La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 9 — La venta #2
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Capítulo 9 — La venta #2

—Sobre la propiedad, reformas y antecedentes del negocio.

—¿Antecedentes?

—No históricos. Administrativos.

—Entonces lo de Eusebio no afecta a la venta.

—En principio, no.

Inés se sorprendió de sentir cierto alivio.

Duró poco.

—Pero Félix hizo su comentario sobre «toda la historia de la finca».

—Sí.

—Y Jacobo se enfadó.

—Sí.

—Porque podía asustar a los compradores.

Darío apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—Eso dice Jacobo.

—¿Has hablado con él?

—Esta mañana.

—¿Qué más dice?

—Que Félix era capaz de presentar una pregunta como si hubiera descubierto un delito. Que no quería rumores mientras negociaba la venta. Y que eso no significa que supiera qué estaba investigando Félix.

—¿Le crees?

Darío no respondió de inmediato.

—Creo que necesito saber cuánto sabía.

Esa era una respuesta distinta.

Inés miró a Núñez.

—¿Y la caja catorce?

—Sigue sin aparecer.

—¿Habéis buscado aquí?

—Sí.

—¿En casa de Félix?

—Sí.

—¿En casa de Jacobo?

—No tenemos base para registrar su casa.

—Era una pregunta.

—Y esa es la respuesta.

Inés se levantó.

—¿Por qué querías que viniera?

—Por Celia.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Celia ha recordado la discusión porque yo le pregunté específicamente por la venta. Usted estaba presente cuando Jacobo habló de Félix y de su abuelo ayer. Quiero saber si recuerda algo que no conste en mi anotación.

—¿Qué anotaste?

Darío le resumió la conversación.

Inés escuchó.

Era precisa.

Más seca que el recuerdo.

—Dijo que Félix preguntó si Eusebio había hecho obras antes de comprar la parcela.

—Eso está.

—Dijo que su madre estaba recibiendo llamadas.

—También.

Inés pensó.

—Miró el muro.

—Cuando habló de las preguntas de Félix. Miró hacia el muro que separa la hospedería del antiguo almacén.

—¿Le pareció importante?

—No.

—¿Ahora?

Inés recordó sus propios errores de los últimos días.

Una persona podía mirar un muro porque había un muro.

—Tampoco.

Darío asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Que no lo convierta en una pista solo porque estamos hablando de él.

Inés cogió su abrigo.

—Estoy mejorando.

—Eso espero.

A la una y media, la hospedería estaba llena.

No de huéspedes.

De gente comiendo.

El comedor funcionaba también los domingos para clientes de fuera y, a pesar de todo, parecía ir bien.

Inés pasó frente a la entrada camino de casa.

No tenía intención de detenerse.

Jacobo estaba fuera hablando por teléfono.

La vio.

Levantó una mano para pedir a la persona al otro lado que esperara.

—Inés.

Ella redujo el paso.

—Hola.

Jacobo terminó la llamada.

—¿Tienes un minuto?

La pregunta no sonó casual.

Inés miró hacia el comedor.

—Uno.

—Aquí no.

Caminaron hasta el lateral de la casa.

El portón estaba abierto. Más allá había un pequeño espacio de servicio con cajas de bebidas y dos contenedores.

Jacobo se quedó cerca de la entrada.

No parecía haber dormido bien.

—Darío te ha contado lo de la venta.

No era una pregunta.

—Celia.

—Claro.

Jacobo pasó una mano por el pelo.

—Dentro de unas horas lo sabrá todo el pueblo.

—Quizá ya.

—Seguramente.

Desde el comedor llegó una carcajada.

Jacobo miró hacia la puerta.

—No quería vender.

Inés esperó.

—Cuando abrí esto, pensé que sería para siempre. Mi madre decía que era una locura. Tenía razón por motivos equivocados.

—¿Qué pasó?

—Pasaron quince años.

Sonrió sin humor.

—Un tejado. Dos calderas. Una pandemia. Reformas. Un préstamo para pagar otro préstamo. Una temporada buena que te hace creer que la siguiente también lo será.

Inés no necesitaba conocer las cifras.

—¿Estás perdiendo dinero?

—Algunos meses.

—¿Y la venta?

—Me permite salir sin perderlo todo.

La respuesta fue directa.

—¿Los compradores saben lo de la investigación?

Jacobo la miró.

—¿Qué investigación?

—La de la cooperativa.

—Saben que la Guardia Civil ha hecho preguntas porque Félix murió.

—Eso no les dice por qué estabais preguntando por Eusebio.

—No.

Jacobo apoyó una mano en el muro.

—El viernes me llamaron. Habían oído que mi abuelo podía estar relacionado con un robo.

—¿Quién se lo contó?

—No lo sé. Una persona preguntó por la hospedería antes de reservar y acabó contándole la historia a alguien. O quizá salió de aquí. Da igual.

—¿Han retirado la oferta?

—No.

—Entonces.

—Han pedido tiempo.

Inés entendió.

—¿Y tú no tienes tiempo?

Jacobo se apartó del muro.

—No demasiado.

Durante unos instantes solo se oyó el movimiento del comedor.

Platos.

Una silla arrastrada.

Alguien llamando a otra persona desde dentro.

Era extraño hablar de ruina junto a un restaurante lleno.

—Por eso discutiste con Félix —dijo Inés.

—Discutí con Félix porque llevaba meses preguntando por mi abuelo sin decirme qué buscaba.

—Celia dice que fue por la venta.

—También.

—Le preguntó si los compradores conocían la historia de la finca.

Jacobo soltó el aire lentamente.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La forma de decirlo. «La historia de la finca.» Como si hubiera un cadáver emparedado.

Inés no sonrió.

Jacobo tampoco.

—Yo le pregunté qué sabía. No me lo dijo. Le pedí que, si tenía algo real, viniera a hablar conmigo antes de empezar a contarlo.

—¿Y vino?

Jacobo miró hacia el patio.

—No.

La respuesta fue demasiado sencilla para que Inés supiera qué hacer con ella.

—¿Volvisteis a hablar?

—Sí.

—¿Cuándo?

Jacobo tardó.

—La semana pasada.

—Eso no dijiste ayer.

—Ayer Darío me preguntó por la cooperativa.

—¿Y la conversación no era sobre la cooperativa?

—No directamente.

—¿Sobre qué?

Jacobo apretó los labios.

—Sobre la venta.

Inés dejó de escuchar el ruido del comedor.

—¿Qué quería Félix?

—Que esperara.

—¿Esperara qué?

—Unos días antes de firmar nada.

—¿Por qué?

—Porque decía que podía encontrar algo que los compradores deberían conocer.

—¿Sobre tu abuelo?

—Supongo.

—¿No preguntaste?

Jacobo soltó una risa breve, sin diversión.

—Claro que pregunté. Le pregunté varias veces.

—¿Y no te lo dijo?

—Dijo que todavía no estaba seguro.

Aquello encajaba con Félix.

Y con la caja que había dejado en el taller de Inés.

—¿Cuándo fue esa conversación?

—El jueves de la semana pasada.

Varios días antes de la muerte.

—¿Dónde?

—Aquí.

—¿Alguien la oyó?

—No lo sé. Estábamos en el patio.

—¿Discutisteis?

Jacobo levantó la vista.

—Sí.

Esta vez no intentó rebajarlo.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

—¿Qué significa eso?

—Que le dije que estaba jugando con mi vida por una historia de un hombre muerto hacía casi treinta años.

—Tu abuelo.

—Sí.

—¿Y Félix?

—Dijo que no estaba investigando a un muerto.

Inés sintió un pequeño movimiento en el estómago.

—¿Qué quiso decir?

—Eso mismo le pregunté.

—¿Qué respondió?

—Que los papeles no desaparecían solos.

El portón seguía abierto.

Un empleado salió con una caja vacía, los saludó y continuó hacia los contenedores.

Inés esperó a que se alejara.

—¿Félix sabía que faltaban documentos?

—Eso parece.

—¿Te dijo cuáles?

—No.

—¿La caja de la cooperativa?

Jacobo frunció el ceño.

—¿Qué caja?

Inés lo observó.

No pudo decidir si la pregunta era auténtica.

—Falta documentación del archivo.

—Pues pregúntale a quien entra allí.

—Tú entrabas.

Jacobo se quedó quieto.

—¿Perdona?

—Félix te enseñó papeles alguna vez.

—Sí. Como a medio pueblo.

—Eso no es lo que he dicho.

Jacobo se apartó unos pasos.

—Si has venido a interrogarme, prefiero que vuelva Darío.

—No he venido. Me has parado tú.

Aquello frenó la discusión.

Jacobo se llevó una mano a la frente.

—Tienes razón.

Inés no esperaba que lo admitiera.

—Estoy cansado.

—También eso parece verdad.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Jacobo sonrió apenas.

Durante un momento recuperó al hombre que Inés conocía desde hacía años: alguien que sabía hablar con huéspedes, resolver un problema con una reserva y hacer parecer sencilla una casa que probablemente exigía dieciocho horas de trabajo al día.

—No maté a Félix —dijo.

Inés sintió rechazo inmediato a la frase.

No por creerla falsa.

Porque nadie había pronunciado la acusación.

—No he dicho que lo hicieras.

—Todavía.

La palabra ya había aparecido demasiadas veces aquella semana.

Jacobo miró hacia el comedor.

—Si esa venta se cae, tendré problemas. Problemas reales. Pero Félix lo sabía. Todo el pueblo sabe que Félix podía ser insoportable. No por eso vas empujando ancianos por escaleras.

—No.

—Y si mi abuelo robó algo, que lo demuestren. Está muerto. Yo no soy él.

Inés pensó en Celia diciendo casi lo mismo sobre los apellidos.

—En eso tienes razón.

Jacobo pareció sorprendido.

—¿Solo en eso?

—Por hoy.

Ella se dirigió hacia la calle.

—Inés.

Se volvió.

—No le cuentes a Leonor cuánto debo.

—No sé cuánto debes.

—Mejor.

—Jacobo.

—¿Qué?

—Dile a Darío lo de la conversación de la semana pasada antes de que se entere por otra persona.

El rostro de Jacobo se endureció.

No por miedo.

Por fastidio.

—Ya se lo diré.

—Eso no suele funcionar bien.

Inés salió por el portón.

Darío la llamó veinte minutos después.

Inés estaba en casa cortando pan.

—¿Ha hablado con Jacobo?

No se molestó en fingir sorpresa.

—Sí.

—Le pedí que me contara las cosas antes de empezar a comprobarlas por su cuenta.

—No fui a comprobar nada. Él me paró.

—Naturalmente.

—Y antes de que empieces: hay algo que no te contó.

Darío dejó de discutir.

—¿Qué?

Inés le explicó la conversación del jueves anterior.

Félix pidiendo a Jacobo que retrasara la venta.

La discusión.

Los documentos que, según Félix, habían desaparecido.

Al otro lado de la línea no hubo ninguna réplica rápida.

—¿Está segura de las palabras?

—De las importantes, sí.

—«Los papeles no desaparecían solos».

—Eso dice Jacobo que dijo Félix.

—Bien.

—No parece bien.

—Es información.

Inés apoyó el cuchillo.

—Jacobo también dice que no sabe nada de la caja catorce.

—No le habló de la caja.

—No.

—Bien.

—¿Otra vez bien?

—Esta vez sí.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que sepa exactamente qué falta.

Inés entendió.

—Vas a hablar con él.

—Ahora.

La llamada terminó.

Inés se quedó mirando el pan a medio cortar.

Había empezado la mañana sabiendo que Jacobo quería vender una hospedería.

Ahora sabía que necesitaba venderla.

Y que Félix le había pedido que esperara porque faltaban documentos.

Aquello seguía sin demostrar nada.

Pero ya no era una historia heredada de Eusebio Riaza.