Capítulo 8 — Las cuentas del almacén #3
Darío siguió caminando.
—¿De qué?
—De lo de la cooperativa.
—Magnífica precisión científica.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sé que ha hablado con él diez minutos.
—Tú llevas más.
—Y todavía no sé qué hizo su abuelo hace cincuenta años.
Inés mordió una esquina del pan.
Darío señaló la barra con la barbilla.
—¿Eso era realmente para comer?
—¿Qué pensabas?
—Que era su coartada para venir hasta aquí.
—Puede cumplir dos funciones.
La tarde trajo una sorpresa menos espectacular y mucho más útil.
Núñez llamó a Darío poco después de las cuatro.
Darío había vuelto al taller para recoger las copias que Inés estaba examinando cuando llamó Núñez.
Inés escuchó solo una parte.
—Sí.
Pausa.
—¿Seguro?
Otra.
—Envíamelo.
Darío colgó.
—Han localizado a la hija de Nicasio Mena.
—¿Y?
—Conserva documentación de su padre.
—¿La caja catorce?
—No.
—Era demasiado pedir.
Darío abrió el correo que acababa de recibir.
Había fotografías de varias hojas.
Una llamó inmediatamente la atención.
Era una página arrancada de un cuaderno personal, no un documento oficial.
Nicasio había anotado gastos y cobros por su cuenta.
Fechas.
Cantidades.
Iniciales.
Darío amplió el tramo de noviembre de 1973.
La cantidad coincidía con uno de los justificantes que Inés había examinado aquella mañana.
Al lado aparecía:
E.R. — entregado.
Inés dejó de masticar el pan.
—Eusebio Riaza.
—Es la interpretación más probable.
Ella acercó la silla.
Había otras dos anotaciones semejantes.
Una decía:
E.R. pendiente justificante.
Otra:
E.R. trae recibo lunes.
—Los recibos que parecían escritos en la misma máquina.
—Eso estamos comprobando.
Inés volvió a la primera anotación.
—Nicasio entregaba dinero a Eusebio.
—Eso parece.
—Por gastos del almacén.
—Sí.
—Y después aparecía un justificante.
—Sí.
La secuencia era sencilla.
Tal vez demasiado.
—¿Esto demuestra que Eusebio se quedaba el dinero?
—No. Puede haber pagado a proveedores en efectivo y después entregar los justificantes.
—Otra posibilidad.
—Una bastante normal.
Inés siguió leyendo.
—¿Hay algo después de que cerraran la revisión sobre Isabel?
Darío desplazó la imagen.
Sí.
Varias operaciones continuaban.
Entonces apareció una anotación diferente.
Febrero de 1974.
E.R. pregunta si merece la pena seguir revisando partidas antiguas.
Inés volvió a leer.
Darío no dijo nada.
Un mes después:
Faltan dos recibos. Pendientes.
Y, más abajo, otra frase:
Aniceto pregunta otra vez por Isabel.
Inés sintió una extraña pena por Ramiro.
Su padre quizá había preguntado.
Demasiado tarde, pero había preguntado.
—Aniceto no estaba completamente conforme —dijo.
—Eso parece.
—¿Ramiro lo sabe?
—Todavía no.
Siguió leyendo.
La última anotación relacionada con la cooperativa estaba fechada unos meses después.
No volver a adelantar efectivo sin factura.
Nada más.
—Nicasio sospechaba que algo no cuadraba —dijo Inés.
—Eso sí podemos decir.
Darío cerró el correo.
—Ahora tenemos razones para revisar con mucha más atención a Eusebio Riaza.
Inés miró hacia la calle.
La hospedería quedaba a diez minutos.
—Félix pudo haber llegado a estas mismas cuentas.
—Puede ser.
Él se levantó.
—No sabemos hasta dónde llegó ni si esa línea de trabajo tiene relación con su muerte.
Inés asintió.
Anselmo llegó al taller cuando empezaba a oscurecer.
No entró.
Se quedó en la acera.
Inés estaba guardando las copias que Darío había dejado.
—¿Qué quieres?
Anselmo avanzó hasta la esquina.
Se detuvo.
Inés no le prestó atención.
Un minuto después seguía allí.
—Hoy no.
El gato desapareció.
Inés terminó de ordenar.
Cuando salió para cerrar la contraventana, vio a Anselmo veinte metros más abajo.
Había tomado la calle que conducía hacia la parte alta del pueblo.
Su ruta de tarde solía ir en dirección contraria.
Inés se quedó observándolo hasta que dobló una esquina.
Pensó en seguirlo.
No lo hizo.
Anselmo tenía derecho a cambiar de camino sin convertirse en una pista.
Entró y cerró.
El gato continuó subiendo.
Había una razón para aquella ruta.
No tenía nada que ver con Félix, Isabel, cooperativas ni hombres muertos.
En una casa de la parte alta vivía una mujer que los domingos limpiaba pescado para la cena.
Era domingo.
Anselmo conocía los días.
No como los humanos, con nombres.
Los conocía por repeticiones.
El ruido del camión de reparto por la mañana.
Las campanas a otra hora.
Los niños en la plaza.
El pescado.
Subió despacio.
A mitad de la calle tuvo que descansar.
Cuando recuperó el aliento, siguió hasta la casa donde olía a pescado.
Aquella noche, Inés dejó sobre la mesa las fotografías del cuaderno de Nicasio y la tabla de operaciones.
Revisó una vez más las iniciales, los justificantes y las fechas.
Nada demostraba por sí solo que Eusebio se hubiese quedado con dinero de la cooperativa, pero Félix había tenido motivos suficientes para seguir preguntando por él.
Abrió el cuaderno y, debajo de las notas del día anterior, escribió:
Eusebio murió en 1999.
Mantuvo el lápiz sobre el papel, sin escribir.
Anselmo dormía junto al radiador.
Al cabo de un momento, cerró el cuaderno y apagó la lámpara.