Capítulo 4 — Las caras nuevas #2
Darío tomó una fotografía de la placa con el móvil.
—Necesito saber exactamente qué habló con Félix el lunes.
Estela repitió lo que había contado.
Esta vez Inés intentó no interrumpir.
Lo consiguió durante casi cuatro minutos.
—¿Qué documentación técnica buscaba? —preguntó finalmente.
Darío giró la cabeza.
—Cuatro minutos —dijo.
—¿Qué?
—Nada.
Estela abrió una caja.
—Esto.
Sacó varias carpetas finas.
En ellas había fichas de fabricación de las primeras placas.
Temperaturas de cocción.
Pigmentos.
Pruebas de esmalte.
Copias de fotografías.
—¿Félix miró alguna en particular?
Estela pasó páginas.
—Estas.
Había seis fichas.
Inés leyó los apellidos.
Cubero.
Riaza.
Monforte.
Tovar.
Llorente.
Doreda.
Se detuvo.
—Doreda.
Darío también lo vio.
—Pero Isabel no tiene placa.
—Esta no es de Isabel —dijo Estela.
La ficha correspondía a:
Ernesto Doreda, 1918-1987.
—Su padre —dijo Inés.
Estela se encogió de hombros.
—Supongo.
La fotografía mostraba a un hombre delgado, con una camisa clara y las manos apoyadas sobre las rodillas.
—¿Dónde está su placa?
Estela pensó.
—Calle del Olmo. Número doce.
—La antigua casa de la familia.
—Sí.
Darío examinó la ficha.
—¿Qué buscaba Félix aquí?
—No me lo dijo.
Inés pasó la página.
Había una nota técnica sobre una reparación realizada en 2004.
Otra en 2011.
En 2011 la placa había sido retirada durante unas obras.
—¿Quién vivía allí entonces?
Estela negó con la cabeza.
—Ni idea.
Darío tomó otra fotografía.
—Vamos a averiguarlo.
Inés se enderezó.
—¿Ahora sí le parece relevante?
—Ahora hay una actuación concreta de Félix dos días antes de morir relacionada con la familia de Isabel.
—Eso es exactamente lo que llevo diciendo.
—No. Usted lleva diciendo muchas cosas. Alguna tenía que acabar siendo útil.
Estela tosió para ocultar una risa.
Inés la fulminó con la mirada.
La antigua casa de los Doreda estaba cerrada.
No abandonada.
Cerrada.
Había diferencia.
Las contraventanas estaban cuidadas. La puerta tenía una capa reciente de barniz. En una pequeña maceta junto a la entrada crecía romero.
La placa de Ernesto Doreda seguía junto al umbral.
Inés se acercó.
Darío estaba detrás.
—No toque.
—No iba a tocar.
—Lo dice con decepción.
—Estoy leyendo.
La placa mostraba el rostro de Ernesto.
Debajo:
ERNESTO DOREDA 1918–1987
No había ninguna referencia a Isabel.
—¿Quién tiene la casa? —preguntó Inés.
Darío consultó el móvil.
—Teresa Llorente.
Inés se volvió.
—¿Teresa?
—La heredó en 1998.
—¿Por qué?
—Todavía no lo sé.
Inés miró otra vez la puerta.
—Teresa no es familia de Isabel.
—Que sepamos.
—No lo es.
—¿Está segura?
—No.
Darío guardó el teléfono.
—Progreso.
Inés ignoró el comentario.
—Leonor dijo que Isabel ya no tenía familia aquí.
—Eso no significa que la casa desapareciera.
—No.
—¿Conoce a Teresa bien?
—Lo suficiente.
—Eso significa poco en Valdebrisco.
—Setenta y tres años. Viuda. Vive cerca de la iglesia. Tiene dos hijos en Salamanca. Detesta el perejil y hace un licor de cerezas que debería estar prohibido.
—¿Y por qué heredó la casa de los Doreda?
—Ni idea.
—Por fin algo útil que no sabe.
Inés suspiró.
—Está disfrutando demasiado.
Darío llamó a la puerta.
Nada.
Volvió a llamar.
—No vive aquí —dijo Inés.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿qué hace?
—Comprobar si alguien está dentro.
—¿Y?
—Parece que no.
Rodeó la casa.
Inés lo siguió.
—¿Me está autorizando a acompañarlo?
—No.
—Ah.
En el lateral había un pequeño patio protegido por una verja.
Darío se detuvo.
La verja estaba cerrada.
Inés miró hacia dentro.
Una mesa.
Dos sillas.
Un cobertizo.
Nada más.
—¿Qué buscaba Félix aquí? —preguntó.
—No sabemos que viniera.
—Miró la ficha de esta placa.
—Eso sabemos.
Inés observó las piedras junto a la puerta trasera.
—Y habló con Teresa.
Darío no contestó.
—Leonor dijo que Teresa estuvo en el archivo el día antes de la muerte.
—Sí.
—¿Y Teresa tiene la antigua casa de Isabel?
—Sí.
—¿Sigue sin querer dibujar una flecha?
—Ahora tengo tres puntos. Puede que empiece a pensar en una línea.
Teresa Llorente abrió la puerta de su casa llevando unas tijeras de podar.
Darío bajó la vista hacia ellas.
Teresa también.
—Estaba cortando una planta.
—No he dicho nada.
—Pero lo ha mirado.
—Es mi trabajo mirar.
—Mal trabajo sería si no.
Teresa dejó las tijeras sobre una mesa junto a la entrada.
Miró a Inés.
—¿Y tú?
—Yo miro gratis.
—Eso ya lo sabía.
Teresa era pequeña, de pelo corto y completamente blanco. Tenía la espalda recta y la costumbre de escuchar sin inclinar nunca la cabeza, como si cualquier gesto pudiera interpretarse como concesión.
Los hizo pasar a una sala caliente.
—¿Es por Félix?
—Sí —dijo Darío.
—Ya le conté que fui al archivo.
—Quiero preguntarle por otra cosa.
Teresa miró a Inés.
—Entonces es por Isabel.
La situación empezaba a rozar lo absurdo.
—¿También te ha llamado Leonor?
—No hace falta que me llame. Valdebrisco tiene ventanas.
Darío sacó la libreta.
—¿Por qué es usted propietaria de la antigua casa de los Doreda?
Teresa no pareció sorprendida.
—Porque me la dejaron.
—¿Quién?
—Matilde Doreda.
Inés conocía el nombre.
—La tía de Isabel.
—Sí.
—¿Eras amiga suya?
—Sí.
—¿Y te dejó la casa?
—Sí.
Teresa lo miró.
—Si quiere una respuesta más larga tendrá que hacer una pregunta más larga.
Inés decidió que empezaba a gustarle.
—¿Por qué se la dejó? —preguntó Darío.
—Porque no tenía hijos y no quería vendérsela a cualquiera.
—¿Isabel no tenía derecho sobre ella?
La expresión de Teresa se endureció.
—Isabel no quiso nada de Valdebrisco.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque lo dijo.
Inés se inclinó hacia delante.
—¿Hablabas con ella?
Teresa apartó la vista hacia el mueble.
Darío dejó de escribir.
—Teresa.
—Hace mucho.
—¿Cuánto?
—Hasta que murió Matilde.
—¿Cuándo fue eso?
—Noventa y ocho.
—Isabel seguía viva entonces.
—Sí.
—Leonor dijo que nunca volvió.
—No volvió.
—No he preguntado eso.
Teresa miró a Inés.
Durante un instante, algo parecido a una sonrisa pasó por su rostro.
—Os parecéis más de lo que creéis.
Darío no reaccionó.
—¿Mantuvo correspondencia con Isabel Doreda?
—Sí.
Inés dejó de mirar a Darío y se volvió hacia Teresa.
—¿Tienes cartas?
Teresa volvió la cabeza hacia ella.
—Eso no te importa.
—A Félix sí le importaba.
El cambio fue inmediato.
—¿Qué sabes?
—Que estuvo preguntando por Isabel. Que estaba intentando devolver su rostro al proyecto. Y que tú fuiste al archivo el lunes.
Teresa miró a Darío.
—¿Esto es un interrogatorio?
—No está detenida.
—No he preguntado eso.
Darío apoyó la libreta sobre la mesa.
—Podemos hablar formalmente si lo prefiere.
Teresa soltó una exhalación breve.
—No.
Se levantó.
Fue hasta un mueble.
Abrió un cajón.
No sacó nada.
Lo cerró.
—Félix vino a verme hace un mes.
—¿Por las cartas? —preguntó Inés.
—Por Isabel.
—¿Qué quería saber?
—Todo.
—¿Le enseñaste algo?
—No.
—¿Por qué?
Teresa la miró.
—Porque no todo lo que una persona escribe pensando que lo leerá una amiga tiene que acabar convertido en patrimonio cultural.
Inés no pudo discutir eso.
—¿Isabel hablaba del robo?
—Sí.
—¿Decía que era inocente?
Teresa soltó una risa sin alegría.
—¿Qué esperabas que dijera?
—Quiero saber qué decía.
—Que no había robado.
—¿Le creías?
Teresa tardó.
—Sí.
La respuesta fue sencilla.
Sin dramatismo.
—¿Por qué?
—Porque la conocía.
—Eso no es una prueba.
—No estaba intentando convencer a un juez.
Darío intervino:
—¿Le contó quién creía que había robado?
Teresa apretó los labios antes de negar.
—No.
Inés la observó.
—Eso es mentira.
Teresa giró hacia ella.
—Cuidado.
—No hace falta trabajar con documentos para reconocer una respuesta preparada.
—Y no hace falta tener setenta años para saber cuándo alguien está metiendo la nariz donde no debe.
—Félix también la metió.
—Sí.
La palabra salió más dura de lo esperado.
Silencio.
Darío habló despacio.
—¿Qué ocurrió el lunes en el archivo?
Teresa se sentó otra vez.
—Fui a pedirle que parara.
—¿Por qué?
—Porque había empezado a preguntar a demasiada gente.
—¿Y?
—Discutimos.
—¿A qué hora?
—Cinco y media.
—¿Cuánto tiempo estuvo allí?
—Veinte minutos.
—¿Alguien la vio salir?
—No lo sé.
—¿Félix estaba bien cuando se marchó?
—Perfectamente.
—¿Estaba solo?
—Sí.
—¿Tocó usted algún documento?
Teresa no respondió.
Darío abrió otra vez la libreta.
—Teresa.
Ella miró hacia la ventana.
—Cogí unas cartas.
Inés se quedó quieta.
—¿Qué cartas?
—Mías.
—¿Tuyas o de Isabel?
—Las dos cosas.
Darío apoyó el bolígrafo sobre el papel.
—¿Entró en el archivo y retiró documentos?
—Eran cartas que yo le había prestado a Félix.
—¿Se las pidió?
—No.
—¿Él sabía que se las llevaba?
—No.
Inés entendió por qué Teresa no había querido explicar demasiado su visita.