Capítulo 5 — La caja catorce #3
—Ayer dijiste que construyó otra vida —dijo Inés.
—Porque la construyó.
Teresa pasó una mano por el sobre.
—Cuando se fue, aquí se quedó convertida en una historia de tres frases: faltó dinero, señalaron a Isabel, Isabel se marchó. Fuera de aquí tuvo cuarenta años que no tienen nada que ver con eso.
Inés dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Por qué me enseñas esto ahora?
—Porque ayer me enfadé contigo.
—Eso lo noté.
—Y después pensé que quizá estaba haciendo lo mismo que todos.
Teresa separó una hoja doblada del resto.
—Esto no se lo di a Félix.
Inés no se movió.
—¿Qué es?
—Una copia.
—¿De qué?
—De una carta que Isabel me escribió en 1997.
Teresa la abrió.
—No voy a dártela.
—No te la he pedido.
—Vas a leer solo una parte.
Inés esperó.
Teresa buscó el párrafo.
—Aquí.
Le pasó la hoja manteniendo dos dedos sobre el borde.
Inés leyó.
Isabel hablaba de la noticia de que en Valdebrisco estaban preparando «esas caras para las casas». La frase tenía un tono burlón. Después decía que Teresa podía entregar una fotografía suya si se la pedían.
La línea siguiente estaba subrayada a lápiz.
Pero no quiero que me pongan junto a la puerta de mi padre mientras siga escrito en algún papel que fui yo quien se llevó aquel dinero.
Inés volvió a leerla.
Más abajo había otra frase:
Si algún día quieren mi cara, que busquen primero las cuentas.
Inés apartó los ojos del papel.
—Félix no vio esto.
—No.
—¿Por qué?
Teresa recuperó la copia.
—Porque no quería darle permiso para convertir toda nuestra correspondencia en material de investigación.
—Pero sabías que Isabel aceptaba estar en los retratos si se aclaraba lo ocurrido.
—Sí.
—Y no se lo dijiste.
Teresa dobló el papel con cuidado.
—Se lo dije.
Inés esperó.
—No le enseñé la carta, pero se lo dije hace un mes.
—¿Qué respondió?
—Que entonces tenía una razón más para averiguar qué había pasado.
Teresa guardó la hoja.
—Por eso empezó a buscar las cuentas de la cooperativa.
La caja catorce.
Inés sintió el impulso de coger el teléfono.
No lo hizo todavía.
—¿Sabes qué contenía?
—No.
—¿Félix te habló de una caja?
—Me dijo que había encontrado libros de cuentas que no coincidían con la versión que se contó entonces.
—¿Qué no coincidía?
—No llegó a explicármelo.
—Teresa.
—No llegó a explicármelo porque yo no quise escucharlo.
No había desafío en su voz.
Aquello hizo que Inés se callara.
Teresa miró hacia la ventana.
—Le dije que si encontraba algo definitivo volviera. No quería hipótesis. No quería nombres a medias. Llevamos demasiados años con nombres a medias.
—¿Cuándo fue esa conversación?
—El lunes.
Inés recordó la visita de Teresa al archivo.
—Cuando fuiste a buscar las cartas.
—Sí.
—Entonces Félix ya estaba revisando las cuentas.
—Eso dijo.
—¿Mencionó a alguien?
Teresa movió la cabeza.
—No.
—¿Ningún apellido?
—Ninguno.
Inés observó las fotografías modernas de Isabel.
—Tengo que contárselo a Darío.
—Eso imaginaba.
—¿Te importa?
Teresa recogió las imágenes y las guardó una a una.
—Lo que me importa es que esas fotos no acaben impresas en un periódico junto a la palabra «ladrona».
—No tiene por qué ocurrir.
—Tú no puedes prometerme eso.
—No.
Teresa pareció agradecer que no lo intentara.
Antes de cerrar el sobre, sacó otra fotografía.
Era pequeña, en blanco y negro.
Isabel tendría unos veinte años.
Estaba sentada sobre un muro junto a un muchacho.
El muchacho miraba a cámara.
Isabel no.
Inés lo reconoció.
Ramiro Tovar.
Teresa volvió a guardar la fotografía antes de que Inés pudiera pedirla.
—Eso es asunto suyo.
—¿Eran pareja?
—Pregúntaselo a él.
—Lo hice.
—Entonces pregúntaselo mejor.
Inés se levantó.
—¿Por qué me estás ayudando?
Teresa alisó el sobre con la palma.
—No te estoy ayudando a ti.
No añadió nada más.
Esta vez Inés entendió perfectamente.
Darío recibió la información sobre la carta con menos entusiasmo del que Inés esperaba.
Hablaron frente al cuartelillo auxiliar que utilizaba la Guardia Civil cuando tenía que atender asuntos en la zona.
—Confirma que Félix buscaba documentación económica —dijo él.
—Y que lo hacía porque Isabel había puesto una condición para formar parte de los retratos.
—En 1997.
—Sí.
—Y que Teresa se lo contó hace un mes.
—Sí.
Darío anotó la fecha aproximada.
—Bien.
—Eso es todo.
Darío siguió anotando sin comentar la carta.
—La caja no está en casa de Félix.
La irritación desapareció.
—¿Habéis mirado?
—Dos veces. También el trastero.
—¿Y las tarjetas de préstamo?
—No.
—Entonces alguien se llevó la caja.
Darío dejó el bolígrafo.
—Entonces la caja no está donde hemos buscado.
Inés estuvo a punto de protestar.
Se contuvo.
—Vale.
Darío la observó.
Inés asintió.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Averiguar quién sabía que Félix estaba revisando esa documentación.
—Teresa.
—Teresa sabía que revisaba cuentas, no necesariamente dónde estaban.
—Estela sabía que buscaba material de los Doreda.
—Ya he hablado con ella.
—Celia le dio documentos.
—También.
Inés vio cómo el círculo crecía sin que ninguno de aquellos nombres significara demasiado.
—¿Ramiro?
Darío guardó la libreta.
—Hablaré otra vez con él.
—La fotografía de Teresa confirma que estuvieron juntos.
—¿Juntos cómo?
—Como pareja.
—¿Teresa lo ha dicho?
—Me dijo que le preguntara mejor.
—Eso no confirma nada.
—Había una foto.
—Una fotografía de dos personas juntas confirma que estuvieron juntas el tiempo suficiente para una fotografía.
Inés soltó el aire.
Empezó a caminar hacia el coche.
—Darío.
Él se volvió.
—La caja estaba allí hace poco.
—Probablemente.
—Félix la estaba usando.
—Eso parece.
—No está en su casa.
—Correcto.
Inés esperó.
Darío entendió lo que pretendía.
—No voy a decirlo por usted.
—No hace falta.
—Mejor.
Abrió la puerta del coche.
—Pero una cosa sí ha cambiado.
Inés aguardó.
—Hasta esta mañana solo sabíamos que Félix hacía preguntas sobre una historia antigua. Ahora sabemos que parte del material que estaba utilizando no aparece.
—¿Eso te preocupa?
Darío apoyó una mano en el techo del coche.
—Sí.
No desarrolló la respuesta.
Por una vez, Inés tampoco se lo pidió.
A esa hora Anselmo estaba en la parte trasera del archivo.
Había llegado por la calle de la Fuente, evitado a un niño que intentaba llamarlo y atravesado un pasadizo entre dos casas que apenas utilizaban las personas.
Antes podía subir el murete del final de un salto.
Ahora buscaba tres piedras salientes.
La primera.
Después la segunda.
En la tercera tuvo que detenerse.
Las patas traseras ya no obedecían con la rapidez de antes.
Esperó.
Volvió a intentarlo.
Esta vez llegó arriba.
Desde el murete descendió a un pequeño patio, atravesó una zona donde olía a leña húmeda y salió al callejón que pasaba detrás del archivo.
La ruta era más larga que cruzar la plaza.
También era más tranquila.
Anselmo la utilizaba cuando había demasiadas personas frente al ayuntamiento o cuando el perro pequeño del balcón estaba despierto.
Llegó hasta la ventana de Félix.
Cerrada.
Se sentó debajo.
Esperó un rato.
No ocurrió nada.
Rodeó el edificio.
La puerta principal también estaba cerrada.
Anselmo olfateó la madera, se apartó y caminó hasta el escalón donde Félix se sentaba algunas tardes con papeles sobre las rodillas.
No había Félix.
No había galletas.
Había un olor nuevo, traído por varias personas durante los últimos días, y otro más viejo que se debilitaba.
Anselmo se tumbó.
El suelo estaba frío.
Se levantó casi inmediatamente.
Continuó su ruta.
Inés regresó al taller al final de la tarde.
Había perdido prácticamente todo el día y la fotografía de boda seguía esperándola.
Trabajó hasta que la luz natural desapareció.
A las seis y media terminó la reintegración de la esquina. La reparación era visible si uno sabía dónde buscar, como debía ser. La fotografía seguía siendo vieja. Seguía teniendo pequeñas marcas, cambios de tono, una historia material que no pertenecía a Inés borrar.
Apagó la lámpara.
Pensó en la placa de Isabel que Estela había preparado.
En la fotografía de 2003.
En la carta de 1997.
En una mujer que había aceptado la idea de volver a una pared de Valdebrisco, pero no bajo la versión que el pueblo había conservado de ella.
Después pensó en la caja catorce.
Félix había encontrado algo en las cuentas.
Teresa sabía que las estaba revisando.
Celia sabía que investigaba los bienes de la cooperativa.
Estela sabía que quería recuperar el rostro de Isabel.
Ramiro había intentado convencerlo de que dejara el asunto.
Por separado, ninguna de aquellas cosas era extraña.
Juntas empezaban a dibujar una semana bastante ocupada para un hombre de setenta y cuatro años que, según medio pueblo, simplemente había resbalado en una escalera.
Inés abrió su cuaderno.
No escribió nombres.
Hizo una lista más sencilla:
Caja 14 — cooperativa, 1968–1974.
Félix la estaba revisando.
No está en el archivo.
No está en su casa.
Faltan también las tarjetas de préstamo.
Debajo añadió la frase de Teresa:
«Había encontrado libros de cuentas que no coincidían con la versión que se contó entonces.»
Leyó la página.
Luego cerró el cuaderno.
No sabía qué versión contaban aquellos libros ni quién tenía la caja.
La caja catorce seguía fuera de su estante, y Félix había estado trabajando en ella pocos días antes.