Capítulo 10 — El papel doblado #3
Inés se puso la chaqueta.
Cuando llegó, encontró a Darío, Núñez y Celia alrededor de una mesa.
Había planos.
Fotografías.
Un ordenador.
Darío señaló una silla.
Esta vez Inés se sentó sin protestar.
—Hemos reconstruido una parte de la noche en que murió Félix.
—¿La noche en que murió Félix?
—Sí.
Núñez abrió un mapa sencillo del pueblo.
—Félix estuvo en el ultramarinos poco después de las siete.
—Eso ya lo sabíamos.
—Después habló por teléfono con Teresa a las ocho y diecisiete.
Teresa lo había mencionado durante una declaración posterior.
—¿De qué hablaron?
—Isabel y las cartas.
—¿Y después?
—Tenemos una llamada saliente de Félix a las nueve y seis.
—¿A quién?
—Jacobo.
Inés no dijo nada.
—Duró cuatro minutos —continuó Núñez.
—¿Jacobo lo reconoció?
—Sí.
—¿Qué dice que hablaron?
—Félix quería verlo.
—¿Y se vieron?
Darío respondió:
—Jacobo dice que no.
La sala quedó quieta.
—Dice que le explicó que estaba trabajando y que hablarían al día siguiente.
—¿Hay alguien que pueda confirmarlo?
—Tenía huéspedes.
—Eso no responde.
—Dos lo vieron en el comedor alrededor de las nueve y media.
—¿Después?
—No.
Inés miró el mapa.
—La muerte fue entre las diez y medianoche.
—Aproximadamente.
—Y el vecino oyó la puerta trasera sobre las once.
—Sí.
—¿El coche de Jacobo aparece en las cámaras?
Darío tardó.
—No.
Inés sintió decepción.
—Entonces estaba en el pueblo.
—Eso ya lo sabíamos.
Núñez amplió otra parte del mapa.
—La hospedería está aquí. El archivo, aquí.
No había mucha distancia.
A pie, menos de quince minutos.
Menos si uno conocía las calles.
—¿Y qué ha cambiado? —preguntó Inés.
Darío sacó una hoja.
—La segunda declaración de Jacobo.
Inés leyó.
No completa.
Solo un tramo destacado.
Jacobo explicaba que no había pasado por la zona trasera del archivo en meses y que apenas utilizaba ese camino.
Después describía la ventana.
“…la pequeña de atrás, la que queda por encima del muro bajo…”
Inés volvió a leer.
—¿Qué?
Darío puso una fotografía sobre la mesa.
La fachada trasera del archivo.
Desde la calle principal, la ventana no era visible.
Desde el callejón lateral se veía parcialmente.
Pero el muro bajo quedaba oculto desde ambos puntos más comunes.
Para verlo había que avanzar hasta el fondo del callejón.
O conocer bien aquella parte.
—Podía haber estado allí antes —dijo Inés.
—Claro.
—Félix conocía a medio pueblo. Jacobo pudo ir al archivo cien veces.
—También.
—Entonces no demuestra nada.
—No.
Darío recogió la fotografía.
—Pero miente cuando dice que apenas conoce esa zona.
—Eso es lo que quiero comprobar.
Celia intervino:
—Hay una forma.
Todos la miraron.
—El proyecto de los retratos.
—¿Qué tiene que ver? —preguntó Inés.
—Hace tres años arreglamos una placa en esa parte del archivo. Estela necesitó entrar por detrás porque llevaba una escalera.
—¿Jacobo estaba?
Celia intentó recordar.
—No sé.
—Yo sí —dijo Inés.
La memoria llegó por otra vía.
No por la placa.
Por el vehículo.
—Jacobo prestó la furgoneta.
Celia levantó la cabeza.
—Es verdad.
—La que vendió este verano.
—Sí.
Inés recordó algo más.
—Y ayudó a bajar la escalera.
Darío cogió el bolígrafo.
—¿Entró en el callejón?
—Sí.
—¿Hasta el fondo?
—Sí.
—Entonces conoce la ventana y el muro desde hace al menos tres años.
Inés miró la declaración.
—Su frase no demuestra que estuviera allí la noche en que murió Félix.
—No.
—Solo demuestra que está intentando parecer menos familiarizado con el sitio de lo que está.
Darío guardó la hoja.
—Exactamente.
No había triunfo en su voz.
Eso hizo que la conclusión pesara más.
Cuando Inés salió del ayuntamiento eran casi las nueve.
Valdebrisco estaba vacío.
El aire olía a humo y a frío.
Las piedras conservaban humedad en los bordes.
Caminó hacia el taller para recoger una bolsa que había olvidado.
Al pasar por la plaza vio a Anselmo bajo un banco.
—¿Qué haces ahí?
El gato salió despacio.
Inés abrió el taller.
Anselmo entró detrás.
Mientras buscaba la bolsa, pensó en el día.
El documento doblado.
Félix diciendo que alguien movía sus cajas.
La llamada a Jacobo a las nueve y seis.
La discusión que Jacobo había omitido.
La forma en que había minimizado su conocimiento de la parte trasera del archivo.
Ninguno de aquellos datos bastaba por sí solo.
Estaba cerrando el armario cuando Anselmo volvió hacia la puerta.
—Ya voy.
Apagó la luz.
El gato salió.
En vez de dirigirse hacia la plaza, tomó el callejón lateral.
Inés lo siguió unos pasos.
Anselmo avanzó hasta la esquina.
Allí se detuvo.
Miró hacia la calle Alta.
Después cambió de dirección y bajó por una calle estrecha que bordeaba la parte trasera de varias casas.
Inés conocía aquella ruta.
No era la más corta hasta ninguno de los lugares donde Anselmo solía dormir.
—¿Adónde vas?
El gato siguió.
Inés estuvo a punto de dejarlo.
Entonces recordó la mañana en que Félix murió.
Anselmo había aparecido en su taller demasiado temprano.
Había salido.
Había vuelto.
Había insistido sin entender que insistía.
Inés se quedó quieta.
No siguió al gato.
Todavía no.
Pero esta vez memorizó la calle que había elegido.