La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 9 — La venta #3
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Capítulo 9 — La venta #3

Jacobo tenía una vida propia que podía venirse abajo.

Anselmo no entró en la hospedería.

Los domingos había demasiados pies.

Demasiadas voces.

Niños que lo llamaban.

Personas que se agachaban sin permiso.

Rodeó el edificio por la calle lateral.

Allí estaba más tranquilo.

Conocía la puerta de servicio.

A veces salía por ella una mujer con bolsas de basura. Algunas mañanas dejaba restos de pescado en un recipiente que Anselmo visitaba aunque Inés desaprobara la costumbre.

La puerta estaba cerrada.

Eso era lo habitual a aquella hora de la tarde.

Anselmo continuó.

Más arriba había un portón de madera que daba al patio.

También cerrado.

Se detuvo junto a la base.

Olía a humedad.

Leña.

Comida.

Un perro que había pasado por allí.

Nada interesante.

Siguió hasta un pequeño muro donde el sol de invierno alcanzaba la piedra durante poco más de una hora.

Todavía quedaba calor.

Anselmo subió con esfuerzo y se acomodó.

Abajo, una puerta se abrió.

Pasos.

Voces.

La puerta volvió a cerrarse.

Anselmo no levantó la cabeza.

Conocía aquella secuencia.

Cuando despertó, el sol había desaparecido.

Darío volvió a la hospedería a las tres y doce.

A las cuatro y veinte, Jacobo salió en coche.

A las cinco menos cuarto, Leonor sabía que la Guardia Civil había vuelto a hablar con él.

A las cinco, también lo sabía Celia.

Inés consiguió ignorar el asunto hasta las cinco y diez.

Después alguien golpeó la puerta de su casa.

Era Ramiro.

Llevaba una carpeta de cartón debajo del brazo.

—Necesito enseñarte una cosa.

Inés lo dejó pasar.

—¿Tiene que ver con tu padre?

—No.

Ramiro se quitó la chaqueta.

—Con Eusebio.

Inés no preguntó de dónde había salido aquella carpeta.

Esperó a que se sentara.

Ramiro la abrió.

Dentro había fotografías.

No de los retratos.

Fotografías familiares.

Excursiones.

Comidas.

Fiestas del pueblo.

Una imagen mostraba a varios hombres frente al antiguo almacén de la cooperativa.

Ramiro la separó.

—Esta es de 1974.

Inés la cogió por los bordes.

Reconoció a Aniceto Tovar porque había visto imágenes suyas durante los últimos días.

Nicasio Mena estaba a la izquierda.

Ramiro señaló a otro hombre.

—Eusebio.

Tendría poco más de cincuenta años. Corpulento. Camisa clara. Una mano apoyada sobre una puerta.

—¿Qué tengo que ver?

—La puerta.

Inés miró.

No encontró nada.

—Era el despacho pequeño.

—¿De la cooperativa?

—Sí. Allí guardaban los libros y parte del dinero.

—Vale.

—Después cerraron el almacén, esa habitación se quedó dentro de la parte que acabó comprando Eusebio.

Inés volvió a la fotografía.

—¿Dentro del terreno que ahora es de Jacobo?

—Sí.

—Eso ya lo sabíamos más o menos.

Ramiro negó con la cabeza.

—No exactamente.

Sacó otra fotografía.

Más moderna.

Años ochenta.

El antiguo edificio aparecía durante una obra.

Parte de la pared había sido demolida.

Ramiro señaló una esquina.

—Eusebio no compró solo terreno.

—Compró el antiguo despacho.

—Sí.

Inés recordó la distribución actual.

El muro al fondo del patio de Jacobo.

—¿Sigue existiendo?

—No sé.

—Jacobo dijo que su abuelo había comprado una franja de terreno.

—La gente recuerda el terreno porque es lo que quedó en las escrituras posteriores. Pero la construcción estaba allí cuando compró.

Inés dejó las fotos.

—¿Por qué importa?

—A Félix le importaba.

—¿Te preguntó?

—Hace dos semanas. Quería saber dónde estaba exactamente el despacho.

—¿Y se lo dijiste?

—No estaba seguro.

Ramiro miró la segunda fotografía.

—Hoy he encontrado esto.

Inés entendió antes de que él terminara.

—Félix preguntó a Jacobo si su abuelo había hecho obras aquí antes de comprar la parcela.

—Sí.

—Estaba buscando ese despacho.

Ramiro asintió.

No hacía falta convertirlo en otra cosa.

Tal vez Félix buscaba documentos.

Tal vez solo intentaba reconstruir cómo funcionaba la cooperativa.

Pero la pregunta ya no parecía casual.

—Darío tiene que ver esto.

—Lo sé.

Ramiro cerró la carpeta.

—Voy a llevársela.

Inés le devolvió las fotografías.

—¿Por qué has venido primero?

Ramiro se quedó sentado.

—Porque llevo cincuenta años llegando tarde a todo lo que tiene que ver con Isabel.

La respuesta no pidió consuelo.

Inés tampoco se lo dio.

Ramiro se puso la chaqueta y se marchó.

Esa noche, Inés cenó la sopa que Leonor había dejado dos días antes.

Seguía estando buena.

Anselmo apareció cuando ella calentó el plato y se mostró ofendido al descubrir que no contenía nada aprovechable.

—Tiene cebolla.

El gato se instaló debajo de la mesa.

Inés había dejado el cuaderno en el taller.

Se alegró.

Durante la cena no hizo listas.

No escribió fechas.

No trazó relaciones entre personas muertas y personas vivas.

Pensó en una hospedería llena de clientes un domingo.

En una hipoteca.

En compradores que habían pedido tiempo.

En Félix diciendo que faltaban papeles.

Y en un despacho de cooperativa que había acabado dentro de la propiedad de Eusebio Riaza.

Después lavó el plato.

Anselmo salió hacia la puerta.

Inés abrió.

El gato se quedó en el umbral unos segundos antes de marcharse calle abajo.

Ella cerró y apagó la cocina.

Sobre la mesa no quedó nada que pareciera una pista.