Capítulo 6 — La caída #3
—No, digo que funcionaba mal. Todo pasaba por demasiadas manos. Había dinero en efectivo, gente que pagaba tarde, compras sin factura... Aquello no era un banco.
—Entonces acusar a una sola persona tenía poco sentido.
Leonor se encogió de hombros.
—Cuando falta dinero, la gente encuentra sentido muy deprisa.
—¿Tú creíste que fue Isabel?
Leonor miró sus propias manos.
Aquella pregunta ya había aparecido antes, pero esta vez no se escondió detrás de otra.
—Sí.
Inés no esperaba una respuesta tan clara.
—¿Por qué?
—Porque se fue.
—Eso fue después de que la acusaran.
—Ya lo sé ahora.
—También lo sabías entonces.
Leonor levantó los ojos.
—Tenía diecinueve años. Isabel era orgullosa, discutía con todo el mundo y llevaba semanas diciendo que estaba harta del pueblo. Faltó dinero y se marchó. Era una historia fácil.
No se defendió.
—¿Cuándo empezaste a dudar?
—Mucho después.
—¿Por Teresa?
—Por mí.
Leonor pasó el pulgar por el borde de su bolso.
—Las historias fáciles empiezan a molestar cuando uno se hace viejo. Has visto demasiadas cosas como para seguir creyendo que la gente hace algo por una sola razón.
Inés volvió al trabajo.
—Ramiro la creyó.
—Ramiro estaba enamorado de ella.
—Eso no significa que estuviera equivocado.
—No.
Leonor se levantó.
—Tampoco significa que tuviera razón.
Cogió el bolso.
Antes de salir miró la cazuela.
—Calienta eso, no lo hiervas otra vez.
—Sí.
—Y dale de comer al gato algo decente.
—Tiene comida.
Leonor observó a Anselmo.
—Eso dices tú.
Se marchó.
Inés esperó a oír la puerta del ultramarinos al otro lado de la calle antes de sacar el cuaderno.
Escribió los nombres que Leonor había recordado.
Nicasio Mena.
Eusebio Riaza.
Aniceto Tovar.
Hombre de Miranda.
Después cerró el cuaderno.
Los nombres de 1972 empezaban a tener descendientes, casas y reputaciones todavía presentes en Valdebrisco.
Eso era peligroso de una manera que los documentos no mostraban.
Anselmo abandonó el taller al caer la tarde.
Había dormido más de lo habitual.
El frío le hacía buscar lugares calientes y el calor le hacía quedarse demasiado tiempo. Cuando despertó, el pueblo ya olía diferente.
Humo.
Cena.
Piedra mojada.
La sopa de Leonor.
Bajó de la silla con cuidado.
Inés estaba de espaldas.
Salió.
En la plaza había menos gente que otras tardes. El entierro había alterado horarios. El bar tenía clientes antes de lo normal. Una mujer que solía abrir una ventana al final de la tarde no la había abierto.
Anselmo atravesó la calle.
No todas las ausencias merecían detenerse.
Llegó hasta la casa de Ramiro.
La puerta estaba cerrada.
Normal a esa hora.
Pero Ramiro estaba sentado en el escalón lateral, bajo un pequeño tejadillo.
Eso no era habitual.
Anselmo se acercó.
Ramiro lo vio.
—Tú tampoco sabes cuándo dejar en paz a la gente.
Anselmo se sentó a cierta distancia.
Ramiro tenía algo en una mano.
Papel.
Una fotografía.
El viento levantó una esquina.
Ramiro la sujetó con dos dedos.
Anselmo esperó.
No había comida.
Al cabo de un rato se levantó para marcharse.
—Anselmo.
El gato giró una oreja.
—Ella te habría gustado.
El sonido no significó nada.
Ramiro soltó una risa pequeña.
—O quizá no. A Isabel no le gustaban los gatos.
Anselmo siguió su camino.
La noticia empezó a circular aquella noche sin que Inés supiera de dónde había salido.
A las siete y veinte, una clienta entró a recoger un marco y preguntó:
—¿Es verdad que Félix no se cayó?
Inés mantuvo la vista en el papel de envolver.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Nadie.
Eso significaba unas cinco personas.
—La Guardia Civil sigue investigando.
—Pero dicen que ahora es distinto.
Inés dobló el papel.
—La gente dice muchas cosas.
—Leonor no sabe nada.
—Eso sí que sería noticia.
La mujer se rió, recogió el paquete y se marchó.
A las siete y cuarenta llamó Celia.
—¿Se lo has contado a alguien?
—No.
—Pues alguien lo ha contado.
—¿Qué están diciendo?
—Que asesinaron a Félix.
Inés cerró los ojos.
—Darío no ha dicho eso.
—Ya sé que no lo ha dicho. Precisamente por eso estoy llamando.
—Yo no he sido.
—Te creo.
Aquello la sorprendió.
—Gracias.
—No era un cumplido. Si hubieras hablado con Leonor ya tendríamos tres versiones más interesantes.
La llamada terminó poco después.
Inés cerró el taller a las ocho.
Antes de apagar la luz, miró las notas del día.
Las cuentas continuaban después de que Isabel abandonara Valdebrisco.
Faltaban páginas antes de que Félix empezara su revisión.
Ahora faltaba también la caja completa.
Y Félix había sufrido una lesión que la caída no explicaba bien.
Hasta entonces había sido posible colocar cada anomalía en una historia distinta.
Un archivo mal organizado.
Una disputa de hacía cincuenta años.
Una ventana olvidada.
Un accidente.
Cada explicación seguía siendo posible por separado.
El problema era que ya no vivían por separado.
Inés guardó el cuaderno en un cajón y apagó la lámpara.
Al otro lado del cristal, las luces de Valdebrisco se encendían una a una.
Desde el martes había intentado averiguar qué quiso contarle Félix.
Antes de irse miró hacia la calle Alta. El archivo estaba a oscuras.
La silla volcada volvió a su memoria.