Capítulo 6 — La caída #2
Darío señaló una silla.
—Siéntese.
—Estoy bien.
—No era por comodidad.
Inés se sentó.
Núñez recogió algunas fotografías para dejar espacio.
Darío abrió una carpeta.
—Esta mañana hemos recibido un avance del informe forense.
Inés notó que estaba agarrando demasiado fuerte el asa del bolso.
Aflojó la mano.
—¿Y?
Darío pasó varias páginas.
—La caída explica la lesión mortal.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sí. Félix murió por el traumatismo craneal de la caída. La estimación sitúa la muerte entre las diez de la noche y la medianoche, con margen suficiente para no fijar una hora exacta.
Inés esperó.
Darío continuó:
—Hay algo que la caída no explica bien: dos lesiones recientes en la parte superior del brazo izquierdo.
—¿Qué clase de lesiones?
—Dos zonas de contusión. Por su distribución, no encajan bien con un golpe contra los escalones o la barandilla.
—¿Qué pudo causarlas?
—No pueden afirmarlo.
—Pero tienen una idea.
—Puede ser presión ejercida por una mano.
Inés miró las fotografías sin acercarse.
No mostraban el cuerpo.
Eran imágenes de la escalera.
—¿Alguien lo sujetó?
—Es una posibilidad.
—¿Antes de caer?
—Las lesiones son anteriores o prácticamente simultáneas a la caída. No se puede precisar mucho más.
Núñez, que hasta entonces había permanecido callada, intervino.
—También hemos revisado la ropa.
Darío le dejó continuar.
—El puño izquierdo de la camisa estaba deformado y uno de los botones apareció debajo de la mesa, no junto al cuerpo.
Inés intentó imaginar la habitación.
La mesa.
La escalera.
Félix.
—¿Podía haberse arrancado al caer?
—Podía —dijo Darío—. El problema es dónde apareció.
Sacó una fotografía.
El botón estaba marcado con un pequeño número amarillo junto a una pata de la mesa.
A cierta distancia de la escalera.
—¿Qué significa?
—Por sí solo, poco. Con lo demás, más.
Inés volvió a mirar a Darío.
No parecía satisfecho.
Tampoco sorprendido.
Parecía alguien a quien acababan de complicar un trabajo que ya tenía demasiadas piezas.
Inés esperó la conclusión.
Darío recogió la carpeta antes de continuar.
—No tengo una fotografía de alguien empujando a Félix. No tengo un testigo. Tampoco tengo todavía una prueba que me permita reconstruir exactamente qué ocurrió.
—Pero.
—Pero ya no voy a tratar esto como una caída accidental mientras no aparezca una explicación mejor.
La oficina parecía haberse quedado más fría.
Inés pensó que llevaba varios días esperando aquella frase.
Ahora que la tenía, habría preferido no escucharla.
—¿Estáis investigando un homicidio?
Darío eligió las palabras.
—Estamos investigando una muerte en la que puede haber intervenido otra persona.
—Eso suena a una forma muy larga de decir que sí.
—Es la forma correcta de decir lo que sabemos.
Núñez volvió a ordenar las fotografías.
Inés miró hacia la ventana de la oficina.
En la plaza, dos personas cruzaban cargadas con bolsas. Un hombre cerraba las contraventanas de una casa antes de marcharse. Nada había cambiado fuera.
—La caja catorce —dijo Inés.
—Ahora es más importante.
—Y las páginas.
—También.
—¿Por qué no me contaste esto antes?
Darío cerró la carpeta.
—Porque recibí el informe hace una hora y media. Después fui al entierro, pero no entré.
Eso explicaba por qué su coche no estaba allí.
—¿Por qué?
Darío se encogió ligeramente de hombros.
—No era el momento de hacer preguntas y no conocía a Félix lo bastante para fingir que iba por otra razón.
Era la respuesta más personal que Inés le había oído dar.
No comentó nada.
Darío se levantó.
—A partir de ahora necesito una cosa de usted.
—Ya sé. Que no investigue.
—No.
—Necesito que si recuerda algo sobre el archivo, Félix, las cajas, quién entraba y quién salía, me lo diga antes de empezar a comprobarlo por su cuenta.
Inés entendió lo que estaba pidiendo.
Darío señaló la puerta.
—Y no hable del informe.
—No pensaba hacerlo.
—Especialmente con Leonor.
—Eso es ofensivo.
—Es prevención.
Inés se levantó.
—Ramiro mencionó otra cosa.
—Félix había encontrado apuntes de la cooperativa posteriores a la marcha de Isabel.
—Eso sí me lo dijo.
—Si el dinero siguió desapareciendo cuando Isabel ya no estaba…
—No sabemos que siguiera desapareciendo.
—Había apuntes posteriores.
—Eso no es lo mismo.
Ella iba a discutir.
Se detuvo.
Inés asintió.
—No abuses.
Salió de la oficina.
En el pasillo encontró a Celia con una carpeta bajo el brazo.
La alcaldesa la miró.
—¿Qué haces aquí?
—Nada.
—No sabes mentir.
—Eso es una exageración.
Celia iba a preguntar algo más.
Inés bajó las escaleras antes de darle oportunidad.
No contó nada a Leonor.
Durante exactamente treinta y siete minutos.
No fue culpa suya.
Leonor entró en el taller con una cazuela.
—He hecho sopa.
—No tengo hambre.
—No es para ahora.
—Entonces mejor.
Leonor dejó la cazuela junto al fregadero.
Anselmo apareció desde el fondo del taller, donde Inés no sabía que estaba.
—Tú tampoco.
El gato olfateó el aire.
—Tiene cebolla —añadió Leonor.
Anselmo perdió interés.
Inés siguió trabajando.
Había elegido una tarea que exigía concentración: retirar restos de adhesivo de una fotografía montada sobre un cartón ácido.
Leonor miró alrededor.
No preguntó por Darío.
Tampoco por el archivo.
Eso duró casi un minuto.
—¿Qué quería la Guardia Civil?
—Hablar conmigo.
—Eso lo imaginaba.
Inés humedeció apenas un hisopo.
—Pues ya está.
Leonor se sentó.
—Ramiro se ha ido directo a casa después del entierro.
Inés no contestó.
—Ni siquiera ha pasado por el bar.
—Quizá no quería ir.
—Siempre va.
—La gente cambia de costumbres.
Leonor miró a Anselmo.
El gato se había instalado junto al radiador.
—No siempre por una buena razón.
Leonor no sabía nada de la lógica que ella había ido construyendo alrededor de Anselmo.
O quizá sí.
En Valdebrisco era difícil establecer esa frontera.
—¿Qué sabes de la cooperativa? —preguntó Inés.
Leonor se acomodó en la silla.
—¿Qué quieres saber?
Era una respuesta distinta a las anteriores.
Más sencilla.
—Quién llevaba las cuentas.
—Varias personas.
—Isabel.
—Sí.
—¿Quién más?
Leonor pensó.
No parecía ocultar nada esta vez.
—Eusebio Riaza estuvo una temporada. Aniceto Tovar ayudaba con papeles, pero creo que no tocaba caja. Estaba Nicasio Mena, que era tesorero. Y un hombre de Miranda que venía una vez por semana. No recuerdo el apellido.
Inés dejó el hisopo.
Eusebio Riaza.
No hizo nada con el nombre.
Ni siquiera lo apuntó todavía.
Era un apellido del pueblo. Nada más.
—¿Eusebio era el abuelo de Jacobo?
—Sí.
Leonor miró hacia ella.
—¿Por qué?
—Por nada. Estoy intentando entender cómo funcionaba.
—Mal.
—Eso ya lo había deducido.