le enseñó los documentos?

—Algunos.

—¿La caja catorce?

Jacobo cerró los ojos.

—Sí.

—¿Qué hizo usted?

—Nada.

—La caja está detrás de su armario.

—No aquel día.

Darío se inclinó ligeramente.

—¿Cuándo?

Jacobo tardó tanto que Inés oyó el reloj de pared.

—Después.

—¿Después de qué?

—De que murió.

Darío no se movió.

—Explíquelo.

Jacobo respiró varias veces antes de empezar.

—Volví al archivo.

—¿Cuándo?

—Esa noche.

—Antes o después de que muriera Félix?

Jacobo se cubrió la boca con una mano.

—Antes.

Núñez escribió.

Darío seguía mirándolo.

—¿Por qué?

—Me llamó.

—¿Fue para hablar de los documentos?

—Sí.

—¿Qué pasó?

Jacobo miró a Inés.

—¿Tiene que estar ella?

Darío respondió:

—Puede salir si usted lo prefiere.

Inés se levantó.

Jacobo habló antes de que llegara a la puerta.

—Da igual.

Ella volvió a sentarse.

Jacobo se frotó ambas manos.

—Félix quería que yo hablara con los compradores.

—¿Para decirles qué?

—Que podía haber un problema con el origen de una parte de la finca.

—¿Había un problema legal?

—No lo sabía. Él tampoco. Pero eso no importaba.

—¿Por qué?

Jacobo soltó una risa sin alegría.

—Porque basta con decir “posible fraude en el origen de la propiedad” para que cualquier comprador se marche corriendo.

—¿Félix quería impedir la venta?

—Quería que esperara hasta saber qué había pasado.

—¿Y usted?

—No podía esperar.

Jacobo miró sus manos.

—El banco llevaba meses esperando. Los proveedores también. Si llegaba enero sin vender, perdía margen para negociar. Quizá lo perdía todo.

—¿Y discutieron?

—Sí.

—¿Lo tocó?

Jacobo no respondió.

Darío no repitió la pregunta.

—Él iba hacia la escalera —dijo Jacobo finalmente—. Dijo que tenía más documentos arriba.

Inés vio la habitación del archivo.

La mesa.

La silla.

La escalera.

—Yo quería que me escuchara.

Jacobo tragó saliva.

—Lo agarré del brazo.

Las contusiones.

—Se soltó.

—¿Y?

—Me dijo que me fuera.

Jacobo respiró.

—Yo estaba… No sé. Enfadado. Asustado.

Nadie lo ayudó a encontrar la palabra.

—Volví a cogerlo. Él tiró de mí. Yo empujé.

La voz se le quebró.

—No fue…

Se detuvo.

No terminó con una frase preparada.

Inés se alegró de ello.

—Cayó.

Darío preguntó:

—¿Estaba consciente?

Jacobo apretó los ojos.

—No.

—¿Comprobó si respiraba?

—Sí.

—¿Llamó al 112?

Jacobo negó.

—¿Por qué?

—Entré en pánico.

Darío no mostró compasión ni desprecio.

—¿Qué hizo?

—Esperé.

—¿Cuánto?

—No sé.

—¿Minutos?

—Sí.

—¿Y después?

Jacobo miró la mesa.

—Cogí los documentos que me había enseñado.

—¿La caja catorce?

Jacobo tardó en responder.

—Sí. Estaba junto a la mesa. Metí dentro las hojas sueltas y me la llevé.

—¿Por qué?

—Pensé que, si desaparecía lo que Félix había encontrado, nadie relacionaría la caída conmigo.

—¿Por qué no la destruyó?

—Quería saber qué más había dentro.

Inés sintió frío.

—¿Y la ventana? —preguntó Darío.

—La abrí.

—¿Por qué?

—No sé.

Darío no lo ayudó.

Jacobo se corrigió solo.

—Para que pareciera que había entrado alguien.

—¿Por la ventana?

—Sí.

—¿Salió por dónde?

—Por la puerta trasera.

El vecino había oído el golpe.

—¿Qué encontró en la caja?

—Los documentos sobre mi abuelo. La cesión. Los anticipos.

—¿Destruyó alguno?

—Dos hojas.

Núñez levantó la vista.

—¿Cuáles?

Jacobo negó.

—No recuerdo.

—Inténtelo.

—Un recibo. Y una hoja con cuentas.

Darío escribió.

—¿Quemó los originales?

—Sí.

—¿Dónde?

—En la estufa de la cocina vieja.

Darío hizo otra anotación.

La copia parcial en el taller de Inés adquirió de pronto toda su importancia.

Félix había cometido un pequeño descuido.

Había dejado una parte fuera de su archivo.

Jacobo no sabía que existía.

—¿Isabel robó el dinero? —preguntó Inés.

Los dos la miraron.

—No lo sé.

—Pero viste los documentos.

—Vi que mi abuelo recibió dinero que no justificó. Vi que después compró la parte del almacén por una cantidad que no entendía. No sé exactamente qué hizo.

—Y Félix pensaba que Isabel había sido utilizada.

—Sí.

La palabra salió baja.

—¿Tu abuelo la acusó?

—No había ningún papel donde lo hiciera directamente.

—Pero insistió en que dejaran de revisar.

—Eso parecía.

Inés se quedó callada.

Aquello era todo lo que podían obtener de un muerto.