Capítulo 11 — El camino de Anselmo #3
Caminó hasta la puerta.
Inés estaba guardando las herramientas.
—Espera.
El gato no esperó.
Salió.
Inés cogió el abrigo.
Esta vez lo siguió desde el principio.
Anselmo cruzó la plaza.
Se detuvo en el ultramarinos.
La puerta ya estaba cerrada.
Siguió.
Subió hacia la casa de una mujer que a veces le daba comida.
No encontró nada.
Cambió de dirección.
Bajó por una calle estrecha.
Inés caminaba lejos.
No quería conducirlo.
Llegaron a la zona alta de la hospedería.
Anselmo se acercó al portón lateral.
Cerrado.
Se sentó.
Inés miró el reloj.
Siete y veintiséis.
No ocurría nada.
Esperó.
A las siete y treinta y cuatro, una persona salió por la puerta de servicio.
Anselmo se levantó.
La persona lo apartó con el pie, sin tocarlo.
—Luego.
El gato volvió a sentarse.
Inés observó.
Aquel lugar también tenía horarios.
Como Leonor.
Como Félix.
Como cada puerta que Anselmo había aprendido a esperar.
Pensó en la noche en que murió Félix.
La puerta retenida abierta después de las once.
Anselmo dentro del patio.
Jacobo regresando por allí.
La empleada recordándolo porque no era lo habitual.
No era el gato quien sabía qué había ocurrido.
La mujer lo sabía.
El vecino lo sabía.
Las cámaras sabían dónde Jacobo no había ido.
Félix había dejado papeles.
Cada uno conservaba una parte distinta.
Inés miró a Anselmo.
Él seguía esperando comida.
Entonces recordó algo.
No de aquella noche.
De la mañana siguiente.
La primera vez que Anselmo llegó al taller, antes de las ocho y cuarto.
Había permanecido junto a la puerta.
Había salido.
Había vuelto.
Ella creyó que quería que lo siguiera.
Después había construido toda una historia alrededor de ese comportamiento.
Quizá había entendido mal.
Anselmo no había intentado llevarla a ningún sitio.
Había terminado una ruta que no podía completar.
Leonor.
Félix.
Después, normalmente, otros lugares.
Pero Félix no había aparecido.
La rutina se había roto.
Anselmo había vuelto al último sitio donde a veces encontraba comida, calor y una puerta abierta.
El taller.
Inés sintió cierta vergüenza por lo sencillo que era.
El gato nunca le había pedido ayuda.
Ella había sido quien había convertido su desconcierto en una llamada.
Y aun así, gracias a ese error, Félix no había permanecido horas más al pie de una escalera.
Anselmo se levantó.
La puerta de servicio acababa de abrirse otra vez.
Esta vez alguien dejó un pequeño recipiente en el suelo.
El gato empezó a comer.
Inés miró el portón.
La noche en que murió Félix había estado abierto cuando no correspondía.
Eso sí era una ruptura.
No para Anselmo.
Para las personas que trabajaban allí.
Sacó el móvil.
Llamó a Darío.
—Tengo una pregunta.
—Dígame.
—La empleada que encontró la puerta abierta. ¿Quién suele cerrarla por la noche?
Darío respondió sin consultar nada.
—Jacobo.
Inés se quedó mirando el portón.
—¿Siempre?
—Cuando está en la hospedería, normalmente sí. ¿Por qué?
—Porque si aquella noche salió sin llave y dejó el pestillo puesto para poder volver a entrar, no fue una improvisación al regresar.
Darío dejó que continuara.
Inés continuó:
—Decidió salir por esa puerta y dejarla abierta antes de irse.
—Sí.
—Y después dijo que no había salido.
—Sí.
—¿A qué hora suele cerrarla?
—Voy a comprobarlo.
La llamada terminó.
Darío volvió a llamar diecisiete minutos después.
—Después del servicio.
—¿Qué hora?
—Entre diez y diez y media. Jacobo suele comprobar personalmente la puerta lateral antes de subir a la oficina.
—¿Y aquella noche?
—A las diez y cinco seguía abierta.
—¿Quién lo sabe?
—Otro empleado. Pensó que Jacobo todavía estaba entrando y saliendo porque tenía cajas en el patio.
—¿Cajas?
Inés sintió que el pulso le cambiaba.
—De bebidas. No sabemos nada más.
—Darío.
—Lo sé.
—Si Jacobo salió alrededor de las diez…
—Podía estar en el archivo antes de las diez y cuarto.
—Félix lo estaba esperando.
—Eso no lo sabemos.
—Lo había llamado.
—Sí.
Inés respiró.
—Y podía volver después de las once por la misma ruta.
—Sí.
—La puerta del archivo se oyó alrededor de las once.
—Sí.
La cronología ya no necesitaba demasiadas palabras.
Darío habló:
—No haga nada.
—No pensaba hacerlo.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Mañana por la mañana voy a volver a la hospedería.
—¿Con una orden?
La pausa respondió antes que él.
—Estamos trabajando en eso.
Inés miró a Anselmo.
El gato había terminado de comer.
—¿Por el despacho antiguo?
—Entre otras cosas.
—¿Crees que la caja está allí?
—Creo que Félix buscaba algo allí y que Jacobo ha mentido sobre demasiadas partes de esa historia.
Era lo más cerca que Darío había llegado de una acusación.
—¿Necesitas que vaya?
—No.
—Bien.
Darío pareció sorprendido.
—Buenas noches, Inés.
—Buenas noches.
Colgó.
Anselmo terminó de limpiar una pata.
Inés guardó el móvil.
El portón lateral se abrió.
Un hombre salió con una bolsa.
El gato no levantó la cabeza.
La puerta volvió a cerrarse.
Esta vez el pestillo encajó.
Un sonido seco.
Habitual.
Inés emprendió el regreso.
Anselmo se quedó donde estaba.
A mitad de la calle miró atrás. Anselmo seguía junto al muro, esperando.