La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 5 — La caja catorce #2
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Capítulo 5 — La caja catorce #2

Félix había utilizado una hacía unos meses, cuando Estela se llevó varias fotografías para preparar una nueva reproducción. Había abierto el cajón, escrito el nombre de Estela y guardado el duplicado.

—En verano. Quizá julio.

—Tres meses.

—Más o menos.

Darío abrió el segundo cajón.

Lápices.

Clips.

Un metro plegable.

Nada amarillo.

—Puede haberlas cambiado de sitio.

—Puede.

Inés levantó ambas manos.

Inés asintió.

Revisaron los otros cajones.

Nada.

Núñez subió con una caja de documentos que habían separado durante la inspección. Tampoco había tarjetas.

Darío regresó abajo.

Inés se quedó unos segundos junto a la mesa.

Félix era desordenado de una manera muy concreta. Acumulaba, posponía, corregía encima de correcciones anteriores. Pero tenía ciertas manías que no negociaba.

Los préstamos eran una.

Una vez había perseguido durante dos semanas al párroco porque se había llevado un álbum parroquial sin firmar la tarjeta correspondiente. El álbum estaba a menos de cien metros del archivo y Félix sabía perfectamente dónde.

No había importado.

«Si mañana me muero, nadie va a saber dónde está.»

Inés cerró el cajón.

Recordaba aquella frase porque se había reído.

Ahora no tenía gracia.

Durante la hora siguiente encontraron tres posibles explicaciones para la caja catorce y ninguna servía demasiado.

Félix podía haberla llevado a casa.

Podía habérsela prestado a alguien sin registrar el préstamo.

Podía haber repartido su contenido entre otras cajas mientras trabajaba.

La primera opción quedó pendiente de comprobar.

La segunda chocaba con sus propias costumbres.

La tercera resultaba difícil de conciliar con el rectángulo de polvo y con la anotación «Revisión en curso» escrita junto a un único número.

Darío se negó a conceder más.

—Tenemos una caja fuera de su estante.

—Y el registro de préstamos ha desaparecido —dijo Inés.

—Tenemos un cajón vacío donde usted recuerda haber visto tarjetas hace tres meses.

—Las tarjetas estaban ahí.

—Le creo.

—No suena así.

—Le creo que estaban ahí en julio. No sé dónde estaban el lunes.

Celia hojeaba unos papeles en una esquina.

—Félix no tiraba nada.

—Tampoco he dicho que las tirara —respondió Darío.

Celia alzó la vista.

Celia volvió a los papeles que llevaba en la mano.

Darío dejó el inventario sobre la mesa.

—Voy a registrar la casa de Félix otra vez buscando específicamente la caja. También necesito las copias que le entregó, Celia.

—Las tendrás.

—Y una lista de personas que podían entrar aquí sin pedirle permiso.

Celia soltó una risa breve.

—Eso es media Valdebrisco.

—Empiece por la mitad más pequeña.

La alcaldesa abrió su carpeta.

—Félix tenía llave. Yo tengo otra. En el ayuntamiento hay una de emergencia.

—¿Quién accede a esa?

—Secretaría. Yo. El alguacil.

—¿Alguien más?

—En teoría, no.

—¿Y en la práctica?

Celia cerró la carpeta.

—En la práctica, durante años hemos tenido la mala costumbre de dejar llaves donde la gente sabe que están.

Darío dejó de escribir.

—Explíquese.

—No estoy diciendo que la llave del archivo estuviera debajo de una maceta. Pero Valdebrisco no es una comisaría. Si Félix necesitaba que alguien entrara a por una caja mientras él estaba fuera, podía dejar una copia en el bar o pedirle a alguien que abriera.

—¿A quién?

—A quien estuviera cerca.

—Eso ayuda muchísimo.

—Me preguntaste cómo funcionaba, no cómo debería haber funcionado.

Darío pareció aceptar la diferencia.

Inés miró hacia la ventana trasera.

Estaba cerrada.

El cierre era antiguo: dos hojas de madera y cristal con una falleba metálica. Desde dentro parecía fácil abrirla.

—¿Habéis mirado esto?

Darío ni siquiera giró la cabeza.

—Sí.

—¿Y?

—No hay marcas claras de fuerza.

—Entonces alguien la abrió desde dentro.

—O Félix la dejó abierta.

—Con el frío que hacía.

Darío guardó el bolígrafo.

—Ya hemos hablado de eso.

Inés se acercó a la ventana.

No la tocó.

Desde allí se veía el callejón trasero, estrecho y húmedo, y más allá un tramo de tejados.

—Si alguien salió por aquí…

—No sabemos que nadie saliera por aquí.

—He dicho «si».

—Entonces puede terminar la frase.

Inés midió la altura.

—No es cómodo.

—No.

—Pero cabe una persona.

—Sí.

Aquello la hizo volver la cabeza.

Darío asintió.

Darío ignoró el comentario.

—La ventana abierta es una anomalía. Eso no la convierte en una salida.

—Todavía.

Darío le sostuvo la mirada y después señaló la puerta principal.

—Vamos a dejar el archivo cerrado. Núñez terminará aquí.

—¿Y yo?

—Usted tiene una fotografía de boda esperándola.

Inés tardó en recordar de qué hablaba.

Inés recordó la fotografía de boda que había dejado sobre la mesa del taller.

Celia acompañó a Inés hasta la plaza.

No hablaron del archivo durante los primeros metros.

En una fachada frente a la iglesia, una de las placas estaba cubierta por una fina capa de humedad. La mujer retratada allí llevaba muerta más de cuarenta años y seguía mirando hacia una calle por la que probablemente había pasado miles de veces.

Celia se detuvo.

—No quiero que pienses que me da igual lo de Isabel.

Inés se metió las manos en los bolsillos.

—No lo pienso.

—Sí lo piensas.

—Celia.

—Me conoces desde hace treinta años.

—Más.

—Peor todavía.

Un camión pequeño pasó despacio y las obligó a acercarse a la pared.

Cuando desapareció, Celia continuó.

—Si Isabel fue acusada injustamente, quiero saberlo. Y si alguien decidió quitarla del proyecto por una cuestión personal, también. Pero hay una diferencia entre arreglar algo y prender fuego a todo lo que hay alrededor.

Inés miró la placa húmeda.

—¿Quién está hablando de prender fuego?

—Leonor lleva dos días contando la historia de una forma distinta a cada persona. Teresa está furiosa. Ramiro ha dejado de bajar al bar. Esta mañana un hombre me ha preguntado si vamos a retirar retratos de familias «implicadas».

—¿Qué familias?

—Exacto.

Inés hizo una mueca.

—Eso es absurdo.

—Así empiezan esas cosas.

Celia se apoyó un instante contra la pared.

Su cansancio parecía menos teatral que el día anterior.

—Los Rostros no son un tribunal. Nunca lo fueron.

—Pero alguien convirtió el proyecto en uno cuando decidió que Isabel no merecía estar.

—Puede ser.

—Hay un «no» escrito junto a su número.

—Lo sé.

—Félix estaba intentando corregirlo.

—También lo sé.

—Y ahora falta la caja de la cooperativa.

Celia apartó la vista.

—Eso no me gusta.

Era la primera vez que admitía algo parecido sin envolverlo en otra preocupación.

—A mí tampoco.

—¿Darío cree que se la llevó alguien?

—Darío cree que una caja no está en un estante.

Celia soltó una risa.

—Sí. Es muy él.

Continuaron caminando.

—¿Qué copias le diste a Félix? —preguntó Inés.

—Una relación de bienes y un acuerdo municipal posterior al cierre de la cooperativa. Nada que resuelva quién robó dinero.

—¿De qué año?

—Setenta y seis, creo. Quizá setenta y siete.

—¿Qué pasó con los bienes?

—Se vendieron algunos. Otros acabaron en manos de particulares porque había deudas, cesiones, acuerdos… No me sé la historia completa.

—¿Aparecía la familia Doreda?

Celia pensó.

—El padre de Isabel tenía una participación.

—¿Y los Riaza?

La alcaldesa tardó algo más.

—Probablemente. Muchas familias tenían.

Inés se arrepintió de la pregunta nada más formularla.

No porque fuera improcedente.

Porque había nombrado a Jacobo sin una razón suficiente.

Celia no pareció darle importancia.

—Puedo enviarte las copias si Darío no pone problemas.

—Mejor que se las des a él.

—Eso pensaba hacer.

Llegaron a la puerta del ayuntamiento.

Celia se detuvo.

—Inés.

—¿Qué?

—Félix estaba convencido de que los pueblos olvidan de una manera distinta a las personas.

—Suena a Félix.

—Decía que una persona olvida porque pasa el tiempo. Un pueblo, muchas veces, olvida porque se pone de acuerdo.

—¿Cuándo te dijo eso?

—Hace años. Discutíamos por otra cosa.

—¿Qué cosa?

Celia abrió la puerta.

—No me acuerdo.

Inés sonrió.

—Muy oportuno.

—Vete a trabajar.

El taller olía a papel húmedo y calefacción.

Anselmo no estaba.

Inés se quitó la chaqueta y descubrió que había dejado el café de la mañana junto al fregadero. Lo vació.

Durante un rato consiguió volver a la fotografía de boda.

Retiró el peso.

Comprobó la reparación.

Preparó una mezcla para corregir una pequeña pérdida del soporte.

El trabajo obligaba a reducir el mundo.

Una fibra.

Un borde.

Una mancha.

Una decisión cada vez.

A las doce y media sonó el teléfono.

Teresa.

Inés dejó el pincel.

—¿Sí?

—¿Estás sola?

No había saludo.

—Sí.

—Quiero que vengas.

—¿Ha pasado algo?

—No por teléfono.

La llamada terminó.

Inés miró la pantalla.

El tono de Teresa no había sido asustado.

Tampoco amable.

Se parecía al de alguien que había tomado una decisión y quería terminar cuanto antes con ella.

Guardó el material de trabajo.

Cinco minutos después estaba otra vez en la calle.

Teresa abrió antes de que Inés llamara.

—Pasa.

La condujo a la misma sala del día anterior.

La caja de cartas ya no estaba.

Darío se la había llevado.

Sobre la mesa había, en cambio, un sobre grande de papel marrón.

Teresa se sentó.

—No quiero que esto vaya al archivo.

Inés no tocó el sobre.

—Entonces no me lo des.

—Tampoco quiero tenerlo en casa.

—Eso complica bastante las opciones.

Teresa la miró con impaciencia.

—Quiero que veas una cosa.

Abrió el sobre y sacó una fotografía.

No era antigua.

Al menos no tanto como la de Isabel joven.

Mostraba a una mujer de unos cincuenta años sentada en la terraza de un café. El pelo, ya gris, le llegaba a los hombros. Tenía una taza delante y miraba hacia alguien fuera de la imagen.

—Isabel —dijo Inés.

—Sí.

La fotografía llevaba una fecha escrita detrás.

2003.

—¿Te la envió ella?

—Sí.

Teresa sacó otras dos.

Isabel ante un edificio.

Isabel junto a otra mujer en una playa.

Nada extraordinario.

Eso era precisamente lo extraordinario.

Inés había pasado tres días mirando a Isabel como una muchacha de veintitantos años congelada en el número 187.

Aquellas fotografías mostraban que había envejecido.

Había llevado distintos peinados.

Había engordado un poco.

Había usado gafas durante una época.

Había tenido una vida que Valdebrisco no conocía.