La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 10 — El papel doblado
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Capítulo 10 — El papel doblado

El papel doblado

El martes, a las ocho y doce, Inés encontró el papel porque estaba buscando otra cosa.

Eso le pareció apropiado.

Las mejores piezas de un archivo rara vez aparecían cuando uno las buscaba por su nombre. Surgían detrás de una carpeta equivocada, entre dos fotografías sin relación o dentro de un sobre que alguien había reutilizado treinta años antes.

Inés necesitaba una copia digital que Celia le había pedido para la exposición.

Había prometido entregarla aquella mañana.

Sacó del armario una caja de trabajos antiguos relacionados con los retratos y empezó a revisar carpetas.

Anselmo dormía sobre una silla, todavía encogido contra el frío.

La tercera carpeta pertenecía a la familia Robleda.

La cuarta, a los Castaño.

La quinta no llevaba apellido.

Solo una anotación suya:

Material Félix. Revisar.

Inés se quedó con la carpeta en la mano.

No recordaba haber escrito aquello.

La abrió.

Dentro había dos fotografías, una hoja de protección y varios papeles que no tenían relación con ningún encargo.

Entonces recordó.

Félix había pasado por el taller a principios de octubre con un montón de documentos bajo el brazo. Quería que Inés le dijera si una mancha que aparecía en varias copias procedía del original o de una reproducción posterior.

Habían discutido durante media hora.

Después Félix recogió todo.

O casi todo.

Inés sacó una hoja doblada.

Era una copia carbón.

El papel estaba fino y quebradizo en los pliegues. Parte del margen derecho había desaparecido.

La desplegó sobre la mesa.

No era un documento completo.

Empezaba a mitad de una frase.

“…correspondiente a cantidades adelantadas para trabajos del almacén…”

Inés dejó de buscar la fotografía de Celia.

Leyó.

Había una lista de pagos.

Tres fechas de 1973.

Dos de 1974.

Iniciales.

Cantidades.

En la parte inferior aparecía una nota manuscrita de Félix.

Comparar con libreta Mena.

El apellido ya no era correcto en el manuscrito actual, pero la intención estaba clara: se refería a Nicasio.

Inés acercó la hoja a la lámpara.

La copia debía de proceder de un documento mayor. El borde izquierdo conservaba dos perforaciones. Había formado parte de algún expediente.

La última línea mecanografiada estaba incompleta:

El Sr. Riaza manifiesta haber entregado los correspondientes justificantes, salvo…

El resto faltaba.

Inés pasó el dedo por el aire, siguiendo el borde roto sin tocarlo.

—Félix.

Anselmo abrió un ojo.

—No tú.

El gato volvió a cerrarlo.

Inés buscó el móvil.

No llamó inmediatamente a Darío.

Primero fotografió la hoja.

Anverso.

Reverso.

Detalle del borde.

Después sí.

Darío contestó al tercer tono.

—Dígame.

—He encontrado un documento de Félix.

Silencio.

—¿Dónde?

—En mi taller.

—Otra vez.

No había ironía.

Eso era peor.

—Lo dejó aquí hace semanas. No sabía que seguía entre mis cosas.

—No lo toque más.

—Ya lo he manipulado.

—Claro.

—Con cuidado.

—Voy.

Esta vez no discutieron.

Darío llegó con Núñez.

Inés había colocado la hoja sobre una superficie limpia y preparado una funda transparente.

—Antes de que digas nada, estaba doblada dentro de una carpeta de trabajos antiguos.

Darío se acercó.

—¿Cuándo se la dejó Félix?

—Principios de octubre. No recuerdo el día.

—¿Por qué?

—Quería que mirara unas reproducciones. Esto debía de estar mezclado con ellas.

Núñez fotografió la carpeta donde había aparecido.

—¿La ha utilizado desde entonces?

—No.

—¿Alguien más tiene acceso a este armario?

—No de forma habitual.

Darío leyó el documento.

Su dedo se detuvo sobre la nota de Félix.

—¿La libreta de Nicasio?

—Eso parece.

—La que recibió su hija.

—Sí.

Núñez acercó una de las fotografías que habían llevado.

Compararon cantidades.

Una coincidía.

Después otra.

La tercera correspondía a una anotación poco clara.

—¿Qué es este documento? —preguntó Inés.

—Todavía no lo sé.

—Tiene perforaciones.

Darío miró el margen.

—Sí.

—Podría venir de la caja catorce.

—Podría.

—Y Félix lo sacó antes de que desapareciera.

—O de otro sitio.

Inés dejó que aquella precisión pasara.

Núñez leyó en voz baja la última línea.

—“El Sr. Riaza manifiesta haber entregado los correspondientes justificantes…”

—Eusebio —dijo Inés.

Darío no corrigió.

—Necesitamos localizar otra copia.

—Si existe.

—Si existe.

Inés señaló el borde roto.

—Falta el final de la frase.

—Ya lo veo.

—No sabemos qué justificante faltaba.

—No.

—Pero Félix sí pudo saberlo.

Darío guardó la hoja en la funda.

—Eso es lo que voy a intentar averiguar.

Inés miró cómo la cerraba.

No sintió la misma resistencia que con la caja gris.

Aquel documento ya no era suyo ni de Félix.

Era una parte de algo que alguien había intentado reconstruir y que otra persona quizá había querido hacer desaparecer.

—Hay otra cosa —dijo Darío.

—Ayer volvimos a hablar con Jacobo.

—Lo imaginaba.

—Reconoció la discusión del jueves.

—Bien.

—También reconoció que Félix le había dicho que faltaban documentos.

—Eso ya lo sabíamos.

Darío negó.

—No exactamente. A usted le dijo que Félix hablaba de “papeles”. A nosotros, al principio, dijo que no recordaba esa parte.

—¿Y después?

—Después dijo que quizá sí.

Inés se apoyó en la mesa.

—Eso es una mentira.

—Es una contradicción.

—Vas a conseguir que odie esa palabra.

—Mi objetivo es otro.

Núñez seguía revisando la copia carbón.

—¿Jacobo sabía de la caja?

—Dice que no.

—¿Y del despacho antiguo?

—Ramiro nos entregó las fotografías.

—Entonces.

—Entonces sabemos que Félix preguntaba por el despacho.

—¿Y Jacobo?

—Dice que no sabía que aquella parte de la construcción había pertenecido a la cooperativa.

Inés recordó el patio.

El muro.

La pregunta de Félix sobre obras anteriores a la compra.

—¿Es posible?

—Sí.

—¿Probable?

—Eso estamos comprobando.

Darío cogió su chaqueta.

—Necesito que hoy no hable con Jacobo.

—No tenía previsto hacerlo.

—Bien.

—Pero me has dicho eso porque crees que podría.

—La experiencia.

Núñez cerró la funda con el documento.

—Nos vamos.

Antes de salir, Darío miró hacia la mesa donde Inés había dejado la carpeta abierta.

—Revise el resto.

—Eso pensaba hacer.

—Y si encuentra algo…

—Te llamo antes de ir a enseñárselo al sospechoso.

Darío la observó un segundo.

—No he usado esa palabra.

—Yo sí.

Él no respondió.

Aquello fue respuesta suficiente.

La fotografía para Celia apareció veinte minutos después.

Inés la restauró digitalmente antes de comer.

No encontró más papeles de Félix.

A mediodía llevó una copia al ayuntamiento y evitó deliberadamente el ultramarinos.

Llegó hasta la puerta lateral antes de que Leonor la llamara desde el otro lado de la plaza.

—¡Inés!

Siguió andando.

—¡Te estoy viendo!

No tenía sentido fingir.

Se volvió.

Leonor cruzó cargando una bolsa.

—¿Tienes prisa?

—Sí.

—Perfecto, yo también.

Caminaron juntas.

—La Guardia Civil ha vuelto a casa de Jacobo.

Inés no reaccionó.

—Esta mañana.

—No sé nada.

—Eso no te lo crees ni tú.

—No sé nada que pueda contarte.

Leonor la miró de lado.

—Eso sí te lo creo.

Llegaron al ayuntamiento.

—¿Qué llevas?

—Una fotografía.

—¿De quién?

—Leonor.

—Vale.

Continuaron tres pasos.

—¿Han encontrado la caja?

Inés se detuvo.

—¿Qué caja?

Leonor sonrió.

—Esa cara tuya funciona peor que mentir.

—¿Quién te ha hablado de una caja?

La sonrisa desapareció.

—Félix.

Inés sintió un golpe de atención.

—¿Cuándo?

Leonor comprendió que acababa de decir algo importante.

—Hace unas semanas.

—¿Qué te dijo?

—Nada concreto.

—Leonor.

—Vino a comprar sobres.

—¿Sobres?

—De los grandes. Le dije que no tenía los que quería y empezó a quejarse de que todo el mundo vendía sobres demasiado pequeños.

—Eso es muy Félix. Sigue.

Leonor ajustó la bolsa contra el cuerpo.

—Dijo que tenía que separar una caja porque ya no se fiaba de dejar todo junto.

—¿Dijo qué caja?

—No.

—¿Por qué no se fiaba?

—No me lo explicó.

Inés miró hacia la puerta del ayuntamiento.

—¿Cuándo exactamente?

—Dos o tres semanas antes de morir.

—¿Antes o después de hablar con Jacobo?

—¿Cómo quieres que sepa eso?

—Inténtalo.

Leonor pensó.

—Después de la fiesta de la castaña.

—Eso fue el doce.

—Pues después del doce.

Félix había dejado el documento en el taller a principios de octubre.

La investigación sobre Eusebio ya estaba en marcha.

—¿Dijo algo más?

—Que alguien había estado moviendo cosas.

—¿En el archivo?

—Supongo.

—No supongas.

Leonor la miró con irritación.

—Dijo: “Me están moviendo las cajas”. Eso recuerdo.

—¿“Me están”?

—Sí.

—¿No “se están moviendo”?

—No.

Inés sacó el móvil.

—Voy a llamar a Darío.

—¿Ahora?

—Sí.

—Entonces me voy.

—Qué casualidad.

Leonor ya se alejaba.

—Tengo tienda.

Darío tardó menos de un minuto en entender por qué importaba.

—Necesito hablar con ella.

—Está en el ultramarinos.

—¿Le ha contado algo más?

—No.

—No salga del ayuntamiento.

—No pensaba…

Darío colgó.

Inés miró el teléfono.

Celia apareció desde una oficina con dos carpetas.

—¿Qué ha pasado?

—Nada que pueda contarte.

—Esa frase empieza a ser insoportable.

—Lo sé.

Celia miró hacia la plaza.

—Darío ha pedido documentación de la hospedería.

—¿Cuál?

—Planos.

Inés levantó la cabeza.

—¿Antiguos?

—Todos los que tengamos.

—¿Por el despacho?

Celia se quedó quieta.

—¿Qué despacho?

Inés comprendió que había hablado demasiado.

—Uno antiguo de la cooperativa.

—¿En la hospedería?

—Parte del edificio estuvo allí.

Celia dejó las carpetas sobre una mesa.

—Eso explica la llamada.

—¿Qué llamada?

—Jacobo me llamó hace media hora preguntando si la Guardia Civil había pedido planos.

—¿Y qué le dijiste?

—Que sí.

—¿Preguntó cuáles?

—Preguntó si eran los anteriores a la reforma.

Inés sintió un pequeño tirón de incomodidad.

—¿Cómo sabía que había planos anteriores?

Celia la miró.

—Porque reformó la casa.

—No. Me refiero a que supiera qué estaba buscando Darío.

—No lo sabía.

—Pero preguntó específicamente por los anteriores.

Celia cruzó los brazos.

—Eso tampoco es extraño. Si investigan una parte antigua del edificio, es lógico pensar que quieran planos antiguos.

Inés reconoció la misma disciplina que Darío había intentado enseñarle.

—Sí.

—No pongas esa cara.

—No estoy poniendo ninguna.

—Llevas una semana poniendo exactamente esa cara.