Capítulo 8 — Las cuentas del almacén
Las cuentas del almacén
A las ocho y cuarenta del domingo, Darío llegó al taller con cuatro carpetas de copias y una petición concreta: quería que Inés examinara varios justificantes desde el punto de vista material.
Los originales seguían bajo custodia. Sobre la mesa solo habría reproducciones.
—Podías haber esperado a que abriera el ayuntamiento —dijo Inés mientras apartaba una caja de fotografías.
—Aquí tiene mejor luz y el material que usa para comparar documentos.
Inés señaló la taza que llevaba en la mano.
—Eso se queda en el alféizar.
Darío obedeció.
—Son copias.
Tres carpetas procedían del ayuntamiento. La cuarta contenía reproducciones de documentos localizados en Salamanca relacionados con la antigua cooperativa.
Anselmo apareció desde el cuarto trasero, comprobó que había un desconocido ocupando demasiado espacio y se quedó junto a la puerta.
Darío lo miró.
—Buenos días.
El gato siguió andando.
—Creo que ya confía en usted —dijo Inés.
—Lo noto.
Darío abrió la primera carpeta.
—Ayer revisamos todos los pagos que hemos podido reconstruir entre finales de 1972 y el cierre de la cooperativa.
—¿Y?
—Encontramos algo que quiero que vea.
Sacó una tabla preparada por Núñez.
Fechas.
Cantidades.
Conceptos.
Personas que habían autorizado cada operación.
Inés se sentó.
Había diecisiete pagos señalados.
—¿Por qué estos?
—Porque son los que Félix había marcado en los documentos que sobrevivieron fuera de la caja catorce.
—¿Sabemos que los marcó él?
—La letra es suya y Celia reconoce el lápiz rojo que utilizaba en el archivo. No es una pericial caligráfica, pero para trabajar nos sirve.
Inés recorrió las fechas.
Varias correspondían a meses en los que Isabel todavía vivía en Valdebrisco.
Otras eran posteriores.
—Hay más después de junio de 1973 de lo que parecía.
—Sí.
—Entonces las irregularidades no terminaron cuando se marchó.
—Las operaciones que Félix consideraba sospechosas no terminaron.
Darío había aprendido a colocar cada palabra como si alguien pudiera recurrirla.
Inés ya empezaba a acostumbrarse.
Señaló una columna.
—¿Qué significa N, A y E?
—Firmas. Nicasio Mena, Aniceto Tovar y Eusebio Riaza.
—Aquí faltan muchas.
—No todos autorizaban todos los pagos.
Inés recorrió la tabla otra vez.
Al principio no vio nada.
Después cogió un lápiz.
—¿Puedo escribir?
—En la copia.
Marcó una línea.
Luego otra.
Cinco de las operaciones posteriores a la marcha de Isabel llevaban las mismas dos iniciales.
N y E.
Nicasio Mena.
Eusebio Riaza.
—Aniceto no aparece.
—En esas cinco, no.
—¿Y en las anteriores?
—En algunas sí.
Inés siguió mirando.
—¿Nicasio era tesorero durante todo el periodo?
—Hasta principios del setenta y cuatro.
—¿Eusebio?
—Vocal de la junta. También se encargaba del almacén durante una temporada.
—Eso no lo sabía.
—Ramiro tampoco parecía recordarlo.
—¿O no quería?
Darío no respondió.
Inés dejó el lápiz.
—¿Qué tenían en común estos cinco pagos?
Darío abrió otra carpeta.
—Todos estaban relacionados con el almacén.
Reparaciones.
Materiales.
Transporte.
Una instalación eléctrica.
Mantenimiento.
—Y al final Eusebio compró parte del terreno —dijo Inés.
—Años después.
—Ya sé.
Darío le pasó dos copias.
—Esto es lo que quiero que mire.
Eran justificantes de gasto.
Uno de abril de 1973.
Otro de noviembre.
Distintas cantidades.
Distintos conceptos.
Inés leyó.
El primero correspondía a material para reparar el tejado.
El segundo, a trabajos de acondicionamiento interior.
—¿Qué buscas?
—No lo sé. Félix los había separado.
Inés cogió una lupa de mano.
Darío se apartó para dejarle sitio.
Las copias eran malas. En una de ellas se había perdido parte del margen y el contraste estaba demasiado alto.
—Necesitaría los originales.
—Uno no aparece. Del otro tenemos una fotografía.
Darío abrió el móvil y amplió una imagen.
Inés examinó primero la disposición.
Después las letras.
No había membrete.
El justificante se había preparado sobre un formulario sencillo.
Concepto.
Cantidad.
Fecha.
Recibí.
Una firma ilegible.
—¿Quién emitió esto?
—No consta.
—¿Cómo pagaban casi cincuenta mil pesetas sin poner a quién?
—Esa es una de las preguntas.
Inés amplió el segundo documento.
También sin proveedor.
—¿Todos son así?
—No. Algunos identifican empresas o particulares.
—¿Y los que no?
—Casi todos son gastos del almacén.
Aquello era más interesante.
Inés volvió a mirar la fotografía.
—¿Tienes imágenes de más recibos?
Darío abrió una carpeta digital.
Había ocho.
Inés los revisó despacio.
No buscaba contenido. Miraba formas.
La inclinación de los números.
El espacio entre campos.
La posición de las palabras.
En cuatro documentos, la letra «e» aparecía ligeramente más alta que el resto cuando estaba mecanografiada.
—Amplía este.
Darío lo hizo.
—Ahora el de noviembre.
Los colocó uno junto al otro.
La misma «e».
También una «a» que golpeaba con menos intensidad en el lado izquierdo.
—Están escritos con la misma máquina.
—¿Está segura?
—Bastante.
—¿Eso es raro?
Inés apoyó la lupa.
—Depende. Si los recibos los preparaba la propia cooperativa, no.
—Según las actas, debían entregarlos los proveedores.
—Entonces sí.
Darío buscó otra fotografía.
—Este es de un comerciante de Salamanca identificado por nombre.
La mecanografía era distinta.
Inés revisó los cuatro documentos problemáticos.
—No puedo demostrarte que sean falsos. Puedo decirte que probablemente se escribieron con la misma máquina.
—¿La del despacho de la cooperativa?
—Necesitaríamos compararla.
Darío sonrió con cansancio.
—La máquina no sobrevivió.
—Qué poca consideración.
—Han pasado cincuenta años.
Inés volvió al primer justificante.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Los cuatro usan el mismo papel.
—¿Cómo puede saberlo por fotografías?
—No puedo saber la composición. Pero mira el borde superior.
Darío amplió.
Había una pequeña irregularidad, como un corte imperfecto.
—Podían pertenecer al mismo bloc.
—Eso parece.
—¿Y?
—Cuatro supuestos pagos a personas distintas, en fechas separadas por meses, documentados con hojas parecidas y mecanografiados en la misma máquina.
Darío tomó notas.
—Félix pudo darse cuenta.
—Félix no necesitaba saber de conservación para verlo. Solo ponerlos juntos.
—Y los puso juntos.
Inés dejó la lupa.
La caja catorce había empezado a adquirir contenido aunque siguiera desaparecida.
—¿Cuánto suman?
Darío consultó la tabla.
—Los cuatro, ciento ochenta y siete mil cuatrocientas pesetas.
Inés silbó.
—¿Era mucho?
—He preguntado. Bastante para una cooperativa de ese tamaño.
—¿Y todos autorizados por Nicasio y Eusebio?
Darío negó.
—Tres por los dos. El cuarto solo lleva la firma de Nicasio como tesorero.
—Entonces tampoco podemos convertir a Eusebio en culpable.
—Me ahorra tener que decirlo.
Inés volvió a leer los nombres.
—¿Nicasio tuvo familia aquí?
—Sí. No vive ninguno de sus hijos en Valdebrisco. Uno murió. Otra vive fuera. Ya estamos localizándola.
—¿Y Eusebio?
Darío cerró la carpeta.
—Eusebio murió en 1999.
—No era eso lo que preguntaba.
—Sé lo que preguntaba.
Inés esperó.
Darío recogió la taza del alféizar.
—Hoy quiero hablar con Jacobo.
El nombre quedó sobre la mesa sin necesidad de subrayarlo.
—¿Por la hospedería?
—Por su abuelo.
—¿Vas a decirle lo que estamos buscando?
—Lo necesario.
Inés miró los cuatro recibos.
—¿Puedo ir?
—No.
—Era previsible.
—Y aun así ha preguntado.
—Podría conocer algo sobre la historia de la familia.
—Entonces después le preguntaré qué conoce usted.
Anselmo saltó a una silla vacía.
Esta vez lo hizo sin problemas.
Inés recogió la tabla antes de que el gato decidiera explorarla.
—Si Félix encontró estos recibos, entendió que Isabel tenía razón en algo.
—En que había operaciones que no podía haber realizado.
—Y quizá entendió quién las hizo.
Darío se puso la chaqueta.
—Eso todavía no está en ningún papel que tengamos.
—Porque el papel que tenía puede estar en la caja catorce.
—Exacto.
Antes de salir se detuvo.
—Una cosa más.
Inés esperó.
—La ausencia de la caja ya consta como posible sustracción. Núñez ha vuelto a hablar con las personas que estuvieron cerca del archivo entre el lunes y el martes.
—¿Alguien vio algo?
—Tal vez.
—Darío.
—Un vecino oyó la puerta trasera del callejón alrededor de las once de la noche.
Inés dejó de ordenar los papeles.
—¿El lunes?
—Sí.
—La noche antes de encontrar a Félix.
—Sí.
—¿Vio a alguien?
—No.
—¿Está seguro de la hora?
—No demasiado. Se había acostado y miró el reloj más tarde.
—Entonces puede equivocarse.
Darío abrió la puerta.
—Puede.
Inés estuvo a punto de sonreír.
La palabra ya no la irritaba tanto.
—¿La puerta trasera es la del almacén pequeño?
—Sí.
—Estaba cerrada cuando Anselmo pasó por allí por la mañana.
Darío se volvió.
—¿Cómo lo sabe?
—Lo seguí después. La probé.
—Eso no me lo había contado.
—No sabía que importara.
Darío la observó con una expresión que Inés conocía.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Estabas a punto.
—Solo estaba recordando nuestra conversación sobre contarme las cosas antes de decidir si importan.
—La próxima vez te informaré de cada pomo que toque.
—Con los relacionados con una muerte me basta.
Se marchó.
Inés cerró la puerta detrás de él.
Anselmo había ocupado su silla.
—Tú tampoco ayudas.
El gato empezó a lavarse una pata.
A las once y media, Inés cruzó la plaza para comprar pan.
Había decidido que aquello no constituía una visita a Leonor.
Entró en el ultramarinos, cogió una barra y la puso sobre el mostrador.
—Una barra.
—Ya veo.
Leonor estaba cortando queso.
—¿Algo más?
—No.
—Muy bien.
Pesó el pan.
Inés sacó dinero.
Leonor envolvió el queso que tenía delante.
Ninguna habló.
—¿Qué sabes de Eusebio Riaza? —preguntó Inés.
Leonor levantó una ceja.
—Eso no venía con el pan.
—Cobra aparte.
—Eusebio.
Dejó el cuchillo.
—Trabajador. Mandón. De esos hombres que creen que si hablan más alto la mesa les pertenece.
—¿Te caía mal?
—A mí me caía mal medio pueblo a los veinte años.
—¿Y a los setenta?
—He ampliado el porcentaje.
Inés sonrió.
—Estuvo en la cooperativa.
—Sí.
—Se ocupaba del almacén.
—Durante bastante tiempo.
—¿Tenía relación con Nicasio Mena?
Leonor la miró con más atención.