Capítulo 7 — Después de Isabel
Después de Isabel
El sábado amaneció con una versión nueva de la muerte de Félix.
Según la primera, había resbalado.
Según la segunda, alguien lo había empujado.
La tercera, que Inés escuchó antes de las nueve de la mañana, incluía una discusión, documentos robados y una persona que había huido por la ventana trasera.
Aún no había llegado al taller cuando un hombre que barría la entrada de su casa le preguntó si era cierto que la Guardia Civil buscaba a alguien de fuera del pueblo.
—No.
—Eso me parecía.
Siguió barriendo.
Inés avanzó unos metros.
—¿Quién te lo ha dicho?
—No me acuerdo.
Por supuesto.
En el ultramarinos había cuatro personas alrededor del mostrador y ninguna parecía necesitar comprar nada con urgencia. Inés decidió no entrar.
Leonor la vio pasar a través del cristal.
Le hizo una seña.
Inés continuó andando.
La seña se volvió más enérgica.
Se detuvo.
Leonor salió sin abrigo.
—¿Adónde vas?
—A trabajar.
—Darío ha estado en el ayuntamiento desde las siete y media.
—Qué trabajador.
—Con Celia.
—Es alcaldesa. A veces hablan.
—También estaba Ramiro.
Eso sí consiguió que Inés dejara de mirar hacia su taller.
Leonor lo notó.
—Ah.
—No hagas «ah».
—No he hecho nada.
—Lo has hecho perfectamente.
Una clienta apareció en la puerta del ultramarinos con una bolsa de naranjas.
—Leonor, ¿esto cuánto era?
—Ahora voy.
Leonor regresó a la tienda.
Antes de entrar se volvió.
—Ramiro salió enfadado.
Inés levantó una mano.
—No quiero saberlo.
—Pues ya lo sabes.
La puerta se cerró.
Inés siguió caminando.
Esperó hasta llegar al taller para admitir que sentía curiosidad.
Darío llamó a las diez menos cuarto.
—¿Puede venir al ayuntamiento?
Inés apoyó el teléfono entre el hombro y la oreja mientras limpiaba una pequeña brocha.
—Esta semana estoy empezando a sospechar que tengo dos trabajos.
—Este no se lo voy a pagar.
—Entonces será breve.
—Eso depende de usted.
—¿Qué ha pasado con Ramiro?
Hubo una pausa corta.
—Veo que el sistema de comunicaciones local sigue operativo.
—Leonor.
—Eso explica la velocidad.
—¿Qué ha pasado?
—Venga.
Inés dejó la brocha.
—Cada vez se te da mejor conseguir que haga exactamente lo que quieres sin responder una pregunta.
—También estoy aprendiendo.
Cuando llegó al ayuntamiento, encontró a Celia en la sala de reuniones con dos cajas de documentos abiertas sobre una mesa.
Darío estaba junto a la ventana.
Ramiro ya no estaba.
—¿Dónde está? —preguntó Inés.
Celia ni siquiera necesitó preguntar a quién se refería.
—En su casa, supongo.
—¿Por qué estaba aquí?
Darío acercó una silla.
—Siéntese.
—Prefiero estar de pie.
—Como quiera.
Sobre la mesa había copias de actas, hojas mecanografiadas, recibos y varios documentos de tamaño desigual.
Celia señaló una de las cajas.
—Encontramos esto en el archivo municipal.
—¿De la cooperativa?
—No exactamente. Son papeles que la cooperativa presentó al ayuntamiento durante años. Solicitudes, inventarios de bienes, permisos, alguna liquidación.
Inés se acercó.
—¿Y Ramiro?
Darío abrió una carpeta.
—Lo llamé porque su padre aparece varias veces.
Inés recordó la conversación con Leonor.
Aniceto Tovar.
Miembro de la junta.
Ramiro había dicho que su padre le ordenó no intervenir cuando acusaron a Isabel.
—¿Y se enfadó por eso?
—Se enfadó porque le pregunté por determinadas firmas.
—¿Qué firmas?
Darío le pasó una fotocopia.
Era un acta fechada en febrero de 1973.
La cooperativa reunía a productores y pequeños propietarios de Valdebrisco y otros pueblos cercanos. La mayor parte del texto trataba asuntos ordinarios: compras, pagos pendientes, reparación de un almacén, dos socios que debían cuotas.
En la parte inferior figuraban cinco firmas.
Inés reconoció tres apellidos.
Nicasio Mena.
Aniceto Tovar.
Eusebio Riaza.
Los otros dos nombres no le dijeron nada.
—¿Qué tengo que mirar?
—La fecha —dijo Darío.
Veintiséis de febrero de 1973.
—Isabel seguía aquí.
—Sí.
—¿Y?
Darío colocó otro documento al lado.
Misma cooperativa.
Octubre de 1973.
Cuatro de las cinco firmas se repetían.
Faltaba una de las personas del primer documento.
Los apellidos conocidos seguían allí.
—Isabel ya se había marchado —dijo Inés.
—Eso creemos. La baja del padrón es de junio.
—Entonces sí.
Darío sacó una tercera hoja.
Diciembre de 1973.
Una relación de pagos.
Había varias cantidades mecanografiadas y correcciones a mano.
Una estaba señalada por Félix con lápiz rojo.
48.750 ptas. — material / reparación almacén.
Al lado, una referencia a un justificante.
—¿Qué tiene esto?
—Buscamos el justificante.
—¿Y?
Celia respondió:
—No existe en la documentación municipal.
—Eso no significa que no existiera en la cooperativa.
—No.
Darío señaló la anotación de Félix.
Debajo había escrito:
¿Mismo concepto que abril?
Inés buscó abril entre las copias.
Lo encontró.
Otra cantidad.
46.200 ptas. — reparación almacén.
—Dos reparaciones.
—Puede ser —dijo Darío.
—¿Se reparó dos veces?
—No lo sabemos.
Celia abrió una carpeta distinta.
—El almacén aparece en una inspección de 1974 con problemas en el tejado. Eso es todo lo que he encontrado.
—Entonces quizá lo repararon mal.
—También puede ser.
Inés miró a Darío.
Él no reaccionó.
La palabra puede había pasado a formar parte del mobiliario.
—¿Esto era lo que Félix enseñó a Ramiro?
—Ramiro cree que sí. No está seguro de que fueran exactamente estas páginas.
Inés volvió a las fechas.
—Pero ambas cantidades son posteriores a la marcha de Isabel.
—La segunda sí.
—Y Félix pensaba que estaban relacionadas.
Darío indicó otra hoja.
—Aquí empieza lo interesante.
Era una relación anual presentada en enero de 1974.
Los gastos de mantenimiento del almacén no coincidían con la suma de los pagos parciales.
No por mucho.
Pero no coincidían.
—Hay menos —dijo Inés.
—Once mil ochocientas pesetas menos.
—¿Error de cálculo?
—Puede ser.
Darío levantó las manos.
—Esta vez tenía que decirlo.
Celia estaba revisando otro expediente.
—En aquellos años hay errores por todas partes. Cantidades copiadas mal, facturas sin fecha, números que cambian entre un documento y otro. Si alguien intenta reconstruirlo como si fuese una contabilidad moderna, se va a volver loco.
—Félix estaba dispuesto a intentarlo —dijo Inés.
—Félix tenía tiempo.
La frase hizo que Celia se detuviera.
—Tenía —repitió, más bajo.
Nadie añadió nada.
Inés tomó la copia de octubre.
—¿Quién autorizaba los pagos?
Darío señaló la parte inferior.
—Según las actas, dos personas de la junta y el tesorero.
—Nicasio Mena era el tesorero.
—Sí.
—¿Y las otras dos?
—Variaban.
Inés buscó las firmas de aquella fecha.
Aniceto Tovar.
Eusebio Riaza.
Volvió a dejar el papel.
—Tres familias.
—Tres hombres —corrigió Darío—. No empiece a investigar apellidos completos.
—No estaba haciéndolo.
—Bien.
Celia levantó la vista.
—Tiene razón en eso.
Inés se volvió hacia ella.
—¿En qué?
—En que esto puede ponerse feo muy rápido si empezamos a decir «los Tovar», «los Riaza» o «los Mena». La mitad de las personas que llevan esos apellidos ni siquiera habían nacido.
—Nadie está acusando a sus nietos.
—Todavía.
Inés entendió el miedo de Celia un poco mejor.
En un expediente, Eusebio Riaza era un nombre escrito junto a una cantidad.
En Valdebrisco, Riaza era Jacobo, su madre, dos primos, una casa grande, una hospedería y una historia familiar que seguía andando por las calles.
Lo mismo ocurría con Tovar.
Y con muchos otros.
—¿Por qué se enfadó Ramiro? —preguntó.
Darío cerró una de las carpetas.
—Porque reconoce la firma de su padre en varios documentos y porque cree que estoy intentando convertirlo en responsable de algo.
—¿Lo estás haciendo?
—Estoy intentando saber qué hacía.
—¿Y qué hacía?
—Estaba en la junta.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces, de momento, sabemos lo mismo.
Inés apoyó las manos en el respaldo de una silla.
—¿Hay algo sobre la acusación contra Isabel?
Celia buscó en la segunda caja.
—Esto.
Le entregó una hoja mecanografiada.
No era un acta completa. Parecía una copia parcial de algún documento interno.
La fecha: marzo de 1973.
Inés leyó.
Se hacía referencia a «irregularidades detectadas en caja y apuntes auxiliares» y a la necesidad de revisar las operaciones realizadas durante los meses anteriores.
No aparecía el nombre de Isabel.
Sí una frase:
Se acuerda limitar temporalmente el acceso a documentación contable a los miembros designados por la junta.
—¿Quién tenía acceso antes?
—No lo dice —respondió Darío.
—Isabel, por lo menos.
—Sí.
—Y otros.
—Ramiro asegura que sí.
Inés siguió leyendo.
Al final figuraba la firma de Aniceto Tovar como secretario accidental de la reunión.
—Por eso estaba enfadado.
Darío no contestó.
—Su padre participó en la decisión.
—Participó en la reunión.
—Y después le dijo a Ramiro que no defendiera a Isabel.
—Eso sí lo ha dicho Ramiro.
—¿No te parece bastante?
Darío se sentó.
—Para explicar por qué Ramiro se siente culpable, sí. Para explicar quién cogió dinero hace cincuenta años, no.
Celia puso otro papel frente a Inés.
—Hay algo peor.
Era de septiembre de 1973.
Isabel ya llevaba meses fuera.
Una nota de revisión interna mencionaba nuevas diferencias entre caja y documentación.
Inés leyó la frase dos veces.
Persisten discrepancias pendientes de justificación correspondientes al tercer trimestre.
—Tercer trimestre —dijo.
—Julio, agosto, septiembre —respondió Celia.
—Isabel ya no estaba.
—No.
—Entonces sabían que seguían teniendo problemas.
Darío corrigió:
—Sabían que había discrepancias. No sabemos si tenían el mismo origen.
—Pero nunca corrigieron la acusación.
—No hemos encontrado ninguna acusación formal que corregir.
Aquello detuvo a Inés.
—¿Qué?
—No hay denuncia contra Isabel.
—Leonor dijo que la acusaron.
—Socialmente, puede ser. En los documentos que hemos visto no aparece una denuncia penal ni un expediente donde conste que ella fuera declarada responsable.
—¿Entonces de dónde salió la historia?
Celia se apoyó en la mesa.
—Del pueblo.
Nadie necesitó explicarlo.
Faltó dinero.
Isabel trabajaba con las cuentas.
Se marchó.
Cincuenta años hicieron el resto.
Inés pensó en los rostros junto a las puertas.