Capítulo 5 — La caja catorce
La caja catorce
El jueves por la mañana, Inés consiguió trabajar durante casi una hora sin pensar en Félix.
Lo supo porque, al terminar de fijar un pequeño desgarro en el borde de una fotografía, miró el reloj y se sorprendió de que fueran las nueve y veinte.
Había empezado poco después de abrir.
Sobre la mesa, una pareja de recién casados posaba ante una iglesia que Inés no reconocía.
La fotografía debía de ser de finales de los cincuenta.
Él llevaba un traje que le quedaba grande; ella sostenía un ramo oscuro, quizá de claveles.
El papel había sufrido humedad y una de las esquinas estaba perdida, pero los rostros se conservaban bien.
La dueña de la foto, una mujer de Salamanca, quería regalársela restaurada a su madre.
Un encargo sencillo.
A Inés le venían bien los encargos sencillos.
Anselmo había pasado por el taller a primera hora, había comprobado el radiador y se había marchado al descubrir que aún estaba frío. Su capacidad para expresar desaprobación sin mirar a nadie seguía intacta.
Inés había encendido el aparato después de verlo salir.
No por él.
Hacía frío.
A las nueve y veinticinco alguien llamó dos veces al cristal de la puerta.
Darío Melgar esperaba fuera.
Inés dejó las pinzas.
—Está abierto.
Darío entró y cerró detrás de sí. Llevaba una carpeta fina bajo el brazo.
—Buenos días.
—Eso parece.
Miró la mesa.
Darío miró la mesa de trabajo y se mantuvo junto a la puerta.
Darío bajó la vista hacia sus zapatos, luego volvió a mirarla.
—Necesito que venga al archivo.
Inés apartó la lámpara articulada.
—Eso ha sido rápido.
—¿Qué cosa?
—Pasar de «vuelva a su taller» a «venga conmigo».
—No se acostumbre.
Dejó la carpeta sobre una silla, lejos de la mesa de trabajo.
Inés se quitó las gafas.
—¿Qué habéis encontrado?
—Todavía no sé si hemos encontrado algo. Por eso necesito que venga.
—Sigue sin responder.
—He pasado buena parte de la mañana comparando las fotografías de la primera inspección con el inventario que encontramos entre los papeles de Félix. Hay una zona del archivo que no consigo ordenar.
—Eso describe la mitad del archivo.
—Entonces quizá tardemos más.
El tono de Darío no tenía nada de provocación. Parecía cansado.
Inés volvió a colocar las gafas sobre la mesa.
—¿Qué zona?
—Documentación de asociaciones y entidades antiguas.
Ella entendió antes de que terminara.
—La cooperativa.
—Entre otras cosas.
—¿Falta algo?
Darío cogió la carpeta.
—Venga y dígamelo usted.
Inés miró la fotografía de los recién casados. Había dejado un peso pequeño sobre una de las esquinas y aún necesitaba al menos cuarenta minutos antes de retirarlo.
Cubrió el trabajo con una hoja protectora.
—Dame cinco minutos.
Darío asintió.
Darío esperó junto a la puerta mientras ella guardaba herramientas, bajaba la temperatura del radiador y buscaba la chaqueta.
Anselmo apareció justo cuando iban a salir.
Se quedó mirando la abertura entre la puerta y las piernas de Darío.
—No —dijo Inés.
El gato avanzó.
Darío se apartó.
—Parece que su autoridad funciona muy bien.
Anselmo entró y se dirigió al radiador.
Inés cerró la puerta.
—Con él nunca he tenido ninguna.
La calle Alta había recuperado su apariencia habitual, aunque el archivo seguía cerrado.
Ya no había cinta frente a la entrada. Tampoco vecinos observando desde la acera. La gente había vuelto a pasar por allí con bolsas de pan, carritos de compra y perros que se detenían donde siempre.
La muerte de Félix comenzaba a integrarse en el paisaje.
A Inés aquello le desagradó y le alivió a la vez.
Celia Monforte estaba delante del archivo hablando por teléfono. Al verlos, levantó una mano y terminó la conversación con dos frases rápidas.
—Por fin.
Darío sacó las llaves.
—¿Lleva mucho esperando?
—Diez minutos.
—Entonces no.
Celia decidió no contestar.
Llevaba una carpeta gruesa contra el pecho.
—Tengo que saber cuándo podremos entrar normalmente.
—Hoy no.
—No he preguntado por hoy.
Darío abrió la puerta.
—Y yo no tengo respuesta para otro día.
—Hay documentación municipal ahí dentro.
—Y seguirá habiéndola.
—También tenemos una visita prevista dentro de tres semanas.
Inés pasó entre los dos.
—Me alegra comprobar que el patrimonio cultural sobrevive al duelo.
Celia entró detrás de ella.
—El patrimonio cultural paga las facturas de unas cuantas personas del pueblo, Inés. Incluidas algunas que te caen bien.
—No he dicho que canceles nada.
—Llevas dos días mirándome como si organizar una jornada me convirtiera en sospechosa de algo.
Inés se volvió.
—No te miro así.
—Lo haces desde que encontraste el «no» junto al 187.
Darío cerró la puerta.
—¿Podemos dejar esa conversación para cuando yo no esté?
—Por mí, encantada —dijo Celia.
—También por mí.
—Perfecto.
Darío se quedó allí, paciente.
Ninguna se movió.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
La agente que había acompañado a Darío el día de la muerte estaba en la planta baja. Esta vez Inés recordó haber oído su apellido: Núñez. Revisaba una lista sobre una mesa auxiliar.
El cuerpo ya no estaba allí.
Sin Félix, la habitación parecía más pequeña.
La silla que había estado volcada se encontraba ahora apartada contra una pared, con una pequeña etiqueta adherida. Algunas carpetas habían sido embolsadas. En el suelo quedaban marcas discretas de la inspección, números y pequeños adhesivos que convertían un lugar conocido en algo provisional.
Inés miró hacia la escalera.
No quería hacerlo.
Lo hizo de todos modos.
Darío señaló la parte trasera.
—Por aquí.
Atravesaron una puerta que conducía a una sala donde Félix guardaba cajas y archivadores metálicos. Inés había entrado muchas veces, aunque nunca había tenido una razón para entender el sistema completo.
Félix sí lo entendía.
O había asegurado entenderlo.
Había cinco estanterías grandes, etiquetadas con letras. A, B, C, D y E. Cada balda tenía números pequeños pegados al borde.
—¿Esto estaba así? —preguntó Darío.
—Sí.
—¿Las etiquetas también?
—Desde hace años.
—Bien.
Sacó una fotografía impresa.
Era la sala tal como la habían encontrado el martes. La imagen estaba tomada desde la puerta.
—Esta es de las nueve y doce de aquella mañana.
Inés la sostuvo.
—¿Qué buscas?
Darío señaló la estantería B.
—Ahí.
Había un espacio entre dos cajas.
No muy grande. Unos quince centímetros.
Inés miró la estantería real.
El espacio seguía allí.
—Falta una caja.
—Eso parece.
—¿Qué número?
—Esa es mi pregunta.
Inés se acercó.
Las cajas estaban numeradas en el lomo.
Después, el hueco.
—Catorce.
Darío no anotó nada.
Ya lo sabía.
Inés pasó un dedo por el borde exterior de la balda, sin tocar el interior.
—¿Puedo?
—¿Qué quiere hacer?
—Mirar el polvo.
Darío se inclinó un poco.
—Mire.
La superficie bajo el hueco tenía un rectángulo más claro.
El resto de la balda acumulaba una película fina y grisácea. Allí donde había estado la caja quedaba una marca precisa.
—No llevaba mucho tiempo fuera.
—¿Cuánto?
—No puedo fechar polvo, Darío.
—Me tranquiliza oírlo.
—Pero si la caja hubiese desaparecido hace meses, la diferencia no sería tan limpia. Félix tampoco era particularmente aficionado a limpiar estanterías.
Celia se había quedado junto a la puerta.
—Eso puedo confirmarlo.
Inés observó las cajas contiguas.
La número 13 tenía una etiqueta escrita a máquina:
ASOCIACIONES VECINALES. 1965–1982
La 15:
HERMANDADES / COFRADÍAS. DOCUMENTACIÓN VARIA
—¿Tenéis el inventario?
Núñez se lo pasó.
Era una copia de un listado que Félix mantenía impreso en una carpeta de anillas.
Inés buscó la estantería B.
Los registros coincidían.
B-11. Escuela.
B-12. Cámara agraria.
B-13. Asociaciones vecinales.
B-14.
Inés leyó despacio.
COOPERATIVA. 1968–1974. LIbrOS DE CAJA, ACTAS, CORRESPONDENCIA.
Debajo había una anotación manuscrita:
Revisión en curso.
—¿La letra es de Félix? —preguntó Darío.
—Sí.
—¿Cuándo la escribió?
—Eso no te lo puedo decir.
Darío señaló otra marca.
Había una fecha pequeña junto al margen.
Inés acercó la hoja.
—Septiembre.
—Hace un mes.
Celia se apartó de la puerta.
—¿La cooperativa de Isabel?
—La cooperativa de medio pueblo.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí.
Darío cogió el inventario.
—¿Usted conocía esta caja?
La pregunta iba dirigida a Celia.
—Sabía que Félix guardaba documentos de la cooperativa. No sabía en qué caja.
—¿Los había consultado recientemente?
—A mí me pidió documentación del ayuntamiento.
—¿Cuándo?
Celia pensó un momento.
—La semana pasada.
Darío abrió la libreta.
—¿Qué documentación?
—Copias de acuerdos antiguos. Liquidaciones, cesiones, no recuerdo exactamente.
—Inténtelo.
Celia dejó su carpeta sobre una mesa.
—Félix quería reconstruir qué pasó con algunos bienes de la cooperativa cuando dejó de funcionar. Había terrenos, un almacén pequeño, cuentas pendientes… Yo le dije que los papeles municipales de aquella época estaban incompletos.
—¿Le dio algo?
—Dos copias.
—¿Las tenemos?
—Supongo que estarán entre sus cosas.
—No suponga.
Celia respiró por la nariz.
—Puedo sacar otra copia cuando volvamos al ayuntamiento.
Darío anotó algo.
Inés volvió al estante.
—¿Estáis seguros de que Félix no movió la caja?
—No —dijo Darío—. Estamos seguros de que no estaba aquí cuando encontramos el cuerpo.
—Podría estar arriba.
—Podría.
—En su casa.
—También.
—Podría habérsela prestado a alguien.
—Sí.
Inés se volvió.
Inés dejó escapar el aire, frustrada.
Núñez bajó la vista para esconder una sonrisa.
Darío fingió no verlo.
Inés examinó el inventario otra vez.
—Félix anotaba préstamos.
—¿Dónde?
—En unas tarjetas amarillas.
—No hemos encontrado ninguna.
—Porque no están aquí.
Inés salió de la sala y se dirigió al piso superior.
Darío la siguió.
—¿Adónde va?
—A enseñarte algo.
—Podía haber empezado por ahí.
—No sabía que buscabas una caja prestada.
La planta superior contenía sobre todo material fotográfico. Armarios bajos, cajoneras, sobres grandes. Inés fue hasta una mesa estrecha junto a la pared.
Abrió el cajón superior.
Vacío.
Se quedó mirándolo.
Darío se acercó.
—¿Qué había aquí?
—Las tarjetas.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Cuándo las vio por última vez?
Inés intentó recordar.