La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 6 — La caída
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Capítulo 6 — La caída

La caída

Félix Orduña consiguió llenar la iglesia más de lo que había conseguido llenarla el santo patrón aquel verano.

Inés pensó que a él le habría divertido.

Llegó cinco minutos antes de la hora y encontró gente de pie junto a la entrada.

Algunos habían venido de pueblos próximos.

Otros, de Salamanca. Había antiguos alumnos, primos que Inés no recordaba haber visto nunca y dos hombres que discutían en voz baja sobre si Félix había tenido setenta y tres o setenta y cuatro años.

Tenía setenta y cuatro.

Inés no corrigió a nadie.

Leonor había reservado un sitio a su lado en uno de los últimos bancos.

—Aquí.

—Puedo sentarme donde quiera.

—Claro. Por eso te he guardado sitio.

Inés se sentó.

Leonor llevaba un abrigo negro que solo utilizaba en entierros y un bolso demasiado pequeño para todo lo que pretendía meter dentro. Pasó varios minutos buscando un pañuelo y acabó encontrándolo en una manga.

La iglesia olía a piedra húmeda, cera y ropa mojada.

Fuera había empezado a llover.

—Ha venido Ramiro —murmuró Leonor.

Inés no giró la cabeza.

—No estaba comprobándolo.

—Yo tampoco.

—Entonces estupendo.

Leonor guardó el pañuelo.

—Está tres filas delante.

Inés dejó que pasaran unos segundos antes de mirar.

Ramiro estaba solo, junto al pasillo. Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas y los ojos puestos en el suelo.

Más adelante vio a Celia.

Estela estaba cerca de una columna.

Teresa había elegido un extremo del banco desde donde podía marcharse sin pedir paso.

Darío no estaba.

Eso sí llamó su atención.

Esperaba verlo, aunque no tenía ninguna razón para ello.

El funeral empezó.

Inés escuchó poco.

Había conocido a Félix durante más de treinta años, tiempo suficiente para acumular una colección de recuerdos inútiles que ningún discurso podía ordenar.

Félix protestando porque alguien había escrito una fecha con bolígrafo sobre una fotografía.

Félix dormido durante una conferencia en Salamanca y negándolo después.

Félix entrando en el taller con una bolsa llena de papeles que aseguraba haber «salvado» de una casa donde iban a tirar un mueble.

También Félix atando una caja con demasiado cordel.

Aquel recuerdo volvía más que los otros.

Cuando terminó la ceremonia, la gente salió despacio.

La lluvia había disminuido, pero un viento frío bajaba por la calle y obligaba a cerrar paraguas antes de que se volvieran del revés.

Inés esperó bajo el pórtico.

Leonor se detuvo a hablar con una mujer de Béjar y quedó atrapada inmediatamente en una conversación sobre un sobrino que se había separado.

Ramiro salió solo.

Vio a Inés.

Durante un instante pareció considerar la posibilidad de seguir de largo.

No lo hizo.

—Hola.

—Hola.

Se quedaron bajo el mismo alero mientras la gente pasaba alrededor.

—Leonor me ha dicho que estuviste con Teresa —dijo Ramiro.

—Leonor debería cobrar por sus servicios.

—Probablemente ya cobra y no nos lo cuenta.

Inés miró hacia la plaza.

—Teresa me enseñó una fotografía.

Ramiro no necesitó preguntar cuál.

—Ya.

—Isabel y tú.

El viento empujó unas gotas hasta el pórtico.

Ramiro metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—Éramos jóvenes.

—Eso también se veía.

—No había mucho que hacer aquí entonces.

—Una explicación romántica.

Él sonrió apenas.

—Nunca fui bueno con eso.

La gente empezaba a dispersarse.

Inés esperó.

Ramiro sabía por qué seguía allí.

—Estuvimos juntos algo más de dos años —dijo—. Nadie lo consideraba un secreto.

—Ahora parece que sí.

—Ahora han pasado cincuenta.

—Cuando te pregunté si la creías, no respondiste.

Ramiro miró la lluvia.

—La creí.

Aquello salió sin resistencia.

—¿Desde el principio?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Isabel no era tonta.

Inés frunció el ceño.

—Eso no impide robar.

—No. Pero impide robar de aquella manera.

—¿Qué manera?

Ramiro se frotó el pulgar contra la costura del bolsillo.

—El dinero no desapareció de golpe. Fueron cantidades pequeñas durante meses. Apuntes mal hechos, pagos que no estaban donde tenían que estar, cosas así. Cuando alguien empezó a mirar en serio, faltaba bastante.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—Todo el mundo dice lo mismo.

—Porque nadie recuerda una cifra de hace medio siglo, Inés.

—Félix quizá sí.

Ramiro bajó la vista.

—Félix tenía los papeles.

—Ya no todos.

Él la miró.

Inés había decidido no contarlo.

Lo contó de todos modos.

—Falta la caja de la cooperativa.

Ramiro tardó un poco en reaccionar.

—¿Falta?

—No está en el archivo ni en casa de Félix.

—¿Desde cuándo?

—Eso intentamos averiguar.

Ramiro miró hacia la puerta de la iglesia. Un grupo de personas rodeaba a Celia.

—Félix me enseñó uno de los libros.

—¿Cuándo?

—Hace dos semanas.

Inés sintió que el frío se volvía más evidente.

—No dijiste nada de eso.

—Darío lo sabe.

—Yo no soy Darío.

—Exacto.

No había agresividad en la respuesta.

Ramiro simplemente lo consideraba una razón suficiente.

—¿Qué te enseñó?

—Una página. Dos, quizá.

—¿De cuentas?

—Sí.

—¿Qué había?

Ramiro negó lentamente.

—Números.

—Muy útil.

—No entiendo de contabilidad.

—Félix sí entendía lo suficiente.

—Félix creía entender de todo lo que llevaba más de veinte minutos leyendo.

Eso sonaba a alguien que lo había conocido bien.

Inés dejó pasar a un matrimonio que quería entrar de nuevo en la iglesia.

—¿Qué buscaba cuando te enseñó esas páginas?

—Me preguntó por un pago.

—¿A quién?

—No recuerdo el nombre.

Inés perdió la paciencia.

—Ramiro.

—Era un proveedor. O eso decía el libro. Félix quería saber si yo recordaba que la cooperativa comprara no sé qué material.

—¿Y lo recordabas?

—No.

—¿Nada más?

Ramiro permaneció unos segundos mirando el suelo.

—Había fechas que no tenían sentido.

—¿Por qué?

—Porque Isabel ya no trabajaba allí en algunas.

Inés sintió que algo se desplazaba.

—Explícalo.

—La acusaron porque llevaba parte de las cuentas y tenía acceso a los libros. Esa fue siempre la historia. Isabel había manejado el dinero, faltó dinero, Isabel se marchó.

—Pero los apuntes continuaban.

—Eso decía Félix.

—¿Después de que se marchara?

—Algunos.

Inés volvió a pensar en la caja catorce.

—Eso demostraría que no pudo hacerlo todo.

—Demostraría que había problemas después. No sé qué demuestra sobre lo anterior.

La cautela de Ramiro la sorprendió.

—¿Se lo dijiste a Félix?

—Sí.

—¿Y él?

—Se puso contento.

—¿Contento?

—Ya sabes cómo era. Encontraba una contradicción y parecía que le habían hecho un regalo.

Inés sí lo sabía.

Félix podía pasar semanas buscando algo que desmontara una frase escrita en una placa municipal.

—¿Te preguntó por alguna persona?

—Por varias.

—¿Quiénes?

Ramiro cerró la expresión.

No de golpe. Inés lo vio ocurrir.

—Gente que estaba en la cooperativa.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no necesitas que te haga una lista.

—Quizá sí.

—Habla con Darío.

Inés lo observó un momento.

—Sigues protegiendo a alguien.

Ramiro la miró con cansancio.

—No todo el que no quiere contarte algo está protegiendo a un asesino.

—No he dicho eso.

—Pero llevas días escuchando así.

La frase la hizo callar.

Ramiro tenía razón.

Había empezado a mirar cada vacilación como un hueco que debía rellenar.

Lo mismo que hacía con los documentos.

—¿Qué pasó entre tú e Isabel? —preguntó.

Ramiro pareció agradecer el cambio, aunque la pregunta no era más cómoda.

—Se fue.

—Eso ya lo sé.

—Y antes de irse me pidió que dijera lo que sabía.

—¿Qué sabías?

Ramiro apretó la mandíbula.

—Que había gente entrando en la oficina cuando ella no estaba.

—¿Quién?

—No vi a nadie robando.

—No te he preguntado eso.

Ramiro la miró.

Inés se dio cuenta de que acababa de caer otra vez en la misma forma de preguntar que llevaba días utilizando.

Probó de otro modo.

—¿Qué podías haber dicho entonces que la habría ayudado?

Él tardó bastante más.

—Que no era la única con acceso.

—¿Y no lo dijiste?

—No cuando importaba.

—¿Por qué?

Ramiro observó a un hombre que abría un paraguas al otro lado de la calle.

—Mi padre estaba metido en la cooperativa. No en las cuentas. En la junta. Me dijo que no me involucrara, que aquello era asunto de adultos y que Isabel ya había decidido marcharse.

—Tú también eras adulto.

—Tenía veintitrés años y todavía hacía lo que mi padre esperaba de mí.

No intentó justificarse.

Eso volvió la frase peor.

—¿Isabel supo que no hablaste?

—Sí.

—¿Te perdonó?

Ramiro dejó escapar una pequeña risa.

—No.

La respuesta tenía cincuenta años y todavía dolía.

Leonor apareció bajo el pórtico.

—Nos vamos al cementerio.

—Ya voy —dijo Inés.

Ramiro se apartó.

—Félix sabía todo esto.

—¿Lo de tu padre?

—Sí.

—¿Y lo de las cuentas posteriores?

—También.

Inés asintió.

Ramiro dio dos pasos y se detuvo.

—Una cosa.

Ella esperó.

—Cuando Félix vino a verme la última vez estaba convencido de que alguien había revisado esos libros antes que él.

—¿Qué significa eso?

—Que faltaban páginas.

El entierro terminó poco antes de la una.

Inés regresó andando al pueblo con Leonor.

No hablaron de Ramiro.

Leonor habló del sacerdote, de las flores, de que Celia había elegido mal el lugar para dejar las coronas y de una mujer que había viajado desde Valladolid y a quien nadie conseguía identificar.

Inés respondió cuando era necesario.

Las páginas arrancadas ocupaban demasiado espacio en su cabeza.

Al llegar a la plaza vio el coche de Darío.

Estaba aparcado frente al ayuntamiento.

—Tengo que hacer una cosa —dijo.

Leonor la miró.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

Inés decidió no entrar en la trampa.

Darío estaba en una oficina del piso bajo con Núñez.

La puerta permanecía abierta.

Inés llamó al marco.

—¿Puedo?

Darío levantó la vista.

No llevaba chaqueta. Tenía las mangas de la camisa remangadas y varias fotografías extendidas sobre la mesa.

—Depende.

—Ramiro dice que faltaban páginas de los libros de la cooperativa antes de que Félix muriera.

Darío apoyó el bolígrafo.

Núñez miró hacia él.

—Entre.

Inés entró.

Aquello ya era diferente.

—¿Se lo había contado?

—No con esas palabras.

—¿Qué te dijo?

—Que Félix sospechaba que el archivo de la cooperativa estaba incompleto.

—¿Y eso no te pareció importante?

—Me pareció una de las doce cosas importantes que me han contado desde el martes.