Capítulo 8 — Las cuentas del almacén #2
—Claro. Nicasio llevaba el dinero.
—¿Eran amigos?
—Eran hombres que pasaban demasiado tiempo juntos. Si eso era amistad, pregúntaselo a ellos.
—No puedo.
—Entonces tendrás que conformarte conmigo.
Leonor cortó otro trozo de queso.
—Eusebio quería que la cooperativa creciera. Nicasio quería que cuadraran las cuentas. Aniceto quería que no hubiera peleas. Ninguno consiguió lo suyo.
—¿Y cuando Isabel fue acusada?
Leonor dejó de cortar.
—Eusebio fue de los que más habló.
—¿Qué decía?
—Que alguien tenía que responder.
—¿Señaló a Isabel?
Leonor pensó.
—No recuerdo que dijera su nombre delante de mí.
—Pero.
—No hace falta decir un nombre siempre. A veces basta con repetir quién llevaba los libros.
Inés pagó.
—¿Jacobo sabe algo de aquello?
Leonor soltó una risa.
—Pregúntaselo.
—Te lo pregunto a ti.
—Jacobo ni siquiera había nacido cuando Isabel se marchó.
—No hablo de haberlo visto.
—Su abuelo murió cuando él tenía veinte y tantos. Seguro que escuchó historias.
Inés cogió el pan.
Leonor la llamó antes de que llegara a la puerta.
—La hospedería no era de Eusebio.
—Ya sé. Compró parte del terreno de la cooperativa.
—No. Quiero decir que la casa grande era de la familia desde antes.
—¿Y el terreno?
—Eso sí vino después. Allí había una construcción pequeña pegada al almacén.
—¿Qué construcción?
Leonor frunció el ceño.
—Una cuadra, quizá. O un cobertizo.
—¿Formaba parte de la cooperativa?
—Creo.
—¿Y ahora?
—Ahora es el patio trasero de la hospedería.
Inés no dijo nada.
Leonor volvió al queso.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de haber encontrado un cadáver en un patio.
—No he encontrado nada.
—Mejor.
Inés salió.
El antiguo almacén de la cooperativa estaba a menos de diez minutos andando desde la plaza.
Inés no había vuelto allí en años.
No porque estuviera lejos. Porque ya no había motivo.
La construcción principal había sido dividida después del cierre. Una parte se convirtió en un garaje privado. Otra acabó incorporada a una pequeña vivienda. El extremo occidental desapareció detrás de sucesivas reformas.
La hospedería de Jacobo ocupaba la parcela contigua.
Desde la carretera apenas se notaba que alguna vez hubieran formado parte del mismo conjunto.
Inés se detuvo al otro lado.
No tenía intención de entrar.
Darío estaba hablando con Jacobo.
Los vio a través de la verja abierta de la hospedería.
Jacobo llevaba una camisa azul oscura y un chaleco. Darío sostenía una carpeta.
Inés consideró la posibilidad de dar media vuelta.
Era lo correcto.
También llegaba demasiado tarde.
Jacobo la había visto.
—Inés.
Ella levantó la barra de pan.
—Paseando.
Darío miró el pan.
—Por supuesto.
—No tienes el monopolio de esta calle.
Jacobo sonrió.
Parecía más cansado que la última vez que habían hablado.
—Darío me está contando las aventuras contables de mi abuelo.
—No exactamente —dijo Darío.
—Me está preguntando por ellas. Que es peor, porque no sé nada.
Inés se quedó junto a la verja.
—Entonces no interrumpo.
Jacobo hizo un gesto para que entrara.
Darío no pareció encantado.
Tampoco la echó.
El patio de la hospedería estaba vacío. En verano había mesas y macetas. En octubre quedaban dos bancos protegidos bajo un porche y unas sillas apiladas.
Al fondo, un muro separaba el terreno del antiguo almacén.
—Mi abuelo compró esa franja en el ochenta y uno —dijo Jacobo—. Eso es todo lo que sé.
—¿Conserváis papeles de la compra? —preguntó Darío.
—Mi madre quizá tenga algo. Escrituras seguro.
—Me interesan también documentos anteriores. Facturas, correspondencia, cosas de la cooperativa.
Jacobo soltó una risa breve.
—Mi abuelo no conservaba cartas de amor, imagina facturas.
—Algunas personas conservan más facturas que cartas de amor —dijo Inés.
Darío la miró.
—¿Qué?
—Nada.
Jacobo metió las manos en los bolsillos del chaleco.
—¿Todo esto tiene que ver con Félix?
Darío respondió:
—Estamos reconstruyendo en qué estaba trabajando.
—Eso ya lo habéis dicho.
—Sigue siendo cierto.
—Y mi abuelo aparece.
—Su abuelo estuvo en la junta de la cooperativa.
—Junto a medio pueblo.
—Sí.
Jacobo no parecía asustado.
Parecía irritado.
A Inés le pareció una diferencia importante.
—¿Félix habló contigo sobre esto? —preguntó Darío.
Jacobo tardó un instante.
—Sobre la cooperativa, sí.
Darío no cambió de postura.
—¿Cuándo?
—Hace unas semanas.
—¿Por qué no lo mencionó cuando hablamos después de la muerte?
—Porque me preguntaste cuándo lo había visto por última vez, no por cada conversación que hemos tenido en nuestra vida.
La respuesta recordó demasiado a algunas de Inés durante los primeros días.
No le gustó reconocerlo.
—¿Qué quería Félix? —preguntó Darío.
—Saber cuándo compró mi abuelo el terreno.
—¿Se lo dijo?
—Le dije ochenta y uno. Luego comprobé que era correcto.
—¿Algo más?
—Preguntó cuánto había pagado.
—¿Lo sabía?
—No.
Jacobo caminó hasta uno de los bancos.
—También preguntó si mi abuelo había hecho obras aquí antes de comprar la parcela.
—¿Y?
—Ni idea. Yo era un niño.
—¿Le molestaron las preguntas?
Jacobo se volvió.
—Me molestaba Félix.
La sinceridad sorprendió a Inés.
—Le tenía cariño —añadió—, pero podía preguntar lo mismo cinco veces de cinco maneras distintas hasta que empezabas a sospechar de tu propia fecha de nacimiento.
Eso también era cierto.
—¿Discutieron? —preguntó Darío.
—No.
—¿Está seguro?
Jacobo soltó el aire.
—Le dije que dejara de buscar una historia oscura detrás de cada escritura. Si eso cuenta como discusión, discutimos.
Darío anotó.
Jacobo miró a Inés.
—¿También estás metida en esto?
—No sé qué significa estar metida.
—Entonces sí.
Ella no contestó.
—Mi madre está bastante alterada —continuó Jacobo—. Alguien le ha contado que el abuelo robó dinero.
—¿Quién?
—No me lo ha dicho.
Inés pensó en el ultramarinos.
Jacobo siguió:
—Tenía diez años cuando Isabel se fue y empezó todo aquello. No sabe qué pasó. Pero ahora recibe llamadas de una prima preguntando si van a salir cosas en los periódicos.
Darío cerró la carpeta.
—Nadie le ha acusado de nada.
—Todavía.
La palabra sonó distinta en boca de Jacobo.
No desafiante.
Preocupada.
—Solo necesito encontrar documentos —dijo Darío.
—Busca lo que quieras. Si mi madre conserva algo, te lo doy.
—Gracias.
Jacobo miró hacia el muro del fondo.
—El abuelo hizo muchas cosas mal. Eso sí lo sé. Era capaz de enemistarse con cualquiera por veinte duros. Pero de ahí a convertirlo en ladrón…
No terminó.
Darío guardó el bolígrafo.
—Nadie ha dicho eso.
Jacobo asintió.
Cuando Inés salió con Darío, esperó hasta alejarse de la verja.
—No parece culpable.