Capítulo 7 — Después de Isabel #2
No había hecho falta un juez para borrar a Isabel.
Había bastado una historia suficientemente cómoda.
—¿Y el «187 — NO»?
—Eso ocurrió mucho después —dijo Darío—. En los noventa.
—Pero alguien trasladó aquella historia al proyecto.
—Sí.
Inés miró la hoja de septiembre.
—Cuando ya había documentos que la ponían en duda.
—También.
Eso era más difícil de aceptar que un error.
Encontraron la primera referencia directa a Isabel cerca del mediodía.
No estaba donde ninguno esperaba.
Celia revisaba correspondencia municipal relacionada con la liquidación de la cooperativa cuando sacó un sobre pequeño, amarillento, sin sello.
—Esto está mal archivado.
—Bienvenida al mundo de Félix —dijo Inés.
—Esto es del ayuntamiento, no de Félix.
—Entonces retiro el comentario.
Dentro había una copia carbón de una declaración.
Inés reconoció el tipo de papel antes de leer una sola palabra.
El original había sido mecanografiado. La copia, fina y oscura, conservaba letras irregulares y zonas donde la presión de las teclas había sido insuficiente.
Fecha: abril de 1973.
La firmaba Isabel Doreda.
Inés acercó la hoja.
—¿Puedo?
Celia asintió.
El texto era breve.
Isabel negaba haber retirado dinero de la caja para uso personal y afirmaba que varias personas tenían acceso a las llaves, los libros y la documentación.
No daba nombres.
Sí mencionaba algo que ninguno de ellos conocía.
Solicité en dos ocasiones que se revisasen los justificantes de pagos efectuados en mi ausencia, sin que hasta la fecha se haya hecho dicha comprobación.
Inés señaló la frase.
—Pagos efectuados en mi ausencia.
Darío se acercó.
—Siga.
La línea siguiente estaba parcialmente borrosa.
No puedo responder de operaciones que no realicé ni anoté.
Después venían dos frases más sobre la entrega de documentación y su intención de dejar de colaborar con la cooperativa.
La firma.
ISABEL DOREDA.
Nada dramático.
Nada literario.
Precisamente por eso resultaba tan contundente.
—Félix había visto esto —dijo Inés.
Celia examinó una pequeña marca en la esquina.
Había una F a lápiz.
—Probablemente.
Darío tomó una fotografía del documento.
—¿Dónde estaba?
—Dentro de correspondencia de 1978.
—¿Por qué?
Celia soltó una exhalación.
—Porque alguien lo guardó mal hace cincuenta años.
Inés miró la copia.
—O bien.
Celia la fulminó con la mirada.
—No conviertas cada error de archivo en una operación clandestina.
—No iba a hacerlo.
Darío seguía mirando el texto.
—Esto cambia una cosa.
Inés esperó.
—Isabel no se limitó a negar la acusación cuando se fue. Había señalado problemas concretos antes.
—Y pidió que revisaran pagos hechos cuando ella no estaba.
—Sí.
—¿Lo hicieron?
—Aún no lo sabemos.
Celia buscó en la caja.
—Puede que haya respuesta.
Durante veinte minutos revisaron papeles.
No apareció.
Sí encontraron una referencia posterior a «comprobaciones internas», sin resultado adjunto.
Y otra reunión.
Mayo de 1973.
Aniceto Tovar firmaba.
Nicasio Mena también.
Eusebio Riaza no.
La ausencia de una firma no significaba nada.
Inés tuvo que recordárselo antes de que Darío lo hiciera.
A la una, Celia pidió comida.
No quiso que salieran con los documentos extendidos sobre la mesa, y ninguno tenía ganas de guardar todo para volver a empezar una hora después.
Llegaron bocadillos y café del bar de la plaza.
Comieron entre cajas.
A Inés le pareció una escena que Félix habría disfrutado demasiado: tres personas usando documentos históricos como límite para no manchar una mesa con aceite.
—No apoyes eso ahí —dijo a Darío.
Él levantó el bocadillo.
—Ni lo estaba haciendo.
—Lo estabas pensando.
Darío abrió la boca para responder.
Se detuvo.
—No voy a entrar en eso.
Celia sonrió.
El descanso aflojó algo en la habitación.
Hablaron durante unos minutos de Félix sin investigación de por medio.
Celia contó que una vez había llamado a la Diputación para denunciar la retirada de una piedra de un muro que, según él, formaba parte de un camino medieval. La piedra resultó ser un bloque de hormigón colocado en 1983.
—Nunca reconoció el error —dijo.
—Félix no cometía errores —respondió Inés—. Encontraba interpretaciones alternativas.
Darío bebió café.
—Ahora entiendo muchas cosas.
Inés le lanzó una servilleta.
Falló por bastante.
Anselmo apareció en la plaza cuando todavía estaban en el ayuntamiento.
Había pasado la mañana en una casa donde una mujer mayor dejaba una manta junto a una estufa de leña. La manta era buena. La mujer hablaba demasiado, pero no esperaba respuesta.
Al salir, encontró una plaza distinta de la habitual.
Había cajas cerca de la puerta del ayuntamiento.
Un hombre descargaba botellas.
Dos niños corrían alrededor de la fuente.
Anselmo evitó a los niños y se acercó al edificio.
La puerta estaba abierta.
Entró.
Nadie lo detuvo.
Subió tres escalones.
El cuarto era demasiado alto para hacerlo con comodidad.
Buscó otro camino.
No lo había.
Se sentó.
Desde arriba llegaban voces conocidas.
Inés.
Celia.
El hombre que aparecía demasiado en los últimos días.
Anselmo esperó.
Una mujer bajó la escalera y casi tropezó con él.
—Pero ¿qué haces ahí?
Lo cogió antes de que pudiera apartarse y lo dejó en el rellano superior.
Anselmo se sacudió.
La mujer siguió bajando.
Había conseguido lo que quería.
Caminó por el pasillo.
Encontró la puerta de la sala abierta.
Inés fue la primera en verlo.
—¿Cómo has subido?
Anselmo no se acercó.
Sobre la mesa había comida.
Eso era suficiente.
—Ni lo sueñes.
Darío miró al gato.
—¿También revisa archivos municipales?
—Solo si huelen a jamón.
Celia arrancó un trozo minúsculo de pan.
—No le des eso —dijo Inés.
—Es pan.
—Precisamente.
Anselmo decidió que ninguna de aquellas personas estaba entendiendo la situación.
Se sentó junto a la puerta.
Al cabo de un minuto, Celia dejó caer accidentalmente un fragmento de jamón.
Anselmo llegó antes de que tocara del todo el suelo.
—Ha sido sin querer —dijo Celia.
Inés no comentó la casualidad.
—Claro.
Anselmo comió.
Después recorrió la sala.
Había papeles.
Cajas.
Zapatos.
Olores de varias casas mezclados en las carpetas.
Nada de aquello justificaba permanecer allí.
Se marchó por el pasillo.
Al llegar a la escalera se detuvo.
Bajar era peor que subir.
Esperó.
Por la tarde apareció el documento que convirtió a Aniceto Tovar en algo más incómodo que una firma.
Era un acta de junio de 1973.
La reunión había tenido lugar pocos días después de que Isabel dejara oficialmente Valdebrisco.
El texto enumeraba deudas, pagos y problemas de la cooperativa.
En el último apartado figuraba una propuesta:
Se acuerda dar por cerrada la revisión relativa a las diferencias de caja correspondientes al ejercicio anterior, al no resultar posible determinar responsabilidades individuales con la documentación disponible.
Inés leyó la frase.
—No determinaron responsabilidades.
—Eso dice —respondió Darío.
—Entonces Isabel nunca fue declarada responsable ni siquiera por ellos.
—Correcto.
Más abajo:
Se recomienda evitar nuevas actuaciones que puedan perjudicar la imagen de la entidad y de sus asociados.
—Ahí está.
Celia dejó de revisar su carpeta.
—¿Qué?
—La decisión.
Inés señaló el párrafo.
—No querían seguir investigando.
Darío se inclinó sobre el documento.
—Eso no significa necesariamente que estuvieran ocultando a un culpable. Una cooperativa pequeña podía querer cerrar un problema que no conseguía aclarar.
—Y dejar que una mujer cargara con él.