La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 10 — El papel doblado #2
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Capítulo 10 — El papel doblado #2

Darío apareció en la puerta antes de que pudieran continuar.

Núñez iba con él.

—¿Dónde está Leonor?

—En la tienda.

—Gracias.

Iba a marcharse cuando Inés lo detuvo.

—Jacobo ha llamado a Celia por los planos.

Darío miró a la alcaldesa.

Ella explicó la conversación.

Él escuchó sin interrumpir.

—¿A qué hora llamó?

—Once y cuarto, más o menos.

Darío anotó.

—¿Le dijo usted qué planos hemos pedido?

—No.

—¿Mencionó el despacho de la cooperativa?

—No.

—¿La caja?

—No.

Darío guardó la libreta.

—Bien.

Inés lo siguió hasta la puerta.

—¿Eso importa?

—Todavía no lo sé.

—Pero lo has apuntado.

—Apunto muchas cosas.

Salió.

Celia observó a Inés.

—Empiezo a entender por qué te irrita.

—Gracias.

—No era un elogio.

Los planos aparecieron por la tarde.

No en el ayuntamiento.

En el archivo provincial.

Núñez envió una fotografía a Darío y Darío, contra lo que Inés habría esperado dos días antes, fue a enseñársela.

Llegó al taller cerca de las cinco.

—Necesito que mire esto.

—¿Como restauradora?

—Como persona que conoce el edificio.

Inés dejó la fotografía que estaba trabajando.

En el móvil aparecía un plano fechado en 1979.

La antigua cooperativa ocupaba una construcción rectangular.

A un lado había una dependencia pequeña con entrada propia.

OFICINA.

Detrás, un pasillo estrecho conectaba con un almacén auxiliar.

Darío pasó a otra imagen.

Plano de 1983.

Después de la compra de Eusebio.

El almacén auxiliar había desaparecido como espacio independiente.

La oficina seguía allí, incorporada a la nueva parcela.

—La hospedería —dijo Inés.

—Parte de la hospedería actual.

—¿Qué es ahora?

—Según los planos de la reforma de Jacobo, una zona de servicio junto a la cocina y una parte del patio.

Inés recordó las cajas de bebidas.

Los contenedores.

El muro.

—Entonces Jacobo sí sabía.

—¿Qué cosa?

—Ayer dijo que no sabía que hubiera una construcción de la cooperativa. Dijo que su abuelo compró una franja de terreno.

Darío negó ligeramente.

—Dijo que no sabía qué había allí antes de la compra. No es exactamente lo mismo.

—Pero reformó el edificio.

—Eso sí.

—Tuvo los planos.

—Su arquitecto, como mínimo.

Inés acercó la imagen.

Había una puerta dibujada en el lateral.

—¿Esto sigue existiendo?

Darío cambió de fotografía.

El plano moderno mostraba una abertura en posición parecida.

—Aquí.

—La puerta de servicio.

—Sí.

Inés conocía esa puerta.

Anselmo también.

—Da a la calle lateral.

—¿Cómo lo sabe?

—He pasado por allí cientos de veces.

—¿Ha entrado?

—No.

—Bien.

—Anselmo sí conoce esa parte.

Darío dejó el móvil sobre la mesa.

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Lo conozco.

Inés sonrió.

Solo un poco.

Darío volvió al plano.

—Ayer Jacobo afirmó que nunca utilizaba esa salida para ir hacia el centro porque da un rodeo.

—¿Y?

—Nada.

—Darío.

—Nada todavía.

Guardó el teléfono.

—Esta noche vamos a reconstruir los accesos con los horarios que tenemos.

Inés se inclinó hacia él.

—¿Qué horarios?

—Los de Félix. Los de las personas que sabemos que lo vieron. Los del vecino que oyó la puerta. Los de cámaras de carretera que hemos podido recuperar. Lo normal.

—¿Hay cámaras?

—En la carretera principal.

—¿Se ve la calle del archivo?

—No.

—Entonces.

—Se ve quién entra y sale del pueblo en determinados momentos.

Inés entendió.

—Jacobo.

—Y otros.

—¿Su coche aparece?

Darío recogió el móvil.

—No voy a contarle todo.

—Eso significa que sí.

—Significa exactamente lo que he dicho.

La respuesta volvió a ser completamente Darío.

Inés casi se alegró.

A las seis y diez, Leonor entró en el taller enfadada.

—Tu guardia civil me ha tenido cuarenta minutos hablando.

—No es mío.

—Pues parecía enviado por ti.

—¿Qué quería?

Leonor dejó el bolso sobre una silla.

—Lo mismo que tú.

—¿Y qué le has dicho?

—La verdad.

—Eso sí que es nuevo.

—No empieces.

Inés siguió trabajando.

Leonor caminó por el taller.

—Félix estaba preocupado.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Estaba preocupado de verdad.

Leonor se apoyó en una estantería.

—Cuando vino por los sobres, le dije que se llevara la caja a casa si no se fiaba del archivo.

—¿Y?

—Me dijo que en casa sería peor.

—¿Por qué?

—No explicó.

—¿Dijo quién estaba moviendo las cosas?

—No.

—¿Sospechaba de alguien?

—Inés, si lo hubiera dicho, ya te lo habría contado.

Eso era discutible.

Pero Leonor parecía cansada.

—¿Qué hizo después?

—Compró cinta adhesiva.

—¿Cinta adhesiva?

—Y dos carpetas.

—Pensaba que no tenías los sobres.

—No tenía los grandes.

—¿Para qué quería la cinta?

Leonor levantó las manos.

—No le pregunté.

Inés pensó en la caja gris.

El cordel.

No cinta.

Tal vez había preparado otra cosa.

—¿Pagó en efectivo?

Leonor la miró como si acabara de volverse loca.

—¿Eso también importa?

—No.

—Entonces no.

—¿No qué?

—No importa.

Inés soltó una risa.

Leonor cogió el bolso.

—Voy a cerrar.

En la puerta se detuvo.

—Hay otra cosa.

—Claro.

—El día antes de morir preguntó si yo había visto a alguien entrar por detrás del archivo.

Inés dejó la brocha.

—¿Qué le dijiste?

—Que no.

—¿Por qué preguntó?

—No sé.

—¿Cuándo fue?

—Cuando vino por la leche.

—¿A las siete?

—Sí.

Inés recordó la primera mañana.

La ventana trasera abierta.

La puerta del pequeño almacén cerrada cuando Anselmo pasó.

—¿Dijo “alguien” o preguntó por una persona?

Leonor pensó.

—Dijo alguien.

—¿Nada más?

—Nada.

Leonor se marchó.

Inés no abrió el cuaderno.

Llamó a Darío.

La respuesta llegó a las ocho y cuarto.

No de Darío.

De Celia.

—¿Puedes venir al ayuntamiento?

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Por qué?

—Darío está aquí.