Capítulo 7 — Después de Isabel #3
—Eso sí ocurrió.
La forma sencilla en que lo dijo sorprendió a Inés.
Darío continuó:
—Pero una injusticia no nos dice quién la provocó.
Inés miró las firmas.
Nicasio Mena.
Aniceto Tovar.
Dos nombres más.
Eusebio Riaza no estaba.
—Ramiro sabía esto.
—No necesariamente.
—Su padre firmó.
—Su padre. No Ramiro.
—Y le pidió que callara.
Darío apoyó un dedo junto al nombre de Aniceto.
—Eso quiero hablarlo con él.
—¿Ahora?
—Sin usted.
—Empiezas a estropear una relación profesional muy prometedora.
—Sobreviviré.
Celia se levantó y estiró la espalda.
—Antes de que os vayáis, hay una cosa más.
Fue hasta un armario pequeño y regresó con una carpeta que había separado durante la mañana.
—No sé si importa.
—Eso empieza a ser la frase oficial de esta investigación —dijo Inés.
Celia ignoró el comentario.
Sacó una copia de una escritura relacionada con la liquidación de bienes de la cooperativa años después.
—El almacén acabó vendiéndose.
—¿A quién? —preguntó Darío.
—A varios compradores. Se dividió el terreno.
Pasó una página.
—Una parte la compró Nicasio Mena. Otra, una familia de fuera. Y otra…
Se detuvo.
Inés miró el documento.
Eusebio Riaza.
No dijo nada.
Darío tampoco.
Celia levantó los ojos.
—La antigua parcela de Eusebio forma parte hoy de la hospedería de Jacobo.
Inés sintió que el nombre adquiría de pronto un peso que no tenía por la mañana.
Darío reunió las copias.
—Eso ocurrió años después.
—Sí —dijo Celia.
—Y mediante una compraventa.
—Sí.
—Entonces, por ahora, es una propiedad que cambió de dueño.
Celia asintió.
Inés entendió la advertencia.
No había una flecha.
Ni siquiera una línea.
Solo un dato.
Lo dejó donde estaba.
Ramiro abrió la puerta de su casa después del segundo golpe.
No pareció sorprendido al ver a Inés.
Pareció cansado.
—Darío acaba de irse.
—Lo sé.
—Entonces vienes a comprobar si me ha detenido.
—No.
—Qué decepción para Leonor.
Inés no entró.
—He visto el acta de junio.
Ramiro apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Ya.
—Tu padre firmó que se cerrara la revisión.
—Sí.
—También te pidió que no defendieras a Isabel.
—Ya te lo conté.
—No me contaste que formaba parte de la junta que decidió dejar de investigar.
Ramiro miró hacia la calle.
—Porque a los veintitrés todavía no sabía qué había firmado mi padre en cada reunión.
—¿Y después?
—Después preferí no preguntar.
Aquello tenía más verdad que muchas de sus respuestas anteriores.
—¿Por qué?
Ramiro tardó poco esta vez.
—Porque si Isabel tenía razón, yo había hecho exactamente lo que ella me acusó de hacer.
—¿Qué?
—Elegir a mi familia.
Inés no encontró nada que responder.
Ramiro continuó:
—Cuando Félix empezó a mirar las cuentas, pensé que quería demostrar que mi padre había robado el dinero.
—¿Lo crees?
—No.
—¿Porque era tu padre?
—Porque lo conocía.
Inés notó la ironía antes que él.
Ramiro sonrió con amargura.
—Sí. Ya sé. El mismo argumento que usaba para decir que Isabel era inocente.
Se apartó de la puerta.
—Entra.
El taller de relojes estaba igual que la última vez.
Sobre la mesa había una fotografía boca abajo.
Inés reconoció el tamaño.
No pidió verla.
Ramiro se sentó.
—Mi padre podía ser cobarde. Podía proteger a sus amigos. Podía decirme que cerrara la boca porque no quería problemas. Todo eso lo creo.
—Pero no crees que robara.
—No.
—¿A quién protegía?
Ramiro se quedó mirando un reloj abierto.
—Eso es lo que nunca supe.
—¿Nunca preguntaste?
—Años después. Una vez.
—¿Qué dijo?
—Que remover aquello solo iba a hacer daño a gente que ya había sufrido bastante.
—¿A Isabel?
—No lo sé.
—¿A otra persona?
—No lo sé.
Inés se sentó frente a él.
—Félix encontró que las irregularidades continuaban después de que Isabel se marchara.
—Sí.
—Y documentos donde ella decía que había pagos hechos cuando no estaba.
Ramiro asintió.
—Darío me lo ha enseñado.
—¿Eso cambia algo para ti?
Ramiro miró la fotografía boca abajo.
—No.
—¿Nada?
—Yo ya creía que era inocente.
La respuesta era tan simple que Inés sintió vergüenza de haber esperado una revelación.
—Lo que cambia —añadió Ramiro— es que ahora puedo demostrar que tuve razón demasiado tarde.
Inés se levantó.
En la puerta, él habló otra vez.
—Félix me hizo una pregunta la semana pasada.
—¿Cuál?
—Preguntó quién tenía más que perder si se demostraba que Isabel fue utilizada para cerrar el asunto.
—¿Qué respondiste?
Ramiro sonrió sin alegría.
—Que medio pueblo.
Al volver al taller, Inés encontró a Anselmo dormido delante de la puerta.
No sabía cómo había bajado las escaleras del ayuntamiento.
Tampoco preguntó.
Abrió.
El gato entró antes que ella.
La tarde había empezado a oscurecer y la temperatura había caído lo suficiente para que Inés encendiera el radiador sin esperar ninguna protesta felina.
Se sentó a la mesa.
No sacó inmediatamente el cuaderno.
Dejó junto a la lámpara las copias que había traído del ayuntamiento.
Abrió el cuaderno por una página en blanco.
Durante un rato no escribió nada.
Al final anotó una sola palabra:
Almacén.
Anselmo se estiró junto al radiador y volvió a dormirse.
Inés cerró el cuaderno.