Capítulo 4 — Las caras nuevas #3
—¿Dónde están?
—Aquí.
—Necesito verlas.
—No.
—Eso no era una petición.
Teresa apretó los labios.
Se levantó de nuevo.
Esta vez fue hacia una habitación contigua.
Cuando regresó llevaba una caja de zapatos.
La dejó sobre la mesa.
Dentro había sobres atados con una cinta azul.
Inés reconoció inmediatamente distintos tipos de papel, tintas y décadas.
Teresa colocó una mano encima.
—Esto no va a acabar expuesto en ninguna pared.
—No estamos preparando una exposición —dijo Darío.
—Con Félix nunca se sabía.
Retiró la mano.
Darío abrió el primer sobre.
Inés se acercó.
Teresa la detuvo con una mirada.
—Tú no.
—¿Por qué?
—Porque Darío tiene obligación de guardar ciertas cosas. Tú tienes curiosidad.
La acusación fue justa.
Inés se apartó.
Darío leyó en silencio.
Una carta.
Otra.
No mostró ninguna reacción.
Llegó a la tercera.
Se detuvo.
—¿Cuándo recibió esto?
Teresa miró la fecha.
—En el setenta y cuatro.
—Un año después de que Isabel se fuera.
—Sí.
Darío volvió a leer.
Inés se inclinó un poco hacia la carta.
—¿Qué dice?
Teresa miró a Darío.
Él no respondió inmediatamente.
Después dejó la carta sobre la mesa.
—Dice que Isabel sabía quién había cogido el dinero.
Teresa cerró los ojos.
Inés se irguió.
—¿Dice quién?
Darío volvió la página.
—No.
—¿Nada?
—Dice que no tenía forma de demostrarlo.
Teresa abrió los ojos.
—Por eso no quería que Félix lo removiera.
—¿Por proteger a Isabel? —preguntó Inés.
—Por proteger lo que queda de ella.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
—La acusaron de ladrona durante cincuenta años.
—Y está muerta.
—Por eso importa.
Teresa se puso de pie.
—No tienes derecho a decidir que una persona muerta necesita que la salves.
La frase golpeó a Inés más de lo que esperaba.
—No intento salvarla.
—Entonces deja de hablar como si fuera una pieza dañada que puedes restaurar.
Inés bajó la vista hacia la caja de cartas.
Teresa tomó aire.
—Isabel construyó otra vida. Tuvo amigos, trabajó, se casó, se separó y volvió a casarse. Con los años dejó de preguntar por Valdebrisco.
—¿Está muerta?
—Desde 2016.
—¿Volvió a hablar de Valdebrisco?
Teresa se tomó un instante antes de responder.
—Muy poco. Y casi nunca con nostalgia.
Darío cerró la caja.
—Por ahora, estas cartas vienen conmigo.
Teresa no protestó.
Que no protestara inquietó más a Inés que una discusión.
Salieron a la calle poco antes de la una.
Caminaron en silencio hasta la esquina de la antigua casa de los Doreda. Inés repasó en voz alta lo que acababan de saber: Isabel había negado el robo, Teresa la había creído, Félix buscaba pruebas y alguien había dejado el número 187 fuera del inventario.
—Y Félix murió —añadió.
Darío se detuvo.
—Ahí es donde está dando un salto.
—No digo que lo mataran por eso.
—Todavía no. Pero ya ha construido la frase.
Inés metió las manos en los bolsillos.
—¿Qué tendría que pasar para que dejara de tratar la muerte como un accidente?
Darío tardó un momento en contestar.
—Que la evidencia me permita llamarla de otra manera.
Inés estudió su expresión. Darío parecía cansado, no misterioso; aun así, estaba midiendo las palabras.
—¿Hay algo en el informe?
Él se guardó la libreta en el bolsillo.
—Esta mañana llegó el preliminar.
—¿Y?
—La caída explica la muerte. No dice por qué cayó.
—¿Eso nos deja exactamente donde estábamos?
—Más o menos.
—Qué alentador.
—Es lo que hay.
—¿Hay alguna lesión que no encaje?
—Nada concluyente.
Inés miró hacia la calle Alta.
—Entonces, ¿sigue pensando que fue un accidente?
—Sigo sin tener base para llamarlo otra cosa.
—¿Y los documentos?
—Los documentos me dicen que Félix estaba haciendo preguntas y que varias personas preferían que no las hiciera. Eso basta para seguir preguntando, no para decidir cómo murió.
—La silla.
—Fotografiada.
—La ventana.
—También.
Inés abrió la boca, pero Darío negó una vez con la cabeza.
—No me pida que convierta una lista de rarezas en una causa de muerte.
Ella no insistió.
Darío echó a andar. Inés se quedó un momento mirando hacia la plaza, donde los retratos seguían junto a las puertas.
—Félix estaba intentando devolver a Isabel al proyecto —dijo cuando lo alcanzó.
—Eso sí lo sabemos.
—Y alguien quería que parara.
—Eso todavía no.
Anselmo no tenía interés alguno en las cartas de Isabel Doreda.
A primera hora de la tarde estaba más preocupado por una caja de pescado que había visto entrar en el ultramarinos.
La había visto.
La había olido.
Y sabía que Leonor había abierto el envoltorio.
Para Anselmo, aquello bastaba.
Entró por la puerta del negocio.
Leonor estaba hablando con una mujer junto al mostrador.
No le prestó atención.
Anselmo esperó.
Nada.
Se acercó.
Nada.
Se sentó.
La conversación continuó.
Nombres.
Félix.
Teresa.
Isabel.
Sonidos que aparecían demasiado a menudo desde hacía dos días.
Anselmo se levantó.
Rodeó el mostrador.
Leonor lo vio.
—Ahora no.
Leonor estaba incumpliendo una regla perfectamente clara.
Había pescado.
Anselmo se acercó más.
—He dicho que ahora no.
La mujer que estaba con Leonor sonrió.
—Pobre.
Leonor la miró.
—Come mejor que tú y que yo.
El pescado seguía allí.