Capítulo 9 — La venta
La venta
El lunes, Valdebrisco seguía teniendo turistas.
No muchos.
La muerte de Félix seguía en todas las conversaciones, pero el pueblo había recuperado otras obligaciones.
Inés abrió el taller a su hora.
Tenía entregas pendientes y agradecía tener las manos ocupadas.
Anselmo llegó poco después.
Se instaló junto al radiador sin ceremonia.
—Hoy tampoco tengo pescado.
El gato cerró los ojos.
Inés estaba preparando el reverso protector para la fotografía de boda cuando vio a través del escaparate a dos desconocidos detenerse frente al ayuntamiento.
Vestían demasiado bien para hacer senderismo y demasiado informales para una reunión seria.
Uno llevaba una carpeta.
La otra consultaba el móvil mientras miraba hacia la parte alta del pueblo.
Celia salió del ayuntamiento para recibirlos.
Hablaron unos minutos.
Después caminaron juntos hacia la hospedería de Jacobo.
Inés siguió trabajando.
No era asunto suyo.
A los veinte minutos entró Leonor.
—¿Has visto a los compradores?
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Los has visto?
—He visto a dos personas.
—Esos.
Leonor llevaba una bolsa de papel.
La dejó sobre la mesa.
—Rosquillas.
—¿Qué compradores?
—Los de la hospedería.
Inés apartó la brocha.
—¿Jacobo vende?
Leonor se quitó el abrigo.
—Al parecer.
—No lo sabía.
—Yo tampoco hasta el jueves.
Aquello significaba que Leonor llevaba cuatro días esperando una oportunidad adecuada para contarlo.
—¿Quién compra?
—Una empresa. O una pareja que tiene una empresa. Algo así. De Salamanca o Valladolid.
—Información impecable.
—No me dedico a los registros mercantiles.
Inés cogió una rosquilla.
—¿Desde cuándo está en venta?
—Meses.
—Tampoco sabía eso.
—No lo anunció.
Leonor tomó asiento.
—Jacobo no quiere que parezca que vende porque le va mal.
—¿Le va mal?
—No lo sé.
La respuesta llegó con una seriedad poco habitual.
Inés esperó.
—El verano tuvo gente —continuó Leonor—. Los fines de semana también. Pero una cosa es tener habitaciones ocupadas y otra ganar dinero.
—Eso podría aplicarse a cualquier negocio.
—Claro.
Leonor miró hacia la calle.
—El año pasado dejó de contratar a una mujer que venía a limpiar dos días por semana. En primavera vendió la furgoneta. Y últimamente compra menos en el pueblo.
—¿Eso significa que tiene deudas?
—Significa que compra menos y vendió una furgoneta.
Inés sonrió.
—Darío estaría orgulloso.
—No sé por qué.
—Nada.
Leonor cogió una rosquilla de su propia bolsa.
—También discutió con un albañil en verano.
—En Valdebrisco eso tampoco demuestra insolvencia.
—No. Demuestra que discutió con un albañil.
Comieron unos segundos.
—¿Por qué vende? —preguntó Inés.
—Él dice que está cansado.
—Puede ser verdad.
—Puede.
Leonor sonrió.
Inés le lanzó una mirada.
—Ahora lo haces a propósito.
—No sé de qué hablas.
La puerta se abrió antes de que pudieran continuar.
Celia entró con el abrigo desabrochado y una carpeta azul.
Vio a Leonor.
—Perfecto.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Entonces habla con más precisión.
Celia dejó la carpeta sobre una silla.
—Necesito a Inés cinco minutos.
Leonor cogió otra rosquilla.
—Yo no molesto.
Celia miró a Inés.
—¿Ves?
—Constantemente.
—Me voy —dijo Leonor.
No hizo ningún movimiento en dirección a la puerta.
Celia aceptó la derrota.
—Los compradores de la hospedería quieren información sobre la jornada de los retratos.
Leonor miró a Inés con satisfacción.
—Compradores.
—Ya me lo ha contado.
—Bien.
Celia abrió la carpeta.
Dentro había pruebas de imprenta para el pequeño programa que el ayuntamiento preparaba antes de la muerte de Félix.
—Quieren mantener la hospedería tal como está. Turismo rural, patrimonio, rutas, ese tipo de cosas. La jornada les interesa porque forma parte de lo que venden.
—Todavía no han comprado nada —dijo Leonor.
—Están revisando documentación.
—¿Y Jacobo vende la casa o el negocio?
—Las dos cosas.
Inés hojeó el programa.
En la portada aparecía una fotografía de una calle de Valdebrisco con seis placas visibles junto a las puertas.
—¿Qué necesitas de mí?
—Félix había seleccionado tres imágenes para una pequeña exposición. Una necesita restauración digital antes de imprimirla. Estela dice que tú tienes una copia de mejor calidad.
—Puede ser.
—¿Puedes mirarlo mañana?
—Sí.
Celia cerró la carpeta, pero no se marchó.
Inés reconoció esa pausa.
—¿Qué pasa?
—Darío ha preguntado esta mañana por la venta.
Leonor dejó de comer.
—¿A ti?
—Sí.
—¿Por qué?
—Eso deberías preguntárselo a él.
Leonor hizo una mueca.
—Qué desagradable te estás volviendo.
Celia ignoró el comentario.
—Le he dicho lo que sé.
—¿Qué sabes? —preguntó Inés.
—Que Jacobo lleva negociando desde principios de verano. Hubo una primera oferta que no salió. Esta parece más seria.
—¿Por qué sabes tanto?
—Porque necesitaba certificados del ayuntamiento. Obras, actividad, situación urbanística. Lo normal cuando alguien compra un negocio de este tipo.
Inés dejó el programa.
—¿Tiene problemas?
Celia tardó un poco.
—Tiene prisa.
—Eso no significa que tenga problemas.
—No.
Leonor estaba disfrutando demasiado de aquella conversación.
Celia continuó:
—En julio vino a verme porque necesitaba que aceleráramos un documento. Me dijo que no podía permitirse que la operación se retrasara otro invierno.
—Eso sí suena a problemas —dijo Leonor.
—Suena a que quería vender.
—Celia.
La alcaldesa la miró.
—No sé cuánto debe, si debe algo, ni a quién. No voy a inventarlo.
Inés pensó en Jacobo cerrando el portón bajo la lluvia unos días antes.
La expresión de preocupación que llevaba desde hacía meses.
Hasta entonces había sido una característica del personaje.
Ahora podía tener una causa.
—¿Félix sabía que vendía?
Celia se quedó inmóvil con la carpeta en las manos.
—Seguro.
—¿Seguro o lo sabes?
—Lo sabía.
—¿Cómo?
—Porque discutieron por eso.
Leonor acercó la silla.
Celia la señaló.
—Ni una palabra.
—No he dicho ninguna.
—Todavía.
Inés preguntó:
—¿Cuándo discutieron?
—En septiembre. En el ayuntamiento.
—¿Por la venta de la hospedería?
—Por los papeles que Jacobo necesitaba para la venta. Félix estaba aquí consultando otra cosa y escuchó la conversación.
—¿Qué dijo?
Celia buscó en la memoria.
—Preguntó si los compradores conocían toda la historia de la finca.
Inés notó que Leonor dejaba la rosquilla sobre la bolsa.
—¿Qué historia?
—Eso mismo preguntó Jacobo.
—¿Y Félix?
—Dijo que todavía estaba averiguándola.
—¿Se enfadó?
—Jacobo sí.
—¿Mucho?
Celia negó con la cabeza.
—No hubo gritos ni amenazas. Le dijo a Félix que dejara de meter el pasado en todo. Félix respondió que el pasado ya estaba metido, que ese era precisamente el problema.
Inés podía oírlo.
—¿Y después?
—Jacobo se fue.
—¿Félix te explicó qué quería decir?
—No entonces.
—¿Después?
Celia miró hacia la calle.
—Me pidió los documentos sobre la liquidación de la cooperativa unas semanas más tarde.
Leonor habló:
—Y no se te ocurrió contar esto antes.
—A mí no me pareció una amenaza. Me pareció una discusión entre Jacobo y Félix, cosa que tampoco era un acontecimiento excepcional.
—¿Se lo has contado a Darío?
—Esta mañana.
Leonor recogió su abrigo.
—Ahora sí me voy.
—Milagro —dijo Celia.
Leonor se detuvo en la puerta.
—Jacobo debe dinero.
Celia cerró los ojos.
—Acabas de decir que no sabes eso.
—Yo no lo he dicho.
—Lo acabas de decir literalmente.
Leonor miró a Inés.
—Pregúntale por qué dejó de comprar el vino de la casa a finales de verano.
—Vete.
—Ya voy.
Salió.
Celia se quedó mirando la puerta.
—Un día voy a prohibirle entrar en edificios municipales.
—Este no es municipal.
—Empezaré por algún sitio.
Darío apareció antes de mediodía.
No fue al taller.
Llamó a Inés y le pidió que se acercara al ayuntamiento.
Esta vez ella no discutió.
Encontró a Darío en la misma sala donde habían revisado documentos de la cooperativa. Núñez estaba frente a un ordenador portátil.
Sobre la mesa no había papeles históricos.
Había una única hoja impresa.
—Celia me ha contado lo de la venta —dijo Inés.
—Me lo imaginaba.
—Y Leonor cree que Jacobo tiene deudas.
Núñez levantó la vista del ordenador.
Darío señaló una silla.
Inés se sentó.
—No necesito a Leonor para esa parte.
Le pasó la hoja.
Inés la miró sin entender.
—¿Qué es?
—Información registral de la finca.
—¿Y por qué me la enseñas?
—Porque después va a hablar con alguien y prefiero que sepa qué cosas no sabemos.
Aquella era una forma peculiar de colaboración, pero Inés aceptó el documento.
Darío señaló dos apartados.
—Hay una hipoteca importante sobre la propiedad y una anotación relacionada con una deuda posterior.
—¿Cuánto debe?
—No tenemos una cifra total fiable.
—¿Pero mucho?
—Lo suficiente para que la venta tenga sentido.
Núñez añadió:
—También hemos confirmado que está intentando cerrar la operación antes de final de año.
Inés devolvió la hoja.
—Entonces Leonor tenía razón.
—No le diga eso.
—Jamás.
Darío se apoyó en la mesa.
—Quiero dejar clara una cosa. Tener deudas no convierte a Jacobo en homicida.
—No he dicho que lo haga.
—Tampoco vender una hospedería.
—Ya.
—Ni que su abuelo aparezca en las cuentas de la cooperativa.
—Darío.
—Lo sé. Pero en dos horas esto va a convertirse en «Jacobo mató a Félix porque su abuelo robó el pueblo» si alguien habla demasiado.
Inés entendió por qué la había llamado.
—No voy a contarlo.
—Bien.
—Pero tú sí crees que la venta importa.
Darío caminó hasta la ventana.
—Creo que nos da una razón para entender mejor la conducta de Jacobo durante los últimos meses.
—Eso ha sonado cuidadosamente ensayado.
—Llevo toda la mañana teniendo que decirlo.
Núñez intervino:
—Hay algo más.
Giró el portátil.
En pantalla aparecía una página impresa de una empresa dedicada a alojamientos rurales y pequeños hoteles.
No había fotografía de la hospedería.
Solo un intercambio de correos que la Guardia Civil había obtenido con autorización de Jacobo durante las comprobaciones.
Inés no leyó.
—¿Qué tengo que saber?
Darío respondió:
—La negociación estaba bastante avanzada. Los compradores vinieron en julio y otra vez en septiembre. Hace dos semanas pidieron documentación adicional.
—¿Qué documentación?