La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 11 — El camino de Anselmo
83%

Capítulo 11 — El camino de Anselmo

El camino de Anselmo

Inés abrió el taller antes de las siete y media.

No tenía ningún encargo urgente.

Tampoco había dormido bien.

Preparó café, encendió el radiador y dejó la puerta entornada.

Anselmo apareció a las siete y cuarenta y tres.

Inés miró el reloj.

El gato entró, comprobó el radiador y se sentó delante.

—Buenos días.

Anselmo no mostró interés.

Inés bebió café.

Esperó.

A las siete y cincuenta y uno, el gato se levantó.

No fue hacia la calle Alta.

Tomó la dirección contraria.

Inés cogió la chaqueta.

—Esto es ridículo.

Cerró el taller y salió detrás de él.

No intentó acercarse.

Anselmo tenía la desagradable costumbre de detenerse cuando alguien pretendía dirigirlo y acelerar cuando nadie quería seguirlo. Inés se mantuvo a unos veinte metros.

El gato atravesó una calle estrecha, bordeó una casa y llegó hasta un pequeño pasadizo que descendía entre dos muros.

Era el mismo camino que había tomado la noche anterior.

Inés conocía el pasadizo.

No recordaba haberlo utilizado en años.

A mitad de la bajada, Anselmo desapareció por un hueco entre una verja y una pared.

—Claro.

Inés siguió por el camino de personas.

Tuvo que rodear un cobertizo y bajar cuatro escalones húmedos.

Cuando volvió a verlo, Anselmo estaba frente a la puerta de servicio de la hospedería.

Sentado.

Esperando.

Inés se detuvo.

La puerta permanecía cerrada.

Anselmo miró hacia ella.

Después a la puerta.

—No tengo la llave.

El gato continuó esperando.

Un minuto más tarde se oyó movimiento dentro.

La puerta se abrió.

Una mujer salió con dos bolsas de basura.

Vio a Anselmo.

—Ya estás aquí.

Dejó las bolsas y se inclinó.

—Hoy no hay nada para ti.

Anselmo entró por debajo de su brazo antes de que pudiera impedirlo.

—¡Eh!

La mujer intentó atraparlo.

No llegó.

—Déjalo —dijo Inés.

La mujer levantó la cabeza.

—Buenos días.

—Buenos días. Sale solo.

—Eso espero. Como entre en la cocina, Jacobo me mata.

La frase fue dicha sin pensar.

Inés miró la puerta.

—¿Viene todos los días?

—El gato, sí. O casi.

—¿A esta hora?

—Más o menos.

La mujer recogió las bolsas.

—Sabe cuándo abrimos.

Inés volvió a mirar el reloj.

Siete y cincuenta y siete.

—¿Siempre abrís a las ocho?

—Esta puerta, sí. Antes no suele hacer falta.

—¿Y por la noche?

La mujer dejó las bolsas junto a un contenedor.

La curiosidad apareció en su rostro.

Inés se dio cuenta de cómo sonaba la pregunta.

—Es que ayer vi a Anselmo por aquí bastante tarde. Estoy intentando entender por qué cambia de ruta.

No era toda la verdad.

Tampoco era falsa.

—Por la noche viene cuando sacamos basura después de las cenas. A veces consigue algo.

—¿A qué hora?

—Depende. Once. Once y media.

Anselmo reapareció en la puerta.

No había conseguido comida.

Parecía ofendido.

La mujer se apartó para dejarlo salir.

—El lunes de la semana pasada también estuvo —añadió.

—¿El lunes?

—Sí. Me acuerdo porque casi lo dejamos dentro del patio.

Anselmo empezó a caminar.

Inés no lo siguió.

—¿Cómo?

—La puerta se quedó abierta.

La mujer cogió las bolsas.

—Alguien había dejado el pestillo puesto para que no cerrara y el gato entró. Cuando fui a cerrar, estaba debajo de unas cajas.

—¿A qué hora?

—Tarde.

—¿Once?

—Algo así.

Inés notó que había cambiado el modo de escuchar.

La mujer también.

—¿Pasa algo?

—Puede que no. ¿Quién dejó la puerta abierta?

—No lo sé.

—¿Jacobo estaba aquí?

Ella frunció el ceño.

—Claro.

—¿Lo viste?

—Durante la cena.

—¿Después?

La mujer tardó.

—No sé.

Inés se obligó a detenerse.

Aquello ya no era una conversación sobre un gato.

Sacó el móvil.

—Necesito que cuentes esto a la Guardia Civil.

La mujer dio un paso atrás.

—¿Por qué?

—Porque están reconstruyendo aquella noche y puede importar que esta puerta estuviera abierta.

—Yo no he dicho que Jacobo saliera.

—Ya lo sé.

—Ni vi a nadie.

—Diles exactamente eso.

La mujer miró hacia el interior de la hospedería.

—¿Ahora?

—Ahora.

Inés llamó a Darío.

Anselmo había desaparecido cuando llegó la Guardia Civil.

A él, por supuesto, la parte interesante de la mañana ya se le había terminado.

Darío habló con la empleada dentro de la hospedería.

Núñez se quedó junto a la puerta de servicio.

Inés esperó fuera.

Jacobo no estaba.

Había salido temprano, según otro empleado.

A los veinte minutos apareció Darío.

No parecía contento.

—¿Qué ha dicho?

—Lo mismo que a usted, con algunas precisiones.

—¿Cuáles?

Darío miró el pasadizo por el que había llegado Inés.

—La puerta normalmente se cierra sola. La noche en que murió Félix alguien dejó el pestillo de retención puesto.

—¿Eso es raro?

—Después de cerrar la cocina, sí.

—¿A qué hora lo encontró?

—Entre las once y diez y las once y veinte.

—¿Y Anselmo estaba dentro?

—Sí.

Inés miró hacia la esquina por donde el gato se había marchado.

—Por eso conoce la puerta.

—Inés.

—No estoy diciendo que el gato viera a Jacobo matar a Félix.

—Me alegro.

—Estoy diciendo que esta era una de sus rutinas. Esperar cuando sacaban la basura.

Darío asintió.

Eso no necesitaba discusión.

—La empleada dice que vio a Jacobo en el comedor poco después de las nueve y media. Después estuvo trabajando en la cocina y no volvió a verlo hasta las once y veinticinco.

—¿Dónde?

—Aquí.

Darío señaló la puerta.

—Entró por esta zona.

Inés sintió que la pieza encontraba sitio demasiado deprisa.

—¿Entró desde la calle?

—Eso dice ella.

—¿Y Jacobo?

—Hasta ayer sostenía que no salió de la hospedería.

Inés miró la puerta cerrada.

—Entonces mintió.

Darío no la corrigió.

Aquello fue peor que si lo hubiera hecho.

—¿Qué dijo cuando se lo preguntasteis?

—Todavía no se lo hemos preguntado por esto.

—¿Por qué?

—Porque quiero terminar antes de volver a hablar con él.

Núñez salió con el móvil en la mano.

—Siete minutos y cuarenta.

Darío miró la pantalla.

—¿Desde dónde?

—Desde aquí hasta la parte trasera del archivo. Andando normal.

Inés observó el pasadizo.

—¿Habéis ido por mi camino?

—Por el suyo no. Por uno que puede utilizar una persona sin pasar entre una verja y una pared.

—¿Se ve desde la plaza?

—No.

—¿Desde la carretera?

—Tampoco.

Darío no comentó el cálculo.

Inés hizo el cálculo.

Jacobo podía haber sido visto en el comedor alrededor de las nueve y media.

Podía caminar hasta el archivo sin atravesar la plaza.

Félix lo había llamado a las nueve y seis.

El vecino había oído la puerta trasera alrededor de las once.

Jacobo había vuelto a aparecer en la hospedería a las once y veinticinco.

Las horas cabían.

Cabían demasiado bien.

—¿La empleada está segura de las once y veinticinco?

—No de los minutos exactos. Pero estaba recogiendo la cocina y había mirado el reloj poco antes porque esperaba que terminara una lavadora industrial.

—¿Y lo vio entrar?

—Sí.

—¿Cómo estaba?

Darío tardó en responder.

—Dice que nervioso.

Inés sintió irritación.

—Eso no significa nada.

—Correcto.

—Podía estar preocupado por cualquier cosa.

—Sí.

—¿Ves? Estoy aprendiendo.

Darío no sonrió.

—También dice que llevaba barro en el bajo del pantalón.

Inés miró las piedras húmedas.

—Había llovido.

—Sí.

—No demuestra que estuviera en el archivo.

—No.

Núñez guardó el teléfono.

—Pero contradice su versión de que estuvo toda la noche dentro.

Darío asintió.

—Eso sí.

Fueron andando hasta el archivo.

Núñez tomó la ruta que acababa de cronometrar.

Inés los acompañó.

No cruzaron la plaza.

Desde la hospedería descendieron por una calle estrecha, pasaron detrás de dos viviendas, atravesaron un arco bajo una casa y desembocaron en el callejón que bordeaba la parte trasera del archivo.

Inés conocía todos aquellos lugares.

Nunca los había pensado juntos.

Eso le molestó.

Había pasado media vida en Valdebrisco creyendo que conocer un sitio consistía en saber dónde estaban sus calles.

Anselmo conocía otra cosa.

Sabía qué caminos servían para llegar de una comida a otra.

Qué muro evitaba un perro.

Dónde aparecía una puerta a una hora concreta.

Cuál era el recorrido más tranquilo cuando había gente en la plaza.

La geografía de un gato tenía poco que ver con un plano.

Darío se detuvo bajo la ventana trasera.

Estaba cerrada desde la investigación.

—Anselmo llegó aquí la mañana en que encontró a Félix —dijo Inés.

—Sí.

—Desde Leonor pasó por la plaza.

—Según lo que me contó.

—Así que esta no fue su ruta aquella mañana.

—No.

Inés agradeció la corrección.

Había estado a punto de obligar al comportamiento de Anselmo a encajar en una historia solo porque ahora conocía el final que quería.

Se acercó al murete bajo la ventana.

No tocó nada.

—Entra y sale de sus rutas según la comida.

—Parece una estrategia razonable.

—La puerta de servicio de Jacobo por la noche. Leonor por la mañana. Félix después.

Darío observó la ventana.

—¿Qué está pensando?

—Que Anselmo conocía los dos extremos del recorrido mucho antes que nosotros.

No era una prueba.

Darío no fingió que lo fuera.

Núñez rodeó el edificio y volvió unos minutos después.

—La puerta trasera tiene cerradura de resbalón. Si sales y tiras de ella, queda cerrada.

Inés miró a Darío.

—Entonces el vecino pudo oírla cuando alguien salió.

—Pudo.

—Y por la mañana Anselmo la encontró cerrada.

Darío levantó la vista.

—Eso solo lo sabemos por lo que hizo el gato.

—Lo sabemos nosotros.

—No puedo ponerlo en un informe como comprobación del estado de una puerta.

—No te lo estoy pidiendo.

Darío se acercó a la ventana.

—Pero la puerta estaba cerrada cuando llegamos.

—Sí.

—Así que alguien podía salir por ella y dejarla cerrada sin llave.

Núñez probó el mecanismo desde dentro.

La puerta se cerró con un golpe seco.

Inés reconoció el tipo de sonido.

Un sonido capaz de viajar por un callejón silencioso a las once de la noche.

Darío volvió a abrir.

—Eso sí podemos comprobarlo.

Inés miró la ventana.

—¿Y entrar?

—Por aquí, si estaba abierta.

—Félix no la habría dejado así con ese frío.

—Eso dice usted.

—Lo decía él también a cualquiera que quisiera escucharlo.

Núñez observó el alféizar.

—Desde el suelo cuesta.

Darío señaló el muro bajo.

Había una parte más ancha cerca de la esquina.

Subió con cuidado.

Desde allí podía alcanzar la base de la ventana sin esfuerzo.

—No hace falta ser un atleta.

—Anselmo ya nos había enseñado eso —dijo Inés.