Capítulo 11 — El camino de Anselmo #2
—Anselmo decidió que no podía saltar.
—Tiene diecisiete años.
Darío bajó.
—Una persona podía entrar si la ventana ya estaba abierta o sin asegurar. No sabemos quién la abrió.
—Félix pudo hacerlo para recibir a alguien sin pasar por la puerta principal.
—También.
—O Jacobo sabía cómo abrirla.
—Eso no lo sabemos.
Inés miró el marco.
No había necesidad de empujar más.
Las piezas no mejoraban porque ella las apretara.
Volvieron al ayuntamiento poco después de las diez.
Darío pidió café.
Inés no.
Núñez extendió sobre la mesa un horario provisional.
No parecía una historia.
Parecía precisamente lo contrario: una lista de cosas que podían sostenerse.
19:00 aprox. — Félix en ultramarinos.
20:17 — llamada Félix / Teresa.
21:06 — llamada Félix / Jacobo.
21:30 aprox. — Jacobo visto en comedor de la hospedería.
22:00–00:00 — intervalo forense estimado de muerte.
23:00 aprox. — vecino oye puerta en zona trasera del archivo.
23:10–23:20 — puerta de servicio de hospedería encontrada retenida abierta; Anselmo en patio.
23:25 aprox. — empleada ve a Jacobo regresar por zona de servicio.
Inés leyó dos veces.
—Parece muy limpio.
—No lo es —dijo Darío.
—¿Por qué?
—Porque las horas de los testigos no son exactas. Porque nadie vio a Jacobo entrar en el archivo. Porque no tenemos la caja catorce. Porque una persona puede salir a caminar sin matar a nadie.
Señaló el intervalo.
—Y porque Félix pudo morir antes de que el vecino oyera la puerta o después.
—Pero Jacobo mintió sobre salir.
—Sí.
Aquello ya podía decirse sin matices.
—¿Qué explicación puede dar?
—Se la preguntaremos.
Inés recorrió la cronología.
Había algo que todavía le molestaba.
—Si Félix llamó a Jacobo a las nueve y seis, ¿por qué esperar casi dos horas?
—No sabemos que esperara.
—Podían haber acordado verse más tarde.
—Sí.
—Después del servicio de cenas.
Darío tomó café.
—Es una posibilidad razonable.
—Jacobo no quería que sus huéspedes lo vieran discutir con Félix.
—Eso ya es interpretación.
Inés dejó la hoja.
—Vale.
Núñez abrió otro documento.
—Hay algo más sobre la caja.
Inés dejó de ordenar los papeles.
—¿La habéis encontrado?
—No.
Sacó una fotografía de la copia carbón encontrada en el taller.
La habían comparado con el cuaderno de Nicasio.
—La última frase incompleta menciona justificantes entregados por Eusebio Riaza.
—Sí.
—Hemos localizado otra referencia al mismo documento en un inventario de 1995.
Inés se acercó.
Era una ficha de archivo.
Informe interno sobre anticipos y justificantes. 1973–1974. 6 folios.
—Seis.
—Sí.
—Mi copia es solo una parte de uno.
—Probablemente el quinto —dijo Núñez.
—¿Dónde están los otros?
—Debían estar en la caja catorce.
Inés sintió una mezcla de satisfacción y frustración.
—Entonces alguien que se llevó la caja se llevó el informe completo.
—Si seguía allí.
—Félix lo había consultado.
Darío dejó la taza.
—Eso podemos sostener. Hay una anotación suya de septiembre que menciona el informe.
—¿Qué decía?
Núñez buscó la fotografía.
La nota era escueta:
Falta anexo de justificantes. Comprobar origen de fondos R.
Inés leyó la última letra.
—Riaza.
—Puede ser.
Darío no necesitó insistir.
—¿Origen de fondos?
—Eso estamos intentando averiguar.
Inés recordó la venta posterior de parte de los bienes de la cooperativa.
La compra de Eusebio.
El terreno.
El despacho.
—Félix estaba siguiendo el dinero.
—Parece que sí.
—Y luego siguió la propiedad.
—También.
—Hasta Jacobo.
Darío movió la cabeza.
—Hasta una finca que hoy pertenece a Jacobo.
La distinción seguía siendo importante.
Inés la aceptó.
Ramiro llegó al mediodía.
Darío lo había llamado.
Inés estaba a punto de marcharse cuando lo vio entrar.
—¿Me necesitáis?
—Puede quedarse —dijo Darío.
Ramiro tomó asiento.
Parecía haber envejecido más durante aquella semana que durante los años anteriores.
Núñez le enseñó la nota de Nicasio donde aparecía:
Aniceto pregunta otra vez por Isabel.
Ramiro la leyó.
No habló inmediatamente.
—No sabía que preguntó.
—¿Nunca se lo contó? —preguntó Darío.
—No.
Ramiro devolvió la fotografía.
—¿Cuándo fue esto?
—1974.
—Ya se había marchado.
—Sí.
Ramiro pasó una mano por la frente.
—Mi padre murió sin decirme que había dudado.
No había mucho que hacer con aquella frase.
Darío esperó antes de continuar.
—Necesito que piense en el despacho de la cooperativa.
—Ya os di las fotografías.
—¿Había algún lugar donde se guardaran documentos aparte de los armarios?
Ramiro frunció el ceño.
—Un arcón.
—¿Qué tipo?
—De madera. Bajo. Viejo incluso entonces.
—¿Dónde?
Ramiro dibujó aproximadamente la sala sobre una hoja.
Mesa.
Ventana.
Armario.
Arcón junto a una pared.
—¿Qué guardaban?
—Papeles que ya no usaban todos los días. Talonarios, recibos, cosas así.
Inés pensó en la oficina que había quedado incorporada a la propiedad de Eusebio.
—¿Qué pasó con él cuando cerró la cooperativa?
—Ni idea.
—¿Podría haberse quedado allí?
Ramiro miró el dibujo.
—Podría.
Darío anotó.
—¿Félix le preguntó por el arcón?
Ramiro levantó la cabeza.
—Sí.
Aquello cambió el aire de la sala.
—¿Cuándo?
—La última vez que hablamos de la oficina. Hace dos semanas.
—¿Qué quería saber?
—Si recordaba dónde estaba.
—¿Se lo dijo?
—Más o menos.
Ramiro señaló la pared que había dibujado.
—Aquí.
Darío miró a Núñez.
Inés entendió.
El espacio correspondía a una parte de la hospedería actual.
—¿Qué hay ahora allí? —preguntó.
Darío recogió el dibujo.
—Una despensa y un armario técnico.
—¿Habéis mirado?
—No.
—¿Por qué?
—Porque sigue siendo propiedad privada y recordar un arcón de hace cincuenta años no autoriza un registro.
Inés apoyó la espalda en la silla.
—Siempre estropeando las mejores escenas.
Darío no respondió.
Ramiro tampoco parecía tener ganas de humor.
—Si Félix creyó que quedaban papeles allí, habría ido a buscarlos —dijo.
—¿Sin permiso? —preguntó Darío.
Ramiro soltó una exhalación.
—Has conocido poco a Félix.
Inés casi sonrió.
Darío anotó algo.
—¿Jacobo sabía que Félix buscaba ese despacho?
—No por mí.
—¿Félix dijo que había hablado con él?
Ramiro pensó.
—Dijo que el nieto no sabía la mitad de las cosas que había heredado.
Inés recordó la frase de Jacobo:
Yo no soy él.
Quizá ese era exactamente el problema.
Había heredado una casa.
Una parcela.
Un negocio.
Deudas.
Y una historia que no había elegido.
Nada de eso lo convertía en culpable de lo que hizo Eusebio.
Pero podía explicar por qué el trabajo de Félix había dejado de parecerle una excentricidad inofensiva.
Darío no permitió que Inés lo acompañara cuando volvió a hablar con Jacobo.
Esta vez ella no insistió.
Regresó al taller.
Trabajó.
A las tres recibió una llamada de una clienta.
A las cuatro reparó un pequeño desgarro.
A las cinco Leonor apareció con castañas asadas y una pregunta que Inés se negó a responder.
Anselmo entró poco después.
Comió dos trozos de comida que Leonor había llevado específicamente para él mientras aseguraba que no los había llevado específicamente para él.
Después se durmió.
A las seis y veinte llamó Darío.
—Jacobo reconoce que salió.
Inés dejó la espátula.
—¿Qué dice?
—Que necesitaba aire.
—¿Durante casi dos horas?
—Dice que no fueron dos horas.
—¿Adónde fue?
—A caminar.
—¿Por dónde?
—No recuerda con precisión.
—Qué oportuno.
Darío no respondió al comentario.
—Niega haber visto a Félix esa noche.
—¿Y la puerta de servicio?
—Dice que la dejó retenida porque no llevaba la llave exterior.
—¿Por qué salió por ahí?
—Para no atravesar el comedor.
—¿Y volvió a las once y veinticinco?
—Dice que antes.
—La empleada dice…
—Lo sé.
Inés caminó hasta la ventana.
—Entonces admite que podía llegar al archivo.
—Admite que salió de la hospedería.
—¿Le preguntaste por la ruta?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Darío hizo una pausa.
—Que caminó hacia la carretera.
Inés miró la calle.
—La cámara.
—Exacto.
—No aparece.
—No.
Aquello era la primera mentira que chocaba contra algo que no dependía de memoria.
—Entonces no fue hacia la carretera.
—O no llegó hasta el punto cubierto por la cámara.
—¿Y qué camino queda?
—Varios.
—Uno lleva al archivo.
—Sí.
Inés cerró los ojos.
No por dramatismo.
Porque necesitaba pensar sin mirar nada.
—¿Por qué sigue negándolo?
—Esa es una buena pregunta.
—¿Y la caja?
—Dice que nunca la vio.
—¿Y el despacho?
—Reconoce que durante la reforma apareció una parte antigua detrás de un tabique.
Inés abrió los ojos.
—Eso no dijo antes.
—No.
—¿Qué había?
—Un hueco cerrado y restos de estanterías.
—¿Papeles?
—Dice que no.
—¿Un arcón?
—Dice que no recuerda ninguno.
Inés apoyó la frente contra el cristal frío.
—Está cambiando la historia cada vez que encuentra una parte que sabemos comprobar.
Darío no respondió.
No hacía falta.
—¿Qué vais a hacer?
—Seguir comprobando.
—¿Y yo?
—Trabajar.
La frase, después de tantos días, sonó casi tranquilizadora.
—De acuerdo.
Darío tardó un segundo.
—¿De acuerdo?
—No te acostumbres.
Colgó.
A las siete, Anselmo despertó.
Se estiró.