La cara que faltaba (Los misterios de Valdebrisco 1) Capítulo 4 — Las caras nuevas
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Capítulo 4 — Las caras nuevas

Las caras nuevas

Estela Falcón trabajaba en una casa que parecía incapaz de decidir si era taller, vivienda o almacén.

La planta baja daba a una calle estrecha por donde apenas entraba el sol después de octubre. Dos ventanas estaban protegidas por cortinas blancas que nunca permanecían completamente limpias, y junto a la puerta había una pequeña placa de cerámica sin nombre, solo con un pájaro azul pintado a mano.

Inés llegó poco después de las diez.

No había avisado.

Durante el camino se había repetido que no iba a interrogar a nadie.

Era una afirmación que empezaba a perder credibilidad incluso para ella.

Llamó.

Nadie respondió.

Volvió a llamar.

Oyó algo caer dentro.

Después una voz:

—¡Ya voy!

La puerta se abrió.

Estela llevaba un delantal cubierto de polvo blanco y una mascarilla colgada del cuello.

—Inés.

La sorpresa fue auténtica.

—Hola.

—¿Ha pasado algo?

—Depende.

—No me gustan las respuestas que empiezan así.

—A mí tampoco.

Estela se apartó.

—Entra.

El taller olía a arcilla húmeda, polvo, café y algo ligeramente químico que Inés no identificó.

Había piezas de cerámica en estanterías, cajas numeradas, pigmentos, pinceles y fotografías sujetas a una pared con pequeños imanes. Algunas mostraban rostros de Valdebrisco. Otras eran detalles ampliados de grietas y desprendimientos.

En una mesa descansaban tres placas inacabadas.

Inés reconoció una.

—Esa es Amalia Lobo.

Estela miró la pieza.

—Era.

—¿Era?

—La original se partió en cuatro.

—¿La estás rehaciendo?

—Estoy haciendo una copia.

—No es lo mismo.

—Para la familia sí.

Inés se acercó.

El rostro todavía no estaba esmaltado. Los rasgos aparecían trazados en tonos apagados sobre una superficie clara.

—¿Desde cuándo haces copias completas?

Estela dejó la mascarilla sobre una mesa.

—Desde que las piezas originales empezaron a romperse.

—No recuerdo que se aprobara eso.

—Porque no se aprobó.

Inés esperó una explicación.

Estela sostuvo la mirada.

Aquello había sido demasiado fácil.

—¿Quieres café?

—No.

—Entonces supongo que vienes por esto.

—No sabía que esto existía hasta hace veinte segundos.

—Ahora ya lo sabes.

Inés volvió a mirar las piezas.

—¿Cuántas?

Estela se encogió de hombros.

—Depende de qué llames copia.

—Una pieza nueva que sustituye una antigua.

—Nueve.

—¿Nueve?

—En seis años.

—¿Y nadie lo sabe?

—Las familias lo saben.

—¿Celia?

Estela hizo una mueca.

—No oficialmente.

—Eso significa que no.

—Eso significa que Celia prefiere saber algunas cosas de manera informal.

—Qué práctico.

—Así funcionan muchas cosas en un pueblo.

Inés pensó en la lista donde alguien había escrito «187 — NO».

—Ya veo.

Estela cruzó los brazos.

—Ahora dime por qué has venido.

Inés sacó del bolso una reproducción de la fotografía de Isabel Doreda.

No se la entregó inmediatamente.

—¿La conoces?

Estela frunció el ceño.

—No.

—Mírala bien.

—Inés, tengo cuarenta y dos años.

—Eso no impide que hayas visto la fotografía.

Estela tomó la copia.

Su expresión cambió.

Muy poco.

Pero cambió.

Inés empezaba a odiar lo fácil que resultaba notar esas pequeñas alteraciones cuando uno ya esperaba encontrar mentiras.

—¿Qué?

—Nada.

—Estela.

—He dicho que no la conozco.

—Pero la fotografía sí te resulta conocida.

Estela dejó la fotografía sobre la mesa.

—La vi en el archivo.

Inés esperó a que continuara.

—Hace unos meses —añadió Estela.

—¿Con Félix?

—Sí.

—¿Por qué?

—Estábamos revisando material para restauraciones futuras.

—¿Y ella?

—Estaba entre otras fotos.

—¿Marcada?

Estela dudó.

—Creo que sí.

—¿Félix te dijo quién era?

—No.

—¿Preguntaste?

—Probablemente.

—Eso no suena a ti.

Estela resopló.

—Vale. Sí. Pregunté.

—¿Y?

—Félix dijo que era una historia vieja.

—¿Nada más?

—Nada más.

Inés observó las fotografías de la pared.

Varias llevaban pequeñas anotaciones.

Número.

Casa.

Estado.

Fecha prevista.

—¿Te pidió que hicieras una placa con su rostro?

Estela no respondió.

Inés volvió la cabeza.

—Estela.

—No.

—Eso ha tardado demasiado.

—Porque estoy intentando recordar.

—No estabas recordando. Estabas decidiendo.

La ceramista apretó los labios.

—Me pidió que hiciera una prueba.

Aquello encajaba demasiado deprisa y la puso en guardia.

—¿Una placa?

—Sí.

—¿De Isabel?

—No sabía cómo se llamaba.

—Pero de esta mujer.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace unas tres semanas.

—¿Dónde está?

Estela miró hacia el fondo del taller.

Inés siguió su mirada.

Había una puerta cerrada.

—¿Dónde está?

—No está terminada.

—¿Dónde la guardas?

Estela caminó hasta la puerta.

Abrió.

La habitación de detrás era pequeña y estaba mucho más ordenada. Había cajas de conservación, piezas envueltas en espuma y una mesa estrecha.

Estela sacó una bandeja de una estantería.

Encima descansaba una placa.

Inés reconoció el rostro inmediatamente.

Isabel Doreda.

Aún sin nombre.

Sin fechas.

Solo la cara.

La misma expresión seria.

El esmalte había oscurecido ligeramente el cabello y suavizado las imperfecciones de la fotografía original.

Inés no la tocó.

—Félix te pidió esto.

—Sí.

—Y no se lo contaste a Darío.

—No me preguntó.

—Te preguntó si Félix estaba trabajando contigo.

—Me preguntó por trabajos encargados oficialmente.

—Eso es una precisión muy conveniente.

—Es una precisión correcta.

—Estela.

—No iba a ir corriendo a la Guardia Civil a decir que Félix me había pedido una prueba de cerámica.

—Después de aparecer muerto.

—Sí, después de aparecer muerto. Precisamente por eso no quería convertir cualquier conversación con él en una pista criminal.

Inés aceptó que, al menos en eso, Estela tenía razón.

Era una defensa irritantemente razonable.

—¿Por qué no tiene nombre?

—Porque Félix no me lo dio.

—¿Ni fechas?

—Tampoco.

—¿Qué te dijo exactamente?

Estela se apoyó en la mesa.

—Que quería saber si se podía reproducir bien.

—¿Y?

—Le dije que sí.

—¿Después?

—Me pidió una prueba.

—¿Pagó?

—No.

—¿Eso es normal?

—Con Félix, sí.

Inés casi sonrió.

—¿Dijo para qué la quería?

—Dijo que quizá había llegado el momento de corregir una ausencia.

Inés dejó de mirar la placa.

—¿Esas fueron sus palabras?

—Más o menos.

—Necesito las palabras exactas.

—No llevo acta de mis conversaciones.

—Intenta recordar.

Estela cerró los ojos un instante.

—Dijo: «Hay ausencias que se vuelven costumbre y por eso parecen correctas».

Inés reconoció la voz de Félix en aquella frase.

Le molestó más de lo que esperaba.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que no entendía nada.

—¿Entonces te explicó?

—No.

—¿Nada?

—Me dijo que cuando estuviera seguro hablaría con Celia.

Inés volvió a mirar la placa.

—Celia no sabe que existe.

—No.

—¿Y tú no pensabas decírselo?

—Cuando Félix me dijera que podía.

—Félix está muerto.

Estela bajó la vista.

—Lo sé.

El taller quedó en silencio.

Desde la habitación principal llegaba un goteo irregular de agua contra el fregadero.

—¿Cuándo viste a Félix por última vez? —preguntó Inés.

Estela levantó la cabeza.

—El lunes.

—Lo encontraron el martes por la mañana.

—Sé cuándo lo encontraron.

—¿A qué hora?

—Después de comer. Cuatro y media, quizá cinco.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Por la placa?

—Entre otras cosas.

—¿Qué otras cosas?

Estela se quedó quieta.

Inés suspiró.

—Otra vez.

—No estoy ocultando nada.

—Estás seleccionando muchísimo.

—Porque tú preguntas como si ya supieras qué respuesta quieres.

La frase dolió porque era verdad.

Inés se apartó de la mesa.

—Entonces cuéntamelo a tu manera.

Estela se tomó unos segundos.

—Félix vino a revisar dos fotografías. Después miró la prueba de esta mujer. No le gustó.

—¿Qué no le gustó?

—Decía que yo había limpiado demasiado la imagen.

Inés volvió a mirar la placa.

—¿Lo hiciste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque la fotografía tiene una mancha junto a la mejilla y otra en el fondo. En cerámica quedaban horribles.

—¿Y Félix quería conservarlas?

—Félix decía que no podíamos decidir qué parte de una imagen era defecto y qué parte era historia.

Inés reconoció otra vez su voz.

—Tenía razón.

Estela la miró con fastidio.

—Claro que tú dirías eso.

—Porque la tenía.

—Una cosa es restaurar un original y otra producir una pieza destinada a estar veinte años bajo la lluvia.

—Eso no cambia lo que representa.

—No he dicho que lo cambie.

—Lo cambia un poco.

—Inés.

—Vale.

Estela continuó:

—Discutimos. Nada serio. Luego me preguntó por unas placas antiguas.

—¿Cuáles?

—Las primeras del proyecto. Quería saber si yo conservaba documentación técnica.

—¿Y la conservas?

—Parte.

—¿Qué buscaba?

—No lo sé.

—¿Preguntó por alguna familia?

—No.

—¿Algún número?

Estela pensó.

—No.

Inés miró la placa de Isabel.

—¿Estaba preocupado?

—Estaba pesado.

—Eso era normal.

—Exactamente.

—¿Nervioso?

—No.

—¿Tenía prisa?

—Félix nunca tenía prisa.

—Murió menos de cuarenta horas después.

Estela apretó la mandíbula.

—Ya lo sé.

—Y ahora sabemos que estaba intentando devolver a Isabel al proyecto.

—Parece que sí.

—¿Te dijo por qué había sido excluida?

—No.

—¿Sabías lo del robo?

Estela negó con la cabeza.

—Me lo contó mi madre ayer.

—¿Después de que Leonor empezara a hablar?

—Supongo.

—¿Qué te dijo?

—Que había una chica que robó dinero de la cooperativa y se marchó.

—¿Nada más?

—Que era mejor dejarlo donde estaba.

Inés soltó una risa seca.

—Todo el pueblo parece tener exactamente la misma opinión.

—A lo mejor porque no queremos convertir cada historia vieja en una guerra nueva.

—O porque nadie quiere descubrir que estaba equivocado.

Estela la miró.

—También puede ser.

Darío llegó al taller de Estela veinticinco minutos después.

Inés no lo había llamado.

Estela sí.

Eso le pareció una buena señal y, al mismo tiempo, la irritó ligeramente.

—No pongas esa cara —dijo Estela cuando él apareció.

—¿Qué cara?

—La de pensar que te he denunciado.

—No estaba pensando eso.

Darío entró.

—Buenos días.

—Ya casi no —respondió Inés.

Él ignoró el comentario.

Estela le mostró la placa.

Darío no reaccionó de inmediato.

—¿Félix encargó esto?

—Una prueba —dijo Estela—. Hace unas semanas.

—¿Por escrito?

—No.

—¿Pagó?

—No.

Darío miró a Inés.

—Veo que ya ha hecho estas preguntas.

—Estaban disponibles.

—Qué suerte.

Estela cruzó los brazos.

—¿Queréis que os deje solos para que discutáis?

—No estamos discutiendo —dijeron ambos.

Estela levantó las cejas.